Iglesia: Momentos de amor, ministerios de amor

Sigo tratando del amor en la Iglesia y me detengo en sus momentos principales… y en el sentido de los ministerios, como portadores de amor.

Iglesia 2. Momentos del amor[1]

  Los textos básicos del amor cristiano, en línea de iglesia son 1 Cor 13 y Mt 25, 31-46 (Pablo, misericordia). El primero habla más bien del amor hacia dentro, de la comunicación de vida entre los creyentes. El segundo pone de relieve el amor hacia fuera, hacia aquellos que están necesitados de ayuda personal, de amor concreto. Desde ese fondo, podemos decir que la iglesia no transmite ni impone ninguna ideología, si por ideolo­gía entendemos una forma clausurada y necesaria de entender el mundo. Aquello que la iglesia ofrece es un campo de fidelidad: un lugar de vida y muerte en que los hombres puedan encontrarse cimentados en Dios y se sostengan mutuamente en la confianza. La confesión eclesial o credo no pretende enseñar una doctrina intelectual ni un sistema de verdades necesarias sobre el mundo, la historia o la persona. Su función es más profunda y más sencilla: nos sitúa en el lugar donde se acepta y se confiesa la fe de Jesucristo. La iglesia tampoco nos obliga a defender una visión socioeconómica del mundo. Por encima de los planes, imposiciones o utopías de la política, la iglesia nos conduce al campo original de la confianza interhumana. Allí donde terminan los modelos económicos, allí don­de las fórmulas sociales resultan incompletas, deformadas o baldías, queda un dato más valioso: la llamada de la iglesia que convoca a los creyentes al amor de Jesucristo, en un encuentro de confianza. La iglesia se define, más bien, como espacio de nacimiento y crecimiento en amor:

 

1. La iglesia ha de ofrecer un espacio donde hombres y mujeres pueden ser amados. Vivimos en un tiempo en que corremos el riesgo de no tener ya referencias de amor. Es como si nos halláramos solos, en un mundo que nos ha “arrojado” a la vida, para que podamos sobrevivir, cada uno según sus fuerzas. Pues bien, en ese contexto, el conjunto de la iglesia puede y debe presentarse como espacio donde hemos nacido en amor y en amor podemos crecer y ser personas. En ese sentido ha de ser mantenida y profundizada la autoridad de la iglesia, entendida como ámbito de surgimiento y maduración, es decir, como verdadera “auctoritas”: como aquello que nos permite crecer, viviendo de esa forma sin miedo al futuro.

2. La iglesia es un espacio compartido donde nos hacemos responsables de la vida de los otros. Ella no es sólo una “madre” que nos permite crecer, sino un lugar en el que debemos comprometernos a cumplir la tarea humana. En ese segundo momento, dentro de la iglesia, amar implica esforzarse por cumplir el evangelio. Sin un compromiso fuerte a favor de los demás no hay iglesia. Pues bien, amar en la iglesia (desde la iglesia) supone entregarse por los pobres, decidirse por la justicia, abrir un campo de esperanza de reino entre los hombres. Resulta evidente que el gesto de la iglesia es limitado, pequeño su compromiso, corta su creatividad, limitada su entrega. Por eso, amarla significa asumir su limitación, reconocer sus fallos y comprometerse dentro de ella, en gesto de solidaridad crítica y creadora, por el surgimiento de un mundo más fraterno, más conforme a las palabras de Jesús, más abierto hacia su reino. Pero, al mismo tiempo, amar a la iglesia (en la iglesia) significa asumir su tarea de Reino al servicio de los hombres, pasando así de 1 Cor 13 (amor más intra-eclesial) a Mt 25, 31-46 (amor abierto a los necesitados del mundo).

3. Finalmente, amar en la iglesia significa participar en el misterio de su fiesta. El amor eclesial se celebra como agradecimiento personal y búsqueda confiada (orante) y experiencia de reino (celebración comunitaria). En algunos círculos de militantes, más abiertos al compromiso social que a la vivencia litúrgica, ha podido parecer que sólo aman a la iglesia los hombres y mujeres que se arriesgan en una acción sociopolítica. Siendo parcial­mente verdadera, esa actitud es incompleta. Toda la tradición cristia­na sabe que el amor eclesial se concretiza en el servicio hacia los pobres. Pero esa misma tradición confiesa que el amor liberador, que continúa el gesto de lavida de Jesús, se celebra en la liturgia de su pascua, en la comunión y compromiso dela eucaristía. Más allá de todas las posibles diferencias teóricas, más allá de las miserias en la praxis de la entrega por los otros, la iglesia ofrece un misterio de amor que se celebra como fiesta ya definitiva. Por eso, al final de todos los caminos, amar a la iglesia o en la iglesia implica celebrar en común la certeza, la promesa, la entrega y comunión de Cristo entre los hombres.

Iglesia 3. Un amor ministerial[2]

 . La tradición de la iglesia ha puesto de relieve desde antiguo el amor ministerial, es decir, la exigencia de que los pastores, dirigentes o ministros de la comunidad ejerzan su tarea como servicio y no como imposición. Ciertamente, a lo largo de la historia de la iglesia, muchos ministros (obispos y presbíteros) han realizado unas tareas que parecen más vinculadas con la imposición religiosa y social que con el amor del evangelio. Pero ahora, perdidas las funciones de suplencia social y de autoridad política, obispos y presbíteros vuelven a encontrarse con las palabras que Jesús dirigió a Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?… Apacienta mis ovejas» (Jn 21, 15-18). Todos en la iglesia son hermanos (cf. Mt 23, 8), de manera que nadie puede elevarse sobre nadie, ni utilizar un poder para dominar sobre los otros, sino que todos han de ser amigos (cf. Jn 15, 15). Pero, al mismo tiempo, hay funciones distintas, como ha puesto de relieve Pablo: hay apóstoles, profetas, maestros… (1 Cor 12, 28-30). Pues bien, todas ellas son funciones de servicio, que no elevan a nadie por encima de los otros: «No se hizo el seglar para el cura sino el cura para el seglar. / No se hizo el católico para la misa sino la misa para el católico. / No se hizo el cristiano para Cristo sino Cristo para el cristiano. /No se hizo la criatura para Dios sino Dios para la criatura. / En resumidas cuentas: se hizo el hermano para el hermano / y se hizo el hombre para el hombre» (L. F. Vivanco, Antología poética, Madrid 1976, 118)

 

1. Los ministerios eclesiales provienen de Jesús, que pide a sus discípulos que sigan realizando una tarea de evangelio. Por eso, los ministros son, antes que nada, enviados del Señor resucitado: predican a partir de su palabra, animan con su fuerza, presiden en su nombre. Jesús ha confiado su misión al cuerpo de los fieles, a la totalidad de la iglesia, reunida por la fuerza del Espíritu. Pero, dentro de la iglesia, cada uno recibe una función diferenciada. Algunos, como Pedro y Pablo, Apolo y Bernabé, han escuchado el encargo del Señor que les invita a propagar de un modo especial su mensaje y su obra (cf. 1 Cor 3, 4-6. 22). El ministro del evangelio es un testigo de Jesús en medio de los hombres y sólo por amor puede realizar su ministerio: sabe que su vida, siendo suya, no le pertenece. Jesús le ha salido al encuentro, le ha llamado por su nombre, le ha ofrecido el secreto de su amor y le ha invitado: ¿Por qué no vendes todo y te dedicas a extender mi reino? (cf. Mc 10, 21). Ciertamente, no hay distinción básica enla iglesia. No se puede hablar de clérigos y laicos, dirigentes y dirigidos, pues todos son amigos-hermanos. Pero dentro de la fraternidad cristiana, por impulso de Jesús, algunos reciben tareas especiales de servicio, para el cuidado de los otros. Ellos han de ser testigos especiales del amor de Jesús.

2. El ministerio se funda en la comunidad. En su tiempo, Jesús pudo llamar de un modo personal a sus “apóstoles”. Pero desde entonces lo ha hecho siempre por medio de la iglesia, que es el signo y lugar de su presencia. Dentro de ella, los ministros son representantes de los fieles: en nombre de ellos mantienen la palabra, animan la vida, presidenla celebración. Por eso, siendo delegados de Jesús, los ministros de la iglesia, varones o mujeres, obispos o presbíteros, catequistas o diáconos, son hombres y mujeres de comunidad. Ella les convoca: le ha encargado una misión, le ha confiado su palabra, les ha hecho testigos y portadores “oficiales” de su amor. Ciertamente, como sabe 1 Cor, los ministros oficiales no tienen el amor en exclusiva (pues el amor se ofrece y se pide por igual a todos); pero han de hacerlo de un modo más “público”, como representantes de la comunidad, pues ejercen tareas que pueden tener un contenido más social (de administración, de dirección), aunque han de hacerse siempre por experiencia e impulso de amor.

3. Los ministerios cristianos implican una decisión personal de amor. Los ministros de la iglesia (llamados por Jesús, delegados de la comunidad) han de ser capaces de asumir personalmente la tarea del evangelio, una tarea que les trasciende y que sólo puede expresarse en amor. En un sentido, ellos pueden parecer funcionarios de una empresa o de un sistema. Pero, en otro más profundo, ellos son testigos del amor personal de Jesús. En ese sentido, los ministros de la iglesia de Jesús no son funcionarios de ninguna sociedad, no son representante de ningún partido, fábrica o negocio, sino amigos de Jesús que les dice, como a Pedro: «¿Me amas?», personas que pueden decir, como San Juan de la Cruz: «Ya no guardo ganado, pues sólo en el amor es mi ejercicio» (Cántico espiritual). El ministro de la iglesia no guarda un “ganado” ajeno, sino que vive y expresa el amor mesiánico (no el suyo, el de todos), poniendo su vida al servicio de la palabra y del sacramento de la iglesia.

 

El sentido y tarea de los ministerios cristianos distingue y vincula a los diversos grupos de la iglesia. (a) Los protestantes acentúan la trascendencia de la palabra de Dios sobre la vida del ministro y de la iglesia. De esa forma pueden establecer una especie de dicotomía entre el servicio eclesial, centrado en la predicación de un mensaje que les desborda, y la vida personal o familiar de los ministros. Pero, en principio, la vida de los ministros protestantes, ha de hallarse también fundamentada en la palabra de amor de Jesús. (b) La tendencia católica acentúa la encarnación del men­saje de Jesús en la existencia del ministro; por eso, el predicador, el obispo o el presbítero han de reflejar en su vida la verdad de la palabra, actualizándola en su gesto de amor a favor de los demás. (c) La tendencia ortodoxa convierte al ministro de la iglesia en portador y testigo de su misterio sacramental, de la alabanza del cielo… Estas y otras perspectivas pueden encontrarse en la tradición cristiana de los ministros del evangelio. Pero, de un modo o de otro, todos ellos son testigos del amor mesiánico de Cristo.

 

 


[1] Cf. Y. M. Congar, Santa Iglesia, Estela, Barcelona 1965; A. Faivre, Ordonner la Fraternité. Pouvoir d’innover et retour à l’ordre dans l’Église ancienne, Cerf, Paris 1992 ; H. Küng, La Iglesia, Herder, Barcelona 1984; H. de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 1980; G. B. Mondin, La Chiesa, primizia del Regno, CTS 7, EDB, Bologna 1986; J. M. R. Tillard, Iglesia de iglesias, Sígueme, Salamanca 1991; La Iglesia local. Eclesiología de comunión y catolicidad, Sígueme, Salamanca 1999; J. Werbick, La Chiesa. Un progetto ecclesiologico per lo studio e per la prassi, Queriniana, Brecia 1998.

[2] Cf. J. J. Allmen, Ministerio sagrado, Sígueme, Salamanca 1968; G. A. Arbucke, Refundar la Iglesia. Disidencia y liderazgo, Sal Terrae, Santander 1998; R. Arnau, Orden y ministerios, BAC, Madrid 1995; L. Boff, Iglesia: carisma y poder, Sal Terrae, Santander 1982; J. Colson, Ministre de Jésus-Christ ou le sacerdoce de l’Évangile. Tradition paulinienne et tradition Johannique de l’épiscopat, des origines à Saint Irénée, Paris 1951; G. Lafont, Histoire théologique de l´Eglise catholique, Cerf, Paris 1994; Imaginer l´Eglise catholique, Cerf, Paris 1995; X. Pikaza, Sistema, libertad, iglesia. Las instituciones del Nuevo Testamento, Trotta, Madrid 2001; E. Schillebeeckx, El ministerio eclesial. Responsables en la comunidad cristiana, Cristiandad, Madrid 1983.

One Response to “Iglesia: Momentos de amor, ministerios de amor”

  1. La Iglesia, más allá de lo que es, es lo que debe ser.
    La misma litúrgia debe deshacerse del quiste impositivo para vivenciar la libertad del Amor.

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