Amor y Devoción. Hinduismo bhakti o del corazón

Al lado del camino ascético-contemplativo del hinduismo clásico, que podemos llamar masculino, ha surgido, a partir del siglo IV a. C., un poderoso movimiento religioso de tipo devocional, que se suele llamar bhakti, más centrado en el amor. Este movimiento, que se ha expandido sobre todo a partir del XIV-XV d. C., en el sur de la India, pone de relieve los rasgos más personales de Dios (en la forma de Vishnú, de Shiva o de la “diosa”), interpretando la religión como unión afectiva con la divinidad.

(1) El hinduismo masculino o quizá más “suprapersonal” y neutro (brahamismo, upanishadas) se mueve en plano  que podemos llamar impersonal y panteísta. Lo divino tiende a interpretarse como dimensión profunda de la misma vida humana. Más que el diálogo personal con Dios destaca la inmersión del hombre en lo divino.

(2) Por el contrario, los cultos más femeninos, vinculados a especiadamente a diosa, reciben un carácter más personal o por lo menos más personalizante. La visión de Brahma (lo brahman) queda en segundo lugar y como dioses más personales van cobrando cada vez más importancia, desde el comienzo de la era cristiana, Vishnú y Shiva. Ambos suscitan un tipo de religiosidad devocional (bhakti) que, sin negar los elementos anteriores de contemplación y ascesis, valoran más la confianza personal del creyente en su Dios, concebido como ser supremo (casi con rasgos monoteístas).

De esa forma se acentúa la religiosidad del sentimiento. Lo que importa no es contemplar en abstracto, sino amar. Lo que importa no es perderse en lo divino, sino amar a Dios como persona, tal como se revela en Vishnú, en Shiva o en sus parejas divinas.

 

En ese contexto emerge la figura de la diosa, que aparece tanto en calidad de pareja del dios (especialmente de Shiva) como en forma de diosa autónoma, madre y amiga de sus fieles. De esa forma, lo divino se muestra más cercano, adquiere más influjo en la existencia de los hombres. Más que el valor de la ascesis o la contemplación (camino intelectual), se valora en esta línea el sentimiento. Surge de esa forma la piedad shaktista donde una potencia femenina o diosa (Shakti) viene a presentarse como signo supremo del misterio[1].

Algunos han tomado ese camino emocional como desviación del auténtico hinduismo, que debería centrarse en la contemplación impersonal de Dios. Pero ese juicio resulta insostenible. Siguiendo una línea abierta ya por la piedad sincretista y fiducial de la Bhagavad Gita*, muchos varones y mujeres de la India han descubierto el valor de una experiencia más inmediata del Dios que, siendo trascendente viene a presentarse, al mismo tiempo, como amigo, amor cercano, madre o diosa. De todas maneras, esa figura emocionada y cariñosa del Dios/diosa, con sus rasgos casi personales, no se puede tomar estrictamente como femenina, en clave occidental. Lo masculino y femenino se encuentran de algún modo entremezclados, como momentos integrantes de una misma experiencia de la divinidad que sobrepasa las limitaciones de la dualidad humana. Al hablar de las parejas femeninas de Vishnú o de Shiva, al presentar la diosa como Shakti o potencia sacral originaria, los hindúes de los últimos siglos han querido destacar el sentido abarcador de un Dios que es distinto siendo todo lo que existe, que es objeto de amor encontrándose por encima de todos los amores.

Esta experiencia de la religión como amor (entrega devota del creyente en manos de la divinidad) ha marcado poderosamente la experiencia dela Inda. Lareligión no se concibe ya sólo como camino “masculino” de ascesis o contemplación, que capacita a algunos elegidos (casi siempre varones) para desligarse de la tierra y penetrar (ser absorbidos) en el todo radical de lo divino, sino que es experiencia de encuentro personal (afectivo y caluroso) del creyente con su dios o diosa, que aparecen como expresión de todo el ser divino. En esta perspectiva resulta secundaria la diferencia entre varones y mujeres; lo que importa es que los hombres y mujeres amen, pues la religión y la verdad del ser humano se identifican con su despliegue de amor.

En este contexto debemos recordar que más que una religión, el hinduismo es un mosaico de religiones, emparentadas por una historia y búsqueda comunes (deseo de superar las reencarnaciones, salvación interior). Pues bien, casi todas las “religiones” de la India han desarrollado un elemento bhakti, en cuyo surgimiento han podido influir varios factores.

(1) El sustrato materno preario. La vieja religión de la Gran Madre, propia de los habitantes de la India antes de la invasión de los indoeuropeos, en torno al 1500 a. C., permanecía soterrada bajo el poder de las especulaciones brahmánicas y de las tendencias monistas de la Upanishadas. Pues bien, una vez que esas especulaciones cumplieron su función, ha podido retornar y ha retornado la figura de la madre, con todo lo que ella presupone de culto a la fertilidad y de veneración amorosa de la vida (simbolizada en la vaca sagrada y no en toro más patriarcal de la religión indoeuropeos).

(2) La exigencia de una religión más senti­mental, menos centrada en la especulación y el esfuerzo de la mente. De esa forma, al lado del brahmanismo especulativo (abierto al panteísmo) y para compensar su racionalidad, hallamos varios tipos de culto más sen­timental, dirigidos a la diosa madre, que se entiende como prin­cipio de vida y amiga de los hombres.

(3) Búsqueda femenina. Los occidentales solemos pensar que el varón es más persona: los rasgos masculinos individualizan mejor al ser humano, capacitándole para ser más independiente, dueño de sí mismo etc; los rasgos femeninos nos parecen más ligados a la totalidad indiferenciada (la materia, la naturaleza, etc); lógicamente, se ha dicho que las mujeres son “menos personales” que los varones. Pues bien, parece que el oriente ha invertido esa visión: los rasgos al parecer más masculinos de la meditación, ascesis y vacío mental resultan, al fin, menos personales; por el contrario, el retorno emocional a lo materno puede (quizá debe) interpretarse como expresión de un anhelo personal: los devotos quieren vincularse a un Dios que ofrezca rostro propio, que les hable, les ame, les sostenga.

En esta línea de “vuelta a la diosa”, es decir, de retorno al amor religioso, se sigue situando todavía la experiencia más honda de la India, de tal forma que parece que ella no ha culminado todavía. No sabemos lo que será su evolución en los próximos decenios, a la luz de las nuevas circunstancias espirituales e intelectuales, económicas y sociales de una población en cambio acelerado. Sea como fuere, el caso es que la vuelta a lo materno y femenino resulta significativa y puede adquirir gran importancia como contrapeso frente a las tendencias más patriarcalistas de otros movimientos religiosos.

Por otro lado, es evidente que, tomada en su conjunto, la sociedad hindú presenta rasgos que pudieran llamarse femeninos: hay en general una gran veneración por los principios de la vida; ciertas hembras de animales, que aparecen como símbolos de la maternidad, siguen teniendo fuerte densidad sagrada; se respeta mucho a la mujer como garante y portadora del despliegue de la humanidad etc. Todo eso puede resultar valioso en contra de una sociedad occidental que acentúa más el rasgo masculino de la vida (la creatividad externa, la dominación). Pero el tema sigue abierto y nosotros, occidentales marcados por siglos de racionalismo que algunos llaman masculino, no podemos proyectar nuestros esquemas de amor y devoción, de personalidad y de progreso, en el orientes.

Posiblemente, la apertura devocional de la India hacia el amor religioso, no debe tomarse como retorno regresivo a la gran naturaleza, sino como camino de creatividad personal, marcado por las notas de cercanía afectiva, cariño y confianza que nosotros solemos vincular con lo femenino. Posiblemente existan dos maneras diferentes de entender lo personal y ambas presentan sus valores y sus riesgos.

(1) Hay una individualización más masculina, que se expresa sobre todo en el plano de dominio (conquista machista) o de la creatividad técnica (pensamiento racionalizado, trabajo productivo). De una forma general, en esa perspectiva los varones serían más personas que las mujeres.

(2) Hay una individualización más femenina donde la persona se encuentra vinculada, sobre todo, con los rasgos de la comunicación afectiva y el cuidado de la vida, en línea de amor. En esa línea podemos afirmar que las mujeres (más afectivas, más devotas) son más personas (están más individualizadas). A través de la figura de la madre-mujer, los fieles encuentran a Dios como amor: alguien en quien pueden confiar porque les ama de un modo profundo y directo. Estos matices pueden y deben discutirse, pero la búsqueda femenina de la religiosidad hindú moderna puede resultar progresiva y no regresiva.


[1] Cf. X. Pikaza, Hombre y mujer en las religiones, Verbo Divino, Estella 1997; F. Tola, Bhagavad-Gita. El canto del señor, Biblioteca Nueva Madrid, 2000.

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