Jesús, el amor es misericordia

En la teología tradicional de la Edad Moderna había dominado la figura de un Cristo Juez, que domina con su fuerza y su ley la historia de los hombres. Contrarrestando esa visión, la experiencia de su misericordia ha estado vinculada, en la tradición católica, a la devoción del Sagrado Corazón de Jesús, que, a partid del siglo XVI, ha sido signo de la misericordia divina. Desde ese fondo podemos ofrecer unas reflexiones básicas, de tipo soteriológico, presentando a Jesús resucitado, tal como lo ha visto la fe de la iglesia, como principio de reconciliación y salvación. Para ello presento, en forma ordenada, cinco títulos cristológicos, que definen y enmarcan el sentido de la misericordia cristiana, como experiencia de amor.

 

1. Misericordia que perdona,

Jesús no fue un profeta duro, encargado de anunciar el juicio divino, sino Mesías misericordioso del Padre; así puede estar representado por un corazón que siente con los hombres y les ama. Ciertamente, anunció el juicio, pero no para los pecadores, sino sólo para aquellos que rechazaban la misericordia, es decir, para aquellos que se oponían al reinado de su Corazón. Eso significa que, para Jesús, Dios es perdón total, de tal forma que sólo aquellos que no lo aceptan (que no reciben en amor y concordia a los pecadores) pueden condenarse, pues no aceptan la misericordia El perdón no es algo que viene después, cuando el pecador se ha arrepentido y cambiado, sino punto de partida: el perdón es misericordia, es el don previo de Dios. Jesús no perdona a los pecadores porque han hecho penitencia, sino porque Dios es gracia creadora, es decir, porque es misericordia entrañable. Jesús es la misericordia encarnada de Dios. Su gesto de perdón no es solamente una actitud de tolerancia de un hombre magnánimo, que se sitúa por encima de los demás. Jesús puede ser misericordioso y perdonar a los hombres porque ha compartido su vida, en gesto de amor, muriendo con ellos y por ellos. Ciertamente, Jesús sabe que, en un plano, sigue habiendo juicio de castigo, pero ese castigo ya no viene de Dios, sino de aquellos que rechazan el perdón de Dios y de esa forma quedan en manos de la propia violencia del mundo que no acepta la gracia divina, que es amor que perdona.

2. Jesucristo, misericordia redentora.

En sentido estricto, redentor es el que compra y libera a un esclavo, pagando un precio por ello; redimir significa rescatar lo que estaba enajenado. Tanto en el contexto genérico del antiguo oriente, como en el judaísmo antiguo, se llamaba redentor (goel) al que rescata a los esclavos, para devolverles así la libertad, especialmente en la fiesta o tiempo del año sabático o jubilar. Pues bien, los cristianos afirman que Dios, ha enviado a su Hijo no para que sea juez de los hombres, sino redentor: Dios ha querido que su Hijo “pague” la deuda de los hombres, superando así el nivel del pecado y del juicio, de un modo total. En ese contexto se sitúa el tema de la muerte de Jesús, como gesto de amor, no de venganza: Jesús se ha presentado como mensajero de un juicio de Dios que se realiza en forma de perdón y absoluta gratuidad. Jesús es redentor misericordioso porque ha entregado su propia vida a favor de los pecadores y excluidos. Jesús Redentor no exige que los redimidos hagan penitencia, sino todo lo contrario: él mismo paga lo que deben, ofreciendo el precio del rescate. No exige a los hombres que satisfagan la deuda que tienen con Dios, sino que les ofrece el amor y la vida gratuita de Dios, pagando por ellos el rescate de su propia vida. Cristo es misericordioso porque asume los pecados de los hombres, carga con ellos, por amor, por gracia original. Esa es la misericordia mesiánica, la experiencia de un amor que supera toda imposición y venganza, de manera que es capaz de dar la vida por los demás.

3. Jesús, misericordia liberadora.

Jesús no se contenta con pagar por nosotros, asumiendo nuestras deudas, sino que quiere ayudarnos a vivir en libertad, sin violencia ni miedo de la muerte. Cristo ha pagado por nosotros, no para dejarnos sin tarea, sino para que podamos asumir la más alta tarea, vivir en libertad. Siendo totalmente gratuito, el perdón y redención se vuelven principio de creatividad: nos liberan para que podamos vivir en plenitud. De esa forma, el mismo perdón recibido nos conduce a la conversión, que se expresa básicamente en forma de nacimiento y vida liberada para el amor. La redención se vuelve así liberación: Jesús nos redime sin imponer o exigir nada, pero ofreciéndonos una capacidad más alta para el amor, haciéndonos capaces de amarnos los unos a los otros. De esa forma culmina el camino sabático y jubilar del Antiguo Testamento: la redención de las deudas se expandía y expresaba en la liberación de los esclavos, pues sólo un hombre sin deudas puede vivir verdaderamente en libertad. Ese perdón liberador es, al mismo tiempo, exigente, pero no por ley, sino por gracia. Perdonar no es mantener a los demás bien protegidos, sino ofrecerles un camino de madurez. El Dios de Cristo no ha querido perdonarnos para que sigamos siendo dependientes, de manera que tengamos que estarle siempre agradecidos por sus dones, sino que lo ha hecho para que seamos precisamente independientes, para que podamos expandir por el mundo la gracia de la libertad. De esa forma, la misma misericordia se convierte en entrega de la vida en favor de los demás, en liberación que ha de expresarse en forma personal y social.

4. Jesucristo Reconciliador: misericordia y comunión.

Los momentos anteriores (redención y liberación) culminan y se expresan en la reconciliación entre los fieles perdonados, y entre todos los hombres. Al reconciliarnos con Dios, Jesús nos hace capaces de reconciliarnos los unos con los otros, perdonándonos unos a otros. Redención y liberación sólo son verdaderas allí donde suscitan un encuentro amistoso, creador, entre redentores y redimidos, que se vinculan mutuamente y de esa forma empiezan a ser hermanos. Jesús nos ha redimido haciéndose Propiciación por nuestros pecados (Rom 3, 24-25): los ha hecho propios, y, en vez de condenarnos por ellos, nos ha ofrecido su amistad. No se ha reservado nada para sí, sino que ha querido entregarse (entregar a Jesús) por nosotros, para que podamos vivir en su amistad (cf. Rom 8, 32). Desde ese fondo, Pablo nos invita a reconciliarnos con Dios, en camino de aceptación y diálogo misericordioso, que conduce a la reconciliación entre todos los hombres. «Y todo esto proviene de Dios, que nos reconcilió consigo mismo por Cristo y nos concedió el ministerio de la reconciliación. Porque ciertamente Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo consigo mismo, no imputándole sus pecados, y concediéndonos a nosotros la tarea (=palabra) de la reconciliación. Así que, somos embajadores, en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio nuestro. Os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios…» (2 Cor 5, 17-20).

5. Jesucristo Salvador: Misericordia y salvación.

“Jesucristo es el único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre (cf. Hebr 13, 8). Esta es la afirmación más importante de nuestra fe en Cristo. La voluntad salvífica de Dios respecto a la humanidad entera se ha manifestado y realizado de modo único y definitivo en el misterio de Jesús…” (cf. Comité Jubileo 2000, Jesucristo Salvador 144). La salvación cristiana es un misterio, don supremo de Dios que nos regala en Jesús su misma vida divina; de esa forma nos eleva del abatimiento en que estábamos, ofreciéndonos su propia fecundidad, haciéndonos hijos en su propio Hijo Jesucristo. Pues bien, la salvación consiste en recibir y desplegar la vida de Dios, que es comunión y misericordia, tal como se ha manifestado y culminado en el Espíritu Santo: vivir en amistad con Dios, abrirse en gesto de amistad hacia todos los hermanos. Esta salvación tiene un elemento histórico: ella se expresa en la salud interior y exterior, en el amor mutuo y el pan compartido, en la palabra dialogada y en la casa de la fraternidad. Ella tiene, dentro de la iglesia, un carácter sacramental, que se vincula a los grandes momentos de la vida humana: bautismo o nacimiento a la gracia; eucaristía o pan compartido en Cristo; matrimonio o celebración del amor mutuo…. Tener misericordia no es ya elevar a los caídos, curar a los enfermos, sino algo más profundo y duradero: es el amor tierno y gratuito, es la comunión abierta a todos, por encima de la ley del mundo.

 

Estos cinco títulos enmarcan y definen el amor de Cristo, conforme a la conciencia de la iglesia. A través de ellos, Jesús aparece como principio de amor, en medio de la historia de los hombres. Dios mismo aparece así, por medio de Jesús, como fuente de amor creador y salvador. Desde ese fondo, apoyados en la comunicación concreta de Dios en Jesucristo, en comunión de Espíritu, podemos afirmar que la iglesia es la comunidad de creyentes que comparten y expanden la Palabra: no es unión de raza, grupo vinculado por poderes o ventajas materiales, sino comunidad de la palabra encarnada, eucaristía. Por eso, ella no tiene más verdad quela Comunicación, ni más dogma quela Palabra encarnada y compartida en gracia, entre todos los humanos. Este es el dogma de los dogmas: la comunicación real y salvadora (de amor) para los hombres

 


[1] El Nuevo Testamento presenta a Jesús como expresión y presencia de la misericordia de Dios Padre, como han destacado X. Durrwell, Nuestro Padre. Dios en su misterio, Sígueme, Salamanca 1990; S. Pikaza, Este el Hombre, Sec. Trinitario, Salamanca 1997 y C. Di Sante, El Padre nuestro, Sec. Trinitario, Salamanca 1998. Cf. también O. González de Cardedal, La entraña del Cristianismo, Sec. Trinitario, Salamanca 1997; M. Legido, Misericordia entrañable, Sígueme, Salamanca 1987; C. Roccheta, Teología de la ternura. Un evangelio por descubrir, Sec. Trinitario, Salamanca 2001; J. Schlosser, El Dios de Jesús. Estudio exegético, Sígueme, Salamanca 1995; J. Sobrino, El principio misericordia. Bajar de la Cruz a los pueblos crucificados,Sal-Terrae, Santander 1992.

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