Edipo. La tragedia del amor[1]

 

 

    El mito de Edipo, que ha sido recogido y recreado de diversas formas por los trágicos griegos, ha puesto de relieve un elemento clave del amor y de la violencia familiar, que se eleva y domina sobre nuestra vida, como destino fatídico, desde el principio de la historia. Este mito ha sido popularizado por S. Freud, que ha visto en su trama y desarrollo uno de los elementos principales de la estructura afectiva de los hombres, interpretada en forma de triángulo conflictivo en cuyo centro viene a situarse el hijo que debe enfrentarse con el padre (y matarle simbólicamente) para unirse a la madre y separarse de ella, para hacerse de esa forma independiente. El conflicto y violencia se integran, por tanto, en la trama de todo surgimiento humano. El amor (eros*) resulta inseparable de la violencia (thanatos o muerte) .

 

Éste es el mito Layo, rey de Tebas, había recibido un oráculo de Delfos donde se decía que su hijo le asesinaría para casarse con su madre (esposa de Layo). A fin de evitarlo, y no queriendo matar directamente al hijo, Layo hirió sus pies y le abandonó, atado en un árbol, para que muriera. Pero le encontró un pastor del rey de Corinto y le llevó a su ciudad, donde le llamaron Edipo (el de los pies hinchados), de forma que creció en la corte, sin que él ni nadie conociera su origen. Pasados los años, después de haber matado en un lance a su padre, sin haberle conocido, Edipo vino a Tebas donde resolvió el enigma de la Esfinge que tenía aterrados a los habitantes del país. Como recompensa por su hazaña, le ofrecieron la mano de Yocasta, la reina, que era de hecho su madre (sin que ninguno de los dos lo supiera). Pasado otro tiempo, se desató la peste sobre Tebas y el oráculo predijo que la epidemia cesaría sólo cuando descubrieran al asesino de Layo. Hechas las averiguaciones, se pudo conocer la identidad de Edipo, que había matado a su padre y se había casado con su madre. Consumido por su destino, cegó sus ojos y así, sin ver ya luz alguna, vagó errante por la tierra.

Este mito, recreado de formas distintas pero convergentes por los trágicos griegos (Ésquilo, Sófocles y Eurípides), ha venido a convertirse en uno de los temas principales del pensamiento occidental y su argumento ha sido recreado por pintores y escritores muy diversos, hasta el momento actual. Como ya hemos indicado, en esa línea resultan esenciales los estudios de Freud, quien ha interpretado a Edipo como expresión básica del despliegue psicológico del hombre, entendido en forma triangular, como un conflicto de amor en el que el hijo se enfrenta con el padre, por causa dela madre. Sobreese fondo ha construido Freud su teoría antropológica: al principio de la historia se hallaría el sacrificio violento del padre “divino” (animalesco) que tenía a los hijos sometidos, tanto en plano sexual (retenía para sí las hembras) como social (dominaba sobre los machos). Lógicamente, para hacerse independientes, los hijos tuvieron que matar al padre, ocupando de esa forma su lugar, en plano sexual (se apoderaron de las hembras) y social (tomaron su poder).

Conforme a esta visión, estrictamente hablando, como seres de cultura, los hombres no han “nacido” del amor la madre (que para Freud es ante todo una expresión de la naturaleza), sino de la imposición y ley violenta del padre, contra el que han debido rebelarse. Así lo han hecho: han matado al padre y le han comido (asumiendo su fuerza) en un banquete totémico primigenio en el que aparecen, como en su raíz todas las violencias de la historia posterior. Aquel asesinato fue necesario para que los hijos se liberaran de la opresión del padre, pero no fue suficiente, pues los asesinos se hallaron muy pronto enfrentados con dos grandes problemas: evitar que la violencia se extendiera entre ellos y les dominara; repartir de alguna forma a las mujeres, que antes estaban bajo el padre.

En el origen de toda cultura y/o religión se encuentra, según eso, el asesinato del padre a quien sus hijos habían temido, pues era fuente de opresión universal. Pero tras matar al padre los hombres ya no tienen por encima a nadie que les defina y marque aquello que han de hacer. Por eso necesitan “inventar” una ley, para no matarse entre sí, una ley que les permita regular la violencia asesina dentro del grupo (prohibición del parricidio) y la posesión indiscriminada de las mujeres (prohibición del incesto). Tienen que inventar una ley, es decir, buscar un tipo nuevo de padre (que ahora tendrá un sentido simbólico) para así vivir sobre la tierra sin matarse unos a otros. De esa forma, para «reparar» su pecado e inventar o descubrir una ley reguladora, los hombres habrían divinizado la memoria del Padre sacrificado, repitiendo sacrificios que actualizan su figura.

Según eso, la religión ha surgido como un retorno simbólico del padre, que recibe así rasgos divinos. El padre divinizado es muy distinto del padre anterior (aún animal), siendo, sin embargo, el mismo: no es poder físico-biológico, sino un principio simbólico (Dios), que les permite pasar del plano de la naturaleza ala cultura. Esteretorno y sumisión al padre asesinado y divinizado no se realiza ya por imposición externa (por coacción natural), sino por convencimiento y pacto. No es un Dios de amor (como sería la Madre divina en la que vivimos), sino un Señor de Poder y de Ley.

Pasamos así de la violencia cósmica a la violencia cultural. Según eso, el asesinato primero del padre fue necesario para que los hombres pudieran descubrir su identidad: ya no pueden volver al seno o cobijo que podía ofrecerles la madre, sino que han de relacionarse con las mujeres tomándolas como esposas, propias de cada uno, reprimiendo de esa forma los deseos de posesión indiscriminada (cada hombre debía contentarse con la suya o con las suyas), para no encender de nuevo la violencia anterior, provocada por el padre que se había apoderado de todas las mujeres.

Freud supone que el asesinato del padre, cometido primero de forma física y recordado después de forma simbólica, fue necesario para que los hombres surgieran como humanos, aprendiendo a convivir entre ellos (a amarse “según razón”, no por sentimiento materno de inmersión en el Todo sagrado), repartiendo sin violencia las mujeres. Aquel asesinato se interpretó y resolvió de forma religiosa, convirtiendo al padre-natural en un Dios-Padre-cultural, que mantiene a los hombres sometidos bajo el terror de su violencia, permitiendo de esa forma que convivan sin matarse. Hasta el momento actual, los hombres y mujes hemos logrado convivir sin matarnos: la sombra del dios violento (el riesgo del padre asesinado) nos ha guarecido, bajo una cultura basada en el miedo, es decir, fundada en una ley externa, concebida como voluntad de Dios. Pero ha llegado el momento en que los hombres ya no pueden creer en ese Dios, que ellos mismos habían inventado. La ilusión de aquel padre divinizado y de la religión del miedo que ha surgido tras su “asesinato” y represión ha comenzado a esfumarse en nuestra cultura moderna. El miedo religioso ya no les resguarda ¿Cómo podrán convivir ahora, cómo podrán domar su violencia los hombres y mujeres de este tiempo nuevo, si   ellos saben que no existe ya Dios Padre?

 

Ésta será la tarea principal de la cultura: aprender a convivir con la violencia, pero sin la ayuda amorosa que antes les ofrecía la religión, entre un eros que tiende siempre a la posesión y deseo de muerte (thanatos), vinculado al eros. Se trataría, en el fondo, de buscar un amor que no esté impuesto desde arriba y que se abra a todos los hombres, una tarea difícil, quizá imposible, según Freud.


[1] Cf. J. Bergeret, La violencia fundamental: el inagotable Edipo, FCE, Madrid 1990; P. Ricoeur, Le conflit des interprétations, Seuil, Paris 1969; M. Ruipérez, El mito de Edipo: lingüística, psicoanálisis, folklore, Alianza, Madrid 2006; A. Vázquez, Freud y Jung. Dos modelos antropológicos, Sígueme, Salamanca 1981; Psicología de la personalidad en C. G. Jung, Sígueme, Salamanca 1981; A. Vergote, Psicología religiosa, Taurus, Madrid 1983

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