Amor de Dios, amor cristiano 1. Trinidad

 Para los cristianos, Dios no es el cosmos: no es dialéctica de fuerzas o elementos de la tierra que se mueven y mantienen en constante referencia; no es el todo que se impone a cada una de las partes, ni es el juego de las partes que entrechocan, nacen, mueren en el todo. Dios no es sexo: no es la unión originaria de los dos grandes principios de la vida que se expanden y despliegan de manera hierogámica; no es potencia masculina, ni hondura femenina, ni la unión engendradora de ambos. Dios no es eros; no es fuerza de ascenso-anhelo que nos lleva desde el mundo bajo, oscuro, hacia la luz originaria; no es un arriba opuesto a nuestro abajo, ni movimiento que vincula ambos niveles. Tampoco es compasión que se eleva, negativa y silenciosa, sobre todos los valores del mundo… La Biblia le presenta como amor (Juan*) y como amor trinitario le presenta la tradición de la iglesia[1].

El Dios cristiano ofrece dos rasgos esenciales. (1) Es comunión trinitaria, inmanencia intradivina; (2) es encarnación, economía salvadora. Visto en su inmanencia misteriosa, Dios es amor de Padre-Hijo en el Espíritu. Visto en su «economía» salvadora, es Padre que ha creado (está creando) todo lo que existe por Cristo en el Espíritu. Ciertamente, se pueden distinguir los planos. El amor intradivino pertenece a la «necesi­dad» de Dios que, paradójicamente, es libertad y comunión personal. El don de Cristo, su vida de Dios-hombre y todo lo que viene a reflejarse en la palabra «encarnación», constituye el despliegue del ser intradivino. Por eso,   hay que añadir que, «de hecho», Dios se define como amor intradivino al regalar su vida como amor en Jesucristo. En ese doble nivel, de Trinidad y Encarnación, de inmanencia y economía, decimos que Dios es amistad, según la espléndida palabra de Aelredo de Rielvaux (Deus Amicitia Est, en De spirituali amicitia: PL 195, 669-670), una amistad que se expresa y concreta en la historia de los hombres. Esta es la verdad bíblica y cristiana que la filosofía oficial de occidente ha tendido a olvidar, presentando a Dios como Esencia y Physis (es decir, como naturaleza) más que como Amor y Persona. Desde ese fondo se pueden esbozar, desde una perspectiva de amor, las grandes teologías trinitarias de la historia de la iglesia (de occidente). No son formulaciones dogmáticas (de fe), ni pura especulación racional, sino esquemas de pensamiento y vida que pueden ayudarnos a situar mejor el misterio de Dios dentro del pensamiento humano.

 1. Trinidad como amor intrapersonal. San Agustín).

En obra de impresionante lucidez, titulada De Trinitate (Sobre la Trinidad) que ha inspirado gran parte de la reflexión posterior, San Agustín interpreta la Trinidad a partir del despliegue de la mente humana que se conoce y se ama a sí misma, en proceso de autorrealización consciente. La Trinidad avala y funda el proceso de personalización individual, en conocimiento y amor: soy persona y responsable de mi mismo (como el Padre Dios) al conocerme (haciéndome idea, Hijo) y al amarme (asumiéndome a mí mismo, Espíritu Santo). Es bueno este modelo, que late en gran parte de la teología occidental (Anselmo, Tomás de Aquino). Pero posiblemente margina el aspecto comunitario de la Trinidad, el carácter dialogal de la persona. Es bueno decir que Dios se conoce y ama a sí mismo (y que el hombre tiene que conocerse y amarse a sí mismo); pero debemos añadir que una persona (divina, humana) sólo se conoce y ama en la medida en que conoce a otras personas. En esta línea de San Agustín, Dios aparece como intimidad perfecta, la plena transparencia del Ser que se conoce y ama gozosamente a sí mismo. Lo tiene todo, es el ser plenamente realizado. Pero le falta el gozo del encuentro mutuo, la comunicación interpersonal. Por eso decimos que este modo de ver a Dios no es definitivo, no se puede tomar como el más perfecto, a pesar de que el mismo San Agustín, en otro contexto, haya acuñado la palabra clave sobre el amor trinitario: «Ves la Trinidad si ves el amor» (De Trinitate, VIII, 8, 12).

2. Trinidad como amor interpersonal. Ricardo de San Victor*.

Desarrollando una línea esbozada por el propio San Agustín, Ricardo de San Victor ha expuesto en el siglo XII el más perfecto de los esquemas dialogales de la Trinidad: sólo es persona (Padre) quien sale de sí mismo, haciendo así surgir al otro (Hijo), para compartir con él un mismo amor (Espíritu Santo). La personalización no es resultado de un despliegue individual (como en la línea anterior) sino proceso de donación y encuentro entre sujetos. Comunidad perfecta, realizada en lo divino, fuente de toda comunión humana, eso esla Trinidad. Si sólo hubiera en Dios una persona no habría todavía ninguna persona. Esto es lo que piensa Ricardo de San Victor. Por eso concibe a Dios a modo de comunión interpersonal, vida compartida. LaTrinidad es un misterio de gloria y gozo, amor comunicado, presencia afectiva; pero es misterio que debe profundizarse desde la encarnación (el Hijo de Dios se hace persona en lo humano) y la pascua (pertenece a la persona la muerte, la entrega en favor de los demás).

3. Trinidad como historia del Espíritu. Hegel.

Los modelos anteriores definían a Dios como experiencia de amor intra- o inter-comunitario. En contra de lo que había intentado esbozar en alguna de sus obras juveniles, el Hegel maduro prescinde del amor para hablar de Dios. La realidad fundante y plena se define a su juicio como movimiento y vida, en un plano racional (del espíritu entendido como “idea”). En esa línea, la misma realidad divina debe dualizarse (“es” en sí saliendo de sí misma, en antítesis de Padre e Hijo), para superar después la disociación (Espíritu), en proceso que podemos presentar como historia de Dios, que incluye todo lo que existe. Más que un proceso de amor interior (como en san Agustín), más que una comunión de personas (como en Ricardo de San Víctor), la trinidad divina es para Hegel una dialéctica de ideas, un proceso de oposiciones. En esa línea, Hegel corre el riesgo de entender las relaciones divinas en forma de violencia, ratificando así la lucha entre personas. Para Hegel, el misterio trinitario carece en el fondo de amor verdadero, carece de encarnación, no siendo más que una especie de “sistema de oposiciones”, sin ternura ni humanidad, en la línea de la metafísica y política (economía) del marxismo y/o del capitalismo moderno..

4. Trinidad como auto-revelación. K. Barth y K. Rahner.

En formas distintas, aunque con esquemas convergentes, Barth y Rahner han vuelto a utilizar el esquema agustiniano del despliegue intra-personal para exponerla Trinidad. Pero no lo han hecho a partir del ser humano que se conoce y ama, sino desde el misterio fundante de la revelación de Dios. Tanto Barth como Rahner afirman que Dios no revela verdades, sino que se revela a sí mismo, regalando su propio ser divino. (1) Se define así como el que se da, saliendo de sí mismo en absoluta transparencia, como Padre. (2) Al mismo tiempo, Dios es el don, lo revelado, pues se da a sí mismo en su totalidad, como Hijo. (3) Finalmente, Dios es el proceso y culmen de la donación, y así aparece como el que recibe y plenifica la revelación, como Espíritu Santo. En esa línea, tanto Barth como Rahner afirman que Dios es un amor “revelante”. Pero ambos tienen gran dificultad en presentar a Dios como encuentro personal, como amor del Padre al Hijo (y viceversa) en el Espíritu.

5. Trinidad como historia de amor.

Actualmente, son muchos los autores que, desde diversas perspectivas, están presentando la Trinidad como historia de Dios, una historia de amor, aunque después maticen y distingan sus afirmaciones. J. Moltmann parece haber destacado la implicación escatológica de la Trinidad, vinculada al despliegue total del ser humano. B. Forte pone de relieve el aspecto revelatorio de la historia, con rasgos que parecen conducirnos a la mística del silencio: la verdad de la personas se encuentra más allá de la palabra. L. Boff y los teólogos de la liberación han acentuado la vinculación entre libertad y Trinidad, en camino de donación personal abierta a la participación comunitaria. Estos intentos nos parecen valiosos, pero quizá no han estudiado de forma suficiente la relación entre el despliegue de Dios y el tiempo humano, en claves de encarnación y pascua. Más aún, muchos tienen la impresión de que estos (y otros autores) que quieren definir a Dios como amor en la historia no han elaborado un verdadero estudio del amor, entendido en su realidad radical, como encuentro de personas en la eternidad y en la historia.

 

Avanzando en esa última línea se puede decir que la Trinidad se identifica con el mismo Dios enamorado, que es principio y sentido del amor humano. Más que animal racional o constructor de utensilios, pastor del ser o soledad originaria, el hombre es relación de amor (antropología*), ser que se descubre en manos de sí mismo al entregarse a los demás, en gesto enamorado de creación y vida compartida. El hombre sólo existe de verdad (sobre la naturaleza cósmica, desbordando los sistemas racionales) en la medida en que se entrega o regala, compartiendo su misma realidad con otros hombres. Pues   bien, en ese contexto se puede añadir, partiendo de las afirmaciones de la Biblia, que el mismo Dios Amor Enamorado del Padre con el Hijo en el Espíritu, como dice Juan de la Cruz de forma lapidaria, hablando del Padre y del Hijo en el Espíritu, que es el Amor mutuo:

 

Como amado en el amante uno en otro residía,

y aquese amor que los une en lo mismo convenía

on el uno y con el otro en igualdad y valía;

tres Personas y un Amado entre todos tres avía.

Y un amor en todas ellas un amante los hacía,

y el amante es el amado en que cada cual vivía.

Que el ser que los tres posen cada cual le poseía

y cada cual dellos ama a la que este ser tenía.

Este ser es cada una y este solo las unía

en un inefable modo que decirse no savía

(Romance de la Trinidad 1)

 

Estos versos (y todo el desarrollo anterior) nos hace paser de la “ontología de una sustancia”, propia de un mundo en el que Dios se identifica en el fondo con el Todo, a la metafísica de la relación y presencia, a la metafísica de la Trinidad, en la que el Dios que es amor de comunión, enamoramiento,   hace posible que el hombre sea amor. No existe primero el ser propio y después la alteridad, porque en el principio de mi ser (del ser de cada uno) se expresa el ser de Dios que es alteridad y presencia radical de amor (que se nos revela a través de los demás). De esa manera, existiendo en Dios, siendo presencia trinitaria, también los hombres son relación de amor, es decir, iglesia. En este contexto podemos añadir que la iglesia es comunicación de personas: cada hombre (niño o mayor, mujer o varón) nace en ella como Hijo de Dios, dentro de un espacio de amor trinitario. En ese contexto podemos decir que Dios es la hondura y sentido trascendente e inmanente de la vida humana, en su identidad individual (esquema trinitario de San Agustín), en su despliegue racional (modelo de Hegel) y en el diálogo comunitario en gratuidad (Ricardo de San Víctor).


[1] Cf. B. Andrade, Dios en medio de nosotros. Esbozo de una teología trinitaria kerigmática, Sec. Trinitario, Salamanca 1999; L. Boff, La Trinidad, la sociedad y la liberación, Paulinas, Madrid 1987; P. Coda Dios uno y trino, Sec. Trinitario, Salamanca 1996; B. Forte, Trinidad como Historia, Sígueme, Salamanca 1988; La iglesia de la Trinidad, Sec.Trinitario, Salamanca 1997; J. R. García-Murga, El Dios del amor y de la paz. Tratado teológico de Dios desde la reflexión de su bondad, Comillas, Madrid 1991; E. Jüngel La doctrina de la Trinidad, Caribe, Miami 1980; Dios como misterio del mundo, Sígueme, Salamanca 1985; L. Ladaria, El Dios vivo y verdadero. El misterio de la Trinidad, SecTrinitario, Salamanca 1998; La Trinidad, Misterio de Comunión, Sec. Trinitario Salamanca 2002; J. Martínez Gordo, Dios, amor asimétrico, Desclée de Brouwer, Bilbao 1994; J. Moltmann, Trinidad y Reino de Dios, Sígueme, Salamanca 1983; X. Pikaza, Dios como Espíritu y Persona, Sec. Trinitario, Salamanca 1989; Enquiridion Trinitatis, Sec. Trinitario, Salamanca 200; Amor de Hombre, Dios enamorado. San Juan de la Cruz, Desclée de Brouwer, Bilbao 2004; Dios es palabra. Teodicea Cristiana, Sal Terrae, Santander 2003; X. Pikaza y N. Silanes, El Dios Cristiano. Diccionario teológico, Sec. Trinitario, Salamanca 1992; J. M. Rovira Belloso, Revelación de Dios, salvación del hombre, Sec. Trinitario, Salamanca 1988; Tratado de Dios uno y trino, Sec. Trinitario, Salamanca 1993.

 

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