Islam: Amor y/o sometimiento a Dios

 El Islam es la religión patriarcalista por excelencia, pero lo es de tal forma que se puede afirmar que trasciende incluso el mismo patriarcalismo, pues Dios se encuentra más allá de toda imagen, incluso más allá de lo masculino y femenino. Dios se encuentra demasiado lejos para definirse en realidad como padre o esposo de los hombres; por eso se revela más bien como señor y guía dela historia. Tampoco se le llama esposo, quizá por evitar el riesgo de posible paganismo que late al fondo de ese término. De todas maneras, no siendo básicamente padre ni esposo, el Dios del Islam ofrece rasgos que, en el lenguaje convencional podemos llamar masculinos: es voluntad que guía nuestra historia, gran poder al que todos deben someterse guardando reverencia. Siguiendo en esa línea, algunos intérpretes del Islam han llegado a decir que «Dios no ama», pues el amor es una emoción demasiado humana. Estando más allá de todo lo humano, Dios se encuentra incluso más allá del mismo amor, en contra de lo que suponen los cristianos cuando afirman que Dios es amor (cf. 1 Jn 4, 8)[1].

Vicente Aya

¿Qué tengo contra los que hablan de amar a Allâh? Simplemente, he constatado que es una idea peligrosa, porque el que ama a Allâh cree no tener que someterse a las vulgares pautas sociales de los que no saben de este sentimiento con mayúsculas, porque el que ama a Allâh experimenta lo que los mediocres cadies, muftis, alfaquíes y vecinos suyos no experimentan. El que ama a Allâh acaba siendo elitista, narcisista y clasista, porque el místico es el que se arroga frente al mundo la capacidad de hablar del Amor, porque lo que el místico ama en el mejor de los casos de Allâh es el Rabb que le hace ser y porque con este distintivo de amar a Allâh uno marca diferencias con el mumin (creyente) normal que no sabe de qué está hablando esta clase extraña de mumin… El que ama a Dios ya cree haber cumplido con su deber de hombre o mujer; ya se considera “a salvo”: no tiene que hacer nada más que “sentir que sigue sintiendo”. Cree que algo está pasando en él; pero no está ocurriendo nada, si no hace nada… El amor a Allâh no ha sido semilla de nada (habb) porque no era amor de nada (hubb). “Amar” es amar el mundo, amar las cosas y a las criaturas, y “Amar a Allâh” sólo tres palabras (cf. A. Aya, o. c.).)

 

Más que amor a Dios (o de Dios) el Islam es obediencia radical, sometimiento pleno a la Palabra revelada del Corán. Desde ese fondo, más que una religión en el sentido estricto (por lo menos en línea cristiana), Mahoma ha fundado una comunidad social, un tipo peculiar de pueblo (umma) de sometidos a Dios, una comunidad organizada desde la fe, donde todos los aspectos de la vida se encuentran regulados partien­do de la Palabra que Dios ha revelado a Mahoma. Desde ese fondo en que se unen religión y sociedad ha de entenderse la función de la mujer, en línea de sometimiento a Dios, más que de amor divino. Es evidente que Mahoma ha mejorado la condición de las mujeres de su sociedad y de su tiempo, haciendo que ellas pudieran presentarse como miembros plenos de la nueva comunidad islámica. Varones y mujeres han sido creados como iguales ante Dios; por eso han de cumplir, en un principio, los mismos deberes religiosos, especialmente la oración y la limosna: «Al creyente, varón o mujer, que obre bien le concederemos ciertamente una vida buena y le remuneraremos con arreglo a sus mejores obras» (Corán 16, 97). «Dios ha preparado perdón y magnífica recompensa para los musulmanes y las musulmanas, para los creyentes y las creyentes, los devotos, sinceros, pacientes y humildes…» (Corán 37, 36).

En ese contexto, desde la obediencia radical a Dios, se puede y debe hablar de una igualdad radical de todos los hombres y mujeres, sin diferencias, ante un Dios que se encuentra más allá de todas las diferencias. Pero dentro de esa igualdad el Islam acepta y de alguna forma acentúa la división entre varones y mujeres. En esa línea ha sido y sigue siendo una religión ()una sociedad?) profunda­mente patriarcalista, donde el amor ha de integrarse dentro de un orden más algo, que no se expresa ni entiende como amor (¡Dios no ama!), sino como obediencia. Desde ese fondo se entiende la relación entre los sexos. (1) La supremacía del varón está bien determinada por ley: «Los hombres tienen autoridad sobre las mujeres en virtud de la preferencia que Dios ha dado a unos más que a otros y de los bienes que gastan (los varones para mantener a las mujeres).La mujeres virtuosas son devotas y cuidan de su castidad en ausencia de su marido…Amo­nestad a aquellas de quienes temáis que se rebelen, dejadlas solas en el lecho, pegadlas…» (Corán 4, 34). Esta supremacía se expande a todos los aspectos de la vida que aparece cuidadosa­mente reglamentada. Las mujeres carecen de independencia en el plano social. (2) Por eso, la vida concreta de los musulmanes tiende a dividirse en dos campos bien separados: varones y mujeres no conviven en lo externo; no se encuentran en lugar abierto, no dialogan en público. Por eso, ellas tienden a llevar un velo en la cabeza, como para ocultar su feminidad (su encanto y bellaza) ante aquellos que no pertenecen al círculo de intimidad de su familia. Ellas habitan básicamente dentro de la casa, construyendo de esa forma un mundo femenino, separado del mundo exterior de los varones, a quienes encuentran sólo en la intimidad de la casa familiar o en el lecho.

En ese contexto se puede afirmar que tanto el Corán como la sociedad musulmana en su conjunto, ofrece a quien se acerca desde fuera la impresión de que la vida se encuentra fuertemente erotizada (dominada por el deseo sexual) de tal forma que todo encuentro personal de un varón y una mujer que no sean familiares o esposos tiende a interpretarse como sospechoso. Por eso, ambos deben separarse, de manera que tienden a formar dos campos o espacios humanos. (1) En un nivel externo varones y mujeres no se encuentran, no dialogan; de esa forma evitan el peligro del “contagio sexual”, el riesgo de la pasión. (2) Por el contrario, en nivel de intimidad ellos dialogan en profunda confianza familiar o en clima de amor plenamente sexuali­zado. De esa forma parece que todo encuentro del varón con la mujer en clave de intimidad está marcado por la confianza familiar (padres-hijos, hermanos) o por la urgencia de la unión sexual. Es como si la sociedad estuviera amenazada por un fuerte estallido de violencia sexual que puede desatarse y destruirlo todo. Pues bien, para evitar ese estallido y defender de alguna forma a las mujeres, la ley tradicional se ha sentido obligado a reglamentar la vida de las mujeres, que han de mantenerse en el nivel propio de la casa, en un plano estrictamente familiar.

De esta forma se vinculan una reglamentación externa muy fuerte (que tiende a separar a la mujer de la vida social, propio de varones) y una profunda libertad interna, asumida y cultivada especialmente por esos mismos varones. A ellos se les dice: «vuestras mujeres son para vosotros campo labrado…» (Corán 2, 223). Ellas son tierra fecunda, propiedad de los maridos (campo donde siembran). Partiendo de un Dios trascendente (más allá de todo amor sexual y de toda hierogamia), el Islam ha tendido a reglamentar legalmente las relaciones sexuales, pero siempre desde la perspectiva del varón. Ciertamente, los varones deben respetar la voluntad de las mujeres, de manera que no pueden tomarlas ­por la fuerza (Corán 4,19). Per­o ellos reciben la palabra de la ley, ellos regulan y sancionan su cumplimiento: «Casaos con las mujeres que os gusten: dos, tres o cuatro… Retribuid como cosa debida a aquellas de quienes habéis gozado como esposas (en matrimo­nio libre, de carácter temporal)» (Corán 4,24).

Ciertamente, varones y mujeres tienen una misma responsabi­lidad religiosa, en el plano más profundo, de manera que unos y otras podrán recibir en la vida futura la misma recompensa (Corán 4, 32). Pero en el camino de este mundo los papeles de unos y otros son distintos. Mahoma ha sancionado, y en parte ha suscitado con sus mismos principios religiosos, un tipo de sociedad estamental donde los dos sexos cumplen funciones muy diferentes. Encerradas en sus casas, colocadas al servicio de las necesidades del marido (intimidad, goce sexual, descendencia) muchas mujeres musulmanas de tipo tradicional, son, al mismo tiempo, esclavas y reinas. Son esclavas que se adquieren y alimentan y así deben mantenerse fuera de los círculos externos de influjo social. Pero, al mismo tiempo, en la intimidad del hogar, ellas dirigen la vida de los varones como reinas que saben mantener el orden de la casa.

Lógicamente, muchos musulmanes siguen afirmando que esa misma diferencia entre los sexos sirve para destacar y salvaguardar la verdadera igualdad entre varones y mujeres. Así dicen que el Islam ha sido la primera religión y cultura del mundo que ha igualado a varones y mujeres en todo lo referente a la economía y matrimonio. «Los derechos de las mujeres ante sus maridos son similares a los que los maridos tienen ante ellas. Esta declaración debió haber causado, sin duda, una gran agitación en una sociedad que nunca había reconocido derechos a las mujeres… Ahora se daba a las mujeres una posición igual en todos aspectos a la de los hombres… Esta declaración provocó una revolución no sólo en Arabia sino en todo el mundo, puesto que la igualdad de derechos de la mujer y el hombre no fue nunca antes reconocida por ninguna nación o reformador» (Qurán 2, 228, Ahmadiyyah, Lahore 1986, 111, nota 302). Ciertamente, algunos texto del Corán ponen de relieve la igualdad y reciprocidad de varones y mujeres, incluso en el encuentro sexual: «ellas son vestidura para vosotros y vosotros lo sois para ellas» (Corán 2, 187). Pero en su conjunto, el Corán parece dirigido sólo a los varones. Sólo ellos son destinatarios de la mayoría de las palabras de Dios; sólo ellos parecen sujeto activo (responsable) de los mandatos dela revelación. Las mujeres están allí; pero aparecen casi siempre de un modo pasivo, como objeto de la acción (del deseo o justicia) de varones:

 

1. La mujer es naturaleza para el varón: «Te preguntan porla menstruación. Dí: es una impureza. Así pues, absteneos de las mujeres mientras dure la menstruación y no vayáis a ellas hasta que no estén puras. Vuestras mujeres son para vosotros un campo de siembra; id a vuestro sembrado según queráis» (Corán 2, 222-223) El esposo es cielo, la esposa tierra; el esposo viene, la esposa espera. Ella es naturaleza, por eso vive todavía bajo el imperio de los ritmos de la menstruación interpretada como fuente e impureza.

2. El esposo puede tener varias mujeres (siempre que las compre o pague), la esposa pertenece a un sólo esposo. «Casaos entonces, de entre las mujeres que sean buenas para vosotros, con dos, tres o cuatro; pero si teméis no ser equitativos…entonces con una sola olas que posea vuestra diestra (vuestras esclavas)» (4, 3) Se os prohíben (para el matrimonio) vuestras madres, hijas, hermanas… y las mujeres casadas, a excepción de las que posea vuestra diestra (es decir, vuestras esclavas). Aparte de esto se os permite que busquéis esposas con vuestros bienes, como hombres honrados, no como fornicadores (4, 23-24).

3. El poder pertenece al varón. «Los hombres están al cargo de (tienen autoridad sobre) las mujeres en virtud de la preferencia que Allah ha dado a unos sobre otros y en virtud de lo que en ellas gastan de sus riquezas. Las habrá que sean rectas, obedientes y que guarden, cuando no las vean, aquello que Allah manda guardar (es decir, la fidelidad a los maridos). Pero aquellas cuya rebeldía temáis, amonestadlas, no os acostéis con ellas, pegadlas; pero si os obedecen no busques medio contra ellas» (4, 34).

 

Esos y otros pasajes pueden llevar a un fuerte sometimiento femenino. (1) Las mujeres son cuerpo de conquista. A pesar de su libertad religiosa, la mujer seguiría siendo en el fondo un territorio que el varón debe ocupar y explorar para realizarse como humano. (2) Campo de recreo, ámbito de gozo. El cuerpo de la mujer es jardín de delicias para el varón; allí puede gozar, allí despliega su más hondo placer, su dicha más profunda. (3) Campo de siembra. El varón es ante todo “padre”; quiere descendencia a la que dar su nombre, desea hijos y por eso necesita una mujer sometida: para tener la se seguridad de que su descendencia es suya, suyo el fruto del campo en el que siembra. (4) La posesión más alta. Ciertamente, la mujer tiene derechos y no puede ser utilizada sin más como objeto de compraventa; pero cierta visión social la ha presentado en el fondo como posesión o tesoro que los varones controlan; por eso ellas deben estar recluidas, como algo que sólo los maridos pueden contemplar y disfrutar. (5) Cielo o premio final para varones. Ellas no valen en sí (para sí) mismas, sino que pueden convertirse en una especie de descanso del guerrero, cielo de los arriesgados conquistadores del Islam. Allí donde el cuerpo femenino es más perfecto (es Hurí de cielo), la mujer concreta puede acabar siendo menos importante.

Es evidente que estos pasajes y signos provienen de un tiempo y culturas del pasado. Pero muchos musulmanes, no todos, las tomas como norma de vida social para el presente. Según ellos, la relación matrimonial se establece como dominio del varón (que tiene poder) y como fidelidad de la mujer (que se mantiene sometida dentro del orden familiar de la casa). En esta perspectiva han de entenderse gran parte de los valores y premios que el Corán establece, tanto para este mundo como para el venidero. (1) Los amores de la tierra. «El amor de lo apetecible aparece a los hombres engalanado: las mujeres, los hijos varones, el oro y la plata por quintales colmados, los caballos de raza, los ganados, los campos de cultivo… todo esto es breve deleite de la vida de acá. Pero Dios tiene junto a si un bello lugar de retorno» (Corán 3, 14). Éstas son las cosas que aman los varones: mujeres, hijos, caballos, campos… Ésta es la dicha del varón patriarca, este el deseo de un hombre que sabe apetecer y disfrutar los valores de este mundo. Nada se dice de ellas, las mujeres, nada de sus deseos, en varones y moradas, en cariños y caballos… No se les ha preguntado. Están silenciosas, sometidas a una religión que aceptan, pero que no es suya. (2) Amores del cielo. En la línea anterior se sitúan los amores del cielo, que viene presentado como paraíso para varones: «Los que teman a Dios estarán en cambio en lugar seguro: entre jardines y fuentes, vestidos de satén y de brocado, unos enfrente de otros…Y les daremos por esposas a huríes de grandes ojos» (44, 51-54; cf 52,20 etc.). Una y otra vez retorna ese motivo, hablando de un cielo de varones donde ya no habrá caballos, ni oro y plata… Jardines y mujeres, eso es el cielo. Así fue el primer paraíso, así será el último: un edén de varones, con huríes hechas cuerpo de gozo para ellos. En contra de lo que sucede en Gen 2-3, estas “evas” o esposas finales del Corán carecen de libertad; ni siquiera pueden pecar.

Estamos, sin duda, ante una paradoja. (1) Si se toman como clave hermenéutica los textos que sancionan la unidad religiosa de varones y mujeres tendrían que desaparecer todas las diferencias por razón de sexo, de manera que podría surgir un amor estrictamente personal entre varones y mujeres iguales; para ello habría que abrogar o reinterpretar un número considerable de aleyas y suras del Corán, presentándolas como ya anticuadas. (2) Por el contrario, si las aleyas del sometimiento femenino mantienen su autoridad el Islam puede acabar encerrándose en una especie de duro integrismo social (más que religioso), contrario al movimiento de igualdad y liberación que propugna la cultura ilustrada de occidente. Esta es la paradoja. Por un lado, Mahoma ha concedido autonomía religiosa a la mujer, dándole, al menos en principio, una responsabilidad y dignidad que antes no tenía. Por otro lado, al convertir el sometimiento en máxima virtud religiosa, y al poner como norma de vida social a los varones, Mahoma ha corrido el riesgo de sacralizar un nuevo tipo de sometimiento femenino. De hecho, el Islam ha funcionado y sigue funcionando en muchos lugares como principio de sumisión para las mujeres, relegadas a la vida privada, sin capacidad de autonomía cultural, social y política.

Esto que hemos dicho es sólo una primera perspectiva, un camino abierto, pues el Corán y la misma tradición islámica ofrecen un punto de partida distinto, que puede llevar a la trasformación de la mujer musulmana. Para ello será necesario, al mismo tiempo, que los nuevos musulmanes descubran y acentúen algo que los cristianos hemos destacado hace tiempo: la diferencia entre el mensaje primordial de la Escritura y las condiciones socioló­gicas o culturales del tiempo de su surgimiento Quizá no valga el modelo occidental de liberación de la mujer, marcado por el tipo de cultura laicista; quizá deba buscarse una forma de liberación más profunda que no se encuentre marcada por el tipo de vida actual de los varones occidentales (machistas, agresivos, posesivos). El occidente antes cristiano no esla solución. Pero es evidente que el mundo musulmán ha de iniciar en este campo un camino. En esa línea, no parecen suficientes las aclaraciones de un autor tan moderado como S. H. Nasr: «Se dice (desde occidente) que las mujeres deben ser iguales a los hombres. Tal afir­mación sólo podría hacerla una mujer que hubiera dejado de estar orgullosa de ser mujer y no comprendiera plenamente todas las posibil­idades inhe­rentes al estado femeni­no… Para una mujer, el intento de emular la condición masculina significa en el mejor de los casos convertirse en un hombre de segundo orden, lo mismo que le ocurriría a un hombre si tratara de emular el estado femenino…. Ante Dios el hombre y la mujer son iguales. Tienen que realizar los mismos ritos islámicos y, ante Dios deben asumir una misma responsabilidad por sus actos… Pero en el nivel cósmi­co, que significa los niveles psicoló­gico, biológico y social, sus papeles son complementarios» (cf. Nasr 287).

 


[1] Entre las traducciones del Corán: Sagrado Qur’án, Ahmadiyya, Lahore 1986; El Corán. Traducción comentada, Kutubia, Granada 1994; J. Cortés, El Corán, Nacional, Madrid 1979. Cf. A. Aya, Amor a Al-lâh: El falso horizonte de la mística islámica, edición on line en webislam.com/numeros/2003/200/temas/amor_allah; L. Badawi, “Islam”, en J. Holm y J. Bowker, Women in Religion, Pinter, London 1994, 84-112; R. Bell y W. M. Watt, Introducción al Corán, Encuentro, Madrid 1988; L. Gardet, L’Islam, religion et communauté, DDB, Paris 1967; J. Jomier, Para comprender el Islam, Verbo Divino, Estella, 1989; M. Lings, Muhammad, Hipérion, Madrid 1989; D. Masson, Monothéisme coanique et monothéisme biblique, Desclée de Brouwer, Paris 1976; S. H. Nasr, Vida y pensamiento en el Islam, Herder, Barcelona 1985; F. M. Pareja, La religiosidad musulmana. BAC, Madrid 1975. Temática on line: www.webislam.com/ y www.islamworld.net/.

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4 Responses to “Islam: Amor y/o sometimiento a Dios”

  1. Difícil de entender que la igualdad entre varones y mujeres resulte del dominio del varón sobre la mujer.

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