Celibato cristiano 2. Elementos básicos

Celibato cristiano 2. Elementos básicos

El celibato cristiano es una forma de vivir la experiencia del  celibato de Jesús a través de una vinculación no matrimonial ni ministerial a la comunidad cristiana y al conjunto de la humanidad. Se encuentra vinculado a la virginidad (que es, en principio, la ausencia de relaciones sexuales) y a la castidad (que es una forma especial de limpieza y transparencia en el campo de las relaciones humanas sexuales o no). Se puede comparar con otras experiencias religiosas de trascendimiento o sublimación sexual y/o familiar, que se dan en las grandes religiones del oriente, en el hinduismo y el budismo; pero se encuentra esencialmente vinculado a la experiencia de amor de Jesús, tal como se ha expresado en la iglesia, desde tiempos muy antiguos, como presentamos a contignación:

1. Evangelio fundante: amor y marginación sexual. El celibato de Jesús resultaba inseparable de su opción a favor de los “pobres sexuales”, es decir, de aquellos que no pueden mantener una relación familiar estable, socialmente reconocida: los leprosos y las prostitutas, de los que la tradición evangélica ofrece un abundante testimonio, lo mismo que los homosexuales (a los que alude de forma velada pero muy fuerte el texto del criado-amante del centurión al que Jesús “cura”: Mt 8, 5-13). En este fondo se inscribe la expresión y experiencia de los “eunucos por el Reino de los cielos” (Mt 19, 12), que sitúa a los seguidores de Jesús en el espacio humano de los que están sexualmente marginados, por razón biológica o social. Por eso, el celibato en la iglesia de Jesús no es una forma de elevarse sobre los demás, en pureza y dignidad, sino de solidarizarse con el último estrato afectivo de la humanidad, con los sexualmente destruidos; así aparece como un gesto extrañamente intenso, como una opción a favor de los hombres y mujeres más problemáticos del “buen sistema”, para acompañarles de un modo afectivo y servicial. Entendido así, el celibato es una expresión importante del amor liberador de Cristo.

2. Testimonio de Pablo: amor y libertad escatológica. Pablo ha recogido de forma poderosa esa experiencia de Jesús al interpretar el celibato como un modo de situarse ante la irrupción de los últimos tiempos (cf. 1 Cor 7, 1-40). Entendido así, el celibato es libertad para el amor más hondo: hay amores parciales, que nos atan al hacer y rehacer, al comprar y al vender, en el plano del “talión”, es decir, de la ley de intercambios sociales donde todo se paga y merece, dentro de un sistema bien organizado. Pues bien, superando ese nivel, la experiencia pascual de Jesús ha descubierto y desplegado la posibilidad de un amor total, liberado en forma mesiánica, que se manifiesta, sobre todo, en relación con las mujeres, antes sometidas al “yugo” del marido en el matrimonio. Es muy posible que, en ciertos momentos, la iglesia posterior haya tenido miedo de esta libertad mesiánica (personal y social) que el amor de Cristo ofrece las mujeres, invirtiendo su mensaje y convirtiendo la castidad religiosa de algunas instituciones oficiales (con clausura obligatoria, bajo dominio de la jerarquía masculina) en una nueva forma de sometimiento para ellas. Sólo en el momento en que ellas, lo mismo que los varones, redescubran la libertad radical del celibato o virginidad de Cristo podrán abrir de nuevo unos caminos creadores de vida cristiana, no en negación, sino en creación mesiánica y en solidaridad con los más pobres, en medio de estos tiempos nuevos. El principio y sentido del celibato o virginidad cristiana, según Pablo, ha sido y sigue siendo el despliegue de la libertad y del amor del evangelio.

3. Denuncia del Apocalipsis: riesgo de prostitución e idolatría. Un testimonio muy fuerte y discutido del celibato de Jesús es el que transmite el Apocalipsis, donde se recogen algunas de sus tradiciones más radicales, cuando habla de los dos riesgos de pecado mortal de la iglesia: uno es la porneia o prostitución, que significa la compra-venta del amor y de la vida, para conseguir ventajas materiales, dentro del sistema político del imperio romano; el otro es la idolatría en la comida, que se identifica con el “comer idolocitos” o carne consagrada a los ídolos de Roma (cf. Ap 2, 14.20). En contra de ese doble y único pecado (afectivo y social), la virginidad cristiana (expresada de un modo simbólicamente complejo y peligroso en el signo de los soldados vírgenes de Ap 14, 4) se identifica con la libertad personal y económica de los creyentes, que se relacionan entre sí de una manera gratuita, sin utilizarse ni venderse unos a otros. Una virginidad entendida como medio para adquirir honra o prestigio, dinero o poder, dentro de la iglesia, sería para el Apocalipsis la mayor de las perversiones. Ser virgen significa en este contexto vivir en libertad para el amor, en medio de las posibles persecuciones de la Bestia (que es Poder desposado con la Prostituta), en un camino que conduce hacia las Bodas del Cordero (Ap 21-22). Sólo en la medida en que esa libertad nos capacita para descubrir y potenciar el Amor de las Bodas mesiánicas, podemos hablar de celibato o virginidad cristiana.

4. Celibato y bodas. Virginidad como experiencia de comunión. Los aspectos anteriores desembocan en la descubrimiento central del amor, que Jesús y el Nuevo Testamento han recogido del mensaje de los profetas (Oseas, Jeremías, Isaías…) y del Cantar de los Cantares, cuando presentan el Reino de Dios como experiencia nupcial, de encuentro enamorado. Este es el tema que hallamos al fondo de Mc 2, 18-22 (amigos del novio) y de Mt 25, 1-13 (novias con aceite), lo mismo que en Jn 4 (samaritana) y en el simbolismo esponsal del conjunto de Jn (cf. bodas de Caná: Jn 2) y de la tradición de Pablo (cf. Ef 5). Ésta es una tradición parabólica e incluso mistagógica, que puede interpretarse (y se ha interpretado a veces) en formas patriarcales (de supremacía del Cristo-varón) o gnósticas (de rechazo del mundo), pero que debe ser asumida y recreada por la iglesia. El celibato o virginidad eclesial sólo tiene sentido dentro de una gran experiencia y apuesta (eclosión) de amor en libertad, que no niega los aspectos sexuales, sino que los implica y recrea, en formas de libertad humana y exploración afectiva, superando los cauces opresores o limitados del legalismo patriarcal y de un tipo de sacralismo antiguo y moderno.

5. Sacerdocio sacrificial. Celibato y estructura de la iglesia. Conforme a una lectura sesgada de la carta Hebreos, que en principio está hablando sólo de Jesús (Heb 5, 6.10; 6, 20; 7, 1-17), el “sacerdote” cristiano tendría tiene que ser un hombre separado, sin padre ni madre, alguien que ha roto con las genealogías de este mundo (que definen el sacerdocio de Aarón o Sadoc), para poder vincularse mejor a todos los hombres, según el orden celeste, supra-familiar, de Melquisedek. En esa línea, una iglesia instituida ha destacado la importancia del celibato para sus ministros, interpretándolo además en línea sacrificial, como si Dios necesitara la ofrenda y renuncia afectiva de sus servidores. Desde ese presupuesto, los ministros célibes de la iglesia, al menos desde la Edad Media, han asumido elementos de una espiritualidad de abnegación (ser célibe es sacrificarse por Dios), con otros que provienen de las fuentes mesiánicas del evangelio; de esa forma han podido realizar una labor eclesial muy positiva. Lógicamente (por exigencia complementaria), la castidad de la vida religiosa ha recibido también connotaciones ministeriales De esa forma, el celibato ha podido correr el riesgo de perder su principio original de libertad, convirtiéndose en un elemento de la estructura de sistema de la iglesia, perdiendo su novedad evangélica. Los religiosos han venido a integrarse dentro de una visión sacrificial de la obra de Cristo; su vida aparece así como una ofrenda, un holocausto que se quema en el altar, en honor de un Dios pagano que necesita expiaciones. En ambos aspectos (ministerial y de vida religiosa) el sentido del celibato cristiano sigue, afortunadamente, abierto.

6. Amor a Cristo, cordero Espiritual. Para el Nuevo Testamento, la palabra “carne” no significa sexo, ni encuentro afecto, sino un tipo fuerte de egoísmo y violencia de muerte, propia de una humanidad envidiosa, que desarrolla su vida como enfrentamiento “animal”, en el peor sentido de la palabra. Pero, en ciertos momentos, por influjo del dualismo helenista (y maniqueo), algunos cristianos han identificado la carne con los “gozos sexuales” (en sí malos o, al menos, muy peligrosos), frente al espíritu entendido en clave de “pureza” (ausencia de relaciones sexuales). En esa línea, se ha podido ofrecer la imagen de un Jesús asexuado, contrario al amor humano, apelando para ello a una interpretación sesgada de Ap 14, 1-6, en la que Jesús aparece como Cordero Batallador Inmaculado, que triunfa sobre el Monte Sión, seguido por un ejército de soldados escogidos, que pueden seguirle porque “no se han manchado con mujeres”. Una visión acrítica de ese pasaje, utilizado con cierta frecuencia en algunos ambientes eclesiales, es contraria al evangelio y ofensiva contra las mujeres, a las que se toma, en contra de Jesús, como personas que manchan a los hombres. Un celibato fundado en la pureza a-sexual de Jesús y en la “mancha de las mujeres” (cuyo contacto impide que los sacerdotes judíos se acerquen al altar antes de haberse purificado) se opone al evangelio, aunque ha influido en algunas formulaciones de teólogos y Padres de la iglesia a lo largo de siglos.

7. Imitación de un Dios supramundano. Suele decirse que la teología de occidente ha tendido a ser “monofisita”, pues sólo ha destacado la naturaleza divina de Jesús, olvidándose la humana. Jesús habría tomado, según eso, un tipo de apariencia corporal, como un ser divino que camina y se relaciona con los hombres, pero sin hacerse verdaderamente humano, sin asumir de verdad los problemas y contradicciones de la historia. Por eso, como muchas veces se ha supuesto, la finalidad de Cristo sería “sacarnos” de la tierra, de los dolores y humillaciones de la humanidad. Por eso, al ser divino, Jesús no tiene sexo, ni afectos humanos de tipo pasional, ni amores concretos… Su vida ha sido un signo de elevación supramundana y en ese línea han de seguirle religiosos y religiosas, vinculadas al “Uno” que es divino, como puros huéspedes del mundo. En esa línea, la castidad religiosa sería una negación del mundo. La “carne” sexual sería (junto al mundo y demonio) el enemigo básico que el debe superarse. De esa forma, como casto-puro, el verdadero religioso viviría ya en un plano de identificación con lo eterno. Esta postura puede tener algunos valores, pero corre el riesgo de perder el aspecto de encarnación del celibato de Cristo que hemos venido señalando.

Las tres últimas visiones del celibato son contrarias o, al menos, ajenas al espíritu de Jesús y como tales han sido condenadas por los profetas y teólogos de la experiencia cristiana y de la vida religiosa. Pero ellas han influido poderosamente en algunas comunidades y movimientos eclesiales, incluso en la actualidad. Por eso, a fin de que el celibato cristiano sea signo y presencia del evangelio ha de insistir en los cuatro primeros rasgos aquí citados, en la línea de la opción de Jesús a favor de los excluidos sociales y afectivos. En esa perspectiva debe recuperarse el testimonio de libertad de Pablo, manteniendo la tensión escatológica, dentro de una historia que, en otro plano, sigue abierta al Reino de Dios, como sabe el mismo Cristo. Éste será el celibato de aquellos que optan por Jesús, dentro de un mundo en el que ha de expresarse el amor salvador del evangelio, en línea de gracia y libertad, no de legalismo social o religioso.

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