Amor en la Gnosis. Mito de la mujer divina

 Gnosis significa conocimiento y constituye un aspecto esencial de todas las religiones, que buscan un tipo de salvación por el conocimiento interior (sobre todo el Hinduismo y el Budismo). Pero, al mismo tiempo, se suele llamar gnosis un sistema espiritual (filosófico-religioso) que se desarrolló especialmente los siglos de caía del imperio Romano (del I al IV d. C.), desarrollando una visión muy especial del amor y de la unidad de lo masculino y femenino, en claves de ruptura (pecado) y redención.   En ese sentido se suele hablar de un “mito gnóstico”[1].

 

1. Mito gnóstico. Principios: la caída de Sofía.

La figura principal del mito gnóstico, desarrollado de un modo especial en un entorno judeo-cristiano, entre el siglo I-III d. C.,   tiene la forma de una mujer y se llama Sophia. Sofía, la Sabiduría, es el amor total, en su aspecto positivo (ella vincula todo lo que existe con el Padre/Esposo bueno) y en su aspecto negativo (es el deseo pervertido que convierte a los hombres en buscadores vanos de engaño y de muerte). En ese sentido decimos que Sofía es uno de los signos básicos del amor en Occidente.

Hay una Sofía buena que, en su origen, forma parte del Dios absoluto, del Padre/Esposo. «El Espíritu invisible… no encierra dentro de sí nada inferior, puesto que lo mejor está en él, siendo él solo absolutamente perfecto….Es incircumscriptible, porque nadie le precede para circunscribirle; indistinto, porque nadie le precede para imponerle una distinción; inconmensurable, porque nadie le precede para medirle; invisible, porque nadie le ve; eterno, porque siempre es; inexpresable, porque nadie le puede captar para expresarle; innombrable, porque nadie le precede para nombrarle» (Apócrifo de Juan, NHL II,1,2-3). En ese paraíso de silencio mora ella, la Sabiduría femenina, apareciendo como culminación del Dios total: ella está dentro del pléroma o plenitud que forman los cuatro u ocho aspectos polares (masculino/femenino) de la divinidad, que pueden llamarse Barbelo u Ogdóada.

Pero esa Sofía buena habita en el borde del pléroma, que es la divinidad total, de manera que, mirando hacía lo externo, puede salir del espacio divino y despeñarse o despeñarnos, haciendo que quiebre la armonía divina y que se exprese (brote) aquello que carece de sentido (un mundo material donde las almas divinas se encadenan a la tierra material). De esa manera se pervierte la mujer, que es la Sofía o Eva divina, rompiendo el equilibrio sagrado de lo vinculaba todo. Así los relata el mito:

 

La Sabiduría deseaba hacer manifiesto a qué se parecía lo que ella pensaba, sin aguardar el beneplácito del Espíritu, que no estaba de acuerdo, ni su colaboración y aprobación. Como consecuencia del desacuerdo de la persona de su pareja, no encontró su conformidad… y sin el beneplácito del Espíritu (masculino) y sin el reconocimiento de su pareja realizó su salida. Presa de la fuerza irresistible que hay en ella, su pensamiento no quedó improductivo y fue entonces cuando apareció viniendo de ella un producto incompleto y discordante, ya que lo había creado sin su pareja. El no se parecía en nada al aspecto de su madre, siendo él mismo de otra forma. Cuando ella (Sofía) se dio cuenta de que el objeto de su deseo había tomado la forma anómala de una serpiente, con cuello de león, de ojos crepitantes y brillantes de relámpago, lo rechazó lejos de ella y lejos de los lugares celestiales, para que no lo viese ninguno de los inmortales, ya que lo había creado por ignorancia. Y lo rodeó de una nube luminosa y puso un trono en medio de la nube, de manera que nadie lo viera más que el Espíritu Santo que se llama madre de los vivientes y le dio el nombre de Yaldabaot (Apócrifo de Juan, NHL II, 1,9-10).

La divinidad aparece como polaridad sexual (lo masculino y femenino se completan) y como despliegue o proceso engendrador de vida. En su forma perfecta ese proceso debería haberse cerrado en el misterio intra-divino, formando así la cuaternidad (u ogdóada) inmanente, en círculo perfecto de comunicación y engendramiento. Para que la divinidad se mantuviera en sí misma (dentro de Barbelo, que es la totalidad sagrada), los aspectos polares de lo masculino y femenino deberían haberse mantenido en armonía. Si lo hubieran hecho plenamente y para siempre, si Sofía no hubiera mirado y deseado amar y engendrar de un modo egoísta (rompiendo su pareja), no habría existido este mundo que en forma condensada puede presentarse como un error femenino. Cuando todo vuelva a ser perfecto, al fin de todo, desaparecerá de nuevo este mundo, con el “pecado” del falso amor femenino. Eso significa que la creación en su conjunto es mala, fruto de un amor nefasto. No ha sido efecto de la voluntad positiva del Dios abarcador (del Pléroma) o acción de su principio masculino, sino una consecuencia “indeseada” del deseo egoísta de Sofía: un engaño de carácter femenino. El mundo surge como efecto del riesgo destructivo de la engendradora mala (o imperfecta), brota del principio divino femenino.

En cuanto masculino el Espíritu es perfecto: se basta a sí mismo, existe en armonía y expresa de manera plena lo que lleva en su interior. Por el contrario, el aspecto femenino es peligroso y para no volverse destructor debería mantenerse siempre en unidad profunda con lo masculino, en gesto de obediencia y colaboración. Cuando Sofía, la mujer divina, se aísla en su egoísmo y quiere engendrar desde su propia independencia (sin contar con su pareja) ella suscita algo monstruoso. Así podemos identificar lo masculino con lo bueno. El mal provine del falso amor femenino. Eso significa que Sofía se vuelve adúltera en sí misma (sin necesitar un dios masculino malo con el que corromperse, como puede verse en el mito de → Isis). Sofía es la expresión de la corporalidad monstruosa del principio solitario femenino. La mujer sólo es fecunda y buena cuando ha sido inseminada por lo masculino (el esposo verdadero es quien la salva). Al separarse del esposo ella se vuelve fuente de pecado. El cuerpo de la mujer centrado en sí mismo, en búsqueda de satisfacción aislada, ese es el origen de todos los males, según el gnosticismo.

Quizá pudiéramos identificar el cuerpo y deseo de mujer con el pecado. La mujer pecadora no pierde su divinidad (sigue estando sobre el cielo), pero ha engendrado un mundo malo, dominado por Yaldabaot (Yahvé perverso), un mundo donde las almas (parcelas de su propia divinidad caída) se encuentran cautivadas enla materia. Nadieha violado a Sofía desde fuera (→ violación); ella misma pervertido su elemento divino al volverse prostituta, deseando aquello que en realidad no existe y dando a luz el aborto de mundo en que vivimos. Esto es lo que somos: descendencia divino/demoníaca de una diosa egoísta. No tendremos salvación si no reconocemos este origen, si no vamos descubriendo y purificando nuestra propia realidad divina ensuciada y perdida enla materia. Lasalvación consistirá en lograr que la Sofía interior, nuestra parcela femenina (prostituta de sí misma) vuelva de nuevo a la virginidad perfecta de su esposo Dios. Se trata de encontrar la propia perla: que el alma perdida retorne a su casa (su madre) celeste.

 

2. La salvación por el amor. El retorno de Sofía.

Como estamos indicando, la realidad se interpreta como proceso de caída y redescubrimiento del amor, representado por Sofía. (1) Fuimos al principio realidad de Dios y eso seguimos siendo en lo más hondo: una parcela de la divinidad eterna. En ese aspecto, todos somos divinos: formamos parte de la buena Sofía, la mujer que miraba en el origen a su esposo, en gesto de comunicación e integración divina. Fuimos al principio, volveremos a ser, al final, seremos para siempre. (2) Somos ahora alma caída, sabiduría pervertida. En el momento en que Sofía se ha buscado a sí misma y ha querido dar a luz desde su propia soledad suscita un monstruo, engendrándonos a nosotros. Por eso, la creación actual (separada de la plenitud de lo divino) resulta esencialmente femenina: expresión de la mujer que deja de mirar a su marido, engendrando así un mundo imperfecto. (3) Seremos, al fin, alma salvada. Retornaremos con Sofía hacia la fuente del propio ser divino; dejaremos de esa forma nuestra búsqueda egoísta (es decir, la contemplación de la corporalidad, lejos del esposo divino) para introducirnos de nuevo en el pléroma, totalidad de lo sagrado.

En este contexto se puede evocar el signo de la perla, esencia divina del alma, esclava en Egipto, cautiva en Babel, olvidada de sí en este mundo donde le ciega (asfixia) la materia. Poreso ella debe recordar su origen, retornar hacia su patria, en camino salvador que ha de entenderse en perspectiva femenina. Así lo dice un libro titulado Exégesis del Alma, aduciendo bellos textos de la tradición judía y cristiana: «Los sabios antiguos dieron al alma un nombre femenino. También por su naturaleza ella es realmente femenina. Incluso tiene su matriz. Mientras está sola al lado del Padre es virgen y andrógina; pero cuando cayó en un cuerpo y vino a esta vida, entonces cayó en manos de numerosos bandidos y los insolentes la fueron pasando de mano en mano yla mancillaron… En resumen, quedó mancillada y perdió su virginidad; se prostituyó en su cuerpo y se entregó totalmente a cada uno, pensando que aquel con el que se unía era su marido» (NHL II, 127,19-128,10).

Alma somos todos los hombres, de raíz y esencia femenina. Nuestra casa verdadera es la celeste, donde estuvimos ya y donde retornaremos para habitar como buena esposa en compañía del esposo y padre verdadero (divinidad masculina). Hemos caído de la altura y sufrimos en manos de bandidos, como aquel asaltado al que ayudaba el Buen Samaritano (cf Lc 10,30). Cautivos somos de los varios poderes de este mundo, como esposa que ha perdido a su marido y que se encuentra ultrajada (traída y llevada, mancillada) por amantes falsos. Esta imagen del amor pervertido de la gnosis está cerca de la que ofrecía Ez 16. Pero allí la misma esposa infiel escogía a sus amantes en el camino concreto de su infidelidad histórica. Para la gnosis el pecado es anterior (es el mismo nacimiento). Por eso, los hombres carecemos de responsabilidad estricta dentro de esta vida (historia), pues la misma creación (entrada del alma en la materia) es ya caída. Somos mujer prostituida.

En este contexto, la corporalidad y el amor de mujer tiende a verse como algo negativo, pecaminoso. Así se puede hablar de una prostitución del alma femenina: el deseo de vida de este mundo, el apego de las realidades carnales… inician un camino que desembocará en el dualismo de cierta espiritualidad antimundana posterior, en una línea que conduce al maniqueísmo: malo es el cuerpo, mala la materia. Por eso, el auténtico varón está desapegado, no deja que el deseo de las cosas de este mundo le domine. No hay amor bueno (carnal) en la tierra. El verdadero amor supera toda carne o la reinterpreta (la recrea) en claves de unidad intradivina. En esa última perspectiva ha de entenderse el simbolismo de la cámara nupcial interpretado y recreado (celebrado litúrgicamente) de diversas formas por los grupos gnósticos. Al fondo late el recuerdo de la androginia original o quizá mejor de la hierogamia fundante: el retorno a la unidad perdida, de manera que la mujer pueda ser de nuevo realidad total (un andrógino) o se vincule de manera inseparable a su marido divino (en hierogamia armónica).

Partiendo de esa base, la redención se puede interpretar como recuperación de la unidad y armonía sexual. La humanidad/mujer estaba perdida sobre el mundo, como una prostituta sin remedio; pero el Padre divino le envió desde el cielo su marido, que es su hermano primogénito y consorte verdadero: el esposo bajó a la esposa y ella dejó su prostitución primera, se purificó de las manchas de sus amantes y se renovó en el estado de desposada, adornándose así para su esposo. Ya no corre por la plaza pública, uniéndose al primero que la llame, sino que se ha quedado acechando, esperando al esposo verdadero (como indicarían los símbolos del Cantar de los Cantares y de Prob 8)… Entonces el esposo, según la voluntad del Padre, bajó a ella y entraron en la cámara nupcial que estaba ya dispuesta. «Este matrimonio, en efecto, no es como el matrimonio carnal… En este matrimonio, cuando se unen uno a otro, se hacen una sola vida. Por eso el profeta (Gen 2,24) dice del primer hombre y de la primera mujer: se harán una sola carne» (NHL II, 6, 132,6-133,4); ésta es la nueva «carne de Dios», la unión originaria de lo masculino y femenino, más allá del mundo; ésta es la salvación de Sofía, su retorno sagrado a lo divino.

 


[1] Textos básicos: J. M. Robinson (ed.), Nag Hammadi Library in English, Brill, Leiden 1977 (=NHL). Traducción castellana: A. Piñero (ed.), Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi. I. Tratados filosóficos y cosmológicos. II. Evangelios, hechos, cartas. III. Apocalipsis y otros escritos, Trotta, Madrid, 1997-2000. Traducción parcial en R. Kuntzmann y J. D. Dubois, Nag Hammadi, DB 16, Verbo Divino, Estella 1988, 37-38. Recogen los principales textos gnósticos B. Layton, Gnostic Scripture, SCM, London 1987 y L. Moraldi, Testi Gnostici, UTET, Torino 1982; M. Erbetta (ed.), Gli Apocrifi del NT, Casale Mo. 1975 1/1. Para un estudio general, cf. R. F. Bermejo, La escisión imposible. Lectura del Gnosticismo Valentiniano, Univ. Pontificia, Salamanca 1998F. García Bazán, Gnosis La esencia del dualismo antiguo, Castañeda, Buenos Aires 1978; S. Pétremént, Le Dieu Séparé. Les Origines du Gnosticisme, Cerf, Paris 1984; K. Rudolph, Gnosis, Clark, Edinburgh 1977.

51 Responses to “Amor en la Gnosis. Mito de la mujer divina”

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