Fraternidad 2. El hombre, mi hermano

 La fraternidad tiene varios niveles que han culminado de algún modo en varios tipos de instituciones religiosas y racionales (económicas, políticas). Hay, según eso, dos elementos que siguen siendo básicos, uno racional (somos hermanos por ser racionales) y otro religioso (somos hermanos por ser Hijos de Dios). Esos elementos marcan las direcciones y motivos de la vinculación humana. Somos hermanos porque compartimos un mismo pensamiento… Somos hermanos porque poseemos un mismo origen y destino en Dios.

Desde ese fondo, las naciones han podido entenderse como grupos de fraternidad racional (con una lengua, un pensamiento dominante) y como grupos de fraternidad religiosa: cada nación es “hija de un Dios”, se encuentra protegida por un tipo de divinidad, de manera que sus miembros se unen por vínculos sagrados. En esa segunda línea, algunos investigadores como É. Durkheim han dicho que la religión es ante todo la sacralización de unos valores nacionales: ella ha servido y, en parte, sirve todavía para vincular a un grupo, dándole una conciencia de unidad y de destino. Los hombres y mujeres mueren; el Dios de la nación perdura. En esa línea, muchos añaden que el ejemplo más perfecto de esta identificación religiosa de un pueblo es el que ha surgido en la historia de Israel. Desde ese fondo, desde la perspectiva de occidente, se puede vincular y distinguir la fraternidad religiosa (cristiana) y la racional.[1]

 

1. Fraternidad religiosa. Amor cristiano.

La fraternidad cristiana supera el nivel nacional (que era más propio del judaísmo), para abrirse al conjunto de la humanidad. Según el evangelio, todos los hombres son hermanos porque invocan al mismo Padre-Dios, porque se centran en Jesús, el salvador, y porque tienen una leyde vida en comunión, que es el Espíritu. Según eso, en el nivel del mundo, dentro de la historia concreta, no se puede hablar de «padres sagrados», ni siquiera de maestros, porque «uno es vuestro Padre, el de los cielos, y todos vosotros sois hermanos» (cf. Mt 23, 8-10). Entendida así, en ese nivel, la fraternidad no es derecho del hombre, ni es un signo del ser nacional, ni conquista que lograla historia. Es regalo de Dios, una gracia. No somos hermanos por mérito propio sino porque Dios ha querido hacernos sus hijos en Cristo. Por eso, a manera de voz primigenia, se puede añadir también el testimonio de san Pablo: «Ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer; todos vosotros sois uno en Cristo» (Gal 3, 28). Tomada así, la fraternidad cristiana no puede entenderse en un sentido confesional aislado (sólo los cristianos serían hermanos, no los musulmanes o budistas), sino en sentido universal, humano, por encima de las mismas diferencias religiosas.

Ciertamente, los cristianos “saben” que son hermanos en Cristo, pero no sólo ellos, sino todos los hombres y mujeres dela tierra. Aextender esa fraternidad han sido llamados, por Jesús el hermano “pequeño”, es decir, el hermano y amigo de los pobres y expulsados de la sociedad, sea cual fuere su religión. Los cristianos son hermanos porque saben que Dios les ha querido a cada uno de manera personal; porque Cristo ha derramado su sangre por ellos. Antes de todos los esfuerzos racionales, antes de toda conquista económico-social, los cristianos saben que los hombres son hermanos por la gracia de Dios que les arraiga con amor en la existencia.

 

2. Fraternidad racional. ¿Amor humano?

La fraternidad religiosa (cristiana) ha sido una nota dominante de la historia de occidente hasta el surgimiento de la Ilustración (siglo XVIII), que ha querido elevar en contra de ella (en lugar de ella) una fraternidad racional, fundada en el hecho de formar parte de la misma naturaleza humana, de compartir el mismo pensamiento. En lugar del Dios Padre, nos une la Diosa Razón. Pues bien, esta diosa razón que vincula a todos los hombres puede entenderse de tres formas, que evocan de algún modo las tres líneas de la filosofía kantiana. (a) Hay una fraternidad racional teórica, que se expresa en un tipo de libertad formal, que deja abierto el camino para la lucha económica. (b) Hay una fraternidad racional práctica, que ha venido expresada de hecho por las revoluciones marxistas: en esta línea ha surgido la conciencia de clase (vinculada de un modo especial con la clase obrera); ella se ha desarrollado, sobre todo, a través del comunismo soviético, que ha corrido el riego de negar las libertades reales de los ciudadanos. (c) Hay, finalmente, una fraternidad racional de tipo más sentimental, que exalta los valores de la unidad de todos los hombres, pero que permanece inoperante en el plano práctico. Desde ese fondo, entre las instituciones fraternas podemos distinguir las siguientes:

 

1. Puede haber una fraternidad de los grupos menores, que suelen llamarse generalmente tribus. Tras las aportaciones de la modernidad, las crisis de racionalismo universal y las promesas del clasismo solidario, algunos sienten nostalgia por la tribu, por lo que ella ha sido, por lo que ella puede aportar en el futuro. Es evidente que las tribus como tales han muerto: su tiempo ya ha pasado. Pero ellas siguen ofreciendo un modelo de hermandad y de existencia compartida.

2. Han venido luego las pequeñas naciones, construidas de manera semi-tribal. Entre ellas se puede citar el antiguo Israel, con su visión de la unidad corporativa. También están en ese plano muchos pueblos que hasta hace poco tiempo han encontrado en su rey, ciudad o jefe el signo de unidad que les engloba. En este caso, lo mismo que en la tribu, se puede hablar aún de una fraternidad que vincula de manera casi natural a los miembros del pueblo.

3. Hay una fraternidad que es propia de los estados modernos, que aseguran por constitución la convivencia de los ciudadanos. Subsiste, en general, un fondo de unidad nacional o cultural, que varía de caso a caso; pero a su lado hay otros principios de fraternidad humana, marcados por elección, es decir, por una ley o constitución votada y asumida por los ciudadanos. El mismo estado se compromete a garantizar los derechos fraternos de todos sus miembros.

4. Existe, en fin, una fraternidad humana, de tipo universal, ratificada por la Declaración Universal de los derechos humanos: « Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana… Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros» (Preámbulo y Num 1)…. Todos los hombres y mujeres forman parte de la “familia humana”, todos han de comportarse de manera “fraternal”.

 3. La nostalgia de la tribu

Estos son o pueden ser los niveles de la fraternidad social (supra-familiar), que definen al hombre como amor abierto y compartido, en un plano tribal, nacional, estatal y universal. Los principios son buenos, pero de hecho los caminos de la fraternidad han venido a convertirse en espacio de violencia, como sabe la Biblia desde el comienzo de la historia, representada como espacio de fraternidad sangrienta (Caín y Abel: Gen 4). Por otra parte, la fraternidad de los estados modernos y de la humanidad en cuanto tal parece muy amenazada.

Por eso, son muchos los que sienten nostalgia por un tipo de tribu, como fraternidad inmediata donde los hombres podían nacer y vivir en un contexto de igualdad básica, de apertura de unos a los otros. No se apoyaba en ninguna ley escrita porque la ley se hallaba inmersa en la vida del conjunto. Pero las tribus murieron y las pequeñas naciones, como herederas de la tribu, están en quiebra. Parece que no pueden ofrecer ya campo de existencia en comunión a los grupos cada vez más grandes de personas que se relacionan entre sí, en este tiempo de globalización. En lugar de las pequeñas naciones surgieron antes y perviven actualmente dos monstruos sociales, que ya Th. Hobbes evocó al hablar de Leviatán y Behemot. Son monstruos en el sentido más ordinario del término: realidades que terminan siendo informes, paradójicas, terribles y admirables, ordenadoras y perturbadoras, al mismo tiempo. Leviatán es el Estado fuerte, en lucha con otros estados, o, quizá mejor, el Estado mundial que se impone como un dios político sobre todos los hombres, imponiendo su paz con violencia. Behemot es la economía que a todos los hombres vincula en una “fraternidad económica” que se vuelve dictadura para algunos

En esa línea, aún admitiendo los grandes valores del Estado (que tiende a convertirse en sistema político mundial), hay que afirmar que la Biblia lo toma como un riesgo parala fraternidad. ElEstadoha sido necesario para organizar un modo “racionalizado” la vida de millones de seres humanos. En esa línea, sin un tipo de Estado no podemos ya vivir sobrela tierra. Peroel Estado (los grandes estados nacionales o internacionales, desde Babilonia y Roma) ha tendido a convertirse en un tipo de monstruo, como afirma el libro de Daniel y el Apocalipsis dela Biblia. Porsu parte, los grandes estados modernos, tanto los antiguos (España, Inglaterra, Francia, Alemania) como los nuevos (Estados Unidos, China) parecen llevar en sí un tipo de ruina, pues han roto las viejas fraternidades y no han sido capaces de crear formas de vida fraternan para todos sus miembros. Caminan a la ruina porque un día pretendieron convertirse en grandes conquistando, luchando y destruyendo a los pequeños grupos tribales y nacionales. Parecer destruirse los estados, pero esa destrucción corre el riesgo de volverse principio de una construcción más destructora (un Leviatán o Estado mundial de opresión), con una economía (Behemot) al servicio del capital y no dela personas. Laexigencia de la fraternidad sigue abierta.

 

 


[1] Cf. E. Durkheim, Las formas elementales de la vida religiosa, Akal, Madrid 1992; Th. Hobbes, Behemot, Tecnos, Madrid 1992; Leviatán, Alianza, Madrid 2004. F. Colom (ed.), Las caras de Leviatán. Una lectura política de la teoría crítica, Anthropos, Barcelona 1992.

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