El amor es dualidad, diálogo amoroso

 Introducción

  El amor implica diálogo y dualidad o, mejor dicho, dualidad dialogal. Los seres que se aman son en la medida en que se relacionan, sólo existen en la medida en que se dan mutuamente, se entregan y se acogen, suscitando de esa forma el más hondo de todos los dualismos. Hay dualidades naturales, pero ellas resultan estáticas, de manera que forman como las dos parte de un todo. Por el contrario, en el diálogo personal, cada parte es un todo y la unidad que forman no absorbe las partes, sino que las mantiene y potencia[1].

Las dualidades naturales (cielo y tierra, muerte y vida, macho y hembra, noche y día, materia y forma) son expresiones polares de un conjunto superior, momentos de un proceso en el que todo al final se identifica. Cuando surge el hombre es diferente: cada ser humano es persona: un absoluto, valioso por sí mismo, independiente. Pues bien, sólo un ser humano, valioso en sí mismo, personal, puede dialogar y lo hace de forma creadora con otros humanos. Sólo un hombre es otro para un hombre, sólo una persona puede crear a otra persona. Sólo con el hombre (con el individuo) nace la verdadera dualidad: un ser humano y otro ser humano, diferentes pero unidos en diálogo de encuentro; un hombre y una mujer, polarmente separados por el sexo (y sobre todo por su valor como personas), absolutamente alejados y, sin embargo, cercanos en su amor, unidos de manera total, como personas.

En este contexto, amar ya no es buscar la propia perfección en el conjunto de las cosas, sino dar y recibir la vida, compartiéndola con otros. Sólo puedes encontrar tu perfección en la perfección del otro, sólo puedes ser independiente si quieres y buscas la independencia del otro, para gozar luego de su presencia y disfrutar de su encuentro. Descubres así que, al lado de tu naturaleza que anhela su propia plenitud (amor físico, eros, mundo*) emerge la verdad de tu persona que se goza al descubrir otra persona, al ofrecerle su cariño, su palabra, su existencia. En este plano, amar supone existir de forma «extática», de manera que uno es saliendo de sí mismo y encontrándose en el otro. Sólo así puede decirse con sentido aquella gran palabra: amar es darse, es difundirse, salir de sí y morir, para encontrarse en otro. La existencia de un ser personal vale en la medida en que ha encontrado otra existencia: «Vivo sin vivir en mí»… (Santa Teresa de Jesús). Vivo porque he dado mi vida y allí donde la he dado, como ha destacado Juan de la Cruz, de forma lapidaria: “El alma más vive donde ama que en el cuerpo donde anima, porque en el cuerpo ella no tiene su vida,   antes ella le da (vida) al cuerpo, y ella vive por amor en lo que ama (en el que ama)” (Cantico b. Comentario 8, 3).

Eso significa que el amor desborda el plano de la naturaleza objetiva y se sitúa en un nivel de encuentro entre personas, de manera que la vida humana se convierte en don y la existencia es gracia compartida. En ese sentido podemos decir que el amor es trascen­dencia. Trascender es desbordarse, superar el equilibrio de las fuerzas naturales, ser persona en libertad, ofreciendo gratuitamente la vida y compartiéndola con otro. El hombre se transciende cuando ama: deja de ser mundo y es persona; se libera de la ley, de los poderes naturales y empieza a ser en libertad (a ser libertad), con su amado y sus amigos. Sólo en ese trascendimiento, al fondo de la entrega mutua, se puede hablar de una presencia más alta de amor, se puede hablar de la Gracia con mayúsculo, de un Dios que es gracia. Si Dios formara parte de la naturaleza (aunque fuera la más alta), ese Dios sería la mayor desgracia para el hombre.

Por amor, el hombre sale de sí mismo y actualiza, encuentra, la verdad de su existencia en otro. Pues bien, al fondo de todos los contactos creadores y gratuitos de este mundo, el hombre puede descubrir el Amor con mayúscula, como principio de todas las gracias y palabras. El hombre vive porque Alguien le ha llamado; puede dar su vida porque Alguien le ha dadola vida. Segúneso, el amor tiene un momen­to de naturaleza, es algo «físico»: el impulso del hombre que anhela su realización cósmica, su bien natural sobre el mundo; pero tiene otro momento «extático» o gratuito: siendo dueño de sí mismo, el hombre puede entregarse a los demás de una manera creadora. Pues bien, asumiendo y superando esos planos de naturaleza y éxtasis, el amor se expresa como experiencia radical de diálogo.

En este contexto se sitúa el diálogo (donación y encuentro del yo-tú), a nivel de auto-presencia relacional), tal como habían destacado, en perspectivas distintas, algunos pensadores judíos, como M. Buber y E. Lévinas. Desde ese fondo he querido evocar, con B. Andrade algunos momentos del encuento dialogal, que define al ser humano. El hombre es persona como un «yo-en-relación, que se comporta ante un ‘tú’, simultáneamente y en una sola y única realidad, de modo trascendental-cuestionante y dependiente» (O. c. 109). El yo sólo existe en relación trascendental con un tú, de manera que cada uno se relaciona con el otro, de quien depende y con quien cuestiona el sentido de su vida, ante Dios, en el mundo. La persona no es sustancia (en línea griega), ni sujeto (en línea cartesiana), sino auto-presencia: una presencia que se sabe, en relación paradójica con Dios, con el mundo y con los otros (Ibid 110). Dejamos así el plano cósmico (relación con el mundo) y el estrictamente trascendental (relación con Dios), para destacar la relación de una persona (yo) con otra persona (tú), a través de un diálogo en el que se definen ambas y se expresa el sentido del ser humano como amor.

En ese contexto resulta significativa la aportación fenomenológica de B. Andrade, que ahora condensamos, evocando el análisis de las relaciones personales, que ella ha trazado en lenguaje narrativo y coloquial. Sólo en ese lenguaje se despliega el carácter específico de la “vida humana”, pues ella no es objeto de laboratorio, algo que puede objetivarse, sino que se descubre y expresa en un diálogo de amor en el que sé lo que soy (quién soy) en la medida en que trazo desde y con los otros el perfil de mi existencia:

 

1. Encuentro creador: tú me hace ser.

Significativamente, Andrade no empieza hablando de la creación desde un misterio separado (=Dios), sino desde los otros o, mejor dicho, desde otro que se vuelve “tú” al decirme su palabra y hacer que “yo” sea: «Tengo acceso a mi propia identidad como ‘yo’ sólo cuanto tú me ‘creas’ para mí» (Ibid 115). No puedo crearme por mí mismo, no soy ‘sujeto absoluto de mí ser’, sino que empiezo a nacer desde los otros, desde un ‘tú’ que me diga quien soy, haciéndome persona. Así lo sabía Lévinas, insistiendo en el carácter trascendente, infinito, del “tú abandonado y rechazado” (huérfano, viuda, extranjero), que me hace sujeto moral y religioso, despertándome a la responsabilidad infinita. En esa misma línea avanza Andrade, pero ella amplía el abanico del “tú” y concede valor creador no sólo al huérfano-viuda, sino también al hombre o mujer que me ama y dialoga conmigo de manera positiva. Pues bien, en este contexto, destacando la primera línea del diagrama, ella ha querido añadir que ningún encuentro concreto con un ‘tú’ simplemente humano responde a mi pregunta más honda y resuelve mi problema, creándome así para siempre, pues ese mismo “tú” está siempre amenazado por la fragilidad, de manera que el encuentro con él puede terminar o volverse desencuentro, pues se halla siempre amenazado porla muerte. Por eso apela también al “tú” del encuentro divino.

2- Encuentro en mutua aceptación: nos hacemos ser.

«El ‘yo’ y el ‘tú’ pueden experimentarse de manera simultánea, descubriendo que su auto-presencia les está siendo dada a cada uno por el otro… Cada uno es para el otro el mediador del propio yo», creador de su pre-sencia (cf. 120). De esa forma son, creándose mutuamente: ‘yo soy para ti’, ‘tú eres para mí’. Por eso, cada uno aparece como principio, meta y compañía para el otro. En ese contexto ha elaborado Andrade una “fenomenología del amor creador”, destacando el gozo y tarea de la vida compartida, como algo que desborda el nivel dela ley. Por eso, ella ha introducido el mundo y la historia en el mismo diálogo del hombre con Dios y con los otros hombres vinculando así el aspecto teológico, íntimo (yo-tú) y social del amor dialogal.

3. Encuentro como don: comunión, regalo de la vida.

Cada uno se deja liberar por el otro en el encuentro, de tal forma que existe por el don (y como don). Esta liberación mutua ‘por ti y para ti’ (cf. pag. 123) hace que la vida humana deba interpretarse como regalo: «El único sentido que puede tener mi realidad para mí es el de ser regalo tuyo, porque tú me liberaste para ti y has hecho que yo no me hunda en lo precario de mi situación» (124). Desde este fondo ha entendido Andrade la conversión, como un retorno al otro y desde el otro a sí mismo, en encuentro creador: cada uno debe su ser al otro y así se lo agradece: «Toda mi realidad depende de ti. (Esa realidad) me pertenece a mí mismo sólo en la medida en la que te pertenece a ti y en la medida en que, en el encuentro, ha sido aceptada por ambos nosotros» (126). Eso significa que no soy sustancia aislada, sino comunión desde la que debo convertirme sin cesar.

4. Encuentro sanante.

El amor cura al hombre enfermo (salud*), como sabe el evangelio (curaciones de Jesús). El hombre ha sido creado para la salud o plenitud (cf. Gen 1), pero se encuentra amenazado por la enfermedad, que se expresa en el gesto de aislarse, encerrarse, rechazar a los demás. Lógicamente la salvación (de la misma raíz que salud) se reañoza «en el encuentro en que tú me dices quien soy y quien puedo ser» (127). Según eso, crear y sanar se identifican: «Sólo tú puedes ayudarme a devenir aquel que y soy en forma de búsqueda y de pregunta: un ‘yo’ auto-presente» (127). Al recibirme como don, yo mismo soy sanado, pues recibo mi vida de los otros.

 

Este lenguaje de diálogo no es algo que se añade al ser del hombre, sino la misma realidad del ser humano, que sólo existe al recibir y compartir la vida, en gesto de apertura (pregunta) trascendental, que es búsqueda de comunión definitiva, con Dios. Pero, al mismo tiempo, ese diálogo se encuentra amenazado por la fragilidad de la vida o las mutaciones de los tiempos: «Aquello más profundo que cada uno ha dado al otro, su propio ser-libre en la búsqueda de liberación, lo puede revocar tan libremente como lo ha ofrecido» (131). ¡Eso significa que no existe, en estas condiciones del mundo y de la historia, un diálogo de amor definitivo, totalmente sanado, abierto a todos los humanos, para siempre. Desde este fondo se entiende el valor y fragilidad de nuestra auto-presencia en los diversos encuentros sociales, dentro del mundo y la historia.

Somos don dialogal (nacemos unos de otros), debemos convertir ese don en tarea (darnos la vida mutuamente). Somos don y tarea trascendental: no podemos dialogar jamás del todo en amor, ni darnos tampoco plenamente. Todos los diálogos que vamos tarzando resultan efímeros. Por eso, nuestra búsqueda de diálogo tiene un sentido trascendental: «La persona es una paradoja, porque es simultáneamente búsqueda e imposibilidad de encontrar; pregunta e imposibilidad de respuesta; encuentro y soledad… Toda respuesta a la pregunta que somos, nunca puede ser más que preliminar e incompleta. La pregunta y la respuesta, el buscar y el encontrar nunca son proporcionales… » (140). Eso significa que los hombres son un diálogo real (¡ha llegado el Reino del amor!), pero no culminado (¡todavía no se ha manifestado plenamente!).

 

 


[1] Cf. M. Buber, Yo y tú, Caparrós, Madrid 1995; Dos modos de fe, Caparrós, Madrid 1996; E. Levinas, Totalidad e infinito, Sígueme, Salamanca 1997; Del otro modo de ser, o más allá de la esencia, Sígueme, Salamanca 1987; A. López Quintás, El poder del diálogo y del encuentro, BAC, Madrid 1997; B. Andrade, Dios en medio de nosotros. Esbozo de una teología trinitaria kerigmática, Sec. Trinitario, Salamanca 1999 (las citas en el texto se refieren a esta obra).

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