Comunión de los santos 1. Compartir “las cosas santas”

El amor implica siempre un tipo de  comunicación, que se expresa en forma de comunión: una forma de compartir los bienes y la vida. Así lo indica la confesión cristiana, es decir, el credo, cuando acaba diciendo “creo en el perdón de los pecados, la comunión de los santos y la vida eterna». Esas palabras del credo (perdón, comunión y vida) son las claves del amor cristiano. Entre ellas destacamos la comunión (koinônia tôn hagiôn, communio sanctorum, comunión en lo santo o de los santos), que forma parte del credo desde el siglo IV; esa palabra no aparece en los textos orientales ni ha sido incluida en el credo niceno-constantinopolitano, pero ha sido aceptada en la fórmula oficial o textus receptus del símbolo apostólico o romano. El sentido originario de la cláusula resulta difícil de fijar, ya que el mismo tenor gramatical de las palabras es ambiguo: si sanctorum es neutro, los creyentes se vinculan porque comparte aquello que es santo (la vida de Jesús, la eucaristía); si sanctorum es masculino/femenino, el credo habla de la comunión entre los mismos santos, es decir, entre los creyentes. Pero ella nos introduce en el centro del amor cristiano, tal como ha sido promulgado por el credo1.

Comunión en lo santo

Detrás de la formulación latina actual (communio sanctorum) parece haber existido una fórmula griega que no ha entrado como tal en el credo, pero que ha influido mucho en la vida cristiano del oriente antiguo. Esa fórmula griega (koinônia tôn hagiôn) hablaba de la participación de los creyentes en las cosas santas, especialmente en la palabra de la fe y en la celebración eucarística del misterio. En el principio de esa «communio sanctorum» se encuentra en la experiencia de las religiones de la naturaleza donde las cosas santas se expresa a través del proceso cósmico de la vida que se expande, se despliega, se edifica. Por medio del rito, los creyentes se introducían en la marcha del proceso vital, penetraban en la hondura del misterio, rompían la distancia del tiempo y del espacio, que todo lo parte y destruyan, y participaban, transfigurados, en el orden primigenio de la reali­dad. Dando un paso más, podemos afirmar que la filosofía de occidente ha pretendido traducir esa experiencia de participación sacral en términos de comprensión ontológica de la realidad: lo que nos une es el ser, expresado de algún modo en lo divino. Eso significa que los hombres viven en la “comunión de lo divino”: las cosas santas de Dios les vinculan.

Pues bien, en contra de esa “comunión en lo santo”, los israelitas han puesto de relieve el valor de la alianza (en la línea de la “comunión de los creyentes”). Lo que vincula a los hombres no es la comunión sagrada en Dios, sino la comunicación personal que ellos establecen, al unirse entre sí, en Dios y desde Dios. El Nuevo Testamento ratifica esa experiencia de Israel, de tal manera que sigue interpretando la comunión con lo sagrado en términos de alianza. Pero, al mismo tiempo, al aceptar la presencia de Dios en Jesucristo, asume ciertos elementos de la antigua concepción de las religiones, diciendo que los hombres pueden unirse en Dios (en lo santo), porque Dios ha querido entrar en comunión con ellos, como sabe Heb 2, 14: el mismo Dios ha decidido «comulgar» con nosotros, entrando en relación con nuestra historia, de tal forma que participa de la carne y de la sangre de los hombres. Esa afirmación asume y trasciende los datos anteriores.

Dios ha querido compartir nuestra carne y nuestra sangre, hacerse mundo entre nosotros, tomar parte en nuestra historia. Sólo porque asumimos esta primera koinonia incarnatoria, sólo porque Dios asume en Cristo (Logos-Hijo) nuestra humanidad, también nosotros –simples mortales- podemos entrar en comunión con lo divino, comulgar con Dios por medio de la carne y de la sangre del Cristo. Parafraseando una palabra de san Juan (1 Jn 4,10), podemos afirmar que el misterio no es que nosotros pretendamos estar en comunión con lo sagrado sino en que Dios, el santo, haya querido comulgar con nuestra historia. Fundado en esta experiencia, Pablo define a los cristia­nos como aquellos que «han sido convocados a vivir en koinônia (a comulgar) con Jesucristo, Hijo de Dios» (1 Cor 1, 9). Comulgar significa aquí participar en Cristo: aceptar su palabra, seguir su camino, revestirse de su muerte, incorporarse a su resurrección, transformarse con su gloria. Para entender mejor esa comunión sería necesario comen­tar donde Pablo y las cartas postpaulinas dicen que los cristianos están con-crucificados, con-sepultados, co-resucitados con Cristo (cf. Rom 6, 4-8; 8, 17; 2 Cor 7, 3; Gal 2, 19; Col 2, 12-13; Ef 2, 5-6; 2, 2).

Esta comunión se realiza de un modo visible en el gesto eucarísti­co: «El cáliz… es la comunión con la sangre de Cristo; el pan…, es la comunión con el cuerpo de Cristo» (1 Cor 10, 16-17). La carta a los Hebreos decía que el mismo Dios había asumido la carne y sangre de los hombres (Heb 2, 14). Ahora, el mismo Pablo, en contexto de celebración eclesial, añade que los hombres comparten la carne y la sangre de Cristo. Allí donde la comunidad se reúne y celebra a su Señor, los creyentes, unidos entre sí, «comulgan con el Cristo», participan de su vida y de su muerte, se introducen en su comunión de amor pascual. Éste es el sentido radical de aquello que la iglesia afirma cuando cree en la «comunión de los hombres con lo Santo»; es lo que la iglesia celebra alborozada y llena de temor en el misterio de la → eucaristía, que es el signo básico de la comunión cristiana. Éste es el principio del amor mesiánico en la iglesia, éste es el sentido de la comunión en lo santo (koinônia tôn hagiôn). Eso significa, dentro de la iglesia, que los fieles, reunidos en comunidad y celebrando el misterio de Cristo, tienen acceso a las cosas santas; comulgan con Jesús, viven su gracia, actualizan su misterio, Dios y los hombres siguen separados. Sin embargo, allí donde los fieles celebran a Jesús, se rompen las distancias, se curan las heridas y los hombres comulgan en la santidad de lo divino. Esta es la comunión básica: los hombres y mujeres de la iglesia se vinculan en amor porque participan de la santidad de Dios que es amor.

Esta koinônía o comunión en Cristo se visibiliza a través del → Espíritu Santo. En ese sentido habla san Pablo de la koinônia o comunión en el Espíritu (cf. Flp 2, 1) y se despide de los cristianos de Corinto diciendo: «Que la koinônia del Espíritu esté con vosotros» (2 Cor 13, 13). Avanzando en esa línea podemos decir que la comunión cristiana se identifica con el Espíritu santo. Esa comunión no es un don entre otros, es el mismo Espíritu de Dios, como don básico, como amor donde pueden vincularse en Dios y desde Dios todos los hombres (→ Pablo: 1 Cor 13). En ese sentido, cuando los cristianos proclaman el credo y dicen: «creo en la comunión de los (dones) santos» están diciendo en el fondo «yo creo, creemos en la comunión del Espíritu Santo, que es el amor del Padre y del Hijo». Desde ese fondo se comprenden las palabras de 1 Jn 1, 3: «Nuestra koinônia es con el Padre y con su Hijo Jesucristo». Frente a todas las unificaciones filosóficas, que intentan llegar a la fusión con lo absoluto, pero desbordando también las pretensiones de un tipo de monoteísmo que separaría a Dios de los hombres, las palabras de san Juan nos sitúan en el lugar donde se puede establecer y se establece la comunión de amor entre Dios y los hombres, en el Espíritu de Cristo. El credo cristiano acaba siendo así una confesión de amor: los cristianos, que creen en el Padre, Hijo y Espíritu Santo, creen también (y por eso mismo) en la comunión, pues saben que el mismo Dios, principio de la vida humana, es comunión de amor.

 

 


[1] Cf. D. Bonhöffer, Sanctorum Communio, Berlin 1954; H. M. Congar, Santa Iglesia, Estela, Barcelona 1965; M. M. Garijo-Guembe, La comunión de los Santos: fundamento, esencia y estructura de la iglesia, Herder, Barcelona 1991; J. M. Kehl, La Iglesia. Eclesiología Católica, Sígueme, Salamanca 1996; N. D. Kelly, Primitivos credos cristianos, Salamanca 1980; H. de Lubac, La fe cristiana, Madrid 1970; Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1980; J. Sobrino, Resurrección de la verdadera iglesia, Sal Terrae 1984; J.-M. R. Tillard, Iglesia de iglesias, Sígueme, Salamanca 1991; La Iglesia local. Eclesiología de comunión y catolicidad, Sígueme, Salamanca 1999; A. Vilaplana, La comunión de los santos, BAC, Madrid 1985.

 

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