Homosexualidad, perspectiva bíblica y ministerios cristianos

Éste es un tema siempre discutido en la Iglesia actual, por su propia entidad y porque de hecho algunos lo han vinculado, injustamente, con el riesgo de un tipo de pedofilia clerical. No puedo resolver el tema, pero puedo y quiero presentar las reflexiones básicas que ofrecí en Palabras de Amor (DDB, Bilbao, 2006). Buena semana a todos.

 

 1. Perspectiva bíblica[1]

 

(→ Alianza, Amistad, Centurión, Comunicación, Enamoramiento, Israel, Pablo, Palabra, Persona Sexo).   La homosexualidad es la tendencia y opción sexual, que vincula en plano erótico, afectivo y personal a personas del mismo sexo. Entre mujeres suele llamarse también lesbianismo. Parece que la Biblia la condena por considerar que va en contra de un orden querido por Dios y expresado en la unión complementaria del hombre y la mujer, tal como Dios la habría establecido en Gen 1, 26-28; 2, 19-25. La unión de un hombre con otro hombre (o de una mujer con otra mujer) iría en contra del principio de distinción que ha establecido Dios desde el principio, al crear a los vivientes según sus especies y sexos. Ella rompería el orden de la creación de Dios.La misma Biblia la habría condenado, de forma consecuente, en tres lugares o textos principales: relatos simbólicos, leyes sacerdotales y reflexión paulina.

 

1. Relatos simbólicos. Hay dos principales. El primero trata del «crimen» de los sodomitas, que quieren acostarse con los «hombres» (=ángeles) que han venido a visitar a Lot (Gen 19, 5), suscitando la ira de Dios que destruye a su ciudad; de aquí ha surgido el nombre «sodomía, sodomitas», que identifica un tipo de violencia homosexual con el pecado de los habitantes de Sodoma. El segundo trata del «crimen» de los habitantes de Guibea de Benjamín, que quieren acostarse por la fuerza con el levita que va de paso, para así humillarle; pero el levita se defiende y les entrega a su “concubina”, iniciándose así una serie de venganzas y violencias que llenan la parte final del libro de los Jueces (Jc 19-21). Ambos relatos suponen que la homosexualidad va en contra del orden de Dios. Pero, en realidad, sólo condenan un tipo de dirigida en un caso hacia los hombres-ángeles y en el otro hacia el levita; se trata de un “pecado” contra la hospitalidad y no contra el orden sexual.

2. Leyes sacerdotales. El “Código de la Santidad”, del libro del Levítico condena taxativamente la homosexualidad masculina: «no te acostarás con varón como con mujer; es una abominación» (Lev 18, 22), imponiendo la pena de muerte contra los homosexuales: «Si alguien se acuesta con otro hombre como se hace con una mujer, ambos cometen una abominación; son reos de muerte; sobre ellos caerá su sangre» (Lev 20, 13). Estas leyes han de entenderse desde la visión de pureza-santidad que desarrolla el Levítico, en un contexto sacerdotal, marcado por tabúes de distinción sacral y sexo. Quien quiera aplicarlas directamente a nuestro contexto, sin tener en cuenta su trasfondo antropológico, debería cumplir el resto del Levítico, tanto en lo referente a los sacrificios y tabúes de sangre, como a la distinción de animales puros e impuros y a las diversas enfermedades de “lepra”, sin contar con la venta de mujeres yla esclavitud. Es evidente que ese tema (como otros muchos) no se puede resolver hoy desde la ley sacral del Levítico.

3. Reflexión de Pablo. Más cercano, pero también necesitado de explicación es el texto de Pablo, cuando habla del pecado de los «gentiles» que, al adorar a los ídolos, han caído en manos de sus propias perversiones (Rom 1, 18-31). No se trata de un texto normativo ni legal, en línea de evangelio, sino de una presentación retórica y apocalíptica de la sociedad pagana (de la humanidad) que, mirada desde Cristo, parece inmersa en el pecado. La condena de Pablo se divide en tres partes: una más personal-individual (Rom 1, 21-23), otra más personal-sexual (Rom 1, 24-27) y otra más social (Rom 1, 28-31). Siguiendo algunas tablas morales de su tiempo, Pablo ha querido presentar un retablo de los grandes males de su entorno, en clave de «talión teológico»: allí donde los hombres han abandonado a Dios, Dios les abandona en manos de su propia perversión. En este contexto se dice: «Pretendiendo ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por imágenes de hombres corruptibles, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles… Por eso Dios los entregó a pasiones vergonzosas, pues aun sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por las que van contra la naturaleza. Del mismo modo también los hombres, dejando la relación natural con la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío. Como ellos no quisieron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente depravada, para hacer cosas que no deben» (Rom 1, 22- 23.25-28; en esa línea, cf. 1 Tim 1, 10). Parece que Pablo condena sin más toda homosexualidad. Pero, si leemos el texto con más cuidado, descubriremos que las cosas son distintas. (1) Pablo no condena la homosexualidad de los varones en cuanto tal, sino un tipo de homosexualidad sagrada, que se celebraba en algunos templos, travestismo y castración. (2) Pablo no alude al lesbianismo, sino un tipo de conducta sexual femenina (sexo anal) que le parece contraria a la naturaleza. (3) Lo que Pablo condena no es un pecado sexual, sino unas elaciones humanas deformadas, tal como aparece en Rom 2, donde acusa a los judíos (o falsos cristianos) por los mismos y mayores crímenes que la pretendida homosexualidad de los varones gentiles. Por otra parte, las afirmaciones concretas de Pablo pueden ser retóricas y exageradas, incluso leídas como hecho, en una perspectiva de conjunto. A pesar de ello, el sentido básico del argumento de Pablo nos sigue pareciendo valioso, siempre que tengamos en cuenta algunas observaciones.

 

1. Pablo vincula la sexualidad con la «trascendencia » de Dios, que sostiene, a su juicio, todo el orden humano. Allí donde niega la «diferencia» de Dios, el hombre se cierra en sí mismo y corre el riesgo de volverse incapaz de aceptar las diferencias, la complementariedad de las personas. El Dios de Pablo marca la alteridad, mantiene la distancia. Por eso, allí donde hombres y mujeres se cierran en un mundo divinizado (idolatría) ellos se vuelven incapaces de amarse como diferentes. En esa línea, Pablo puede condenar un tipo homosexualidad porque piensa que ella es la expresión de un amor-de-ley, que no saca al hombre (varón o mujer) de sí mismo, sino que le cierra en un plano egoísmo, de manera que cada uno se quiere sólo a sí mismo, busca sólo su deseo, negando el deseo y la vida del otro. Lo que Pablo condena es el auto-erotismo, la unión sin complementariedad personal, sin aceptación de la alteridad que, a su juicio, está marcada por la diferencia sexual (personal) de varón y mujer.

2. Pablo no condena la homosexualidad en cuanto tal, sino el egoísmo en el amor. Ciertamente, el tema de la homosexualidad resulta complejo en plano psicológico y social, de manera que es difícil ofrecer en este plano unas respuestas que todos acepten. Pero el intento de condenar la homosexualidad física (legal) desde la antropología bíblica y en especial desde Rom 1, 24-27 (donde se asume y culmina para los cristianos lo que dice el Antiguo Testamento sobre el tema) carece de sentido y acaba siendo contrario al argumento de Pablo. Condenar la homosexualidad por ley implica caer en la peor de las leyes. Lo que Pablo quiere destacar es el amor en libertad y gratuidad. Por eso, cuando hay “amor homosexual” (cuando hay alteridad y gratuidad) no puede hablarse ya en modo alguno de pecado.

 

La clave del despliegue y triunfo del amor no está, por tanto, en la forma de relación exterior (entre personas de distinto o del mismo sexo), sino en el hecho de que sea una relación de personas, en línea de alteridad, de manera que cada uno busque y encuentre al otro como distinto, para amarle a él, y no se busque y ame sólo a sí mismo en el otro. Con esto no se resuelven todos los problemas, pero pueden plantearse mejor, a partir de la experiencia dela gracia. Por eso, todo lo que Pablo ha dicho sobre la condena de un tipo de homosexualidad ha de reinterpretarse desde lo que dice sobre la gracia de Dios, a lo largo de la carta a los Romanos. Consiguientemente, entender su pretendida condena de la homosexualidad de un modo objetivista, como algo ya resuelto al comienzo de la carta, sin llegar al final de espléndido despliegue de gracia y amor que ofrece Romanos (tal como culmina en Rom 12-13), significa rechazar a Pablo. Dando un paso más, hay que decir que el tema ha de entenderse desde el Sermón de la Montaña, donde Jesús no condena la homosexualidad, sino que abre unos caminos de amor en gratuidad, que valen tanto para varones como para mujeres, para homosexuales como para heterosexuales.

El tema, en fin, sigue abierto, sobre todo en un plano psicológico y sociológico, sin que los cristianos quieran ni puedan imponer a la sociedad unas formas objetivas de conducta sexual que, por otra parte, no derivan del conjunto de la Biblia, rectamente entendida, ni de la vida y mensaje de Jesús. Se trata de un asunto difícil de resolver de un modo objetivo (¿para qué resolverlo en ese plano?) y es posible que en algunos casos las uniones homosexuales resulten más complejas y «difíciles» que las heterosexuales, porque en ellas acaba siendo más difícil el descubrimiento y despliegue de la alteridad, sobre todo en relación al nacimiento y educación de los hijos (donde la alteridad de figuras paterno-maternas parece necesaria). Pero, en muchos casos, precisamente esa misma dificultad, con la problemática social de fondo, puede hacer que las uniones (matrimonios) homosexuales pongan mejor de relieve algunos rasgos de gratuidad y alteridad personal que Pablo ha destacado en Rom 1, 18-31 y en el conjunto de su carta a los Romanos

 

 

Homosexualidad 2. Ministerios cristianos[2]

 

(→ Celibato, Centurión, Diaconía, Iglesia, Libertad, Persona, Pornografía, Prostitución). El tema del amor homosexual sigue planteando numerosas dificultades en la iglesia católica, tanto en plano personal como social. Éste es un amor que resulta difícil de desarrollarse abiertamente enla Iglesia Católica, no sólo porque ella se opone al matrimonio de los homosexuales, sino porque les niega el acceso a los ministerios. El tema del “matrimonio” parece civilmente decidido, al menos en occidente: la sociedad está dispuesta a reconocer la unión legal de dos homosexuales y la iglesia católica no debe oponerse a ello, sino pedir a Dios que los así casados se amen gratuitamente, con generosidad, sabiendo ayudar a los más pobres, que en eso se centra el evangelio. Más difçocoñ resitña el tema de acceso de los homosexuales a los ministerios de la iglesia y para ello se esgrimen dos razones principales: (1) la homosexualidad va en contra del amor cristiano; (2) los ministros homosexuales corren el riesgo de caer en la pederastia. Éste es un tema que se sigue discutiendo en los círculos jerárquicos dela Iglesia. En este contexto se pueden hacer algunas afirmaciones de principio:

 

1. Dentro de la iglesia católica, la homosexualidad, tanto masculina como femenina, es un hecho. No empieza siendo buena ni es mala. Simplemente existe: la vida nos ha hecho así (a unos hétero- y a otros homo-sexuales), y así debemos aceptarla, como un elemento de nuestra complejísima y hermosa existencia, un elemento que puede ser muy positivo, si es que nos conduce a más amor (de los homosexuales entre sí y de ellos con el resto de la sociedad humana, en ambas direcciones). Por eso, es necesario que empecemos dando gracias a Dios por los homosexuales cristianos (y no cristianos). Es una buena noticia el hecho de que muchos homosexuales puedan presentarse como tales, es decir, como personas, con sus valores y problemas, que es claro que los tienen, como los otros grupos de hombres y mujeres. Si un cristiano se avergüenza de ellos o los vuelve a meter en el armario, se avergüenza del mismo Dios creador.

2. Dentro del clero (y de la vida religiosa) el porcentaje de homosexuales es más alto que en el resto de la sociedad, quizá por el tipo de vida célibe de sus miembros y también por una forma especial de filantropía y de sensibilidad ante la vida que ellos muestran. No hay porcentajes fiables sobre la iglesia española, pero sí sobre la norteamericana, según el libro de D. B. Cozzens, que ha sido uno de los responsables de la formación de los presbíteros católicos en USA. Dentro de la mejor tradición jerárquica de aquella iglesia, Cozzens considera normal que, en las circunstancias actuales, la mitad de los seminaristas y presbíteros católicos de USA sean homosexuales, un porcentaje muy superior a la media de la sociedad americana (entre un 10 y un 15 por ciento). Mientras el clero mantenga su   tipo actual de vida, tendrá una media más alta de homosexuales que el resto de la sociedad.

3. La mayor parte de los presbíteros y religiosos homosexuales han llevado y llevan una vida digna, trabajan a favor de los demás con honradez, son buenos pastores de la iglesia, cuidadosos profesionales, al servicio del evangelio, de manera que el mismo amor homosexual les permite asumir la exigencia pastoral de Jesús, como indica Jn 21, 15-24. Estos homosexuales no son buenos pastores a pesar de su homosexualidad, sino en virtud de ella. Es evidente que tienen sus problemas afectivos, lo mismo que los heterosexuales y que, a veces, sus problemas de integración son mayores. Pero también suelen ser mayores sus aportaciones de tipo afectivo, social y espiritual. Por eso, la homosexualidad puede ser una bendición para ellos y para el resto de la sociedad, en línea de amor.

4. Una minoría de ministros homosexuales de la iglesia han realizado prácticas delictivas, seduciendo a menores, sobre todo en lugares donde el contexto social resulta más cerrado o asfixiante, en seminarios, internados y grupos juveniles. Muchos de esos casos podrían resolverse sin acudir a los tribunales, con la ayuda de personas más expertas y/o amigas (médicos, sicólogos etc.). Pero a veces la seducción ha sido más intensa o delictiva, de manera que los responsables pueden y deben acabar en los tribunales. Si así fuere, cuando hay escándalo real, sean culpables o no, los clérigos implicados (presbíteros y obispos, religiosos o religiosas) deberían abandonar su función pública, al menos por un tiempo, por razón de transparencia, pues que la vida clerical no es honor, ni ventaja, sino un servicio.

5. El porcentaje de clérigos culpables de seducción homo- o hetero-sexual resulta “normal” según las estadísticas. Pero, en muchos casos, esa seducción ha podido resultar más perniciosa y grave, porque se ha realizado utilizando el prestigio sacerdotal o religioso de los agresores, de manera que ellos han herido con más fuerza a sus víctimas. En este campo han sido y son muchas las tragedias, lo mismo que en otros ámbitos de patología y/o violencia sexual (violaciones y trata de blancas etc.). Ésta ha sido, y quizá seguirá siendo, una herida sangrante para la vida de la iglesia, pues se supone que su misma opción evangélica debería haber ayudado a los clérigos o aspirantes, haciéndoles hombres y mujeres de gratuidad. Pero la vida ofrece sus dificultades y, en ciertos ambientes de reclusión afectiva, suelen producirse reacciones violentas. Pero esto no supone que se deba condenar al clero en su conjunto, ni a los homosexuales que lo componen.

6. Parece aconsejable que los clérigos homosexuales se muestren como son, pero no a bombo y platillo, pues en algunas circunstancias, dentro de la vida afectiva, la mejor actitud sigue siendo la discreción bondadosa, sin mentiras ni ocultamientos, pero sin alardes propagandísticos, siempre que no tengan que esconderse delitos o injusticias graves. Posiblemente puede haber cierta responsabilidad de los medios de comunicación, cuando publican temas de este tipo. Pero quizá es mayor la responsabilidad de la estructura clerical. Como persona pública en la iglesia, el clérigo tiene que estar dispuesto a que su vida se conozca. Si una institución religiosa, que debería ser ejemplo de gratuidad, se empeña en defenderse a ultranza, protegiendo su poder y su secreto, es digna de ser condenada y de acabar disolviéndose (o de ser abandonada por el conjunto de los fieles), sin más retrasos, para bien del evangelio y, sobre todo, de la sociedad en su conjunto.

 

Según eso, los ministros de la iglesia pueden ser homo- o heterosexuales (y evidentemente casados o solteros), siempre que sean capaces de amor, comportándose no sólo como personas afectivamente maduras, sino también como amigos, en la línea de Jn 21, 15-17: sólo quien ama a Jesús, es decir, sólo aquel que se ha dejado trasformar por el amor del evangelio, puede servir en amor a los demos. Jesús no busca un determinado tipo de amor, sino amor. En sí mismo, el amor no es homo- ni hétero-sexual, sino entrega gozosa de la vida, de manera que lo que importa en este campo no es la coloración, sino la intensidad del armo. Por eso resulta problemático (además de ineficaz y quizá injusto) el juicio de la Congregación para la Educación Católica, en su «Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional», del 4, XI, 2005:

 

Desde el Concilio Vaticano II hasta hoy diversos documentos del Magisterio y especialmente el «Catecismo dela Iglesia Católica» han confirmado la enseñanza de la Iglesia sobrela homosexualidad. El«Catecismo» distingue entre los actos homosexuales y las tendencias homosexuales. Respecto a los «actos» enseña que enla Sagrada Escrituraéstos son presentados como pecados graves. La Tradición los ha considerado siempre intrínsecamente inmorales y contrarios a la ley natural. Por tanto, no pueden aprobarse en ningún caso. Por lo que se refiere a las «tendencias» homosexuales profundamente arraigadas, que se encuentran en un cierto número de hombres y mujeres, son también éstas objetivamente desordenadas y con frecuencia constituyen, también para ellos, una prueba. Tales personas deben ser acogidas con respeto y delicadeza; respecto a ellas se evitará cualquier estigma que indique una injusta discriminación. Ellas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en sus vidas y a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que puedan encontrar. A la luz de tales enseñanzas este Dicasterio, de acuerdo con la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, cree necesario afirmar con claridad que la Iglesia, respetando profundamente a las personas en cuestión, no puede admitir al Seminario y a las Órdenes Sagradas a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la así llamada cultura gay Dichas personas se encuentran, efectivamente, en una situación que obstaculiza gravemente una correcta relación con hombres y mujeres. De ningún modo pueden ignorarse las consecuencias negativas que se pueden derivar de la Ordenación de personas con tendencias homosexuales profundamente arraigadas. Si se tratase, en cambio, de tendencias homosexuales que fuesen sólo la expresión de un problema transitorio, como, por ejemplo, el de una adolescencia todavía no terminada, ésas deberán ser claramente superadas al menos tres años antes de la Ordenación diaconal» (Num 2)

 

Éste juicio parece ineficaz e injusto, no sólo porque va en contra de la realidad (¿qué puede hacerse con los miles de presbíteros y obispos homosexuales?), sino porque condena un tipo de tendencia afectiva. La cuestión no es la existencia de presbíteros homosexuales en la iglesia, sino su madurez personal, su capacidad de amor y de servicio evangélico. Lo que importa no es que haya homosexuales en el clero (cosa normal y clara, según las estadísticas), sino que sepan amar y lo hagan de un modo cristiano. Por otra parte, parece que, al menos en occidente, está acabando una fase clerical. El celibato de los presbíteros, que en otro tiempo ha tenido una función social, ya no lo tiene: lo que importa no es que el presbítero sea célibe o casado, homo- o hétero-sexual, sino que sea fiel al amor y a la vida, que sea persona de gozo y evangelio, de hondura personal y de servicio cercano y libre a los demás. En la nueva etapa de la iglesia, el celibato será opcional, para quienes quieran vivirlo como carisma o como resultado de unos caminos peculiares, quedando reservado de un modo especial a las diversas formas de comunidades religiosas, de tipo carismático. Vincular el celibato a un tipo de poder clerical parece contrario al evangelio, por más que se sigan buscando razones de tipo ideológico o espiritualista.

 


[1] Cf. J. Alison, Una fe más allá del resentimiento: fragmentos católicos en clave gay, Herder, Barcelona 2003; D. Bartlett, «Biblical perspective on homosexuality»: Foundations 20 (1977): 133-147; M. Borg, «Homosexuality and the New Testament»: Bible Review 10 (1994) 20-54; K. Dover, Greek Homosexuality, Harvard UP, 1989; D. Martin, Arsenokoites and malakos: Meanings and Consequences. Biblical Ethics and Homosexuality, Westminster, Louisville 1996; J. Miller, «The practices of Romans 1:26: Homosexual or heterosexual»: Novum Testamentum 37 (1995): 1-11; R. Scroggs, The New Testament and Homosexuality, Fortress Press: Philadelphia, 1983C. A. Williams, Roman Homosexuality: Ideologies of Masculinity in Classical Antiquity,Oxford UP, 1999. Literatura on line: www.religioustolerance.org/hom_bibl1 y en .bethstroud.info/bible.shtml.

[2] J. Boswell, Las bodas de la semejanza, Muschnik, Barcelona 1996; Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad, Muschnik, Barcelona, 1992, ha demostrado que la iglesia primitiva (hasta el siglo XII) no solamente no condenaba a los homosexuales, sino que incluso admitía y bendecía su vida, con un tipo de “sacramento” litúrgico, admitido en muchas comunidades de oriente y occidente. Sólo a partir del siglo XIII, con la introducción de una visión nueva de la “naturaleza humana” se empezó a condenar la homosexualidad, no sólo opuesta a la doctrina de la iglesia, sino como naturalmente perversa. En la actualidad, aunque la jerarquía católica romana mantiene una postura tradicional (que proviene del siglo XII-XIII), el conjunto de la sociedad y de la iglesia se está situando de un modo distinto ante el amor homosexual. Cf. J. Alison, Una fe más allá del resentimiento. Fragmentos católicos en clave gay, Herder, Barcelona 2003; D. B. Cozzens, La faz cambiante del sacerdocio, Sal Terrae, Santander 2003; C. Domínguez (ed.), La homosexualidad. Un debate abierto, Desclée de Brouwer, Bilbao 2004; C. Espejo, El deseo negado. Aspectos de la problemática homosexual en la vida monástica, Univ. Granada 1991; J. González, En tránsito del infierno a la vida. La experiencia de un homosexual, Desclée de Brouwer, Bilbao 2002; J. McNeill, La iglesia ante la homosexualidad, Grijalbo, Barcelona 1979; M. Oraison, El problema homosexual, Taurus, Madrid 1976.

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