Isis, diosa y encarnación del amor (Plutarco, Apuleyo)

Me ha interesado siempre el tema del amor en la tradición egipcia y griega. Desde ese fondo he preparado un largo trabajo sobre el sentido del amor vinculado a Isis, la mayor de las diosas egipcias, con gran influjo en el pensamiento griego. Así lo han visto dos autores clásicos, Plutarco y Apuleyo, cuyas visiones reproduzco en este doble ensayo.

Isis 1. Amor cósmico (Plutarco)[1]

 

(→ Deméter, Diálogo/Dualidad, Envidia, Fraternidad, Hierogamia, Ilu, Ishtar, Nacimiento, Pandora, Platón, Sexo, Paternidad/Maternidad, Violencia). Plutarco de Queronea (45-125 d. C.) quiso unir el platonismo (considerado como la filosofía) con diversos mitos, interpretados de forma alegórica. Entre ellos le pareció fundamental el de Isis, diosa egipcia del amor y de la vida, que se había convertido en una figura dominante de la religión y de la vida del imperio romano. Eran muchos los que se sentían perdidos y agobiados dentro de un mundo que parecía carente de sentido. En esa situación de desamparo, movidos por la exigencia de una racionalidad más emotiva y amorosa, buscaron su refugio en Isis.

A los ojos de Plutarco, Isis tenía la ventaja de ser al mismo tiempo una persona divina y un signo del amor, de manera que su mito podía interpretarse en tres niveles principales. (1) En un plano devocional, el mito de Isis recoge las tradiciones antiguas, tanto de Egipto como de Grecia, integrándolas dentro de una simbología religiosa universal donde se mezclan e influyen relaciones familiares (el padre, la madre y el hijo) y signos cósmicos (alternancia de las estaciones, proceso de la vida). (2) En un plano filosófico, Isis (con su esposo Osiris y su hijo Horus) vienen mostrarse como signo de la sabiduría de la vida. (3) En un plano esotérico, vinculado al culto de los misterios, Isis ofrece un conocimiento de salvación, apareciendo como fuente de amor celeste, que libera a los hombres del pecado y de la muerte.

Plutarco vincula así aspecto de tradición, filosofía y salvación personal, escribiendo un libro donde recoge los principios del amor, expresados en la diosa y su familia. (1) Está al principio Osiris a quien el texto ha presentado como kyrios pantôn, es decir, Señor de todas las cosas. Es la divinidad masculina por excelencia, el principio activo y fecundante de la realidad, en la línea de Zeus y Dioniso y también en la de Ormuz, la fuerza buena del zorostrismo. (2) Junto a Osiris nace Tifón, divinidad también activa y masculina, pero destructora. Se le puede asimilar al Hades antiguo, a la potencia de la muerte. El mito le identifica con Seth, dios egipcio, enemigo de la vida y con los otros dioses de la destrucción, especialmente el Arhiman zoroastrista. (3) Frente a ellos nace Isis, como expresión femenina de la divinidad, potencia receptiva de amor: ella acoge y desarrolla el semen de la vida (de Osiris), engendrando de esa forma lo bueno del mundo. (4) Horus, hijo bueno de Osiris y de Isis, es la expresión del constante nacimiento de las cosas. En las representaciones escultóricas suele aparecer como niño en manos de Isis. Ambos unidos (Madre e Hijo) vienen a mostrarse como centro y sentido del conjunto de la realidad divina y humana; son la trama y compendio progresivo de la vida, son el amor completo, en una línea que la iconografía cristiana posterior ha aplicado a María, la madre de Jesús, con su hijo divino (12; 255d-256a); citamos según la numeración de la edición de Budé).

Éstos son los personajes principales del gran drama (Osiris, Tifón, Isis y Horus), pero entre todos destaca Isis, que es el compendio divino de la vida, entendida como amor que concibe y en engendra, que cuida y vence. En torno a ella, el proceso de la vida se interpreta en forma de dualidades. (1) Hay una primera dualidad masculina, formada por el esposo bueno (Osiris) y el malo (Tifón). Ambos luchan entre si, disputándose una misma esposa (Isis). (2) Hay una dualidad esponsal de tipo positivo, formada por Osiris e Isis, como expresión complementaria y polar de los principios de la vida, amenazada por Tifón, principio negativo. (3) Hay una dualidad materno-filial. Isis, la mujer fecunda, que se opone al mal (Tifón) y ama al bien (Osiris), lleva en sus brazos a Horus, el niño, fruto del amor, encarnación de la vida.

En el centro de los procesos está el amor de Isis, pues por ella pasan todos los caminos de la vida como fecundidad, plenitud cósmica y victoria sobrela muerte. Ellaes la constante en el proceso de despliegue de la divinidad y humanidad, la gran diosa, en forma amorosa y femenina. (1) En un sentido, la vida aparece como enfrentamiento masculino, como lucha entre el principio positivo (Osiris) y negativo (Tifón). En este nivel no hay amor, sino lucha o polaridad de elementos contrapuestos: Osiris y Tifón, ambos son divinos, no pueden existir uno sin otro, pero sólo pueden existir luchando. (2) En otro sentido, la vida aparece como amor femenino siempre bueno (Isis). En un plano ella se encuentra sometida a los poderes masculinos contrapuestos. Pero en otro plano es ella misma la que tiene el verdadero poder y determina (escoge, suscita, sostiene) las diversas estructuras de la vida, de tal forma que en sus manos viene a decidirse el sentido (salvación) de todo lo que existe. Frente a la dualidad conflictiva de lo masculino, triunfa así el amor femenino.

Desde aquí se entiende el mito que comienza diciendo que en el principio reinaba Osiris, ofreciendo a todos su ley y su cultura, tanto en plano laboral como religioso (13; 356 B). Pero Tifón, fuerza del mal, le odiaba. )Por qué? El mito no lo tiene que explicar. Le basta con saber que al lado del bien y del amor está el odio yla muerte. Tifónes solamente odio. Osiris es odio (contra Tifón) y amor (hacia Isis). En un primer momento, Tifón es más fuerte y engaña a Osiris, introduciéndole en un tipo de cofre (caja mortuoria) de plomo fundido, para encerrarle allí y luego arrojarle en las aguas del Nilo que le va llevando hacia el mar en donde muere.

Éste es el dato más antiguo: la lucha entre dos hermanos adversarios (Caín y Abel, Rómulo y Remo), interpretados como poderes masculinos. Vence el perverso (Tifón) y la esposa del hermano bueno eleva su llanto funerario, llorando a su marido asesinado, al que arrojan al río que le va arrastrando hasta el mar sin retorno: «Comenzó a vagar por todas partes, con tristeza grande, preguntando a todos los que veía pasar, incluso a los niños pequeños que encontraba por azar, por si ellos habían visto el cofre» (cf 14; 356 D). Ha muerto el buen marido, pero la vida continúa y de alguna forma se acelera. En el centro de la historia, como sentido de todo lo que existe, emerge esta mujer amorosa y doliente (madre dolorosa) buscando el germen de vida de su esposo muerto. Vaga por doquier, sufriendo, preguntando, deseando con su propio cuerpo.

Este amor de mujer que busca positivamente a su marido (en oposición al deseo de envidia y muerte de Tifón) está en el fondo de todo lo somos y podemos. Ella, Isis, representa toda la humanidad sufriente, que sigue fiel a su esposo bueno muerto (Osiris), rechazando al mal esposo o pretendiente asesino que quiere destruirla. Mientras Isis continúe llorando y buscando a su marido la vida se mantiene, vivimos nosotros de su llanto creador, la historia se mantiene. En su cuerpo de viuda doliente estamos todos incluidos. Éste amor doloroso mantiene en vida a Isis y le lleva por todas partes, hasta encontrar y recuperar el cofre con el cadáver de su marido en Fenicia, de donde lo toma y lo lleva de nuevo en su barco hasta Egipto, para enterrarlo en su tierra. Pero, en medio de la navegación, «en el primer lugar que encontró desierto, ella abrió en soledad el cofre y aplicó su rostro sobre el de Osiris, lo besó y comenzó a llorar…» (16; 357 E). El amor doloroso se convierte de esa forma en necro-filia (amor a un muerto). Pero esta es una necrofilia vivificadora o, mejor dicho, resucitadora. Isis, la esposa agradecida, se vincula a su marido muerto, en gesto de comunicación ritual (sexual) que transciende todo posible conocimiento y toda vida racional. Éste es el misterio del amor y la unidad de Isis (madre vida, amor profundo) con el reino de los muertos. Éste es el principio de todos los amores.

Éste motivo proviene de algún modo del Libro de los Muertos de la tradición de Egipto. Osiris es la vida que triunfa de la muerte y que mantiene vivos a los hombres y mujeres. En ese contexto se dice que Isis recibe la vida de Osiris, a quien ama, la vida que proviene de la muerte y la trasciende. Culminado el drama del amor, después de haber recibido en su entraña la vida del esposo muerto, Isis lo entierra, para que descanse tranquilo en el reino de los muertos. «Pero una noche de luna, cuando Tifón iba a cazar, descubrió por azar el cadáver de Osiris y lo partió en catorce trozos, para así dispersarlo. Cuando Isis lo supo se puso a buscarlos, recorriendo en una barca de papiro las marismas del Nilo… Se dice que Isis fue dando sepultura a cada uno de los trozos de cadáver que iba descubriendo… La única parte del cuerpo que Isis no pudo descubrir fue el miembro viril, que había sido arrojado al río y devorado por unos peces abominables… Pero Isis lo reemplazó por una imagen y consagró ese falo, por lo cual los egipcios celebran su fiesta hasta hoy día» (18; 358 A-B).

Tifón destruye el cuerpo muerto de Osiris, para aniquilar, su fuerza pero sólo logra lo contrario: cada parte del cuerpo troceado de Osiris se convierte en semilla de vida sembrada en la buena tierra egipcia, por gracia de Isis, que recoge y entierra los trozos del cuerpo divino cambiados en semen de vida. Esos trozos penetran en la tierra (recordemos que la tierra es ella misma, Isis divina) y la fecundan en gesto creador continuado, en nueva necro-filia (amor de muerte) convertida en zoo-poiesis (creación de vida). Ella, mujer buena y viuda fiel, tierra amorosa y madre fecunda, es la memoria viviente del marido muerto. Por eso llora y le acoge (le entierra), elevando y adorando al mismo tiempo su imagen como falo sobre el mundo. Difícilmente podría haberse hallado un signo más intenso de fidelidad femenina y de presencia creadora, en claves de amor que da la vida.

Osiris, el marido muerto, acoge bajo tierra y dirige en el camino de la vida inmortal a quienes dicen su plegaria y le confían su existencia. Ha muerto el Dios, pero su esposa fiel conserva y venera sobre el mundo su semen amoroso y fuerte (que se hará fuente de vida en la cosecha cada año) y lo demuestra de manera agradecida elevando cultualmente su memoria (el falo) para indicar así que es cuerpo agradecido pues sigue amando al mismo esposo muerto y de su semen recogido en gesto generoso hace que brote toda vida sobre el mundo. Osiris e Isis unidos representan el sentido pleno de la trama de la vida, como amor que vence ala muerte. Peroellos no están solos: de su encuentro brota Horus, Hijo póstumo y siempre renaciente del padre muerto. Osiris reina como muerto (espiritualizado) en el Hades (mundo inferior del proviene toda vida) pero retorna temporalmente a través de (y para) su hijo Horus a quien debe educar en fidelidad al pasado, en fuerza combativa, en venganza. Desde ese fondo se entiende el último acto del drama:

 

Osiris volvió del Hades ante Horus y le adiestró y ejercitó para el combate. Después de un tiempo, le preguntó qué acción juzgaba la más hermosa de todas y Horus le dijo: vengar al padre y a la madre cuando han sufrido algún mal… Osiris quedó complacido al oírle, pensando que Horus estaba suficientemente preparado… (y así lucharon, Horus, el hijo de la vida y Tifón, principio de muerte). La batalla duró muchos días y venció Horus. Pero cuando Isis se apoderó de Tifón que estaba atado no lo aniquiló sino que lo desató y lo dejó irse (19; 358 B-D).

 

Horus ocupa el lugar de Osiris y quiere vengarse, matando a Tifón, principio de muerte. Pero si lo hiciera la historia acabaría: cesaría lucha de la vida; dejaría de darse la alternancia de lo bueno y malo, ya no habría equilibrio doloroso y fecundo de la vida conla muerte. Poreso, Isis, madre sufriente, rechaza esa forma de venganza. Odia a Tifón pero necesita su presencia al lado de Osiris, pues ella sólo puede engendrar allí donde Tifón sigue matando a su marido. Por eso, al servicio de la vida entera, sigue existiendo el Tifón amenazante y controlado, vencido pero siempre peligroso. Conforme a esta visión, el mal es necesario, de manera que el amor sólo es posible como lucha incesante contra el principio del odio y de la muerte.

Desde ese fondo deben entenderse los amores de Isis, diosa del amor, que es tierra buena, fecundada por el agua de Osiris, el gran Nilo. Ella es la mujer prudente que sabe mantenerse en medio de la lucha en que se enfrentan los poderes enemigos, superando con su sabia ley (con su armonía sufriente y creadora) la violencia vengadora de los diferentes poderes enfrentados (Horus y Tifón). Ella es la misma potencia acogedora de la realidad, mediadora de todos los bienes. Sólo en relación con ellas se definen los varones que encontramos a su lado: (1) Isis recibe en su seno el agua de Osiris, el germen o esperma del marido bueno, logrando así que el hijo (Horus, la vida) triunfe y se expanda sobre el mundo. Tierra sedienta del agua germinal, eso es el cuerpo de la buena esposa. Tierra fiel que llora a su marido y que le busca, para enterrarle en sus entrañas, eso es Isis, fecundada por el falo de Osiris. (2) Ella se opone al amor perverso de Tifón, principio y signo de la muerte, pero no deja que le maten, pues Tifón es también necesario para que el orden del conjunto se mantenga. (3) Ella es madre de la vida que renace, esto es, de Horus, el Dios que apareces, sobre todo, como niño. Amor de madre con niño, signo de ternura que acoge y educa al hijo sobre un mundo de duro enfrentamiento: esto es Isis, la diosa femenina de Egipto, a quien los cristianos han vinculado con María, la madre del Jesús niño.

El mito de Isis ha sido recreado de manera filosófica por Plutarco, que identifica a Osiris, su marido ausente, con el Bien supremo, con el mismo ser original de lo divino. Ella aparece como la materia femenina que busca por un lado a su marido verdadero y que recibe por otro su germen de vida, haciendo así que nazca el Hijo común (Horus), es decir, la vida humana. Plutarco identifica así la “verdadera filosofía” (platonismo) con la religión más profunda (que seríala de Egipto). «Y esto es lo que precisamente revelan los sacerdotes actuales con precaución, cumpliendo con el deber sagrado e intentando que se mantenga misterioso: que este Dios Osiris manda y reina sobre los muertos… Pero este Dios se encuentra lo más lejos de la tierra (es decir, de la materia inferior donde se cree que habitan los muertos); este Dios está intacto, incontaminado y puro respecto a toda corrupción y muerte. A las almas de los hombres de aquí, encerradas en sus cuerpos y pasiones, no les es posible una participación del Dios, excepto una visión velada que alcanzan por la comprensión, gracias ala filosofía. Pero cuando liberadas se trasladen a lo incorpóreo, invisible, insensible y puro, este Dios (Osiris) es para ellas su guía y rey, pues dependen de él mientras contemplan insaciablemente y desean la Belleza inefable e inexpresable para los hombres. Osiris es la Belleza de la que según la antigua leyenda Isis está siempre enamorada y la persigue y se une íntimamente con ella, colmando a los seres de este mundo… de todas las cosas bellas y buenas. Tal es la interpretación de estas cosas que conviene más a los dioses» (78; 382 E- 383 A).

 

 

Isis 2. Amor celeste (Apuleyo)[2]

 

(→ Antropología, Hierogamia, María madre de Jesús, Matriarcado, Misericordia, Pecado, Prostitución, Salvación, Violencia). Apuleyo, pensador romano, nacido en Madaura, norte de África, hacia el 120 d. C., supo recrear el mito de Isis, poniendo de relieve su carácter celeste y liberador, escribiendo sobre ella una novela devocional, una obra maestra sobre el amor. Su argumento es bastante sencillo: un comerciante nacido cerca de Corinto y llamado Lucio, sale en busca de aventuras amorosas y mágicas que le llevan a convertirse, por equivocación de su amante, en un asno que en cuerpo de cuadrúpedo conserva mente humana, aunque sea incapaz de hablar o de expresarse; en esta nueva condición padece todo tipo sufrimientos, mostrándonos así el sentido de la vida recibe desde el otro lado de la animalidad (desde el cuerpo sufrido de un asno siempre amenazado por el hambre, el trabajo excesivo y la muerte); al final de una serie de duras peripecias, con la ayuda y el amor de Isis, Gran Diosa, el Asno Lucio recobra el cuerpo humano; recuperado y agradecido, dedicado ya por siempre al culto de la diosa, el devoto renacido cuenta en primera persona su aventura.

Éste es el protagonista: un varón convertido en asno, animal infame, que estaba vinculado a Tifón, el enemigo de la diosa, despreciado por su estupidez e insaciable apetito sexual (cf. Plutarco, Sobre Isis y Osiris 31; 363 BC). Lucio, signo del bajo amor del mundo, quiere que su amante le convierta por un breve tiempo en ave (utilizando los métodos de una misteriosa iniciada, sabia en magia). Pero la amante se equivoca y le convierte en asno y, antes de que pueda hallar el antídoto de rosas que le capacite para hacerse nuevamente humano, irrumpen en la casa los ladrones, roban al asno y lo llevan cargado con aquello que han robado. Ésta es la historia de un asno curioso y castigado, animal que sufre en propia carne las consecuencias de su deseo insatisfecho, en el centro de una humanidad de pícaros mentirosos, bandidos sanguinarios y duros ciudadanos egoístas de un imperio romano que sólo busca el amor carnal, animalesco. Así comienza una serie de aventuras que nos hacen ver el mundo desde el otro lado: desde aquella vertiente en la que no existen (o no actúan) los dioses del amor, sino solo el hambre y el miedo, la violencia, el engaño yla ceguera. En medio de la historia van apareciendo los diversos tipos de amores y mujeres de aquel tiempo, en la segunda mitad del II d. C., hasta que los protagonistas llegan a Corinto, símbolo de todos los amores pervertidos, donde ocurren las últimas aventuras, marcadas por una atracción sexual de tipo zoofílílico. Sólo huyendo de Corinto encontrará Lucio el verdadero amor celeste.

 

1. Corinto. La Afrodita terrestre. Zoofilia. Lucio es un asno circense a quien su amo ha convertido es espectáculo. Pues bien, una noble mujer se enamora de ese Asno-Lucio, con quien mantiene relaciones por dinero. La escena está llena de una tierna y durísima sátira contra las costumbres sociales del ambiente, representadas por esta mujer que desea los favores y placeres del cuerpo inocente y poderoso de un asno. Así trata esta mujer a los varones, comos asnos al servicio de su placer de dama rica y noble: «Ella entonces se despoja de todas sus vestiduras e incluso del sostén que sujetaba su hermoso busto femenino….Luego me cubre de tiernos besos…, acompañados de las más dulces palabras, como te amo, te deseo, eres mi único cariño, sin ti no puedo vivir… Luego me cogió por la brida y le fue fácil hacerme acostar de la manera que me habían enseñado… Apretándome en estrecho abrazo pudo con todo mi ser, con todo, como digo. Y cuando yo por delicadeza intentaba retirarme ella volvía a la carga con mayor furia y se ceñía más de cerca agarrada a mi espalda…Y así, tras una noche laboriosa y en vela, para evitar la indiscreta luz del día, la mujer desaparece, pero no sin acordar antes el mismo precio para la noche siguiente» (10, 21-22). Este es amor de asno utilizado y explotado como cuerpo de placer al servicio de una mujer insatisfecha. Él un asno prostituto al servicio de un amo sin juicio moral que sólo quiere hacer dinero. Es como si de pronto hubieran desaparecido todos los viejos dioses: no hay religión, no hay principios morales, ni amores honestos, sólo astucia y violencia, engaño, dinero y deseo de placer.

La fiesta del asno culmina en una gran representación pública entre el animal y una mujer condenada a las bestias por perversión sexual y asesinato múltiple. Pues bien, en vez de arrojarla directamente a los leones para que la maten y la coman ante el público ansioso de sangre, las autoridades corintias deciden que se acueste ante todo con el asno. Difícilmente podía haberse hallado una parábola más honda de la dura de la degradación de los amores. Ellos, el asno y la asesina, íntimamente vinculados ante los ojos anhelantes del circo de Corinto, serán chivo expiatorio, motivo de burla y violencia, de catarsis, descarga sexual y desahogo de todas las posibles represiones. Pues bien, precisamente entonces comienza la conversión del asno, que reflexiona como sigue: «He aquí a la mujer con quien yo debía casarme pública y solemnemente; grande era mi angustia y mi incertidumbre al ver llegar la fecha del espectáculo. Más de una vez sentí la tentación de matarme antes de sufrir el contacto ignominioso de esa mujer criminal o la infamia degradante de la pública exhibición…Pero privado de mis manos y mis dedos de hombre… me resultaba totalmente imposible desenvainar una espada» (10, 29).

Ya está en anfiteatro lleno y mientras se prepara la gran boda del asno y la asesina, el público disfruta con la representación del Juicio de Paris, donde las tres grandes diosas (Juno/Hera, Minerva/Atenea y Venus/Afrodita) compiten para ganar los amores de Paris. Juno le ofrece el imperio, Minerva la victoria militar… Venus se ofrece a sí misma, en forma de hermosa doncella de cuerpo atractivo. Evidentemente triunfa Venus/Afrodita, la diosa del amor que es reina de Corinto, Señora de Corinto (10, 31-33), lugar donde todo se compra y se vende: el imperio de Juno, la victoria de Minerva, el cuerpo/hermosura de Venus. Pues bien, mientras Venus baila victoriosa, diciendo a todos con su cuerpo atrayente desnudo que es la reina de todo el universo (10,34), mientras todos aplauden y gozan mirando su cuerpo desnudo, sólo hay uno que piensa, el asno Lucio, que se va diciendo a sí mismo que todo es mentira en el mundo, pues todo se compra y se vende, como amor de asno.

Recordemos el contexto. Estamos en Corinto, el día de la fiesta de Venuus, en la ciudad del comercio y de los juegos ístmicos, donde va a representarse la parodia del amor, sobre un tálamo donde deben abrazarse y penetrarse, en hierogamia ritual, un asno obsceno y una asesina sanguinaria. Parece que todos se disponen a participar en esta fiesta, todos menos el asno que piensa: «Entonces, un soldado sale corriendo por el pasillo central del teatro; a petición del pueblo, iba en busca de la mujer encerrada en la cárcel pública, mujer que, como dije anteriormente, estaba condenada a las bestias por sus múltiples crímenes y a quien ahora querían casar conmigo en sonada ceremonia. Para disponer lo que iba a ser nuestra cámara nupcial, se preparaba muy primorosamente un lecho con brillantes esmaltes indios, mullido con abundante pluma y cubierto de floridas sedas. No obstante, sin hablar ya de la vergüenza que me inspiraba tal himeneo público, ni de la repugnancia que sentía ante el contacto de aquella mujer manchada de sangre, lo que más me angustiaba era un presentimiento de muerte. Yo me hacía las siguientes reflexiones: si en plena escena amorosa soltaran una fiera cualquiera para devorar a la mujer, ese animal no va a ser tan despierto…como para tirarse sobre la mujer que está a mi lado dejándome a mí tranquilo… (10, 34).

Esta es la cámara nupcial de los ritos afrodisíacos (y orgiásticos) de Corinto. Donde antes parecía que Afrodita/Venus elevaba a los hombres hasta el cielo con la atracción de su hermosura, ahora vemos sólo a una mujer asesina con un asno, condenados ambos a representar y realizar la cópula por fuerza, avergonzados, desnudos, angustiados, oprimidos y excitados a la vez por los gritos de los miles de curiosos del gran circo. La reflexión del Asno Lucio demuestra que en el fondo de la excitación sexual late el miedo de la muerte. Detrás de esa comedia de amor vendido para excitación de los curiosos hay siempre un temor, un presentimiento de sangre. Así medita y sufre el asno, así razona el ser humano en cuyo pensamiento nos ha introducido Apuleyo (no dice nada de los sentimientos de la mujer condenada). Pero, en el fondo de su mismo miedo, este asno sigue siendo un pícaro: es capaz de soportarlo todo a condición de seguir viviendo. Por eso, más que la vergüenza sexual teme que todo el espectáculo termine convirtiéndose en bodas de sangre.

El anfiteatro de Corinto se ha convertido en el mejor templo sagrado: aquí se representa y reproduce, en cruda verdad, la mentira de nuestra condición humana. Los soldados traen a la mujer, los esclavos preparan las fieras, el instructor dispone el lecho nupcial del amor bestial/sagrado….Sólo el asno es algo racional en medio de la farsa y, de esa forma, es capaz de huir: «(En medio de esto….) nadie se preocupaba de vigilar a un asno tan manso como yo; y así, poco a poco, me fui acercando a la salida más cercana y escapé galopando a toda velocidad. Después de recorrer seis millas sin parar llegué a Cencreas… buscando una playa retirada para tumbarme y descansar sobre la finísima arena… El carro del sol había traspasado ya la meta del día y la tranquilidad de la tarde me había traído la dulzura de un profundo sueño» (10, 35)

 

2. Isis, el amor celeste. El Asno Lucio ha logrado escapar de Corinto, para refugiarse, en la playa de Cencreas, donde se encuentra el santuario de Isis, diosa salvadora. Ciertamente, el asno no lo sabe; pero Isis le ha estado esperando allí, junto a la playa donde llega cargado de cansancio y donde acaba por dormirse. Éste es el momento dela transformación. El asno fugitivo, amenazado de muerte en el centro de un rito dedicado a la Venus/Afrodita del amor bestial, descansa en playa donde puede encontrar ala verdadera Venus, en forma de Isis. Así se siente en la noche: «Sobre la hora del primer relevo nocturno me despertó una súbita pesadilla: veo el disco de la luna llena, que en aquel instante salía del seno de las olas irradiando un vivo resplandor. Me sentí al amparo de la sombra, del silencio y del recogimiento nocturnos; creí además enla augusta Diosa y en su Soberano Poder; me convencí de que su providencia rige a su albedrío los destinos humanos y que, tanto los animales domésticos como las fieras indómitas y hasta la naturaleza inanimada, todo subsiste por la divina influencia de su luz y de su bendito beneplácito; pensé que en la tierra, en el cielo o en el mar, los seres vivos se desarrollan con la luna creciente y pierden vitalidad en su menguante; por último, dado que el destino ya estaba satisfecho con tantos y tan graves desastres como me había infligido y que, aunque tarde, me ofrecía una esperanza de salvación, decidí implorar a la venerada imagen de la diosa que tenía a la vista» (11, 1).

La imagen de la Diosa es la luna llena que sale del mar por oriente, en el comienzo de una noche que será tiempo de revelación de amor y renacimiento. El Asno Lucio ha sufrido ya todo lo que puede sufrirse por causa del amor perverso, que le ha convertido en un asno. Pero hay una esperanza: el amor de Isis, que se expresa en la noche de luna en la playa, puede liberarse. Nadie se lo tiene que decir. No necesita ningún sacerdote o hierofante. Lo sabe desde el fondo de sí mismo, lo aprende en el contacto con el mar, la luna y noche. De esa forma se convierte en iniciado, sacerdote del amor y, bajo la augusta presidencia de la Diosa/Luna/Isis, se bautiza siete veces en el agua. Así, como recién nacido, con lágrimas en los ojos, desde su cuerpo de Asno, pero con el corazón y la palabra de hombre amoroso, dirige su plegaria ala gran Diosa:

 

Veo el disco de la luna llena, que en aquel instante salía del seno de las olas irradiando un vivo resplandor. Me sentí al amparo de la sombra, del silencio y del recogimiento nocturnos; creí además en la augusta Diosay en su Soberano Poder; me convencí de que su providencia rige a su albedrío los destinos humanos y que, tanto los animales domésticos como las fieras indómitas y hasta la naturaleza inanimada, todo subsiste por la divina influencia de su luz y de su bendito beneplácito; pensé que en la tierra, en el cielo o en el mar, los seres vivos se desarrollan con la luna creciente y pierden vitalidad en su menguante; por último, dado que el destino ya estaba satisfecho con tantos y tan graves desastres como me había infligido y que, aunque tarde, me ofrecía una esperanza de salvación, decidí implorar a la venerada imagen de la diosa que tenía a la vista ( 11, 1): «Reina del Cielo (Regina Caeli), ya seas la Ceres nutricia, (=Deméter), madre, origen y alma de las mieses, que en la alegría de encontrar de nuevo a tu Hija (=Perséfone o Proserpina), enseñaste a los hombres a dejar la bellota…para comer alimentos más agradables, y que ahora habitas los fértiles campos de Eleusis; ya seas la Venus Celestial que, en los primeros días del mundo, uniste los sexos opuestos dando origen al Amor, para perpetuar al género humano en una eterna procreación, y que ahora recibes culto en el santuario de Pafos, entre las olas; ya seas la hermana de Febo (Artemisa, hermana de Apolo), que aliviando con solicitud a las parturientas has alumbrado tantos pueblos, que ahora te veneran en el ilustre templo de Efeso; ya sea la terrible Proserpina, la de los aullidos nocturnos, la de la triple faz, que reprimes la agresividad de los duendes, cierras sus prisiones subterráneas, andas errante por los bosques sagrados y te dejas aplacar por un variado ritual, tú que con tu femenina claridad (=Luna) iluminas todas las murallas, con la humedad de tus rayos das vigor y fecundidad a los sembrados, y en tu marcha solitaria vas derramando tenues resplandores… Sea cual fuere el nombre, sea cual fuere el rito, sea cual fuere la imagen que en buena ley hayan de figurar en tu advocación: asísteme en este instante colmado de desventuras, tú, consolida mi tambaleante suerte, pon término a mis crueles reveses y damela paz. Basta ya de fatigas, basta ya de peligros. Despójame de esta maldita figura de cuadrúpedo, devuélveme a mi familia, devuélveme a mi personalidad de Lucio, y, si alguna divinidad ofendida me persigue con su implacable cólera, séame al menos lícito morir, ya que no me es lícito vivir» (11, 2).

 

Ésta es una oración dirigida a la diosa «que une los sexos opuestos, danto origen al amor», la divinidad donde se condensan y expresan todas las diosas de la vida. Éste esla diosa Ceres/Deméter, señora del trigo y cultura; es Venus Celeste, la diosa del amor y atracción procreadora; Artemisa/Diana, que protege a los que luchan y se afanan sobre el mundo; es Perséfone o Proserpina, reina del mundo subterráneo. Ella representa a todas las diosas buenas, que son signo del amor y principio de salvación para los hombres. El mudo dela mala Venusha culminado en Corinto, ciudad donde no existe el amor. El mundo dela buena Venus/Isis comienza en la noche de la luna nueva, junto mar de Cencreas. De esa forma aparece ante Lucio en signo del amor expresado en una mujer/diosa que condensa a todas las mujeres, a todas las diosas. Ella, la mujer del amor re responde diciendo:

 

Aquí me tienes, Lucio; tus ruegos me han conmovido.

Soy la madre de la inmensa naturaleza (rerum naturae parens),

la dueña de todos los elementos (elementorum omnium domina),

la progenie iniciadora de los siglos,

la suprema divinidad, la reina de los manes,

la primera entre los habitantes del cielo,

la encarnación (facies) única de dioses y diosas.

Bajo mi voluntad se encuentra todo: las luminosas bóvedas del cielo,

los saludables vientos del mar, los silencios desolados de los infiernos.

Soy la divinidad única (numen unicum) a quien venera el mundo entero,

bajo múltiples formas, variados ritos y muy diversos nombres…

(Soy la Reina Isis! (=Isis Regina) (11, 5).

 

Del viejo politeísmo donde las diversas diosas cumplen funciones distintas u ocupan provincias diferentes de sacralidad, hemos pasado a un monoteísmo funcional, presidido por la Diosa/Mujer del amor, que asume los rasgos de todas las divinidades anteriores. Pero el resultado de la unión no es un culto sincretista donde todo se mezcla, sino un tipo de monoteísmo del amor celeste, centrado en Isis, que es la Reina de todos los seres. Ella fundamenta y da sentido a todo lo que existe en su propia divinidad materna, amorosa, universal. Ella es la prima caelitum, primera de los seres celestiales; en ella se condensa la divinidad entera, de tal forma que aparece como facies o rostro (encarnación) de todos los dioses y las diosas. Así puede presentarse como numen unicum o única divinidad. Esta condensación divina no es resultado de una búsqueda filosófica (como en la Isis de Plutarco), sino consecuencia de una revelación salvadora. Frente a la Venus de Corinto, que es impulsora del amor que prostituye a los hombres y animales, se eleva Isis, Reina del amor que purifica. Ella encarna y representa toda la potencia personal del amor: es la divinidad plena y verdadera que redime a los hombres por amor:

 

He venido, favorable y propicia, compadeciéndome de tus desgracias.

Déjate ya de llorar, pon fin a tus lamentos, desecha tu tristeza.

Ahora, por mi providencia, empieza a amanecer el día de tu salvación.

Presta pues religiosa atención a las órdenes que te voy a dar:

Desde los tiempos más remotos, la liturgia me dedica un Día:

es precisamente el Día que va a nacer de esta Noche;

es el Día en que amainan los temporales de invierno

se calman las olas del proceloso mar, vuelve a ser posible la navegación

y mis sacerdotes me consagran una barca nueva, como primicia de navegación.

Has de esperar esa ceremonia sin impaciencias ni ilusiones profanas…

Te abrirás paso entre la multitud, irás con todo fervor en mi séquito…

y comerás mis rosas, perdiendo al `punto el pellejo de ese maldito animal…

Pero habrás de tener siempre presente que me tienes empeñado

todo lo que te resta de vida -hasta el último aliento-,

porque no deja de ser justo que le debas lo que te falta de vida

a quien te va a permitir que vuelvas a estar entre los hombres.

Así vivirás bienaventurado y feliz bajo mi amparo;

y cuando a su debido tiempo bajes a los Infiernos, como ahora me estás viendo,

yo seré tu luz entre las tinieblas de Aqueronte, tu guía al atravesar la Estigia;

y cuando te instales en los campos Elíseos me venerarás como tu protectora (10, 6)

 

Así habla Isis madre y amiga, ofreciendo al Asno Lucio la salvación. Haterminado el invierno; es luna llena de la primavera. Lossacerdotes celebran la procesión naval (navigium Isidos, ploiaphésia), que abre el tiempo de la navegación para los habitantes del imperio (11, 17). Ella, la Diosa del mar y del amor, protege la vida de los hombres. Evidentemente, Lucio le obedece y, llegado el momento, se incorpora a la procesión de devotos que le admiten en la marcha, aunque externamente sigue siendo un asno. De esa forma se acerca a la imagen de Isis y consigue comer ritualmente sus rosas, en gesto de comunión histérica, recuperando la figura y la palabra humana, mientras un sacerdote de la diosa le impone la túnica blanca del renacimiento e inocencia (11, 13). Así se manifiesta el amor de Isis, que le libera del mundo animal, dominado por magos engañadores, pícaros bandidos y prostitutos. El buen Lucio ha pasado de esa forma de la esclavitud de las pasiones y curiosidades, que le habían convertido en asno, a la libertad y al amor dela diosas Isis, entregándose a su servicio, como ella le había mandado y le sigue mandando, a través del sacerdote:

 

Ahora estás bajo la tutela de una Fortuna clarividente (la de Isis)

que ilumina a los demás dioses con su esplendorosa luz.

Pon ya una cara más alegre, en consonancia con tus blancas vestiduras

y súmate con paso triunfal al cortejo de la diosa salvadora.

Abran sus ojos los impíos, vean y reconozcan su error:

(ahí va, libre de sus pasadas angustias por la providencia dela gran Isis,

ahí va Lucio, feliz y triunfante vencedor de su destino! (11, 15)

 

Isis se revela de esa forma como diosa del amor celeste y liberador, como Madre Virgen (llevando en brazos al niño divino, sin necesidad de marido carnal). Es Diosa del amor completo, que suscita un movimiento de fidelidad (castidad) entre sus fieles, presentándose como fuente de amor celeste y salvación para sus devotos. Lucio había estado encerrado hasta ahora en un cuerpo de asno, sometido a la violencia y pasión de los deseos más oscuros, más irracionales. Ahora, la Diosa del cuerpo celeste, Isis la sabia, le ha liberado para el servicio de su religión y de su vida más alta.

 


[1] Texto griego y traducción en Plutarque, Oeuvres morales V, 2. Isis et Osiris, Budé, Paris 1988. Comentario en J. G. Griffiths, Plutarch’s De Iside et Osiride, Univ. of Wales 1970. Desde diversas perspectivas, cf. S. Benko, The Virgin Goddess. Studies in the Pagan and Christian Roots of Mariology, SHR 49, Leiden 1993; H. P. Blavatsky, Isis desvelada I-II, Humanitas, Barcelona 1991; M. S. Harding, I misteri della donna, Astrolabio, Roma 1973; Sh. K. Heyob, The Cult of Isis Among de Women in the Graeco-Roman World, Brill, Leiden 1975; X. Pikaza, Hombre y mujer en las religiones, Verbo Divino, Estella 1996; E. Schurer, Los grandes iniciados, Ed. Mexicanos, México 1986, F. Solmsen, Isis Among Greeks and Romans, Harvard UP 1979; T. T. Tinh, Isis Lactans, Brill, Leiden 1973; L. Vidman, Isis und Sarapis bei den Griechen und Römern, W. de Gruyter, Berlin 1970.

 

[2] Texto latino en W. Adlington, Apuleius. The Golden Ass, Harvard UP, Cambridge MA 1965. Ttraducción castellana de L. Rubio, El Asno de Oro, Gredos, Madrid 1987; cf. también J. M. Royo, El Asno de Oro, Cátedra, Madrid 1988; J. G. Griffith, Apuleius of Madauros. The Isis Book (Met. XI), Brill, Leiden 1973; F. Millar, «The World of the “Golden Ass”»: JRS 71 (1981) 63-75; H. D. Saffrey, “Aphrodite à Corinth”: RB 92 (1985) 359-374.

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