Benedicto XVI. Dios es amor

Dios es amor

El 25 de enero del 2006 se hizo pública la primera encíclica de Benedicto XVI (firmada en 15 de diciembre de 2005), que llevaba el título latino de Deus Caristas est (Dios es amor). Se trata de une encíclica muy bien elaborada, desde una perspectiva filosófica y religiosa, que interpreta el cristianismo como experiencia y práctica de amor. Trata directamente de Dios, no de cuestiones sociales. Ella empieza ocupándose de Dios, no de los hombres, y lo hace con gran densidad reflexiva, como ninguna encíclica o documento anterior de la Iglesia Católica lo había hecho[1].

1. Nums 2-18: La unidad del amor en la creación y en la historia de la salvación.

De manera sorprendente, Benedicto XVI asume y resuelve la problemática de la dualidad del amor, que es, al mismo tiempo, → eros y ágape. (1) Por naturaleza, el hombre es eros, tanto en el aspecto de erotismo humano, como en el sentido de búsqueda de Dios. Por su hondura y radicalidad, la encíclica, que podría titularse “el hombre es amor”, constituye el documento más importante de la iglesia moderna sobre el tema. Es un documento que asume plenamente la cultura “afectiva” de la humanidad, la importancia del amor como elemento constitutivo de la vida humana. (2) Por otro lado, la encíclica sabe que el hombre es ágape, capacidad de acogida del amor de Dios, con todo lo que este amor tiene de donación gratuita, de vida compartida

En realidad, eros y ágape – amor ascendente y amor descendente– nunca llegan a separarse completamente. Cuanto más encuentran ambos, aunque en diversa medida, la justa unidad en la única realidad del amor, tanto mejor se realiza la verdadera esencia del amor en general. Si bien el eros inicialmente es sobre todo vehemente, ascendente —fascinación por la gran promesa de felicidad—, al aproximarse la persona al otro se planteará cada vez menos cuestiones sobre sí misma, para buscar cada vez más la felicidad del otro, se preocupará de él, se entregará y deseará «ser para» el otro. Así, el momento del agapé se inserta en el eros inicial; de otro modo, se desvirtúa y pierde también su propia naturaleza. Por otro lado, el hombre tampoco puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don (Dios es amor 7).

Esta unión de eros y ágape, de búsqueda humana y de presencia divina, de unidad corporal y comunión personal se expresa, de manera privilegiada en el matrimonio que, conforme a la visión de Benedicto XVI, constituye una expresión privilegiada del amor completo, amor de Dios, amor humano. En este contexto, el cristianismo asume toda la hondura de la revelación del Antiguo Testamento:

La narración bíblica de la creación habla de la soledad del primer hombre, Adán, al cual Dios quiere darle una ayuda. Ninguna de las otras criaturas puede ser esa ayuda que el hombre necesita, por más que él haya dado nombre a todas las bestias salvajes y a todos los pájaros, incorporándolos así a su entorno vital. Entonces Dios, de una costilla del hombre, forma a la mujer. Ahora Adán encuentra la ayuda que precisa: «¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!» (Gn 2, 23). En el trasfondo de esta narración se pueden considerar concepciones como la que aparece también, por ejemplo, en el mito relatado por Platón, según el cual el hombre era originariamente esférico, porque era completo en sí mismo y autosuficiente. Pero, en castigo por su soberbia, fue dividido en dos por Zeus, de manera que ahora anhela siempre su otra mitad y está en camino hacia ella para recobrar su integridad (Banquete, XIV-XV, 189c-192d). En la narración bíblica no se habla de castigo; pero sí aparece la idea de que el hombre es de algún modo incompleto, constitutivamente en camino para encontrar en el otro la parte complementaria para su integridad, es decir, la idea de que sólo en la comunión con el otro sexo puede considerarse «completo». Así, pues, el pasaje bíblico concluye con una profecía sobre Adán: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne » (Gn 2, 24). En esta profecía hay dos aspectos importantes: el eros está como enraizado en la naturaleza misma del hombre; Adán se pone a buscar y «abandona a su padre y a su madre» para unirse a su mujer; sólo ambos conjuntamente representan a la humanidad completa, se convierten en «una sola carne». No menor importancia reviste el segundo aspecto: en una perspectiva fundada en la creación, el eros orienta al hombre hacia el matrimonio, un vínculo marcado por su carácter único y definitivo; así, y sólo así, se realiza su destino íntimo. A la imagen del Dios monoteísta corresponde el matrimonio monógamo. El matrimonio basado en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el icono de la relación de Dios con su pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano. Esta estrecha relación entre eros y matrimonio que presenta la Biblia no tiene prácticamente paralelo alguno en la literatura fuera de ella (Dios es amor 11).

En ese sentido, hallándose integrado en el mismo eros humano, el matrimonio constituye un momento privilegiado del amor de comunión personal, que se sitúa ya en plano de ágape. En el ágape se unen el amor de Dios y el amor al prójimo, que terminan apareciendo como un “único mandamiento”, un mismo camino de realización humana, mirado básicamente desde Dios, que purifica al hombre y le capacita para amar a los demás, de un modo desinteresado, gratuito. De todas formas, ambos amores se unen, resultando inseparables. Si en mi vida falta completamente el contacto con Dios, podré ver siempre en el prójimo solamente al otro, sin conseguir reconocer en él la imagen divina. Por el contrario, si en mi vida omito del todo la atención al otro, queriendo ser sólo «piadoso» y cumplir con mis «deberes religiosos», se marchita también la relación con Dios. Será únicamente una relación «correcta», pero sin amor. Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama» (Dios es amor 18).

2. Núms. 19-41. La caridad eclesial.

Benedicto XVI quiere fundar toda la acción de la iglesia sobre el principio del amor, que ahora podemos entender como “caridad”. «El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial, y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local a la Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad. También la Iglesia en cuanto comunidad ha de poner en práctica el amor. En consecuencia, el amor necesita también una organización, como presupuesto para un servicio comunitario ordenado» (Dios es amor 20). Esto significa que la misma organización de la iglesia tiene que nacer y nace de su compromiso caritativo. Conforme a una visión tradicional, Benedicto XVI afirma que la iglesia cristiana posee y despliega tres ministerios básicos: el de la palabra (anunciar el evangelio), el del sacramento (celebrar la fiesta de Jesús) y el de la caridad (el servicio a los necesitados)

La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia. La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario. Pero, al mismo tiempo, la caritas-agapé supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado «casualmente» (cf. Lc 10, 31), quienquiera que sea. No obstante, quedando a salvo la universalidad del amor, también se da la exigencia específicamente eclesial de que, precisamente en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad. En este sentido, siguen teniendo valor las palabras de la Carta a los Gálatas: «Mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe» (Gal 6, 10) (Dios es amor 25).

En este contexto se sitúa la relación entre el amor cristiano y la justicia social. Benedicto XVI admite también en este campo, como en el campo del eros, la autonomía de la razón, es decir, de la política humana. Eso significa que la iglesia no puede imponer una norma sobre el conjunto social, ni puede convertir su visión del amor en principio de política, pero puede y debe iluminar la experiencia y vida del conjunto de la sociedad:

La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar. La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política. No obstante, le interesa sobremanera trabajar por la justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien. El Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido –cualquier ser humano– necesita: una entrañable atención personal. Lo que hace falta no es un Estado que regule y domine todo, sino que generosamente reconozca y apoye, de acuerdo con el principio de subsidiaridad, las iniciativas que surgen de las diversas fuerzas sociales y que unen la espontaneidad con la cercanía a los hombres necesitados de auxilio. La Iglesia es una de estas fuerzas vivas: en ella late el dinamismo del amor suscitado por el Espíritu de Cristo. Este amor no brinda a los hombres sólo ayuda material, sino también sosiego y cuidado del alma, un ayuda con frecuencia más necesaria que el sustento material. La afirmación según la cual las estructuras justas harían superfluas las obras de caridad, esconde una concepción materialista del hombre: el prejuicio de que el hombre vive «sólo de pan» (Mt 4, 4; cf. Dt 8, 3), una concepción que humilla al hombre e ignora precisamente lo que es más específicamente humano (Dios es amor 29).

En esa línea ha separado y vinculado Benedicto XVI los dos planos. (1) La sociedad civil ha de organizar el plano de la justicia, en forma estructurada, como un orden unitario. (2) La iglesia, con otras organizaciones voluntarias, se sitúa en el nivel de la caridad inmediata. Esa caridad no puede estar al servicio de ningún sistema ideológica, ni de ningún proselitismo religioso o social, sino que ha de ser una expresión de la libertad de Dios, del amor del evangelio.

2. Una breve evaluación.

Benedicto XVI ha ofrecido en esta encíclica la más honda reflexión sobre el amor, desde una perspectiva filosófica y teológica, bíblica y espiritual. De todas formas, su argumento no ha llegado hasta el final: el tema del amor sigue abierto, de manera que puede y debe matizarse desde algunas perspectivas. Estos son los aspectos que pueden completarse. (a) La opción de Jesús a favor de los pobres implicaba, de algún modo, una ruptura del sistema económico y político de su tiempo, cosa que, a mi juicio, la encíclica no ha puesto bastante de relieve. Se ha   que el Papa es reformista, pero que Jesús fue un profeta escatológico. Sobre el amor radical del Jesús histórico por los expulsados del sistema social y religioso de su tiempo esta encíclica no dice   apenas nada, como si ese tema fuera menos importante. (2) Benedicto XVI no ha condenado las consecuencias destructoras del sistema neoliberal, quizá porque se ha situado en un plano más teórico que práctico, más religioso que social. Parece que   una fidelidad más directa a las implicaciones sociales del evangelio hubiera exigido una condena más fuerte. (3) La encíclica no desarrollas consecuencias políticas del amor de Dios. De esa manera, da la impresión de que encierra de nuevo la caridad en el ámbito de una religiosidad privada, de tipo muy eclesial, pero quizá poco mundano. En contra de eso Jesús quiso anunciar el Reino de Dios para el mundo, no encerrarse en una iglesia sagrada. (4) Finalmente, la encíclica no destaca la autonomía política y social del mundo. Ciertamente, valora el contenido e implicaciones del eros, en conexión con el ágape cristiano. Pero no ofrece un análisis igualmente certero de los valores y riesgos del amor social, en clave económico-política. Al Papa le importa menos la autonomía ética de los no cristianos. (5) Conclusión. A pesar de esas posibles lagunas, la encíclica constituye un documento ejemplar, por su hondura temática y su forma de situar el amor en el principio y centro de la vida cristiana… En esa línea, ella hará un buen servicio para la comprensión del amor en el evangelio.


[1] Texto on line: www.vatican.deus-caritas-est. Edición como libro: BAC, Madrid 2006. Cf. Conferencia Episcopal Española, Dios es amor, Edice, Madrid 1998. Cf. J. I. Calleja, “Observaciones a la Encílica Dios es Amor”, Eclesialia 04.04.06 (eclesialiaHtm, cf. también http://www.atrio.org/?p=194). Con el mismo título, cf. S. Vergés, Dios es amor, Sec. Trinitario, Salamanca 1982; M. Calvo-Ariño, Dios también es amor, CCS, Madrid 2004; D. Staniloae, Dios es amor, SecTrinitario, Salamanca 1994

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