Autoridad y amor

. Según el evangelio, el movimiento de Jesús no necesita la autoridad de rabinos (escribas), políticos o sacerdotes, sino que le basta la del amor comunitario. Un sistema social exige expertos, preparados conforme a los principios de poder e intercambio legal, para organizar sus proyectos; por eso, en su cabeza se sitúan lo especialistas jerárquicos. Los seguidores de Jesús buscan el contacto directo y no puede organizarse por leyes y estrategias, sino en amor cercano y en servicio liberador a los necesitados. Muchos han pensado y piensan que esa propuesta resulta irrealizable ¿Puede mantenerse un grupo de “carismáticos de amor”, sin ley social? ¿Perdura un movimiento sin instituciones jurídicas objetivas, que pueden separarse del encuentro directo y del amor inmediato de los miembros del grupo?[1]

El evangelio quiere una autoridad de amor, sin jerarquías, dogmas, ritos ni exigencias de obediencia externa, pero con la fuerte unidad que brota del servicio mutuo. En esa línea se sitúa la respuesta de Jesús a la propuesta de los zebedeos, que quieren sentarse con Jesús en el trono del reino (cf. también el mensaje sobre los   niños: Mc 9, 35; cf. Jn 13, 4-5. 13-15). Posiblemente, no buscan sólo poder material, sino dominio “espiritual”, según justicia: es bueno gobernar de un modo recto a los demás, como servidores fieles del sistema. Pero Jesús responde:

Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos (Mc 10, 42-45).

Jesús quiere portadores (transmisores) de Reino: personas capaces de amar y dar la vida por los otros, no sacerdotes de culto, economistas o políticos del cambio social. No les hace señores, ni jefes de grupo, sino servidores, como indican las tres partes del texto. (1) El poder actúa de hecho como racionalidad de la opresión (Mc 10, 42). Pues bien, Jesús desvela su cara mentirosa, en lección de fuerte claridad: quienes parecen mandar no mandan, son esclavos del sistema y opresores de los otros a quienes tiranizan; así pierden su propia libertad, volviéndose siervos del poder y tiranos de aquellos sobre los que mandan. (2) El ministerio mesiánico se expresa en forma de amor gratuito (Mc 10, 43-44). Jesús no ha tomado el poder económico (cf. Mc 10, 17-22), sacral (cf. Mc 11, 12-26) o mesiánico que los zebedeos buscan. Por eso responde: “No sea así entre vosotros… Quien quiera ser grande, hágase servidor de todos…” (cf. Mc 9, 33-37). El Reino de Dios se funda en amores y no en poderes, es comunión personal, no victoria de los poderosos. (3) Jesús redentor (Mc 10, 45). Cerrada en sí, la racionalidad del sistema tiende a pervertirse en forma de opresión; Jesús eleva frente a ella una supra-racionalidad, que recupera lo perdido y sana lo estropeado, en forma de redención. Jesús no quiere líderes o jefes, para mandar bien, pues no ha venido a gobernar sino a servir con amor y a dar su vida por todos, como Hijo del hombre (cf. Dan 7, 14).

La autoridad de Jesús proviene libremente del amor, no forma parte del sistema. Así inicia con sus Doce (y con aquellos otros que le siguen) un camino de servicio personal, que invierte la estrategia del poder objetivado. No ha querido ni podido establecer instituciones más capaces, mejores organismos de control, sino que ofrece un amor que supera los controles del sistema, expresándose como redención (=lytron), es decir, como entrega gratuita de la vida. El Hijo del hombre de Dan 7, 14 era poder superior, de manera que todos debían servirle, según la ideología del imperio sacral. Pero Jesús ha invertido expresamente esa figura, invirtiendo con ella el sentido de la autoridad: lo puede todo porque renuncia al poder, porque expresa y realiza su vida como amor generoso, a favor de los demás.

Esta renuncia al poder, expresada de forma ejemplar en la figura del Hijo del hombre, marca la inflexión y novedad del evangelio. Dan 7, 14 es todavía Ley: ratifica la victoria legal del Poderoso, la venganza de Dios, el triunfo merecido de los israelitas buenos. Por el contrario, Mc 10,45 es Evangelio: como nuevo ser humano, Hijo de Hombre, signo de Dios, Jesús inicia un camino de amor sin poder. No tiene que pagar nada a Dios, no tiene que expiar ninguna culpa; simplemente ama y traduce el amor de Dios en forma de servicio a los demás en medio de una tierra dominada por el deseo de poder, por la violencia del sistema. Pero eso, frente a la organización mesiánica de los zebedeos, que intentan racionalizar su movimiento con buenos poderes, Jesús ofrece un proyecto de unidad fraterna, no desde el poder de algunos, sino desde el amor y servicio de todos (Mc 10, 45).

El sistema necesita gobernantes, buenos administradores, en línea económica y burocrática. Pero los problemas del mundo de la vida no se solucionan con poderes de ese tipo. Por eso, Jesús no busca buenos mandos, estrategas financieros o jerarcas religiosos, sino amigos-servidores: madres, hijos, hermanos que sepan regalarse vida. El evangelio es guía de amigos-servidores, no directorio para triunfo en el sistema, ni manual para ganar dinero. Jesús y sus discípulos pueden ser autoridad de Reino porque aman. (1) Son autoridad de perdón, no poder de imposición (derecho a usar, abusar y dominar); valen porque sirven y perdonan a los otros, superando de esa forma el ámbito del juicio, como sabe Mc 2, 10 y ratifica el Señor pascual en Lc 24, 47. (2) Son autoridad porque saben morir a favor de los demás (cf. Jn 10, 17). Sólo sabe amar quien da la vida por los otros. Ser no es tener ni dominar, sino amar. Quien quiere imponerse a los demás les destruye y se destruye. Quien sabe perder (dar) su vida por ellos, les gana y la gana.

El proyecto de Jesús no crea sistema, sino que promueve el encuentro directo entre varones y mujeres, pequeños y grandes, aunque la iglesia instituida ha preferido destacar el orden. Jesús no quiere reformar los aparatos estatales o religiosos (en plano de sistema), sino crear espacios de encuentro personal, en el cara a cara de la comunicación (en amor y salud, dignidad y acogida). No cede a nadie su poder (a través de un contrato social), porque no lo tiene; no se eleva como voluntad triunfadora (contra Nietzsche), sino que regala y comparte en amor su propia vida. De esa manera, desde los excluidos de Israel, Jesús ha realizado y ofrecido la autoridad directa del encuentro personal con los demás. Cada persona, en su cara a cara de amor y palabra con los otros se vuelve así importante: frente a los poderes que vigilan y se imponen, marcando desde fuera lo que debemos hacer, Jesús despliega la autoridad inmediata del amor, que ayuda y crea comunión, en plano afectivo y efectivo, pues da la vida por los otros.


[1] Cf. R. Aguirre, Del movimiento de Jesús a la Iglesia cristiana. Ensayo de exégesis sociológica del cristianismo primitivo, Verbo Divino Estella; J. D. Crossan, El nacimiento del cristianismo, Panorama, Sal Terrae, Santander 2002; M. Foucault, Microfísica del Poder, La Piqueta, Madrid 1979; V. P. Furnish, The Love Command in the New Testament, SCM, London 1972; M. Hengel, Seguimiento y carisma, Sal Terrae, Santander 1981; X. Pikaza, Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños, Sígueme, Salamanca 1984.

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