Centurión. El amor de un soldado (Mt 8, 5-13)

En tiempos de Jesús, había en Palestina dos tipos de soldados oficiales (dejando a un lado a los posibles celotas o soldados-guerrilleros al servicio de la liberación judía).

(1) Había soldados del ejército romano propiamente dicho, que dependían del Procurador o Prefecto (Poncio Pilatos), que gobernaba de un modo directo sobre Judea y Samaría. El Prefecto contaba con unos tres mil soldados de infantería y algunos cientos de caballería, acuartelados básicamente en Cesarea, que solían provenir del entorno pagano de Palestina y funcionaban como ejército de ocupación. No era frecuente verlos en la calle o en los pueblos, ni siquiera en Jerusalén, donde gobernaba el Sumo Sacerdote y su consejo, con la ayuda de algunos miles de «siervos» o soldados de la guardia paramilitar del Templo. Pero, en tiempos de crisis o en días de fiesta, el Prefecto romano subía a Jerusalén y se instalaba en la Fortaleza Antonia, junto al templo, desde donde controlaba con sus soldados el conjunto de la ciudad, suscitando el odio de gran parte de la población.

(2) Había soldados del tetrarca-rey Herodes Antipas, que gobernaba bajo tutela romana en Galilea. Ellos le servían para proteger las fronteras y mantener el orden dentro de su territorio. Tanto los soldados de Pilatos como los de Herodes solían provenir del entorno pagano y estaban obligados a ayudarse entre sí, al servicio Roma[1].

Desde ese fondo han de verse algunos pasajes del evangelio que hablan de la relación de Jesús y de sus seguidores con soldados de Herodes, dentro del contexto de Galilea. El conjunto de la población les odia o les mira con desconfianza. Pues bien, cuando pide a sus discípulos que “amen a los enemigos”, superando la actitud del «ojo por ojo y diente por diente», propia de los ejércitos del mundo, Jesús añade una sentencia muy significativa: «No resistáis al que es malo (al mal); por el contrario, si alguien te hiere en la mejilla derecha, ponle también la otra…; y al que te obligue a llevar la carga por una milla llévasela dos» (Mt 5, 39-40). Estas últimas palabras se refiere al servicio obligatorio que las fuerzas del ejército (de Herodes o Pilato) podían imponer sobre los súbditos judíos: obligarles a llevar cierto peso o cargamento a lo largo de una milla. Pues bien, en vez de propugnar la insurrección o la protesta violenta, Jesús pide a los oyentes que respondan con amor a la exigencia, posiblemente violenta, de los soldados. Ésta es su forma de (no) oponerse al mal. Jesús quiere vencer la perversión del mundo a través de un gesto bueno; por eso, no condena a los soldados “enemigos”, sino que quiere situarles ante el don del reino, enriquecerles con la gracia del Padre que es bueno para todos (cf. Mt 5, 45).Un texto enigmático, parábola de amor y servicio

En este fondo ha de entenderse su relación con el centurión que tiene un amante enfermo y que pide a Jesús que le cure (Mt 8, 5-13 par.). La escena ha sido elaborada por la tradición en el contexto de apertura eclesial a los paganos, pero en su fondo hay un relato antiguo (transmitido al menos por el Q; cf. Lc 7, 1-10; Jn 4, 46b-54). Jesús no ha satanizado a los soldados, ni ha querido combatirlos con las armas, sino que ha descubierto en ellos un tipo de fe que no se expresa en la victoria militar, sino en el deseo de curación del amigo enfermo:

Al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un centurión, que le rogaba diciendo: «Señor, mi amante (pais) está postrado en casa, paralítico, gravemente afligido». Jesús le dijo: «Yo iré y le curaré». Pero el centurión le dijo: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra y mi siervo sanará, pues también yo soy hombre bajo autoridad y tengo soldados bajo mis órdenes, y digo a este “ve” y va y al otro “ven” y viene; y a mi siervo “haz esto”, y lo hace». Al oírlo Jesús, se maravilló y dijo a los que lo seguían: «En verdad os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. Os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; pero los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el crujir de dientes». Entonces Jesús dijo al centurión: «Vete, y que se haga según tu fe». Y su amante quedó sano en aquella misma hora (Mt 8, 5-12).

Éste es un soldado con problemas. Es un profesional del orden y obediencia, en el plano civil y militar, un hombre acostumbrado a mandar y a ser obedecido. Es capaz de dirigir en la batalla a los soldados, decidiendo así sobre la vida y la muerte de los hombres. Pero, en otro nivel, es un muy vulnerable: padece mucho por la enfermedad de su pais, a quien podemos entender como su amante. Esa palabra puede tener tres sentidos, siervo, hijo y amante (casi siempre joven). Como se verá por la traducción, hemos preferido ese último sentido, aunque pueda resultar escandaloso para algunos. El texto paralelo de Jn 4, 46b evita el escándalo y pone huios (hijo), en vez de pais; pero con ello tiene que cambiar toda la escena, porque los soldados no solían vivir con la familia ni cuidar sus hijos hasta después de licenciarse; por eso, el centurión aparece aquí como un miembro de la corte real de Herodes (un basilikós). También Lc 7, 2 quiere eludir el escándalo y presenta a ese pais como doulos, es decir, como un simple criado, al servicio de centurión; con eso ha resuelto un problema, pero ha creado otro: ¿es verosímil que un soldado quiera tanto a su criado? Por otra parte, el mismo Lucas comenta y dice que este doulos (siervo) era entimos, muy apreciado o amado para el centurión (lo cual, en aquel contexto de soldados, puede evocar una relación homosexual).

Por eso preferimos mantener la traducción más obvia de pais dentro de su   plano militar. En principio, el centurión podría ser judío, pues está al servicio de Herodes, en un puesto de frontera de su reino o tetrarquía (Cafarnaúm linda con el territorio de su hermano Filipo). Pero el conjunto del texto le presenta como un pagano que cree en el poder sanador de Jesús, sin necesidad de convertirse al judaísmo (o cristianismo). Pues bien, como era costumbre en los cuarteles (donde los soldados no podían convivir con una esposa, ni tener familia propia), este oficial tenía un criado-amante, presumiblemente más joven, que le servía de asistente y pareja sexual. Este es el sentido más verosímil de la palabra pais de Mt 8, 6 en el contexto militar. Ciertamente, en teoría, podría ser un hijo o también un simple criado (como suponen los paralelos de Juan y Lucas). Pero lo más sencillo y normal es que la tradición del Q, que recogen de formas distintas Mt y Lc, quiera presentarle y le presenta como un amante, algo que era totalmente normal en el contexto militar en el que se sitúa y nos sitúa la escena.

Éste es un pasaje que ha escandalizado a unos y que otros han interpretado en forma “moralista”, desde un trasfondo judío donde “pais” (como en los LXX) suele significar no sólo criado, sino, y sobre todo, hijo o incluso ministro (como en el caso del “pais” que es el Siervo de Yahvé). Pero estamos en trasfondo militar pagano y el mismo militar le dice a Jesús que no entre en su casa-cuartel, porque no es lugar digno para él… Pero Jesús entra con su palabra de amor que sana, pues como sabemos por el texto siguiente («¡cargó con nuestras enfermedades…!»: Mt 8, 17), Jesús no era un moralista, sino un Mesías capaz de comprender el amor y debilidad de los hombres (en el caso de que el amor homosexual fuera debilidad).

Jesús sabe escuchar al soldado que le pide por su amante y se dispone a venir hasta su casa-cuartel (¡bajo su techo!), para compartir su dolor y ayudarle. Lo hubiera hecho, pero el oficial no quiere que se arriesgue, pues ello podría causarle problemas: no estaba bien visto entrar en el cuartel de un ejército odiado para mediar entre dos homosexuales. Por eso, el centurión le suplica que no vaya: le basta con quiera ayudarle en su dolor y diga una palabra, pues él sabe lo que vale la palabra. Jesús respeta las razones del oficial, acepta su fe y le ofrece su palabra. El resto de la historia ya se sabe: el siervo-amigo homosexual se cura y su amigo-centurión aparece como signo de fe y de salvación. Es evidente que Jesús no exige, ni quiere, que los homosexuales rompan su relación, sino que la viven en fe y amor de Reino.


[1] Además de comentarios a Mt, cf. J. Alison, Una fe más allá del resentimiento. Fragmentos católicos en clave gay, Herder, Barcelona 2001; J. Gafo, “La homosexualidad: Un debate abierto, Desclée De Brouwer, Bilbao 1997; D. A. Helminiak, Lo que la Biblia realmente dice sobre la homosexualidad, Egales. Madrid. 2003; X. Pikaza, El Señor de los ejércitos. Historia y teología de la guerra, PPC, Madrid 1997; G. Theissen, La sombra del Galileo, Sígueme, Salamanca 1997.

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