Amor en la tierra de los Incas. Hierogamia y política[1]

  La religión oficial de los incas puede recibir y recibe una estructura hierogámica: en su centro hay una dualidad sagrada o matrimonio. En sentido general puede hablarse de dos parejas fundantes: una es celeste (Sol y Luna), otra vincula lo celeste y lo terrestre (Sol y Tierra). En sentido popular ha sido más importante la segunda (todo brota del matrimonio cielo-tierra). Pero, en sentido oficial, los incas han desarrollado más la primera: el Sol-padre del imperio, representado por el Inca, se vincula ala Luna-madre. Por un lado está el Sol que absorbe la sacralidad masculina del Cielo (del trueno), reflejándose en el mundo por el Inca. Por otra parte está la Luna, que absorbe o integra la sacralidad femenina de la Tierra (y de las aguas, lagos y montañas), reflejándose en el mundo a través de la pareja sagrada que es la Coya o esposa Inca. Así ha de interpretarse la tradición sagrada del imperio que nos dice que al principio se casaron hermano y hermana, Manco Capac y Mama Ocllo (o Mamahuaco).

Ellos instauran el matrimonio adelfogámico o de hermanos reyes, conforme a una estructural familiar y social que ha venido a convertirse en elemento clave del imperio: «se estableció y ordenó entre ellos que la verdadera y legítima mujer del Inca y Señor había de ser su hermana y el hijo o hijos de esta eran los que le sucederían en el reino y señorío universal». Se violaba de esa forma la prohibición original del incesto para reflejar y actualizar sobre la tierra la unidad fundante del Dios y de la Diosa. Inca y Coya, hermanos vinculados en matrimonio original sagrado, representan sobre el mundo el signo de la vida primigenia. Ellos son Señor y Señora de la Dualidad (por emplear el lenguaje mexicano); son Tao viviente, relación que expresa y fundamenta el ser del cosmos (si queremos recordar el pensamiento de los chinos). Sólo el matrimonio regio de Inca y Coya expresa y actualiza sobre el mundo el misterio de la hierogamia fundante que es principio de toda realidad. Toda realidad es doble, es masculino-femenina, en armonía y equilibrio siempre repetido:

 

Viracocha

Es el Dios fundante y Hacedor; está más allá de la dualidad sexual. Es principio de todo lo que existe.

 

Sol. Expresión masculina de Dios, signo y principio del orden estatal. Luna. Expresión femenina de Dios; refleja el orden y proceso de la vida.
Cielo. Está asociado al Trueno y al poder de la Tormenta (lluvia fecundante). Tierra. Principio materno de fecundidad; concibe por el trueno.
Inca. Signo directo del Sol, principio y centro del Imperio, desde el Cuzco Coya. Mujer primera, signo de la Luna, garantía de fecundidad de la tierra.
Varón. Ordenador de la vida, signo del Sol y del Cielo. Mujer. Garantía de continuidad de la vida, signo de la Tierra.

 

Lo masculino queda reflejado y realizado por el Inca, que es signo del Sol, revelación del mismo cielo sobre el mundo. Todos los varones forman un “cuerpo” con el Inca, son una expansión de su sacralidad, un momento de su Imperio. Lo femenino está representado y sostenido por la Coya, esposa oficial del Inca; ella es signo de la tierra-madre, es presencia humana dela luna. Por eso se condensa y concretiza en ella la vida de todas las mujeres. Lógicamente, para estabilizar el imperio “masculino”, centrado en la racionalidad de la guerra, los Incas han sentido la necesidad de acentuar también el rasgo femenino de la divinidad (o de la vida). Por eso han dado mucha importancia a las reinas o Coyas, estableciendo con ellas un matrimonio de hermanos (representantes del conjunto de la realidad) que se vinculan como esposos (siendo así signo y presencia del poder generador divino). Todo el poder se centra en ellos, cerrándose dentro de sí mismo, en una especie de círculo sagrado que pretende asegurar su propia pervivencia. En este contexto se sitúa el canto de bodas de los reyes: «El Sol sea mozo la luna doncella no se revuelva; la tierra haya mucha paz. El Inca viva muchos años, hasta que sea viejo; no enferme, no tropiece, no caiga; viva bien, guárdenos y gobiérnenos» (Murúa 426).

El Sol y el Inca se vinculan, como si fueran un mismo personaje; lo mismo pasa con la Luna y la Tierra que son signo dela Coya. Entre Soly Luna (Inca-Sol y Tierra-Coya) se establece un matrimonio fundante que expresa el “amor” dela vida. Esosignifica que el Inca es poderoso como signo y expresión de todo el gran imperio. Pero su poder resulta inseparable de la Coya-Diosa con la cual se ha vinculado. Sin la cooperación de la Luna-Tierra, el Sol-Cielo perdería su poder, viniendo a convertirse en fuerza ciega o violencia sin sentido. Lógicamente la Coya, siendo esposa del Inca, era mujer principal o sagrada a quien todas las restantes mujeres debían obediencia. No era simple servidora, ocupada en la vida privada, sino que cumplía una función importante en la vida del imperio. De esa forma, las crónicas antiguas hablan de los dos: de las guerras y conquistas de los incas, de las aportaciones sociales de las coyas o reinas, que son también sagradas y disponen de su propio templo, unido al templo del esposo, con casa y riquezas especiales. Las coyas realizan una intensa labor, centrada en el trabajo de la tierra y el servicio a los pobres y necesitados. Ellas estaban especialmente vinculadas a los poderes de la madre tierra y de esa forma aparecía como signo y fuente de fecundidad para el imperio. Eran expresión de maternidad, un signo del cuidado de Dios hacia los pobres y necesitados.

Por todo esto, la boda del Inca con la Coya venía a presentarse como acontecimiento clave donde actúan (se vinculan) todas las fuerzas del cielo y de la tierra. Enprimer lugar, el Inca debe pedir la mano de su esposa y para ello consulta con el Sol (su Padre) a través de los sacerdotes. También debía obtener el consentimiento de la Inca Madre; ellos, Sol y madre, cielo y tierra, como signo de la hierogamia fundante y siempre repetida debían ser principio de la boda. Sólo partiendo de esa base y garantía se celebra después el matrimonio que renueva y fundamenta la vida del mundo (la unión del cielo con la tierra) y establece o asienta la soberanía del estado (representado por los Incas anteriores). Varón y mujer serán por tanto expresión de Dios para el mundo (Murúa 153-155). Por su matrimonio, el Inca se convierte de algún modo en dueño-esposo de todas las mujeres (que están representadas por la Coya). En esta línea ha de entenderse una de las instituciones más significativas de su imperio. Siendo esposas del Inca, las mujeres vienen a formar su tesoro o capital; él las administra y las reparte entre los varones/guerreros de su reino. De esa forma, a través de una inversión significativa de grandes consecuencias, aquello que parecía mayor elevación de la mujer (la Coya era consorte y compañera del monarca) viene a convertirse en principio de mayor sometimiento: las mujeres carecen de autonomía y libertad; son un objeto al servicio de la unidad social y sacral del imperio.

 

1. Todas las mujeres se casaban con “licencia del Inca”, licencia ofrecida de manera directa o indirecta, a través de sus administradores y curacas. Quizá pudiéramos decir que el marido era un representante del Inca para su esposa, de tal forma que cada matrimonio actualizaba la hierogamia primera del imperio. Esto se cumplía de manera especial cuando volvían los soldados dela guerra. El delegado del Inca les mostraba las mujeres casaderas, cada uno escogía por ordenla suya. Se hacían los matrimonios y entonces hablaba el delegado diciendo a los varones (los nuevos casados) “que el Inca les había dado mujeres y hecho mercedes; que le tuviesen en memoria para servirlo y quisiesen bien a sus mujeres y no las maltratasen…”.

2. Para este fin había mansiones de mujeres casaderas, que los cronistas españoles llamaron “lugares de recogimiento”. Allí estaban las mujeres reunidas, conforme a su procedencia, belleza y cultura, dividiéndose en seis tipos: las más nobles o ñustas, las principales o acllas, las descendientes de señores inferiores o huazizuella, las cantoras de dulce voz o taquiaclla, las pequeñuelas de cinco o seis años o vinachicuy y las extranjeras (Murúa 390-394). “Todas las seis casas de recogimiento estaban apartadas del consorcio de los demás indios o indias… de suerte que no había ninguna comunicación con otro género de personas, hasta que de allí mismo salían y se casaban con orden del Inca, como está dicho” (Murúa 394). Estas casas funcionaban como lugares de formación (se aprendía el idioma del imperio y las labores del hogar) y como fuente de producción, pues las mujeres confeccionaban las ropas y bebidas para la corte y los soldados del imperio.

3. Había una casa de indias “dedicadas al Sol”. Allí vivían las hijas y esposas del sol, con grandísimo recogimiento y clausura, guardando castidad perpetua. “No conocían jamás varón, ni aún el Inca se atrevía a llegar a ellas, porque solamente estaban dedicadas para el Sol” (Murúa 394-395). Ellas eran expresión personificada de eso que hemos llamado la “hierogamia fundante”: el mismo Sol actúa como su Padre y protector, sin mediación humana alguna (sin varón que las despose en nombre suyo (como hacía el Inca con la Coya).

 

El matrimonio constituía el sacramento primordial de la cultura andina: el signo de unión originaria del cielo conla tierra. Lafunción mayor de la mujer consistía en vincularse con el hombre, siendo fuente de vida por los hijos. Pues bien, conforme a una paradoja que aparece también en otros contextos religiosos, descubrimos aquí que “las mujeres principales” no se casan en un nivel humano, para representar de esa manera el más alto matrimonio fundador que se despliega en lo divino (son esposas del sol). Es significativo el hecho de que este matrimonio sacral se aplique sólo a las mujeres (no hay varones célibes, maridos de la tierra). Estas esposas del sol son un signo de la ambivalencia fundadora de la unión sexual. No tienen nada (quedan sin casarse) y sin embargo ellas lo tienen todo. No se les permiten relaciones sexuales, pero en otro plano son las únicas mujeres verdaderamente libres del imperio. «Para esta ñustas hacían grandes y bizarros palacios en muchas partes… Podíanse salir estas hijas del Sol a su voluntad de la casa y recrearse y pasearse por las sierras y valles… acompañadas de otras (personas) porque no había indio por atrevido y deshonesto que fuese que tuviese osadía de hacerles algún desacato, antes, como cosa divina eran veneradas y temidas» ( Murúa 395).

 


[1] Entre las fuentes clásicas, cf. M. Murúa, Historia general del Perú (1611) y F. Guaman Poma de Ayala, Nueva Crónica y Buen Gobierno I-III (1615), Historia 16, Madrid 1987. Entre los estudios modernos, cf. M. Ballesteros (ed.), Cultura y religión de la América Prehispánica, BAC 463, Madrid 463; C. Bravo, El tiempo de los incas, Alhambra, Barcelona 1986; G. W. Conrad y A. A. Demarest, Religión e imperio. Dinámica del expansionismo azteca e inca, Alianza, Madrid 1988; L. Millones, Historia y poder en los Andes Centrales, Alianza, Madrid 1987; F. Pease, En torno al culto solar incaico, Univ. Pontificia, Lima 1967, 104-141; El Dios creador andino, Mosca Azul, Lima 1973; M. Rostworowski, Pachacútec Inca Yupanqui, Lima 1953.

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