Jesús 1. Mesías del amor[1]

Como profeta y enviado mesiánico de Dios, desde la periferia de la sociedad judía (humana) de su tiempo, Jesús inició un camino mesiánico abierto, al menos de manera tendencial, a todos los necesitados (encarcelados, esclavos, cautivos) de la historia. Fue un hombre liminar o de frontera, que se situó en los bordes de la sociedad establecida para ofrecer una palabra y camino de Reino a los que allí moraban y sufrían. No realizó una función «penitenciaria» en el sentido moderno, pues no existían entonces nuestras cárceles, pero extendió su mensaje y misión en el entorno carcelario, en el mundo o submundo en que habitaban (malvivían) los diversos oprimidos y expulsados de su tiempo. Más que una religión en el sentido espiritualista o jerarquizado (oficial) del término, vino a fundar un movimiento liberador especialmente dirigido a los pobres (oprimidos, marginados,) del entorno. Vivió cerca de un volcán, en una situación pre-revolucionaria, como la que había existido en Israel dos siglos antes (cuando se preparaba la respuesta macabea: hacia el 180 a. C.).

1. Los macabeos

habían respondido a la violencia con un tipo más fuerte de violencia militar, logrando de esa forma un estatus de independencia nacional para los judíos palestino. Pero no lograron resolver los problemas de fondo, ni ofrecieron un camino de paz universal, sino que dejaron que creciera la pobreza y crecieran los enfrentamiento. Tampoco aquellos que más tarde se alzaron en armas contra Roma (el 67-70 y el 132-135 d. C.) lograron su objetivo, de manera que vencidos en el campo militar y tuvieron que cerrarse en el campo religioso, formando el judaísmo normativo (nacional), que ha pervivido hasta nuestro tiempo.

2. Jesús

quiso responder y respondió de una forma mesiánica y humana, revolucionario y no-violenta, a los problemas de opresión y violencia de su tiempo. No se opuso con armas a las armas: no fundó un ejército, no quiso establecer por medios políticos un nuevo Estado israelita, sino que inició desde los pobres un proyecto de transformación abierta para todos. Lógicamente, conoció y denunció a su manera las opresiones del entorno, de manera que los responsables del sistema legal (los defensores de los derechos humanos de los justos, los portadores de la violencia legítima) desconfiaron de él, le temieron y juzgaron. Murió ajusticiado (asesinado) por la ley oficial (civil y religiosa) de su tiempo.

 

No fue violento, pero tampoco pasivo. No organizó una guerrilla contra los prepotentes, pero tampoco quiso que el pueblo siguiera como estaba, impotente, resignado, derribado. Precisamente con (entre) aquellos que se hallaban «despojados y arrojados, como ovejas sin pastor, a merced de las fieras de violencia de la tierra» (cf. Mt 9, 36), inició su camino, ofreciendo palabra y curación a los que vivían sin palabra, dominados por un círculo de antiguas y nuevas opresiones. Les habló como a personas capaces de escuchar y de entender los misterios del Reino de Dios, es decir, de la plenitud humana. Les trató como a seres maduros, dueños de su destino (del futuro de su vida). No fue paternalista, ni quiso elevarse por encima de los pobres, sino que dialogó con ellos en profundo respeto, haciéndoles capaces de creer, creyendo en ellos. Al mismo tiempo, les curó, sanó sus males, en «terapia de Reino de Dios». No se resignó, ni pactó con la miseria y opresión. Desde el subsuelo, lugar de violencia y muerte, fue abriendo un camino de fe sanadora que puede aplicarse en el entorno de muerte y sufrimiento de la cárcel.

Jesús se situó de esa manera al final de una línea que habían iniciado los profetas. Ciertamente, asumió la tradición israelita que exige proteger a extranjeros, huérfanos y viudas, pero la amplió abriendo a todos la mano de su gracia. Asumió, sin duda, el programa sabático y jubilar del perdón de las deudas, la libertad de los esclavos y el reparto de tierras, pero quiso aplicarlo al pie de la letra, iniciando un camino intenso y extenso (más universal) de liberación, en la línea de los profetas, como nuevo Moisés llamado a rescatar a los “hebreos” de su tiempo de la opresión que había en su propia tierra. Su acción se sitúa en la línea de aquello que actualmente (en perspectiva racional) llamaríamos defensa de los derechos humanos, pero desborda ese nivel, porque la fuerza de la gracia le lleva más allá de la exigencia de las leyes. Quizá pudiéramos decir que, asumiendo los principios de vida de su pueblo, Jesús terminó oponiéndose a la forma en que ellos se concretaban, siendo justamente condenado en un plano de ley. Así podemos añadir que (sin rechazar temáticamente la ley) terminó enfrentándose con ella y poniéndose al lado de los ilegales de su tiempo. Aquí y no en palabras más o menos desligadas del contexto de su vida, ha de fundarse la opción preferencial de la iglesia en favor de los encarcelados.

 

1. Amó a los pecadores “oficiales”,

varones y mujeres a quienes la tradición legal judía consideraba impuros: indignos de participar en el banquete (mesa, templo) del buen pueblo de la alianza. La tradición le coloca al lado de publicanos y prostitutas (cf. Mt 21, 31), es decir, de aquellos que “vendían” (tenían que vender) su dignidad (su identidad de hijos de Dios) por razones de dinero. En las márgenes de Israel se hallaban, como carne de cultivo de diversas violencias y opresiones. Allí fue a buscarles Jesús, para invitarles al Reino, iniciando con ellos un camino de nueva humanidad: no les condenó ni expulsó, no les obligó a reparar de un modo penitencial (en cárcel o castigo) el mal que habían hecho, sino que les ofreció su solidaridad y reino. Gran parte de los encarcelados de nuestro tiempo provienen de ese mismo entorno vital.

2. Buscó de un modo especial a los enfermos,

leprosos y posesos, que aquella “buena sociedad” consideraba malditos y expulsaba del espacio de la familia y comunidad sagrada. No había para ellos cárcel, entendida como reclusión o encerramiento, pero muchos vivían encerrados en los muros de su enfermedad y su impureza, expulsados del orden social. Pues bien, Jesús vino a ofrecerles su solidaridad y esperanza del reino. Muchos encarcelados actuales son como aquellos antiguos leprosos: apestados a quienes se expulsa de la sana sociedad; poseídos por la droga, amenazados por el “sida” y otros males. En su mayoría son enfermos o débiles mentales, como los antiguos endemoniados: incapaces de asumir la libertad de un modo activo, en un entorno duro que tendía (y tiende) a marginarles.

3. Compartió su camino con los pobres,

ofreciéndoles no sólo la bienaventuranza del Reino (Lc 6, 20 par), sino un lugar en su mesa, abierta como espacio de encuentro para todos (cf. Mc 6, 30-44; 8, 1-10 par). Evidentemente, los pobres no eran piadosos, buenos anawim, como se ha dicho, llenos de Dios, incapaces de cometer crimen alguno. Hoy como entonces, muchos pobres resultan “peligrosos” para la buena sociedad que les expulsa, ignora y/o utiliza. Jesús no empezó por convertirles, trazando para ellos un programa penitencial de cambio e inserción en la sociedad constituida, sino que les acogió y reconoció tal como eran, ofreciéndoles a ellos y a todos los hombres, un camino de esperanza mesiánica, una buena nueva de riqueza y reconciliación abierta al Reino.

 

Jesús inició un mensaje y camino de liberación al servicio de unos marginados que se parecían mucho a los actuales: prostitutas, compradas y vendidas por comercio sexual; publicanos, manipulados por cuestión económica; niños sin familia, militares odiados de un ejército de ocupación (o colaboradores de Roma), extranjeros rechazados por los puros judíos… Entre ellos se mantuvo, por ellos ofreció su palabra. Ciertamente, no quiso ser un separado en el sentido purista del término, no estuvo sólo con los excluidos, ni tampoco con los puros. Con unos y otros habló, para unos y otros ofreció su mensaje, en gesto de doble pertenencia. Así vivió y murió como Mesías de frontera, mediador entre la “buena sociedad” (que le acabó matando) y los marginados o peligrosos de esa sociedad (con los que murió crucificado). Por eso, su memoria, celebrada por la iglesia, resulta inseparable del recuerdo de su conflicto social. “La noche en que fue entregado” (1 Cor 11, 23): así comienza toda fiesta cristiana, con la referencia a la prisión y muerte de Jesús.

Más que una religión en el sentido espiritualista (intimista), más que una organización social (estado bien estructurado), Jesús fundó un movimiento liberador especialmente dirigido a los más pobres (marginados, hambrientos) de su tiempo. De esa forma conoció los varios espacios de opresión de donde provienen actualmente la mayoría de los encarcelados. No se mantuvo en el desierto comoJuan Bautista, esperando que llegaran los penitentes, para iniciar con ellos un camino de conversión. No fundó una escuela de sabios hermeneutas de la ley, ni un grupo de orantes separados (=fariseos), sino conoció las opresiones y compartió los sufrimientos de los últimos del mundo, muriendo en el centro de la conflictividad social y humana de su tiempo. Por eso su actitud sólo se entiende y sólo puede asumirse allí donde la iglesia (los cristianos) son capaces de encarnarse como él en el centro de la conflictividad humana.

Ese tipo de encarnación resulta peligrosa pues exige optar por los marginados. Jesús lo hizo y por eso murió ajusticiado (asesinado) por la justicia oficial (civil y religiosa) de su tiempo. Quiso abrir los ojos de los ciegos para que pudieran ver, abrió sus oídos y su boca, para que pudieran escuchar y hablar en libertad, de un modo responsable. No vino a anunciar la destrucción del mundo, sino a construir, desde el mismo lugar de conflicto. Por eso, su anuncio de liberación tuvo que ser y fue (en línea profética) una fuerte voz de denuncia contra los sistemas de sacralidad del tiempo: contra un tipo de ley y religión que expulsaban a los débiles y enfermos, a los impuros y pobres del pueblo. Ciertamente, no luchó directamente contra las autoridades de Israel (sacerdotes, escribas), ni se enfrentó como soldado nacional con las legiones de Roma, pero los jerarcas de Israel y Roma se sintieron amenazados y acabaron por matarle

 

 


[1] Son numerosas las obras sobre el Jesús histórico y todas, de un modo o de otro, hablan del amor como elemento centro de su vida y su mensaje. Entre ellas, en lengua castellana, cf. J. J. Bartolomé, El evangelio y Jesús de Nazaret, CCS, Madrid 1995; J. D. Crossan., Jesús. Vida de un campesino judío, Crítica, Barcelona 1994; El nacimiento del cristianismo, Sal Terrae, Santander 2003; J. Gnilka., Jesús de Nazaret. Historia y mensaje, Herder, Barcelona 1993 J. Klausner, Jesús de Nazaret (1906), Paidós, Buenos Aires 1971; X. Pikaza, El Evangelio. Vida y pascua de Jesús, BEB 70, Salamanca 1990; La nueva figura de Jesús, Verbo Divino, Estella 2003; E. P. Sanders, Jesús y el judaísmo, Trotta, Madrid 2002; E. Schillebeeckx., Jesús. La historia de un viviente, Trotta, Madrid 2002; J. Schlosser, El Dios de Jesús, Sígueme, Salamanca 1995, H. Schürmann, ¿Cómo entendió y vivió Jesús su muerte?, Sígueme, Salamanca 1982; E. Schüssler Fiorenza, Cristología feminista crítica, Trotta, Madrid 2001; G. Theissen y A. Merz., El Jesús histórico, Sígueme, Salamanca 1999; G. Vermes, Jesús, el judío, Muchnik, Barcelona 1977; La religión de Jesús, el judío, Anaya, Madrid 1995; S. Vidal, Los tres proyectos de Jesús y el cristianismo naciente, Sígueme, Salamanca 2003. Cf. también N. T. Wright., The NT and the Victory of the People of God I, SPCK, London 1992; Jesus and the victory of God II, SPCK,London 1996

 

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