Amistad 2. Momentos

. Amigos son aquellos que comparten (comunican) su experiencia: se conocen, se confían y dialogan desde el fondo de la vida. a) Tienen fe: saben fundarse el uno sobre el otro, abiertos, sin fisuras, transparentes sin engaño. b) Se quieren: saben que el amor implica hallarse siempre de servicio el uno para el otro. c) Finalmente, esperan: hacen juntos el camino, encuentran en común y reencuentran los motivos para ser y comportarse. La amistad incluye, según eso, tres momentos: recibir-dar-comunicarse (confiar-quererse-esperar juntos) y de esa forma se sitúa en la línea de las tres grandes virtudes de la iglesia, que suelen llamarse «teologales» (fe, caridad, esperanza) porque expresan la apertura del hombre a Dios. Desde ese fondo, incluyendo en el modelo de las virtudes teologales un aspecto de búsqueda común y convivencia, se puede ofrecer un esquema de amistad en ocho momentos:

1. Principio de amistad es el camino compartido: juntos vamos y vencemos los peligros; juntos vamos y tendemos hacia un orden de vida que esperamos sea bueno. La amistad implica en este plano colaboración. Frente a todos los que entienden la vida como lucha o competencia, frente a todos los que intentan combatirse o silenciarse en el proceso de la vida, los amigos cooperan, se respetan y trabajan sobre un campo de búsqueda común. En este primer plano se mantiene la unidad de los miembros de una tribu, el compañerismo de los trabajadores de una fábrica, la camaradería de los que pertenecen a la misma clase social, la solidari­dad de los que luchan por las mismas esperanzas. Un grupo de amigos tiene que dejar a un lado las opciones partidistas, superar los egoísmos personales e integrarse en la búsqueda y fracaso, la alegría y la tristeza del grupo   de amistad… Quien no sepa o no quiera colaborar en la obra común nunca será verdaderamente amigo.

2. La amistad es con-fianza, es decir, “fe común” de los unos en los otros. Sobre las consignas sociales de la solidaridad y colabora­ción, por encima de todos los intentos de unidad de clase o de estamento, destacamos la amistad como espacio en que los hom­bres habitan en confianza. Ser amigos significa estar dispuestos a decirse mutuamente lo más hondo: es conectar en transparencia. La vida deja de ser campo de batalla solitaria o compartida y se convierte en lugar donde es posible el diálogo. Habrá opiniones distintas, pero se logrará una sintonía de fondo. Desde ese momento ya no soy un solitario: hay alguien que conoce mi secreto y lo comparte. Uniéndo­nos, trazamos un campo de existencia común entre nosotros. Eso es lo que implica ser amigos. En este contexto hay que distinguir la confianza en general y el don concreto de las confidencias. No hay amistad si no surge un campo de confianza, si no existe fe en el otro. Sin embargo, el nivel de confidencia que se alcance en cada caso variará según las circunstancias y los tiempos. Ciertamente, es difícil que perdure una confianza siempre silenciosa, que no baje a confidencias. Pero puede darse el caso de que existan confidencias de carácter más o menos hondo (con el médico, confesor, psiquiatra) que no impliquen con­fianza. Sea como fuere, no existe amistad sin la confianza, sin palabra de llamada y de respuesta. Ser amigos significa dialogar gozosamente, hacernos transparentes. Son creyentes de una religión los que confían en Dios y le responden. Pues bien, los verdaderos amigos son creyentes: valoran y se aceptan los unos a los otros.

3. La amistad se vuelve “caridad” o ayuda mutua. Amigos son aquellos que se quieren por quererse, sin buscar por la amistad ventajas egoístas. Pero la misma amistad hace que se ayuden en gesto de benevolencia activa: saben acogerse uno al otro, acentúan sus virtudes, perdonan sus defectos, le potencian, le rodean con su ayuda y con su gracia. La amistad implica dos rasgos. (a) Quiero el bien para mi amigo; por eso le enriquezco con mi vida, mi presencia, mi palabra. (b) Pero, al mismo tiempo, cuento con él: sé que hay alguien que se ocupa de mis cosas. Vela por mi vida. Ha decidido ofrecerme su asistencia. Eso me permite estar tranquilo. No basta, según eso, la pura ayuda externa. Acrisolado en el calor de la confianza, amigo es el que busca mi bien, no mis bienes; no ansía la ventaja de mis cosas, me quiere a mí mismo. Su actitud es desinteresada y la ayuda que me ofrece sobrepasa, en general, ese nivel primero de ventajas materiales. A pesar de eso, es evidente que la auténtica amistad ha de expresarse como ayuda material. Más aún, yo diría que sólo son amigos verdaderos los que tienden a ofrecerse y compartir los bienes de la tierra. Sin embargo, ese no es nunca el nivel definitivo. Lo que importa es, sobre todo, compartir proyectos y tareas más profundas: ideales y búsqueda, éxitos, fracasos, vida. Eso conduce ya al plano siguiente: los amigos dan y aceptan, comunican lo que tienen porque quieren construir una existencia compartida.

4. La amistad implica un tipo de con-vivencia. No basta colaborar en una tarea común, ni confiarse y ayudarse mutuamente en el camino. Amigos son, en realidad, quienes intentan construir un tipo de existencia unida o coexistencia, en la línea de lo que algunos teólogos y obispos de Asamblea de la Puebla de los Ángeles de México (CELAM, 1979) llamaron comunión y partici­pación. (1) Los amigos participan: asumen las tareas comunes y se ofrecen mutuamente lo que tienen; de esa forma surge en ellos una base de existencia que les une: recuerdos, afanes, bienes, valores. (2) Partiendo de eso, los amigos asumen y despliegan un tipo de comunión interpretada como encuentro de personas que comulgan las unas con las otras porque tienen una especie de base que les liga,   porque buscan la manera de ofrecerse compañía. Comulgan regalándose la vida: lo ue hacen, lo que tienen, lo que son. Lógicamente, ese nivel de convivencia nos lleva más allá del dar y recibir en cuanto tales. Lo que importa no es hacer, ni darse cosas, ni siquiera comunicarse secretos. Hay algo más hondo: el estar en unidad, el mantenerse en comunión. La fe se ha transformado de esta forma en vida: sobre el trasfondo de las confidencias surge la co-esencia, el descubrimiento y realización de la existencia en el encuentro. En este momento se explicita lo que implica ser persona. Estaba cada uno cerrado en su combate, condenado a su inquietud, amarra­do a su vieja soledad. Pues bien, de pronto, descubrimos que la vida es diferente: van surgiendo entre nosotros lazos de verdad; sobre el cimiento de los intereses y valores comunes se hace posible un contacto libre de personas, una comunión sin más proyecto que el hacernos, siendo en comunión lo que somos.

5. La amistad incluye también un momento de esperanza. Los amigos pueden empezar uniéndose a partir de un trabajo, de una solidaridad, de una tarea. Pues bien, recorrido el camino de la amistad como confianza, comunicación y convivencia, es necesario que ellos asuman, de algún modo, un horizonte común, desarrollando de esa forma un tipo de vida abierta hacia la Vida. Es más, la misma amistad va suscitando un futuro, va engendrando vida, haciendo que vivamos de verdad como personas. Platón decía que «amar es caminar unidos engendrar en la belleza». En esa línea se podría decir que vivir en la amistad implica cultivar de tal manera la confianza y convivencia que el camino de los hombres y mujeres se mantenga en esperanza y gracia.

6. Amistad y trascendencia. Muchos han afirmado que la verdadera amistad sólo es posible y culmina cuando al fondo de ella brota algo más alto, la presencia de un «tercero», es decir, de un Bien Común que centre y unifique a las personas ¿Cuál será ese bien común ante el que deben unirse los amigos? Para los pensadores griegos, la esencia o razón de la amistad está relacionada con un tipo de verdad más alta, una justicia o virtud superior que vincula a los amigos, que se unen de esa forma desde arriba. Los cristianos, han vinculado la amistad con Jesucristo, que les dice: «Como yo os he amado, amaos mutuamente» (Jn 13, 34). Como están unidos Padre e Hijo en el misterio trinitario así han de estar unidos, los creyentes, en transparencia amistosa: «Ya no os llamo siervos, sino amigos; porque el siervo no sabe lo que hace su señor; yo, en cambio, os he comunicado todo lo que he recibido del Padre…» (cf. Jn 15, 13-15). Quien escucha estas palabras de evangelio sabe que la unión de los amigos constituye un milagro de gracia, vinculado a la transparencia personal: buscamos la unidad, confianza y convivencia por motivos que desbordan los principios racionales: no nos sometemos a una ley, ni obedece­mos a un mandato impuesto desde fuera. La amistad constituye un regalo de la gracia: es la verdad de Dios que se ha ofrecido en Jesucristo, es el misterio de una vida que se funda en el Dios de la vida compartida, en el Dios que es amistad (siendo, también, amor enamorado).

7.   Amistad y alteridad sexual. Antiguamente parecía que sólo puede darse amistad entre varones, una amistad que con frecuencia tenía ciertos rasgos homosexuales. Las mujeres no podían elevarse hasta un nivel personal de la amistad, pues   su vida se encontraba relegada a un plano de materia, sensibilidad, sometimiento. Por otra parte, una amistad no sexualizada entre un hombre­ y una mujer parecía inconcebible. Pues bien, a mi entender eso ha cambiado y debe cambiar más hondamente todavía. El florecimiento de la amistad sólo es posible allí donde el ser humano (varón o mujer) accede a su libertad espiritual y se vuelve capaz de cultivar una relación personal en la que viene a transcenderse (no negarse) el nivel de los deseos. Ciertamente, un tipo de amistad así puede resultar más fácil en personas que son del mismo sexo. Sin embargo, resulta más fructuosa y positiva allí donde los sexos son distintos. Muchos piensan que la amistad es un peldaño inferior, una especie de amor más bajo, que en el caso hombre-mujer debe culminar en el enamoramiento. Así ocurre algunas veces, pero no de una manera necesaria, pues la amistad tiene un valor en cuanto tal, sin necesidad de convertirse en otra cosa. Todo enamoramiento implica un momento de amistad, pero puede haber un tipo de amistad sin enamoramiento; una amistad entre personas del mismo o de distinto sexo, hombres y/o mujeres, que comparten sobre todo la palabra y de esa forma enriquecen sus vidas. Este modelo de amistad   constituye uno de los retos mayores para los hombres y mujeres del futuro. Apenas hemos salido del cascarón de un tipo de naturaleza muy centrada en el clan, en un tipo de familia patriarcalista. Casi no sabemos lo que implica hacerse y ser hombres y mujeres en amistad. Nuestro amor se encuentra demasiado ligado a formas de vinculación sexual o a gestos de beneficencia afectivamente neutral. Pues bien, llega un mundo nuevo de creatividad en el amor y de amistad más amplia, que apenas somos ahora capaces de intuir. Evidentemente, siguen teniendo fuerza los viejos principios: está la atracción del sexo, la pasión de la vida, la tendencia al placer, el egoísmo. Quien no cuente con ello acaba engañándose a sí mismo. Pero, en este tiempo nuevo, de nueva libertad de amor (sin los tabúes y las prohibiciones moralistas, tan abundantes antaño) puede darse y se dará un florecimiento nuevo en la amistad.

En este contexto se puede plantear, por fin, el tema de la extensión numérica de la amistad: ¿cuántos pueden ser los amigos? Algunos dicen que sólo puede haber amistad entre dos o tres personas: sólo entre ellas puede darse el nivel de confidencia, convivencia y esperanza en que se forjan los amigos. Pero esa visión no me parece exacta. Ciertamente, existen amistades duales muy perfectas. Pero en su misma entraña, la amistad incluye un germen de apertura. El enamoramiento es, por esencial, dual: enamoramiento «a tres» resulta imposible, al menos a la larga. La amistad es diferente. Ella tiende a comunicarse, a crear ámbitos más amplios de confianza y convivencia, como dijo Jesús a sus discípulos, que eran más de dos o y más de tres «No os llamo siervos; vosotros sois mis amigos…» (cf. Jn 15, 14-15). En esa línea pienso que las comunidades contemplativas (→ vida religiosa) son, ante todo, espacios de amistad compartida.

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