Cantar de los Cantares. Tiempo de Pascua

Durante mucho tiempo, en diversas iglesias, se ha leído el Cantar de los Cantares en tiempo. Así lo ofrezco hoy, como texto de amor pascual, abierto a la Gracia de la Vida.

Cantar de los Cantares[1]

El Cantar de los Cantares (=Cánt, Ct), texto clave del amor humano y divino, es uno de los libros más bellos de la Biblia y de la literatura universal. Su argumento no es la teogamia o matrimonio intradivino que vincula a la pareja primigenia de los dioses (Baal y Ashera). Tampoco trata de las bodas que vinculan de manera sacral a los diversos elementos de este cosmos, ni siquiera del amor que relaciona a Dios con el hombre, aunque pueda interpretarse también de esa manera. El Cantar es ante todo un enigmático, profundo y sorprendente poema del amor humano, un canto de enamoramiento y bodas. El es canto de amor de una pareja que descubre en sí misma los valores y misterios de la creación originaria. Es un canto de amor integral donde se unen los motivos de la naturaleza y de la historia israelita. Es un amor evocado en los signos de la naturaleza (primavera, árboles, olores…) y en la historia geografía israelita (habla de Salomón y Jerusalén, de Engaddí, Líbano, Tirsa y Sarón (1,14; 2,1; 4, 8 etc.), per es amor que vale en sí mismo, no se pone al servicio de otra cosa. Es un amor de varón y mujer, que aparecen como iguales, sencillamente humanos, superadas las divisiones motivadas por sexo u oficio. Éste es uno de sus textos:

– (Ella) ¡La voz de mi amado! Mirad: ya viene saltando por los montes, brincando por las colinas. Es mi amado una gacela, es como un cervatillo. Mirad: se ha parado detrás de la tapia, atisba por las ventanas, observa por las rejas. Habla mi amado y me dice:

– (Él). Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven a mí, porque, mira, ha pasado el invierno, la lluvia ha cesado, se ha ido; se ven flores en el campo, llega el tiempo de la poda y el arrullo de la tórtola se escucha en nuestros campos. Ya apuntan los frutos en la higuera, la viña florece y exhala perfume Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven a mí paloma mía, en los huecos de la peña, en los escondrijos del barranco: déjame ver tu figura, déjame oír tu voz, porque tu voz es dulce y tu figura hermosa.

– (Ambos) Agarradnos las raposas, raposas pequeñitas, que destrozan la viña, nuestra viña florecida.

– (Ella de nuevo) Mi amado es mío y yo soy suya, del pastor de lirios. Antes de que sople el día y huyan las sombras vuelve, amado mío, como una gacela o como un cervatillo, sobre los montes de Bether (Ct 2, 8-17)

El canto tiene una fuerte tensión poética, marcada por asociaciones de signo cósmico (primavera), y un ritmo de amor que va poniendo en relación a dos personas que se buscan y al hallarse descubren en sí mismas todo el universo. Así lo veremos siguiendo el esquema del texto.

– Ella ha estado esperando, con oído bien abierto a las voces que le llegan. Todo le resbala hasta que escucha lo indecible: qol dodi, ¡voz de mi amado! No hay que explicar nada, nada hay que aclarar: esa palabra suscita una profunda excitación en el cuerpo/alma de la amada. Por eso, tas escuchar, mira y, viendo, dice: ¡ya viene! El amor le ha llegado por la voz y luego se ha adueñado de sus ojos. Ella ha cambiado, concentrándose en un nuevo tipo de mirada: le ve rápido, saltando por los montes/colinas que aparecen así llenos de vida ¡son camino del amado! Todas las imágenes evocan agilidad y hermosura: es veloz el amado que salta y que llega, salvando distancias, venciendo montañas, en gesto de frágil belleza. No es el amado un animal de fuerza (toro), un semental de cría, un león de violencia… Es la hermosura rápida del ciervo huidizo, que escapa al menor ruido, pero que ahora viene manso, encariñado. Esta experiencia del ciervo que llega, en gesto esperado y, sin embargo, sorprendente, marca el tono de la escena. Éste es el ciervo de la primavera: llega saltando con el tiempo nuevo de la vida; como invitación al amor que cruza el horizonte y lo transforma en su llegada. Ella está esperando resguardada: detrás de una ventana, al amparo de una reja (o celosía). Quizá podamos decir que ella es casa y él campo; ella la espera, él la llegada. Toda su vida de mujer se vuelve acogimiento. Toda la vida del varón se hace presencia. Ella debería abrir la puerta y correr hacia el amado. Pero sabe que no puede apresurarse: le deja venir, aguarda.

– Él empieza diciendo ¡levántate!, como si ella hubiera estado postrada, retraída en largo invierno. No la toma por la fuerza, no la rapta, no la lleva poseída, como objeto que se toma y arrastra con violencia. Tiene que llamarla y esperar, dejando que ella misma se decida y venga. Este lenguaje de amor es velado y fuerte, indirecto y convincente. Es como si dijera ¡levántate, seamos primavera! Ella, la mujer amado, viene a presentarse así como tiempo y espacio de amor, como primavera hecha persona. De esa forma, el amor está asociado a la misma vida cósmica. Es hermoso que vuelva cada año la potencia de la vida en las flores y el arrullo de palomas, en los frutos que maduran, en los árboles y viñas… También ellos expresan el amor de primavera. Por eso dice: ¡Levántate! ¡ven y sintamos juntos el latido de la tierra, cantando el himno de la vida que por doquier nos llama y alza!. Todo se vuelve lugar y evocación de amor: las flores, el arrullo de la tórtola, el perfume de la viña. Uniéndose en amor, ellos dicen y dan sentido al mundo en primavera. Así habla el amante a la amada. Por un lado le llama mía (pues la lleva en sí); por otro le pide que venga, que se haga suya, que puedan compartir y hacer (ser) la primavera. Ella le había comparado con el ciervo que corre en libertad por la colina. Él la compara a la paloma: está escondida, inaccesible, en las quebradas de la peña. Posiblemente tiene miedo. El la llama y dice ¡ven!, invitándole a volar en gozo suave por el aire de la vida. Esto es amar: volar en compañía. La paloma que corre con el ciervo, el ciervo que se hermana a la paloma en la aventura de su vida compartida. Invirtiendo un esquema normal en los mitos antiguos, la paloma/cielo es la mujer, el ciervo/tierra es el varón. Ambos tienen que mirarse. Ella le ha visto saltando en las colinas. Él quiere verla saliendo de la quebrada, perdiendo el miedo y volando en suavidad por las alturas. Mirarse mutuamente, descubriendo cada uno su vida en la vida del otro; escucharse mutuamente, haciéndose palabra el uno desde el otro: éste es el amor más hondo. Quizá pudiéramos decir que antes ignoraban su verdad. Ciegos estaban sus ojos, cerrados sus oídos. Ahora, al mirarse y escucharse, han aprendido a ver y oír: saben lo que son, se saben, conociéndose uno a otro.

– Ambos. Pueden tomar la palabra juntos, diciendo al mismo tiempo su deseo: ¡cazadnos! Han empezado a conjugar el nosotros, se convierten de esa forma en sujeto de una misma frase, uniendo el yo y el tú, el mío y tuyo. Comparten la misma viña, el campo donde pueden cultivar su encuentro, el espacio de comunicación donde florece ya su primavera. Ambos unidos dicen una palabra de fuerte deseo: ¡quieren disfrutar la viña, cultivar el amor, unidos ambos, pues son inseparable! Ellos saben que el amor es lo más fuerte. Pero saben, también, que se encuentra amenazado. Hay en el campo animales que ponen en peligro la nacida primavera: los riesgos del amor se elevan tan pronto como el amor ha comenzado. Por eso piden ¡cazadnos las raposas! No están solos sobre el mundo. No se bastan uno al otro. Por eso buscan la ayuda de todos los restantes varones y mujeres del entorno. De esa forma, mientras gozan el amor en dulce compañía, despiertan a los otros y les dicen: ¡ayudadnos, para que pueda mantenerse sana nuestra viña!

– Ella de nuevo. Han celebrado el amor sobre el tálamo florido de la primavera; han recreado, como ciervo y paloma, el sentido original de la existencia, mientras alguien ha guardado su viña, impidiendo que vinieran las raposas. Ahora es ella la que consagra el amor como permanencia, como un tipo de matrimonio: dodi li, mi amado es mío; w´ani lo: y yo soy suya. Normalmente, estas palabras suele proclamarlas el esposo. Pero aquí las dice ella, rubricando con su afirmación el matrimonio ya vivido (realizado). Pudiera pensarse que él se ha ido por un momento: es un ciervo que brinca por los montes. Pues bien, como guardiana de amor, ella le pide que vuelva antes que sople el día y huyan las sombras… ¡Como gacela o cervatillo ven! En este contexto se introduce una referencia enigmática ¡sobre los montes de Bether! (2,17). Es posible que se trate de una geografía amatoria: este es el monte del ciervo que vuelve al amor (en palabra tomada de Jos 15, 59a LXX). Pero Bether puede significar también división (cf. Gen 15,10). En ese caso, el sentido del texto sería: superando las montañas de la ruptura, venciendo las quebradas donde todo parece retorcerse y escindirse, el amado tiene que volver a la unidad de amor, antes que el día se cierre o acabe la noche. De esa forma, venciendo su posible tendencia a la evasión, el ciervo del amor ha de volver cada día hacia el encuentro con su amada. Es ella la que cuida el amor, ella la que llama. Desde ese fondo, tanto el judaísmo como el cristianismo han valorado siempre el Cantar de los Cantares como experiencia de amor posible, como realidad de amor real:

¿Cómo hemos de describir concretamente este camino de elevación y purificación? ¿Cómo se debe vivir el amor para que se realice plenamente su promesa humana y divina? Una primera indicación importante podemos encontrarla en uno de los libros del Antiguo Testamento bien conocido por los místicos, el Cantar de los Cantares. Según la interpretación hoy predominante, las poesías contenidas en este libro son originariamente cantos de amor, escritos quizás para una fiesta nupcial israelita, en la que se debía exaltar el amor conyugal. En este contexto, es muy instructivo que a lo largo del libro se encuentren dos términos diferentes para indicar el «amor». Primero, la palabra «dodim», un plural que expresa el amor todavía inseguro, en un estadio de búsqueda indeterminada. Esta palabra es reemplazada después por el término «ahabá», que la traducción griega del Antiguo Testamento denomina, con un vocablo de fonética similar, «agapé», el cual, como hemos visto, se convirtió en la expresión característica para la concepción bíblica del amor. En oposición al amor indeterminado y aún en búsqueda, este vocablo expresa la experiencia del amor que ahora ha llegado a ser verdaderamente descubrimiento del otro, superando el carácter egoísta que predominaba claramente en la fase anterior. Ahora el amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca (Benedicto XVI, Dios es amor 6).

Por eso podemos comprender que la recepción del Cantar de los Cantares en el canon de la Sagrada Escritura se haya justificado muy pronto, porque el sentido de sus cantos de amor describen en el fondo la relación de Dios con el hombre y del hombre con Dios. De este modo, tanto en la literatura cristiana como en la judía, el Cantar de los Cantares se ha convertido en una fuente de conocimiento y de experiencia mística, en la cual se expresa la esencia de la fe bíblica: se da ciertamente una unificación del hombre con Dios —sueño originario del hombre—, pero esta unificación no es un fundirse juntos, un hundirse en el océano anónimo del Divino; es una unidad que crea amor, en la que ambos —Dios y el hombre— siguen siendo ellos mismos y, sin embargo, se convierten en una sola cosa: «El que se une al Señor, es un espíritu con él», dice san Pablo (1 Cor 6, 17). (Ibid 10).


[1] Cf. L. Alonso Schökel, El Cantar de los Cantares, Verbo Divino, Estella 1992; A. González, El Cantar de los Cantares, Paulinas, Madrid 1981; V. Morla, El Cantar de los Cantaes, Verbo Divino, Estella 2005; A. Robert y R. Tournay, Cantique des Cantiques, Gabalda, Paris 1963.

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