Muerte de Jesús. El gran grito (Mc 15, 33-37)

El gran grito (15, 33-37)

Como signo de fracaso se extiende por la tierra la tiniebla (15,33): se oscurece el mundo cuando expira el Hijo de Dios. En medio de esa oscuridad, que es religiosa más que física, sólo unos destellos de luz profética permiten descorrer un poco el velo de misterio. El más significativo de esos “destellos” de luz es el grito de Jesús, que muere invocando a Dios (y no llamando simplemente a Elías). A su lado se encuentran dos signos complementarios, de los que trataremos después: el desgarrón del velo del templo y la confesión del centurión (15, 38-39).

Según Marcos, el signo mayor de la muerte de Jesús ha sido su grito desde la cruz, un mismo grito que aparece al principio y fin de este pasaje (15,34.37), ofreciendo una de las referencias más significatias de todo el evangelio. Se trata, sin duda, de un grito misterioso, que ha podido entenderse de dos formas: como llamada a Dios, como llamada a Elías. Empecemos por este último sentido:

− Oyendo gritar a Jesús, algunos pensaron que llamaba a Elías: «¡Mirad! Está llamando a Elías» (15,35). La evocación del antiguo profeta ha estado latente a lo largo de todo el evangelio, desde el momento en que aparece Juan Bautista, retomando el anuncio y vestido de Elías (1, 6). Con rasgos de Elías han visto a Jesús algunos de su tiempo (6, 15; 8,28); el mismo Jesús ha querido precisar el modo y meta de la acción del viejo Elías (9,11-13). Pues bien, ahora que el Cristo condenado grita, acabando su camino, algunos piensan que está llamando a Elías, como si dijera Elliyah tha, Elías ven. Eso supondría que no acepta su fracaso: que invoca al vengador (Elías) y pide que venga el enviado justiciero, con el fuego de Dios, para matar-purificar a los perversos (Mal 3, 2.23). Habría llegado el momento del juicio, sería tiempo de ira (Eclo 48, 10). Jesús pediría la ayuda del profeta del fuego. Así piensan, así escuchan algunos desde el fondo de su miedo: si viene Elías, puede destruirles, desclavando a Jesús de la cruz y asumiendo la venganza sobre aquellos que le matan.

Pero Marcos “sabe” (con la Iglesia) que Jesús no ha gritado a Dios pidiéndole venganza, sino preguntándole “por qué”: «Eloi, Eloi, lema sabakhtani? ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» (15,34). Eso significa que Jesús no desea ni exige un tipo satisfacción externa. No llama al Elías vengador (del final de Mal 3, del final de la Biblia Hebrea), sino al mismo Dios que le ha constituido “hijo suyo”, enviándole a realizar su obra (cf. 1, 10-11), para abandonarle al parecer ahora. Esta interpretación cristiana del grito de Jesús resulta incluso más escandalosa que la otra (la de aquellos que pensaron que moría llamando a Elías). Llamar a Elías hubiera sido lo normal para un creyente israelita, pues Elías debía venir al final de los tiempos, para preparar la llegada de Dios. Más escandaloso es pensar que murió llamando a Dios, y preguntándole “por qué” le había abandonado (aunque fuera con las palabras de un Salmo).

Según eso, Jesús muere llamando al mismo Dios (no a Elías) con la más fuerte y más sangrante voz de la Escritura (Sal 22,1). Desde el fondo de su abandono, como mesías fracasado de la historia, desde el borde de la muerte, totalmente sólo (abandonado, al parecer, por el mismo Dios que le ha enviado a decir lo que ha dicho y a hacer lo que ha hecho), grita Jesús con gran angustia, pidiendo a Dios respuesta. De forma semejante llamó en Getsemaní (14,36), recibiendo entonces fuerza para mantenerse en el camino. Pero ahora no hay respuesta en esta vida, ni siquiera la posibilidad de seguir y entregarse en manos de los delegados del Sanedrín y de Judas. En este momento, Jesús ya está entregado, de forma que no puede hacer nada, sino sólo gritar y morir. De esa manera, repitiendo el tema del grito, Marcos dice que Jesús, dando una voz grande (phônên megalên) expiró, es decir, entregó el espíritu (exepneusen), aludiendo probablemente al Espíritu que había recibido en tras el bautismo, cuando el mismo Dios le había llamado su Hijo (cf. 1, 10-11).

Dios le había llamado (o respondido) en otros momentos importantes, diciéndole ¡Hijo! (1,11; 9,7). Pero ahora Jesús ya no puede escuchar esa palabra: Ha realizado su tarea, ha anunciado y preparado la llegada del Reino de Dios, pero todos le han abandonado, incluso el mismo Dios (al menos en un sentido externo). Es indudable que, en un sentido, Jesús ha fracasad; pero en ese mismo momento, desde el mismo fracaso, Jesús sigue llamando a Dios y preguntando, y con ella llamada y grito muere.

En manos de Dios, en oscuridad y grito grande, despreciado por su pueblo, abandonado de todos sus amigos, muere el Cristo, gritando a Dios, con los dolientes de los salmos de Israel. No hay ya espacio o tiempo de respuesta en este lado de la muerte. Así acaba y culmina de verdad su camino mesiánico, según Marcos. Sólo muriendo, y muriendo así, como fracasado en el mundo, el Hijo de Dios ha cumplido plenamente su tarea. Asumiendo de esta forma el camino de la finitud y del fracaso, preguntando a Dios “por qué”, Jesús ha conseguido superar la tentación, venciendo para siempre al diablo-Satanás que le venía probando desde 1,12-13.

Por voluntad de Dios había comenzado y mantenido su camino (desde 1, 9-11). Ante Dios, protagonista de su historia, ha venido ahora a ponerlo, entregándose en sus manos y gritando, con el Salmo 22: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? (15, 34). Estas palabras (sean históricas o no en un sentido externo) hay que entenderlas en un sentido absolutamente literal, no como expresión de angustia o rechazo (Jesús no se derrumba, ni se vuelve atrás), sino como expresión y signo radical de protesta y de pregunta: «¿Por qué…?». En nombre de Dios ha actuado, a su luz se ha mantenido, dispuesto a dar su vida (como sabemos desde 8, 31). Por eso puede y debe llamarse ahora, con las palabras del salmo, que son las palabras de los sufrientes de la tierra, a quienes él ha querido proclamar el Reino.

Jesús muere con (por) todos los impuros de la historia, para reunirlos en iglesia de marginados evangélicos. Caben en ella los leprosos y posesos, los enfermos y expulsados que ha venido encontrando y ayudando en su camino; con ellos, para ellos, ha muerto Jesús, en soledad completa, en completa compañía. No busca ni llama a un Elías de venganza, no muere invocando el fuego de Dios sobre jueces y verdugos (15, 35-37). Pero puede llamar y llama al Dios en cuyo nombre ha proclamado el Reino, no sólo por él (¿por qué me has abandonado…?), sino en nombre de todos aquellos a quienes ha proclamado el Reino (¿por qué nos has abandonado?).

Muere condenado por unos, despreciado por otros, abandonado por todos, llamando a su Dios desde su angustia, unido así con todos los humanos que se encuentran despreciados, expulsados, rechazados sobre el mundo. A partir de aquí se debe releer el evangelio, descubriendo que esta muerte de Jesús culmina su camino: se ha vinculado a los impuros, con los impuros muere; ha ofrecido solidaridad a los enfermos y pecadores, con ellos fracasa en la tierra. Ahora se unen para matarle los poderes de la ley y fuerza de este mundo (universalidad de la violencia). Con todos los humanos despreciados, impuros, rechazados, muere en el Calvario.

De esa forma, la muerte de Jesús hace juego con su vida. Éste es quizá el mayor descubrimiento teológico de Marcos, que he vinculado el mensaje triunfante de Jesús en Galilea (1,1-8, 26) con el camino de entrega y fracaso de Jerusalén (8, 27-16, 8), mostrando que ambos son inseparables. Quien vive como Jesús (para acoger a los impuros y compartir con todos el pan multiplicado de la gratuidad) tiene que estar dispuesto a morir como él. No se han equivocado los que le mataron. No se ha equivocado Jesús al aceptar su muerte, poniéndose en manos de Dios con todos los que ha ido buscando en el camino de la vida, para formar con ellos iglesia o comunidad de reino. Ahora, con este grito de Jesús, podemos y debemos afirmar que ha fracasado un tipo de mesianismo nacional judío, más aún, un tipo de teología de la victoria de Dios sobre la tierra. Entre aquellos que “mejor” pueden situarse (de algún modo) ante el Jesús de este grito están los judíos que han sido condenados a muerte (o han sobrevivido a la muerte) de Auschwitz. Es evidente que este grito de Jesús en la cruz (y, sobre todo, la cruz) está expresando el final de una teología triunfante de la revelación de Dios en la historia positiva de la tierra.

Condena y muerte de Jesús  ¿Por qué murió?

La muerte no es algo que viene como accidente, al final del proceso de la vida, sino un rasgo esencial de la existencia humana. (a) Por una parte, ella forma parte de la constitución de los vivientes superiores, que tienen un ciclo biográfico muy preciso, constituido por nacimiento, despliegue vital y perecimiento; en ese plano, los hombres son naturalmente mortales. (b) Pero, en otro sentido, la muerte no es puramente natural, sino que pertenece a la cultura humana y puede traducirse como donación de vida (entrega de amor a los otros) o como asesinato (en la línea del mito de Caín y Abel, en Gen 4). Pues bien, la muerte de Jesús ha sido amor supremo (ha regalado su vida por el Reino) siendo suprema violencia (ha sido asesinado legalmente por el sistema). Desde ese fondo queremos recoger algunos de sus momentos o rasgos que nos han acompañado a lo largo de este capítulo.

  1. Muerte natural. Jesús ha muerto en primer lugar porque es humano. No es superman, apariencia de Dios que camina sobre el mundo, sino un hombre concreto, nacido de mujer, sometido a la ley de la vida y muerte normal de la tierra (cf. Gen 4, 4). En ese sentido, su defunción se inscribe en el gran despliegue de los ritmos de la naturaleza, como las plantas que nacen y mueren, como las estaciones del año que pasan y vuelven. Murió por ser mortal, de tal manera que si no le hubieran ajusticiado con violencia hubiera expirado por enfermedad o vejez. Ciertamente, los cristianos saben que Jesús murió en la cruz y fue enterrado (Marcos 15). Pero pudo morir porque era humano, salido del humus o polvo mortal de la tierra.
  2. Muerte pervertida ¿le ha matado el Diablo? La tradición bíblica sabe que la muerte del hombre es más que una expresión de su naturaleza humana, y Marcos añade que a Jesús le han matado otros hombres (los sacerdotes, Pilato…), por miedo y por envidia, para defender su sistema de violencia. Pues bien, en el fondo de esa muerte, puede y debe verse “la mano” del Diablo, como sabe el libro de la Sabiduría: “Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del Diablo y los de su partido pasarán por ella” (Sa 2, 24-25). A Jesús le han matado por “instigación del Diablo”, contra quien ha luchado desde el principio (1, 12-13); le han matado unos “agentes del mal”, unos poderes sociales que están de hecho al servicio de Satán (como supone 3, 21-30).
  3. Muerte bendita. Ha muerto a favor de los demás. Ciertamente, Jesús ha muerto por naturaleza (era mortal) y por per-versión humana (le han ejecutado), pero en sentido aún más profundo él ha muerto por amor: ha puesto su mensaje y vida al servicio de los marginados, enfermos y oprimidos de su entorno, suscitando para ellos y con ellos un movimiento de Reino, al servicio de una salud y comunicación universal, y encendiendo, al mismo tiempo, la oposición de los defensores del sistema político/sagrado que intentan matarle desde el principio (3, 6). Así ha muerto dando la vida, como saben los textos más profundo de Marcos (cf. Marcos 10, 45 y 14, 24). En ese sentido se puede afirmar que la muerte de Jesús ha sido un “sacrificio”, pero no para aplacar a Dios, sino para convertir su vida en ofrenda de vida al servicio del Reino (es decir, como principio de la Nueva Alianza).
  4. Morir en Dios: blasfemia o revelación. Como sabe la parábola de los viñadores (12, 1-12) Jesús ha venido en nombre de Dios, sin más tesoro ni poder que su vida, que él y regala, de modo gratuito y generoso, en comunicación sanadora, proclamando la llegada del Reino de Dios. Muchos pensaban que Dios es garante y defensor del orden establecido, que se expresa por el templo de Jerusalén y el imperio de Roma. Por eso, ellos interpretan el gesto de Jesús como desorden social y ‘blasfemia’ contra Dios y, por eso, legalmente le matan, apelando para ello a las razones de la Biblia, que manda aniquilar a los herejes (cf. Dt 13). Entendida así, la muerte de Jesús es un juicio teológico.Aquellos que le matan optan por el Dios de sus instituciones, y afirman que Jesús las pone en riesgo; ellos quieren que se cumple la justicia de Dios, expresada en el sistema. Por su parte, Jesús muere llamando a su Dios desde la suprema debilidad (¿por qué me has abandonado?: Marcos 15, 34); los cristianos dirán que ha muerto por ser fiel al Dios amigo de perdedores y marginados, por encima de todo sistema.

No ha muerto simplemente por causa del Diablo (envidia y violencia originaria), ni tampoco por la violencia de las autoridades sagradas e imperiales, sino por fidelidad a su mensaje y por amor de Dios, como saben Marcos y Pablo. Ha muerto para mostrar y realizar, sobre la dura violencia de este mundo, la más honda y gozosa experiencia de vida, como testigo del Reino (mártir) en favor de los pobres y expulsados del sistema. Murió como perdedor, en nombre de Dios, pero convirtiendo su pérdida en ganancia universal. Otros han perdido y parece que todo sigue igual. Jesús, en cambio, ha perdido y en su muerte (derrota) es revelación universal de amor.

A todos los lectores y amigos de RD 21 ¡Feliz Pascua!

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