Amor y diaconía, servicio social

 Al comienzo de la iglesia cristiana se habla de siete “diáconos helenistas», a quienes Pablo se refiere quizá al hablar de todos los apóstoles (cf. 1 Cor 15, 5-8). Ellos aparecen en Hech 6–7 como resultado de una escisión en la comunidad más antigua de Jerusalén, cuyo grupo base habría estado centrado en torno a Pedro y los Doce, empeñada en lograr la conversión y reunión de las Doce tribus de Israel, para esperar después la llegada de los pueblos. En contra de eso, los Siete helenistas, animados primero por Esteban, luego por Felipe y otros, reinterpretaron el evangelio de un modo centrífugo, en línea de diaconía, es decir, de amor social abierto a todos los necesitados (y a todos los pueblos): no hay que reforzar el centro (Jerusalén), para que vengan los de fuera, sino salir ya de ese centro, ofreciendo el Reino de Dios (no sólo de Israel) a los gentiles. La esperanza de ese Reino les hizo misioneros: quisieron llevar la herencia y semilla de Jesús, desde Jerusalén, hacia los hombres y mujeres del mundo gentil, que podrán ser “cristianos” (mesiánicos, universales) sin hacerse previamente judíos (1).

Hech 6 y toda la historia posterior muestra que, más una escisión o herejía respecto de un grupo anterior ya formado, esos “helenistas” constituyen una de las ramas primitivas del movimiento de Jesús: no formaban parte del grupo de Pedro y de los Doce, ni tampoco estaban integrados en la iglesia de Santiago y sus presbíteros. Quizá algunos habían sido discípulos de Jesús antes de su crucifixión. Lo cierto es que se desarrollaron pronto, descubriendo en el mensaje, vida y muerte de Jesús un criterio de discernimiento y apertura, sin las mediaciones nacionales de la “ley” judía. Así iniciaron una misión propia, un “apostolado” universal, pero no proselitista, sin añadir otro grupo al espectro de grupos judíos, ni obligar a los gentiles a cumplir la ley israelita, un apostolado que, según el libro de los Hechos, es básicamente diaconal, es decir, de servicio a los necesitados.

El libro de los Hechos afirma que han venido a Jerusalén desde la diáspora judía de occidente (que se distingue de la de Babilonia), no como peregrinos de un momento, sino para quedarse, pues buscan y esperan allí el cumplimiento final de las promesas. Son libertos, quizá provenientes, de Roma, y judíos de Cirenaica, Alejandría, Cilicia y Asia (Hech 6, 8-9). Han venido a Jerusalén pero critican el templo y sus instituciones (cf. Hech 6, 13-14; 7, 1-53), empalmando, de manera sorprendente, con el gesto de Jesús (cf. Mc 11, 25-27 par). En este contexto se añade que otros muchos sacerdotes creyeron en Jesús (Hech 6, 7): parecen disidentes, contrarios al orden actual del templo y buscan quizá un judaísmo de fronteras abiertas, como el de Jesús.

Estos helenistas, quizá unidos a los sacerdotes, relacionan el testimonio de Jesús con el primitivo mensaje de Israel (centrado en la ayuda a los huérfanos-viudas-extranjeros y en el gran jubileo). En este contexto (Hech 6, 1-2) se sitúa el tema de las viudas y las mesas, es decir, de los marginados y pobres vinculando, a quienes la iglesia ha de ofrecer su primer servicio. Los helenistas recuperan así, de manera sorprendente, una dimensión esencial de la experiencia de Israel, que seguía sin resolver desde hace siglos (desde las luchas de los macabeos: la relación entre judaísmo y helenismo, el valor (=exclusividad) del templo y la apertura universal del mensaje profético a partir de los pobres. Así descubren que la universalidad (apertura a los griegos, es decir, a los gentiles) puede y debe lograrse a partir de los más pobres (huérfanos y viudas); en otrs palabras, sólo la diaconía o amor servicial puede unificar a los hombres, no en línea de imperio, sino de comunidad universal de amor.

Este era un tema judío (huérfanos y viudas son signo de Dios). Este era un tema cristianos (Jesús había optado por enfermos y pobres*). Pues bien, allí donde los pobres se sitúan en el centro de la comunidad pasan a segundo plano aspectos teóricos y sacrales que diferenciaban a judíos y gentiles. Estos helenistas lograron así algo que no habían conseguido los filósofos griegos (su cultura era elitista, se extendía desde arriba) ni los sacerdotes judíos (ellos regentaban un templo y una ley particular). Lo lograron centrándose en los pobres (huérfanos, viudas), de manera que por ellos pudieron extender el mensaje de Jesús a todos los pueblos, haciéndose católicos. Sin la prioridad de los pobres no es posible el catolicismo.

También los Doce (= hebreos) amaban a los pobres, pero destacan sobre todo la oración y el ministerio de la palabra (Hech 6, 4), en un contexto que seguía siendo intra-israelita: llega el fin, viene Jesús y resolverá desde Jerusalén los problemas de la historia. Loshelenistas, en cambio, acentúan desde ahora el servicio de mesas y viudas (Hech 6, 1-2), recuperando elementos básicos del mensaje de Jesús, profeta de los pobres y apareciendo así como diáconos, es decir, como servidores de los pobres, entendiendo el evangelio como pan compartido (que se ofrece a los hambrientos) y casa familiar (lugar de huérfanos, viudas y extranjeros). Así recuperan el mensaje Mt 25, 31-46: «tuve hambre, estaba desnudo…».

Este recuerdo de los “helenistas” y su preocupación por las mesas y las viudas nos lleva al centro del mensaje de Jesús, en el corazón dela iglesia. Estoshelenistas no tuvieron que hacerse judíos, eran judíos; tampoco tuvieron que hacerse griegos, eran de cultura griega. Pero descubrieron, por Jesús, que el verdadero templo eran los pobres, siendo, al mismo tiempo, el principio de la verdadera sabiduría. Ellos, los helenistas, han sido los verdaderos fundadores de la Iglesia cristiana. Ciertamente, es valiosa la misión de Pedro y de los Doce, más vinculada a la Palabra yla Plegaria. Estambién valiosa la misión de Santiago, empeñado en mantener la llama de la Ley israelita. Pero más importante es la misión de los Siete, que se sitúa y nos sitúa en línea universal, a través del pan compartido y de la casa abierta. Sobre temas doctrinales (Pedro) y sacrales (Santiago) puede y debe discutirse, sin llegar quizá a un acuerdo; pero en torno al pan compartido y a la casa abierta para huérfanos-viudas y extranjeros no puede haber ya tales discusiones, ni puede distinguirse entre judíos y paganos, cristianos o no cristianos.

Lucas ha supuesto que los Doce y los Siete han pactado, para ocuparse unos de la palabra y otros de las meses (cf. Hech 6, 1-6), añadiendo que la Muchedumbre o asamblea de seguidores de Jesús, presidida por los Doce, instituyó como autoridad a Siete servidores de los pobres (viudas y mesas). Los Doce seguirán siendo representantes mesiánicos del Israel escatológico centrado en Jerusalén, donde esperan que un día, muy pronto, se abra la mesa universal de la Vida de Dios para todos los pobres del mundo. Los Siete, en cambio, iniciarán ya desde ahora un camino de apertura universal, desde los pobres hambrientos y viudas. Pues bien, el modelo de los Doce acabó perdiéndose en el pasado: ciertamente, tienen la verdad, son la ortodoxia, pero la iniciativa de la iglesia pasa a manos de los Siete, que extienden el mensaje de Jesús fuera de Israel.

Los helenistas (y partiendo de ellos Pablo) pensaron que Jerusalén (la iglesia sacral) tenía que abrirse y salir, ofreciendo un evangelio que podía y debía vivirse en cada zona de un modo distinto, pues el mensaje y vida de Jesús es fuente de comunión universal, desde los huérfanos, las viudas y los rechazados de la historia (cf. Hech 6-7). Ellos siguen ofreciendo un punto de referencia crítica frente a una iglesia que corre el riesgo de volver al legalismo. En este contexto debemos añadir que el mismo Pedro acabó por «convertirse» y vincularse con los helenistas, asumiendo su misión y formando, de algún modo, parte de su grupo. De esa forma interpretó el pasado y, saliendo de Jerusalén (Hech 12, 17), en contacto con los helenistas (y con Pablo), vino a convertirse en testigo y garante de un evangelio universal, como ha ratificado de un modo solemne Mt 16, 16-20.


[1] Cf. J. A. Fytzmyer, Los Hechos de los Apóstoles I-II, Sígueme, Salamanca 2003; X. Pikaza, Sistema, libertad, iglesia. Las instituciones del Nuevo Testamento, Trotta, Madrid 2001; J. Rius-Camps, De Jerusalén a Antioquía. Génesis de la Iglesia cristiana. Comentario lingüístico y exegético a Hch 1-12, El Almendro, Córdoba 1989; E. W. Stegemann y W. Stegemann, Historia social del cristianismo primitivo. Los inicios en el judaísmo y las comunidades cristianas en el mundo mediterráneo, Verbo Divino, Estella 2001.

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