Pedro y Pablo

Celebramos estos días (29 de Junio y 3 de Julios) las fiestas de Pedro y Pablo. Es bueno recordar sus figuras, es necesario retomar su impulso para seguir creando la Iglesia de Jesús.

1. Pedro, Piedra del Reino

Simón, a quien Jesús parece haber llamado Cefas (Pedro, Roca), era un discípulo preferido de Jesús, uno de los Doce a quienes él mismo escogió. Había sido pescador del lago de Galilea, de familia al parecer humilde (vivía en casa de su suegra). No tenía campos, ni cultura religiosa especializada (no era sacerdote, escriba o fariseo). Pero se hallaba interesado por la renovación religiosa de Israel y, al menos por un tiempo, había sido discípulo del Bautista (cf. Jn 1), predicador apocalíptico de penitencia, con quien Jesús se había también relacionado. Debía tener sus ideas propias sobre el mesianismo, pero acogió la invitación de Jesús y se hizo su discípulo, abandonando a su propia familia (cf. Marcos 1, 16-20). No vino como un simple espectador, sino que trajo consigo unas convicciones fuertes sobre lo que debía ser la transformación y culminación de Israel, como una parte considerable de la sociedad judía de aquel tiempo.

Es muy posible que Jesús confiara de un modo especial en Simón, a quien necesitaba (con otros discípulos y amigos) para llevar adelante su proyecto. Por otra parte, el mismo Simón se fiaba de Jesús, de manera que el texto básico de Mateo 16, 13-20 (que incluye la confesión de ese Simón, a quien presenta como Pedro-Roca, y una bienaventuranza posterior de Jesús) puede tener un fondo histórico. De todas formas, tal como supone el texto paralelo de Marcos 8, 27-27, es posible que las relaciones entre Jesús y Simón nunca fueran plenamente fluidas. Jesús no logró trasmitir a Pedro, ni al resto de sus Doce, toda su experiencia de gratuidad y entrega no violenta de la vida, de manera que ellos siguieron a su lado, pero sin estar del todo satisfechos de la forma en que gestionaba su proyecto.

Pedro y los Doce (con otros seguidores) nunca lograron formar un grupo cerrado y compacto de hombre y mujeres fieles a Jesús hasta la muerte, en contra de lo que ha sucedido en otros grupos políticos, religiosos y revolucionarios (como el de Mahoma). La tradición cristiana ha sabido (y no se ha esforzado en ocultarlo, sino todo lo contrario), que los Doce abandonaron a Jesús, cuando éste fue juzgado y condenado a muerte (a pesar de haber sellado con él su compromiso en una cena de solidaridad personal). Parece seguro que Pedro le negó de un modo peculiar, no por simple miedo (que también pudo tenerlo), sino por discrepancias de fondo sobre la actuación “suicida” y victimista de su maestro, que parecía dispuesto a ser juzgado y morir en Jerusalén, sin emplear una estrategia política o militar de toma de poder, sin defenderse de un modo violento (cf. Marcos 14 y paralelos).

El hecho es que Jesús murió solo, sin que sus seguidores más íntimos fueran juzgados y crucificados con él. Las únicas cruces que se alzaban al lado de la suya, en el Calvario, fueron las de unos “bandidos” no cristianos, reos comunes o miembros de la resistencia armada (el evangelio no ha querido precisarlo). Entre los seguidores de Jesús, sólo unas mujeres, quizá de “poca importancia” asistieron a su muerte (cf. Mc 15, 40-47 y paralelos). Lógicamente, la tarea de Pedro podía haber terminado ahí, tras la negación, abandono y muerte de Jesús en el Calvario. Pero la amistad de Pedro hacia Jesús era más fuerte que las razones sociales y religiosas de su distanciamiento y “traición”. La lógica y el orden religioso estaban de parte del Sumo Sacerdote (aliado a los romanos). Pero el amor superó a la lógica y Pedro descubrió la razón del Jesús muerto y experimentó el sentido de su vida, por encima sacerdotes y soldados.

En este contexto se entiende la confesión fundacional de la iglesia, cuando afirma que Pedro “vio” a Jesús después de su muerte, es decir, tuvo una experiencia integral de la verdad de su propuesta mesiánica y de la radicalidad de su amor. Sólo al situarse ante el conjunto del mensaje y vida de aquel a quien había seguido y amado, Pedro vio que la propuesta de Reino de Jesús era verdadera, pues Dios había estado presente en todo su camino y había ratificado su obra, resucitándole de entre los muertos (cf. 1 Cor 15, 5 y Lc 23, 34).  Esta “visión” pascual de Pedro no fue una simple alucinación, como tantas, ni una simple aparición (de visiones imaginativas y apariciones gloriosas está llena la historia), sino una experiencia de renacimiento radical: él descubrió que el amor de Jesús le trasformaba. Este fue el principio, todo lo demás fue consecuencia: el mismo Jesús muerto por fidelidad al Reino era la presencia y salvación de Dios.

Esta fue la experiencia de un hombre que “supo” que Jesús, su amigo crucificado, estaba vivo y le encargaba la tarea de seguir realizando su obra mesiánica. Esta fue una experiencia que Pedro compartió con otros, para recrear y expandir esa buena nueva o evangelio, de tal forma que diversos grupos de cristianos le consideraron como fundador de la Iglesia pascual, su Roca (por eso le llamaron en arameo Cefas y en griego Petros: Pedro, el Piedra). Parece seguro que Pedro volvió a instaurar el grupo de los Doce (que lógicamente debería haberse disgregado tras la muerte de Jesús), para continuar la obra de Jesús y ofrecer su mensaje de salvación a todo Israel (las Doce Tribus). Pedro y los Doce se presentaron como signo y garantía de que el Crucificado estaba vivo y que vendría pronto como salvador final, pues el tiempo del mundo viejo parecía consumido

Pablo, un hombre al servicio de Cristo

Se llamaba Saúl o Saulo, como el primer rey israelita; pero tomó un sobrenombre latino «Pablo» (Paulus, el Pequeño) y así se le conoce. Nació probablemente en Tarso de Cilicia, en torno al año 8/9 d.C., de familia judía, aunque residió en Damasco. Fue fariseo (Flp 3, 5) y en cuanto tal conoció y persiguió la misión de los cristianos helenistas de esa ciudad que, en su opinión, destruían la unidad nacional (legal) del pueblo y la autoridad de Dios, al identificar a su Hijo-Mesías con un crucificado.

Nombres. El Nuevo Testamento le atribuye tres nombres, cada uno en una lengua: Saúl, Saulo y Pablo. (1) Su verdadero nombre era Saúl, de origen hebreo, como aparece en los relatos de su conversión (Hch 9,4; 22,7; 26,14). Sus padres debieron llamarse en recuerdo de Saúl, el primer rey de Israel, que pertenecía a la tribu de Benjamín igual que Pablo (Flp 3,5). (2) Saulo es una adaptación griega del nombre anterior; como el apóstol se movía en un contexto donde la gente hablaba griego, es lógico que helenizara su nombre, poniéndole una terminación griega. (3) Su tercer nombre es Pablo, con el que aparece siempre en las cartas; Pablo lo tomó probablemente porque el nombre griego (Saulo/Saulos), tomado como un adjetivo,  podía significaba algo así como «afeminado». Por eso pudo tomar un nombre latino, con sonido parecido, Paulus (el pequeño). Quizá lo hizo también para destacar su pequeñez ante Dios y en la comunidad cristiana, presentándose a sí mismo como el menor de los hermanos.

Había nacido en torno al año 8 d.C., se «convirtió» a Jesús en torno al 32 d.C. y misionó durante casi treinta años, tomando como base de su actividad algunas de las grandes ciudades del oriente (Damasco, Antioquía, Corinto y Éfeso). Le apresaron en Jerusalén, donde había subido a visitar a los hermanos de la comunidad judeo-cristiana más antigua de Santiago, el hermano del Señor, con una colecta de dinero (en torno al 57/58 d.C.). Estuvo por un tipo en la cárcel de Cesarea de Palestina y le llevaron luego a Roma, donde pudo actuar con cierta libertad, hasta que fue juzgado y condenado a muerte, probablemente el año 62 d.C.

Era intelectual, pero no un puro teórico, como han podido ser después algunos estudiosos cristianos, sino un trabajador, al estilo de los rabinos judíos. Tenía el oficio de curtidor y/o fabricante de tiendas, que ejercía probablemente en Damasco de Siria, su ciudad de residencia, no lejos de Jerusalén, aunque parece que había nacido en Tarso de Cilicia, en la actual Turquía. Era judío y defendía con pasión las tradiciones de su pueblo, aunque conocía bien la cultura judía y se sentía ciudadano del imperio de Roma.

Trabajo. Como misionero de Jesús, pudo haber vivido de la ayuda de sus comunidades. Pero él no quiso hacer uso de este derecho (1 Cor 9,14-18), porque no quiso ser una carga, ni anunciar el evangelio por encargo (2 Cor 11,9). Por eso siguió ganándose la vida como fabricante de tiendas: «Nos agotamos trabajando con nuestras manos» (1 Cor  4,12). En algunos momentos, sus ingresos eran cortos y así tuvo que trabajar doble jornada (1 Tes 2,9), y hacer horas extras para comer (2 Cor 6,5). Pero aun trabajando de noche pasaba necesidad (2 Cor 11,27). No siempre podía comprar comida ni ropa (1 Cor 4,11), debió soportar el hambre y la desnudez (2 Cor 11,27), llegando a vivir como un pordiosero (2 Cor 6,10): «Debí afrontar trabajos y fatigas. Pasé muchas noches sin dormir. Sufrí hambre y sed. Estuve muchos días sin comer. Padecí frío. Anduve casi desnudo» (2 Cor 11,27-29).  De todas maneras, él aceptó también la solidaridad de las iglesias, recibiendo donativos para él y, sobre todo, «los pobres de Jerusalén. Cf.  A. Álvarez Valdés, ¿Qué se sabe de la vida de San Pablo? Didascalia (Junio, 2008), on line, http://libroarena.blogspot.com/2008/06/ao-paulino_11.html

Algunos le toman como un impostor fanático, enemigo de los antiguos judíos, sus hermanos, inventor del cristianismo organizado, un hombre astuto que divinizó a Jesús y creó una iglesia separada, sobre fundamentos de poder (en contra de lo que había querido Jesús), para dominar de esa manera sobre el mundo. Otros, en cambio, le toman como «inventor» de la libertad cristiana, oponiéndole a Pedro y a los representantes de la iglesia jerárquica romana, como si él hubiera sido el creador  de la conciencia individual moderna y de la autonomía moral, sin normas exteriores, sin más principio que la fe y la libre interpretación de la Escritura. Pero no fue ni una cosa ni otra, sino un fariseo apasionado, que siguió siendo judío, radical y apasionado al hacerse cristiano, es decir, al descubrir, por inspiración «divina», que Jesús era el Cristo de Israel y el Señor del universo.

Se entendió a sí mismo como profeta, en la línea de los antiguos (Isaías, Jeremías),  quizá como «el último profeta», y así expuso su vocación o «conversión» en dos cartas (Gálatas y Filipenses), presentándose a sí mismo como aquel a quien el Dios de Israel había confiado la tarea de extender a los gentiles el mensaje del Dios israelita, revelado ahora de un modo total, por medio de Jesús, su Hijo. Lógicamente, él no quiso fundar una nueva ninguna religión, sino extender y universalizar el único mensaje del Dios Israelita, que se había manifestado plenamente por Jesús, en estos últimos tiempos.

Fue universal (creyó en la unión de todos los seres humanos, por encima de géneros y razas, religiones y culturas: cf. Gal 3, 28), siendo escatológico o, quizá mejor, por ser escatológico: el tiempo de la división y enfrentamiento de los pueblos había terminado. Todos podían ser ya y son «uno» en el Cristo, superando los pecados de la historia humana y culminando así el camino que había comenzado en el principio de la creación, cuando  Dios hizo que todos los hombres pudieran ser iguales y hermanos, en Adán, el verdadero ser humano  (cf. Rom 5).

Fue un hombre de acción, más que de puro pensamiento. Lo suyo era cambiar era anunciar y preparar el fin de los tiempos, creando comunidades de creyentes donde todos (judíos y gentiles, hombres y mujeres, esclavos y libres) pudieran vivir en concordia y esperanza. Pero, a fin de realizar bien su tarea y de fundarla  de manera sólida, en la línea de las tradiciones de Israel, en diálogo con el entorno helenista, tuvo que pensar y escribir, a modo de carta, unos tratados en los que expuso su doctrina (sus cartas auténticas, escritas entre el 50 y 55 d.C. y conservadas en el canon del Nuevo Testamento, son  1Tes, 1 y 2 Cor, Flp, Filemón, Gal y Rom).

51 Responses to “Pedro y Pablo”

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