Nacimiento

En el el contexto de la Navidad quiero ofrecer una reflexión sobre el amor y el nacimiento, que completaré un día próximo hablando del Nacimiento de Jesús. Feliz  Fiesta a todos[1]

En un plano, el hombre brota del proceso de la vida, como los restantes animales, pero ni la vida en general (ni tampoco una posible máquina muy precisa y eficiente) bastaría para que nazca un nuevo ser humano porque, como dice el Credo cristiano, refiriéndose a Jesús, los hombres son “engendrados, no hechos” (genitus, non factus= engendrado, no hecho o fabricado). Las cosas se “fabrican” y quedan ya hechas y acabadas desde fuera, porque carecen de interioridad y autonomía. Los hombres, en cambio, sólo pueden nacer por engendramiento de amor, recibiendo, en sus años de larga gestación, el afecto y la palabra que les permite aceptarse a sí mismos y desarrollarse así como personas. Eso significa que no puede hablarse primero de hombres o mujeres, como seres ya engendrados, y luego del amor, como de algo añadido, que por pura benevolencia se añade a lo que eran. Sin un cierto tipo de amor, de acogida cuidadosa y de palabra de otros hombres o mujeres, los niños no pueden educarse como tales, ni acceder a la vida humana.

El hombre no recibe su ser desde fuera, como algo que le dan ya realizado, sino que debe hacerlo, ha de realizarse a sí mismo, acogiendo de manera personal el amor-palabra de sus padres (o generadores) humanos, para hacerse a sí mismo, de manera responsable, personal, humana. De esa forma, emerge como aquel viviente cuya esencia verdadera emerge a través de un proceso de aprendizaje y maduración. En ese sentido, para que surja un ser humano no basta la naturaleza (la fecundación biológica y la gestación del engendrado), sino que es necesario el proceso de engendramiento personal que se realiza a lo largo de los primeros años de la vida del niño, que se hace a sí mismo en la medida en que le hacen. Eso significa que el niño no nace por pura biología, ni siquiera por despliegue racional, como algunos (en la línea de Hegel) hubieran querido. Tampoco nace por economía, aunque las condiciones económicas resulten importantes. El niño nace y se hace hombre sólo por afecto: porque hay alguien que le acoge cuando viene al mundo, alguien que le cuida y alimenta, ofreciéndole de un modo especial la palabra y cariño. En ese sentido decimos que el niño nace del amor de los padres (y en especial de la madre o/y de la que hace sus veces). Éste no es un dato puramente sentimental, sino que influye, incluso, en la misma biología. El niño nace con el cerebro aún no formado (no adaptado para el mundo), de tal manera que deben formarlo y adaptarlo aquellos que le acogen y cuidan, le limpian y alimentan, manteniendo con un incesante y largo diálogo de amor y de palabra que ha de mantenerse, por lo menos, unos siete años.

En ese sentido decimos que el amor de los padres, entendido en forma muy concreta y “material” (engendrar, cuidar, alimentar, dar palabra y cariño) constituye el presupuesto esencial del nacimiento de cada nuevo ser humano. El hombre sólo nace y se hace en la medida en que recibe la palabra-amor y lo hace de manera personal, respondiendo a ella. Por eso decimos que el nace de amor o no nace. En esa línea, podría añadir que la historia de los hombres se define como proceso de nacimiento, despliegue y maduración personal, en un campo de afecto y palabra. En los niveles anteriores, el proceso de la vida se desarrollaba conforme a unos principios de mutación y selección natural, dirigidos por un tipo de fortuna externa, en la que no tomaban parte los vivientes como tales. Pero al llegar al hombre ese tipo de evolución biológica parece detenerse o queda en un segundo plano, de manera que son los mismos hombres y mujeres los que pueden decidir y deciden si acogen al nuevo ser humano, ofreciéndole cuidado, cariño y palabra, para que pueda madurar como persona, o si le abandonan en manos de la naturaleza, que para el niño significa simplemente muerte.

Actualmente, la sociedad occidental, de tradición judeo-cristiana, asume como un hecho natural que los padres biológicos, y en su defecto el Estado (el conjunto social), tienen la obligación de acoger en afecto, cuidado y palabra a casa niño que nace. Pero eso no resulta nada obvio por sí mismos.

 

Hasta hace poco tiempo, conforme al sistema jurídico romano, el niño recién nacido no tenía derecho a la existencia humana, hasta que el padre de familia lo acogiera y asumiera la responsabilidad de educarlo. Sólo entonces empezaba a considerarse como humano, de manera que podía nacer a la vida personal a través de la palabra y afecto de los padres o tutores. En ese sentido debemos añadir que la historia humana es un proceso de engendramiento y maduración del hombre en el amor. Los hombres son aquellos seres que tienen autoridad sobre su propia: que nacen y viven porque quieren (dependiendo de la voluntad de otros antes que de la propia). Pero, en otra línea, ellos son unos seres que pueden negarse a trasmitir la vida, no sólo por métodos biológicos (vinculados al control de natalidad), sino también, y sobre todo, por métodos humanos: basta con negarse a recibir al niño ya engendrado, basta con negarse a trasmitir a los recién nacidos la palabra y afecto de amor para que acabe y se termine la existencia humana.

De una forma más o menos velada, siempre hemos sabido que la suerte de la vida de los hombres se decide en un plano de amor. Más aún, eso lo sabían quizá mejor los pueblos antiguos, cuando concedían una gran importancia al proceso total de la maternidad, entendida en un sentido extenso, desde el nacimiento hasta los ritos de pubertad, es decir, hasta el momento en que los niños se independizaban generalmente de las madres, para pasa así pasar al espacio propio de los varones (las niñas seguían con las madres hasta el casamiento). En ese sentido, decimos que los hombres son seres prematuros: nacen antes de estar preparados para vivir; por eso necesitan un proceso largo de gestación extrauterina, proceso de amor y palabra, para existir de una manera independiente.


[1] Cf. H. Arendt, La condición humana, Paidós, Barcelona 1993; J. Habermas, El futuro de la naturaleza humana, Paidós, Barcelona 2002; M. Henry, Encarnación. Una filosofía de la carne, Sígueme, Salamanca 2001; P. Sloterdijk, Normas para el parque humano, Siruela, Madrid, 2000.

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