Jesús 2. Las paradojas del amor[1]

 El amor cristiano, centrado en la experiencia de de Jesús, es un amor paradójico, lleno de contrastes y riqueza. Surgieron por entonces muchos personajes, profetas apocalípticos, maestros de la ley, ascetas y guerreros… Entre todos ellos destacó Jesús, porque, como dice F. Josefo (Ant XVI, 3, 63), fue un hombre a quien quisieron muchos, antes y después de su muerte. Éste es quizá el rasgo fundamental de su vida, como ha destacado desde la psicología A. Vázquez:

 

«Jesús aparece como un hombre atrayente para quienes le escuchan y se abren a su mensaje, creyéndole como a un auténtico testigo de Dios que tiene derecho a ser creído y amado. Esto último nos extrañó encontrarlo ya en el testimonio extra-evangélico de Flavio Josefo: “los que le habían dado su afecto al principio no dejaron de armarlo”. Y Pablo añade algo que nunca habíamos leído: «Me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2, 20). Desde ese fondo, A. Vázquez añade que la mejor categoría para entender aJesús es la paradoja: «En realidad, la religiosidad de Jesús tiene un estilo peculiar, único y, en cierto modo, desconcertante, para dar cuenta de la cual sólo esa figura retórica, llamada paradoja, utilizada a múltiples niveles, es capaz de balbucear». Desde ese fondo queremos destacar algunos de los rasgos paradójicos del amor de Jesús:

 

1. Amor que se recibe, amor que regala. Jesús ama recibiendo la vida que le ofrecen los hombres (especialmente sus padres). El mismo Verbo de Dios, que según la tradición cristiana habita en un misterio trascendente, emerge a la existencia humana en un contexto de amor y de familia, de historia, de esperanza y de proyecto de los hombres: participa de su carne y de su sangre, de su llanto y de su misma realidad rota y quebrada. Por eso se emociona con los niños (Me 9, 36), llora con las viudas (Lc 7, 13), acoge a las mujeres con ternura (Lc 8, 1 s), saborea la amistad de los amigos (Lc 22, 15 s). De esa forma convierte Jesús el amor recibido en fuente amor activo: quien mucho ha recibido mucho ha de entregar. Así se muestra de manera radical en su vida: ofrece a manos llenas lo que tiene, lo que sabe, lo que puede. Lo realiza de una forma total, sin egoísmos. Y al hacerlo así emerge el milagro: el mismo amor de Dios se hace presente por el don de amor de Jesucristo. Va expandiendo curación donde hay dolor, esperanza donde anida el desencanto, alegría en la tristeza, exigencia donde sólo existe miedo de entregarse, consuelo y vida abierta donde habitala impotencia. En esa línea, más allá de aceptar y el entregarse, más allá de encarnación y donación, va emergiendo el gran misterio: la comunión o vida como encuentro. Jesús afirma en Jn 11, 50 s que ha venido a la tierra con el fin de «reunir a los dispersos de Israel» y suscitar entre los hombres la familia nueva de los santos. Su paso va creando nuevo hogar, como existencia compartida, una gran fraternidad de hombres libres que viven el misterio del amor y la esperanza, caminando juntos en búsqueda y misterio (cf. Mc 3, 31 ss).

Así puede anunciar con voz solemne el año del encuentro universal: la reconcilia­ción y fraternidad, el don del reino (cf. Lc 4, 18 ss). Por eso, el signo deJesús es el hogar de comunión de unos amigos, una nueva familia de hombres libres que se expande y va creciendo, fraternidad en la que todos tienen sitio, asumidos, respetados, potenciados en un gran banquete donde libremente participan, en la boda de la fiesta y alegría del Dios que es comunión y engendra comunión entre los hombres.

2. Amor que libera, amor que exige. Jesús mira hacia los hombres y descubre que se encuentran arrastrados, destruidos, aplastados, como ovejas que no tienen pastor que les proteja y les sostenga (cf. Mt 9, 36). Por eso, hay en su amor un primer rasgo compasivo: escucha la voz de la miseria, ayuda. Amar implica en su experiencia dar asilo al exiliado, cariño al despreciado, pan a los hambrientos, libertad a quienes sufren la opresión de los diversos cautiverios de la tierra (cf. Lc 4, 18 s; Mt 11, 2 s). Pero este es sólo un primer rasgo. A veces se supone que el amores simplemente la indulgencia del que entiende a los demás y les ayuda. En nuestro caso, en el camino y testimonio de Jesús, la acogida e indulgencia se convierte en mandato poderoso, en exigencia: quiere que los hombres se hagan diferentes. Por eso, aunque parezca duro, les advierte y amenaza: «convertíos»; «deja todo, ven y sígueme».

Nadie en este mundo se había atrevido a exigir tanto como él, porque nadie había dado tanto. Jesús confía de tal modo en los hombres, tanto les estima y les valora que les pide algo humanamente imposible: «amad a vuestros enemigos… bienaventurados seréis cuando os persigan por el bien y la justicia…».Esta unión de libertad y de exigencia constituye un elemento distintivo del amor del Cristo. Amar implica a la vez dos movimientos. (a) Entregar la vida por los hombres yaceptarles plenamente en serio, tomarles como son, vivientes personales, capaces de ser libres, de apertura hacia los otros, de entrega y trascendencia. (b) Amar es exigir. Quien no exige nada a los demás no les estima ni valora. «Me amó y se entregó por mí», dice san Pablo. Amó y creyó en nosotros, anuncia el evangelio. Pero esa entrega y esa fe de Jesús vienen a mostrarse una semilla de exigencia en el camino que conduce al reino.

3. Amor íntimo y universal. Jesús amó con amor íntimo a Juan y Pedro, a la Magdalena y ala samaritana. Cada uno de ellos supo que Jesús le respetaba y le aceptaba como era. Y se sintió trasformado, emocionado. Descubrió en aquel momento que la vida era distinta, infinitamente fácil e infinitamente exigente. Éste es el milagro: Jesús les amó… y fue reuniéndolos en gesto de mesianismo abierto, universal, compar­tido. De esa forma aparece como un amigo universal, capaz de vincularse, al mismo tiempo, de una forma profunda y liberada, con cada uno y con todos, de tal modo que ninguno se ha sentido celoso o marginado. Ésta experiencia nos parece difícil. ¿Quién será capaz de amar íntimamente a muchos hombres? Sentimos que en un plano ordinario es imposible.

Sólo amamos con hondura a algunos pocos, al esposo y a los hijos, a los padres, quizá al amigo de nuestra preferencia. Pues bien, el evangelio supone que Jesús quería a la vez, de un modo abierto y muy concreto, a cada uno y a todos. Sin forzar en modo algunos los símbolos, podemos decir queJesús es novio, en cercanía personal, siendo, al mismo tiempo, un líder que ofrece a todos un amor salvador y solidario. Jesús ha sido el novio de las bodas de Dios y de los hombres: así lo presupone el Nuevo Testamento y así lo han señalado, en abundancia, la vida de los místicos; en este plano de intimidad, de entrega gozosa y absoluta de la vida, de confianza y dualidad se entiende su afecto. Pero, al mismo tiempo, Jesús ofrece un amor que se abre a muchos, un amor que le lleva a enfrentarse con las estructuras sagradas del templo de Jerusalén, que terminan condenándole a muerte. El “milagro” y novedad de Jesús consiste en la unidad de esos aspectos.

4. Amor que muere, amor que resucita. Según el evangelio: «quien entrega la vida hasta la muerte ese la gana; quien la guarda y asegura ese la pierde» (cf. Mc 8, 35). «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Conforme a esa palabra, amar es darse, confiar la vida en otro y entregarla. A Jesús le asesinaron porque tuvo un gran influjo de amor entre los hombres y mujeres de su tiempo. Le mataron porque fue un hombre libre, equilibrado, profundamente amado por sus amigos y amigas, de tal manera que ese amor, sólo ese amor, hizo posible la experiencia de la resurrección, mirada desde la perspectiva humana.

A Jesús le asesinaron los legalistas reprimidos y envidiosos, todos aquellos que ponen su poder religioso o militar (sacerdotes, emperadores) sobre el amor de Dios que se revela sobre el mundo. Por no querer renunciar a su tarea de amor murió Jesús, abierto a Dios (Padre de amor) y a los hombres (oprimidos por falta de amor). Ciertamente, había otras razones, pero Jesús le asesinaron en el fondo «unos hombres carente de amor»: aquellos que no aman son incapaces de soportar la libertad del amor; por eso, para defender sus instituciones legales, militares o religiosas, económicas o políticas, son capaces de asesinar a quienes aman libremente y son capaces de contagiar su amor, como Jesús. Ellos son capaces de matar un tipo de “cuerpo”, pero el alma del amor triunfa (cf. Mt 10, 28). Por amor ha entregado Cristo su vida en el Calvario. Por amor le ha recibido Dios resucita­do. También sus seguidores reciben su vida y la expanden en amor.

5. Amor en la historia y amor escatológico. Por mucho que las instituciones parezcan ignorarlo, el amor es el que mueve el curso de la historia (y no sólo las estrellas, como afirmaba Aristóteles, hablando de un tipo de eros cósmico). El amor es el estallido más profundo de la vida humana, el movimiento más intenso, ese temblor que se percibe cuando un hombre ofrece de manera gratuita su existencia. Pues bien, el evange­lio afirma que el amor es el que ha creado y el que mueve la historia de los hombres. Ese amor forma parte del mundo y lo desborda, es transición y permanencia, es tiempo y eternidad, historia y escatología. Todo amante sabe, en el momento más intento de su entrega y de su gozo, que hay algo en su experiencia que dura para siempre.

Así aparece en Cristo. Amó a la Magdalena, a Pedro, a los enfermos y perdidos de de su tiempo, a finales del primer tercio del siglo primero, en Galilea. Pues bien, los cristianos confiesan que el amor de Jesús permanece para siempre, como verdad definitiva de la historia, porque Dios “le ha resucitado”. Más aún, los cristianos añaden que la verdad de ese amor es el misterio original de Dios, de un → Dios que es Trinidad, es decir, comunión y encuentro del Padre con el Hijo en el Espíritu. El amor histórico de Jesús permanece así, resucitado, trasfigurado; más aún, ese amor es lo divino.

 

Desde ese fondo podemos decir que la vida de Jesúsfue un “milagro de amor”. La magia milagrera busca prodigios, en la línea de los adivinos y hechicero, echadores de cartas o taumaturgos, que tienden a resolver los problemas de los hombres desde fuera. Jesús, en cambio, no resuelve nada desde fuera, por la fuerza, sino que se introduce con amor en la historia de los hombres, haciendo que toda su existencia sea comunicación en gratuidad; por eso, no nos liberan de los males de una forma externa, sino haciéndonos vivir en amor. Jesús no cura a los enfermos par que ellos no tengan problemas; sino para ayudarles a nacer, vivir y morir en gratuidad. Por eso, sus milagros son amor. Mejor dicho, el verdadero milagro es el amor: el milagro es que surja y se expanda la comunicación de amor sobre un mundo marcado por la muerte. Uninmortal (un super-man) no podría amar así, ni dar su vida, no enamorarse, ni entregarse de verdad a los demás. Por el contrario, un hombre mortal se puede enamorar y entregar la vida (morir) en gesto de amor que superala muerte. Por eso, como sabe toda la tradición cristiana, su amor supremo se expresa en el Calvario. Le mataron porque amaba: porque sus gestos desestabilizaban un sistema social de violencia controlada por los soldados y sacerdotes. Le mataron los poderes del mundo (como afirma repetidamente Pablo: cf. 1 Cor 2, 8), pero Dios le ha recibido en su amor, haciéndole principio de vida para todos aquellos que le siguen. Jesús no dejó sobre el mundo una doctrina o teoría sobre Dios, un saber para iniciados, ni una estructura social, un colectivo de firmes jerarquías, sino una herencia y tarea gratuita (carismática) de amor. Eso significa que sus fieles deben seguir recorriendo su camino de amor (en solidaridad hacia los pobres) y liberación (ofreciendo un lugar en la casa de la vida a los enfermos y excluidos) de la tierra.

 


[1] Desde una perspectiva psicológica, cf. A. Vázquez, “Psicología de Jesús”, en F. Fernández (ed.), Diccionario de Jesús de Nazaret, Monte Carmelo Burgos 2001, 1048-1072. Cf. también: J. Alison, Cristología de la no violencia, Sec. Trinitario, Salamanca 1994; A. Amato, Jesús el Señor, BAC, Madrid 1998; L. Boff., “Jesucristo liberador”, en Id., Jesucristo y la liberación del hombre, Cristiandad, Madrid 1981, 445-538; Jesucristo liberador. Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret, Trotta, Madrid 1991; O. Cullmann, Cristología del Nuevo Testamento, Sígueme, Salamanca 1997; Ch. Duquoc, Cristología, I-II, Sígueme, Salamanca 1971; O. González de Cardedal., Jesús de Nazaret. Aproximación a la cristología, BAC, Madrid 1975; Cristología I-II, BAC, Madrid 2001, 2006; J. I. González Faus, La Humanidad Nueva. Ensayo de Cristología, Sal Terrae, Santander 1981; J. Moingt, El hombre que venía de Dios I-II, Desclée de Brouwer, Bilbao 1995; J. Moltmann, El Dios crucificado, Sígueme, Salamanca 1975; X. Pikaza, Este es el hombre, Sec. Trinitario, Salamanca 1997; B. Sesboüé, Jesucristo, el único mediador I-II, Sec. Trinitario, Salamanca 1990/2; J. Sobrino., Cristología desde América Latina, CRT, México 1976; Jesucristo liberador I-II, Trotta, Madrid 1993/8.

 

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