Cárcel, un lugar privilegiado para el amor cristiano

Cárcel ¿lugar de amor?[1]

Jesús vino para liberar a los encarcelados, porque les amaba (Lc  4, 18-19; Mt 25, 31-46). Vino a liberarles sobre todo de su cárcel interna, pero también de la externo, porque quiso crear un mundo donde ya  no hubiera encarcelados.

En ese contexto podemos recordar que en la literatura castellana una obra famosa de Diego de San Pedro, titulada Cárcel de amor (Sevilla 1492) donde los amantes parecen encerrados en la cárcel de su propio sentimiento, sin más salida que la muerte. Pues bien, la sociedad civil posee otro tipo de cárcel donde la justicia encierra a los agresores «para preservar el bien común de la sociedad» (Catecismo de la iglesia Católica num. 2266), pero de tal forma que «las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social» (Constitución española num 25). Destacando esa última línea, podemos afirmar que la cárcel está al servicio del amor, entendido como principio de trasformación y curación de los agresores, partiendo del derecho de las víctimas a las que han ofendido o incluso matado.

1. Amor a las víctimas. Las víctimas y la reparación. Todo el proceso del amor en el contexto de la cárcel y de un mundo lleno de oprimidos ha de estar fundado en el derecho de las víctimas, entre las cuales los cristianos descubren siempre a Jesús. (1) La víctima primera y más importante es la persona que ha sufrido la agresión de un “delincuente” a quien se quiere jugar y sancionar según ley, encerrándole la cárcel. En general, nuestra sociedad castiga al agresor, pero deja sin reparar (sin ayudar) a la víctima, actuando así de una manera poco coherente, pues los destinatarios privilegiados de la reparación legal han de ser las víctimas y sus familiares. Sólo allí donde se ama y repara a la víctima se puede reeducar y reinsertar al agresor. (2) Pero, en otro plano, el mismo agresor ha podido ser víctima del sistema económico, social o familiar en que ha nacido, de manera que su violencia puede entenderse como reactiva. En ese sentido (y sin quitar el protagonismo a las víctimas que son las primeras que sufren) decimos que los encarcelados son también víctimas del sistema y chivos expiatorios del conjunto social. (3) Finalmente, quizá en un sentido más extenso, podemos hablar de grupos victimizados, convertidos en objeto de opresión o persecución social, como los judíos en el tiempo de Holocausto nazi y como diversos pueblos y colectivos sociales condenados a la explotación y al hambre. El cristiano ha de ofrecer en este contexto una respuesta de amor abierta a todos En Jesús, víctima universal, quedan asumidas y reciben sentido (voz y esperanza) las víctimas de la historia, inocentes o no, dentro de un mundo complejo donde (como San Pablo ha destacada) todos estamos inmersos en la trama del pecado, aunque algunos de manera más intensa que otros (cf. Rom 1-5). Desde ese fondo ha de expresarse el amor cristiano, como proceso de reparación de las víctimas y como fuente de trasformación de los agresores.

2. Reconocimiento. Es el primer momento de un camino de amor. El agresor debe reconocer su culpa confesarla, asumiendo su responsabilidad. En el momento en que lo haga, en el momento en que acepte el mal que ha realizado, en diálogo con otros (especialmente ante el juez, representante de la sociedad), puede iniciarse un proceso de transformación. Es evidente que al sistema jurídico, de tipo legal, no le basta la confesión de culpabilidad, aunque puede ser un buen punto de partida. Sin embargo, ante el juicio sacramental de la Iglesia, esa confesión ha sido suficiente para que el presbítero o representante de la comunidad perdone al agresor o delincuente, siempre que éste quiera y acepte el perdón, asumiendo un camino de trasformación personal, dentro de la comunidad creyente, que entiende y practica el amor como principio de un camino de trasformación de la sociedad. Así debe iniciarse un diálogo donde el verdadero portador de perdón sea la víctima, especialmente si ha sido sacrificada o asesinada por un agresor particular o por el sistema social. En este contexto, el “ministro” cristiano (que recibe la confesión del culpable) debe abrir y un camino de perdón, situando al culpable ante el amor infinito de Dios y ante la acogida de la comunidad creyentes. Pero el juez social no puede actuar como simple mediador de ese amor infinito de Dios, sino como testigo de la justicia, aunque ha de hacerlo en una línea abierta a la reducción y reinserción de los culpables, como dice la Constitución española.

3 Mediación penal. Busca el diálogo entre el agresor y el agredido, entre el opresor y la víctima. Es un procedimiento relativamente poco utilizado en occidente (a diferencia de algunos pueblos de oriente), pero, bien llevado, puede abrir caminos nuevos para resolver muchos casos de violencia, superando el carácter dominante y casi exclusivo que tiene la pena de cárcel dictada por un juez que representa al Estado en general. Cuando agresor y víctima lo aceptan, el juez o su representante pueden convertirse en “mediadores”, procurando que se inicie un proceso de diálogo, que tiene la finalidad básica de alcanzar un tipo de comunicación que permita resolver los problemas de una forma justa (que la víctima sea reparada, que el agresor supere su violencia), en un camino abierto al amor. Se trata de lograr que la justicia deje de ser la expresión de un poder vindicativo abstracto (estatal) y se convierta en experiencia de comunicación concreta, en línea de amor. Para ello es necesario que el agresor admita su delito y que la víctima o sus representantes acepten una reparación en la que se incluyen quizá elementos materiales (de posible compensación), pero sobre todo de tipo simbólico, más o menos vinculados al perdón. Es evidente que las dos partes tienen que escucharse, de manera que el agresor se disculpe o pida perdón y que la víctima exprese su dolor o sufrimiento, estando dispuesta a recibir la reparación del agresor, no por espíritu de venganza, sino con el deseo de que se restablezca la justicia. Esa escucha mutua es principio de cambio, tanto para el delincuente, como para la sociedad en su conjunto, que ha de mostrarse dispuesta a resolver sus problemas dialogando y no como medio de revancha o venganza (o de imposición superior del sistema, que trata a todos los hombres como meros autómatas sin alma, como si no fueran personas).

4. Perdón. Sigue siendo necesaria la confesión de los agresores, pues sin reconocimiento de la culpa (o, al menos, de la responsabilidad), en un contexto de transparencia comunicativa, no puede haber proceso judicial auténtico, abierto a un nivel superior de diálogo y mediación penal. Pues bien, en ese contexto puede (y quizá debe) proclamarse una palabra de perdón, vinculada quizá a la sentencia del juez, que defiende el orden social, pero expresada sobre todo por el conjunto de la sociedad y, de un modo especial, por sus miembros cristianos, que aman a los culpables. Sólo el amor puede perdonar. Ese perdón no es una amnistía, concebida como medida política, que pasa por alto los delitos cometidos por ciertas personas en un momento anterior, para empezar de esa manera una época nueva de relaciones sociales. Tampoco es un indulto, concedido desde arriba por la autoridad competente, a modo de favor especial. Amnistía e indulto se sitúan dentro de las estrategias jurídicas y políticas y aparecen como formas de solucionar desde fuera determinados problemas, sin entrar en su raíz. El perdón supera el nivel de la ley y se sitúa de manera creadora ante las fuentes de la vida, para sanarla desde su base. Al menos en perspectiva occidental, el perdón ha sido la aportación mayor de Jesús a la historia de los hombres El perdón rompe la “lógica” de la venganza (de la acción y reacción); de esa forma libera al hombre del automatismo de la violencia y hace que su vida trascienda el nivel de la ley, para expresarse en claves de amor. El perdón es gratuidad creadora, que intenta abrir   un nuevo comienzo allí donde la vida se cerraba en sus contradicciones y luchas de poder. El perdón es un “don” que emerge, como desde fuera de nosotros mismos, pero expresando, al mismo tiempo, lo más hondo que somos. Así podemos afirmar, en lenguaje religioso, que el perdón es de Dios. Pero, al mismo tiempo, sabemos que es nuestro, de los hombres, especialmente de aquellos que han sido ofendidos, apareciendo así como don o regalo de las víctimas (como Jesús), que renuncian a continuar en la espiral de la violencia y que pueden ofrecer su palabra de gracia a los mismos agresores. Sólo teniendo en cuenta ese posible don de las víctimas, atreviéndose a hablar en nombre de ellos, los representantes de la sociedad (en alguno casos el juez) pueden ofrecer un perdón que no humilla ni olvida, sino que recrea y da vida, porque es amor.

5. Redención. Un tipo de orden judicial tiende a pensar que la sociedad es como es, no puede cambiar: no cree en la conversión del delincuente, ni en la redención o reparación de la sociedad en su conjunto, sino que quiere (re-)establecer un tipo de equilibrio exterior, que puede estar representado por el fiel de una balanza, sin que jueces y representantes de la sociedad se impliquen de un modo personal en lo que dicen y hacen. Pues bien, en contra de eso, según los cristianos, el mismo Cristo Juez se implica en el mismo proceso de la culpa y redención, viniendo a presentarse así como Redentor, es decir, como alguien que paga, que asume la responsabilidad de los demás, para recuperar lo perdido, para restaurar lo destruido, ofreciendo la vida por la libertad y plenitud de los demás, de tal forma que podemos llamarle, al mismo tiempo, Mediador, porque vincula y reconcilia a los que parecían opuestos. En esa misma línea, el mediador cristiano se introduce sin imposición en la vida del agresor y de la víctima, procurando que se diga, y diciendo por su parte, una palabra de perdón y abriendo así caminos de posible reconciliación, porque el amor es siempre mediador y reconciliador. Sólo en ese contexto, superando el plano del talión, allí donde uno ofrece la vida por los otros, se puede hablar de reparación y restauración, esto es, de amor creador, la linea del → ágape. El cristiano quiere que las cárceles no sirvan para castigar, sino parar reparar lo destruido, en amor, de manera que se supere no sólo el mal que se ha hecho y se reconozca la inocencia de las víctimas, sino que, a partir de ellas o mejor dicho, por gracia de ellas (nunca contra, ni a costa de ellas), se restauren y reparen incluso las ofensas. Habrá hombres que digan que no quieren que las víctimas queridas sirvan para reparar a los asesinos, que no quieren ni pueden ofrecer perdón a los agresores, sino que se pudran para siempre en cárceles infames y paguen de esa forma lo que han hecho. Es muy posible que hablen desde un dolor muy hondo, que habrá que respetar siempre en silencio (pues aquellos que no han sido heridos en el alma no pueden juzgar ni condenar a los heridos). Pero otros hombres, y entre ellos los cristianos, pensarán que la sangre de las víctimas puede convertirse, como la de Cristo, en signo y principio de redención amorosa para los mismos agresores, de manera que la cárcel venga a convertirse en un «taller de humanidad», una clínica social, un lugar especializado en reparar a los hombres y mujeres rotos, como lo ratifica, por ejemplo, la Constitución Española 25, 2, cuando quiere que las cárceles sean lugares para re-educar y re-insertar a los presos en la sociedad.


[1] Cf. J. García Martínez, Sociología del hecho religioso en prisión, UPSA, Salamanca 2000; J. García Roca, El Dios de la Fraternidad, Sal Terrae, Santander 1990; Contra la exclusión. Responsabilidad pública e iniciativa social, Sal Terrae, Santander 1995; X. Pikaza, Dios Preso, Sec. Trinitario, Salamanca 2005; J. Ríos Martín y P. J. Cabrera Cabrera, Mil voces presas. ICAI-ICADE. Universidad Pontificia de Comillas, Madrid 1998

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