Amor de amistad. No os llamo siervos, sino amigos (Jn 15, 15)

El próximo domingo (13, V, 2012) celebra la iglesia el día del amor de amistad, con la palabra clave de Jn 15, 15: No os llamo siervos, sino amigos.

Amigos llama Jesús a sus discípulos y seguidores. Amigos hemos de ser todos en la Iglesia. Así lo muestran las reflexiones que siguen, que he tomado de un trabajo que estoy preparando sobre las formas de amor, trabajo dirigido a una persona amiga.

 

El amor tiene, a lo menos, dos principios. Prende y crece, por un lado, sobre el fondo de tensión sexual y lleva a la unidad de dos enamorados. Pero, al mismo tiempo, emerge de aquello que pudiéramos llamar el apetito «empático», esto es, la capacidad de comprensión, confianza y convivencia de los hombres. Todo intento reductivo, que no quiera destacar más que un aspecto y que declare lo restante como secundario, peca, a mi entender, de imposición o dictadura. El hombre es ser complejo y es preciso que así lo conci­bamos.

Se distinguen, por lo tanto dos tipos de amor. Cuando la tensión sexual resulta dominante y determina el fondo del encuentro tenemos un amor enamorado, con todo lo que implica de unidad personal y convivencia. Se supone que, también en este caso, nace la empatía o comunión afectivo-voluntaria que convierte el amor en algo humano. Pero en la base hay un cimiento de deseo sexual. Cuando la empatía se independiza de la tensión sexual, o de su cultivo consecuente, suscitando, sin embargo, una profunda vinculación interhumana, brota el amor de amistad. De su fuerza y su valor quiero tratar en las notas que ahora siguen.

Sabrás que la valoración de enamoramiento y amistad han varia­do a lo largo de los siglos y culturas. Recuerda, por ejemplo, el caso de los griegos y romanos: desconocen en general la hondura del enamo­ramiento, vinculado al amor hombre-mujer; en cambio exaltan la amistad entre los hombres y la ponen por encima de todos los restantes valores de la tierra. Notienes más que ver las obras que escribieron sobre el tema, culminando en el famoso De amititia de M. T. Cicerón. Por el contrario, el antiguo testamento valora las dos formas de amor. Por lo que toca al enamoramiento es claro el testimonio del Cantar de los cantares. De la amistad como principio de existencia compartida hablan diversos textos sapienciales; ella se arraiga, al menos parcialmente, en un gesto de alianza. En este contexto hay que citar las palabras de David ante la muerte de su amigo Jonatán: ¡Cómo cayeron los valientes en medio del combate! ¡Jonatán, herido en tus alturas!

¡Cómo sufro por ti, Jonatán, hermano mío!

¡Ay, cómo te quería! Tu amor era para mi

más maravilloso que el amor de las mujeres.

(2 Sam I, 25-26).

 

La literatura clásica española desarrolla con frecuencia el tema. Habla del enamoramiento (al que llama «amor), lo compara con la amistad, estudia sus relaciones, su valor, su permanencia. Fíjate en estas palabras programáticas de Tirso de Molina. El protagonista quiere probar y gozar lo que suponen ambos gestos:

 

¡Amistad! ¡Firme amor! La quintaesencia pienso hoy sutilizar, por modo nuevo, de vuestro ser. ¡Dichoso si consigo una mujer constante, un firme amigo!

(El amor y la amistad, en

Obras dramáticas completas III, Madrid 1958, 527).

 

Buscar mujer enamorada, hallar amigo sincero y permanente. En esos planos se refleja y se realiza, según Tirso de Molina, la dicha más perfecta, la maravilla del hombre, su verdad sobrela tierra. Enlo que toca a la literatura actual, no sé de nadie que haya expuesto el tema con la fuerza de M. Hernández. Frecuentemente alude al amor enamorado. Al amigo inolvidable canta una elegía cuyos versos primeros y finales dicen:

 

Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas,

compañero del alma, tan temprano…

 

A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.

(Obras completas, Buenos Aires 1976, 229-230).

 

Amigo es aquí el compañero en transparencia con quien pueden tratarse los problemas, en hondura de vida y en confianza. La relación con el amigo no se mueve en plano de deseo ni de carne. El amigo no sacia mis apetencias fisiológicas, no tapa ninguna de mis fallas psicológicas. Pero un día me ha mostrado su vida: he descubier­to su cercanía, he confiado en su presencia y él se ha convertido para mí en momento de mi alma. Por eso, cuando se halla ausente quiero «regresarle», hacer que vuelva a mi camino, acompañarle.

Esta relación con el amigo no es directamente pasional, como la unión enamorada de personas de diverso sexo. Todo en ella parece más equilibrado y quieto. Sin embargo, si penetras con hondura en la amistad descubres que en su fondo emergen también rasgos pasiona­les: se abre un camino de infinito, una llamada de misterio. Lo habían intuido los antiguos afirmando que allí donde se jura una amistad es necesario que los dioses vengan por testigos: la existencia adquiere otro nivel, toma otros rasgos. Pero de eso he de tratar de una manera más extensa.

Empiezo señalando los momentos que conforman la amistad. Túlos sabes, los asumes con poder, los vives de una forma apasionada. Déjame que ordene en mi deforme prosa lo que tú has sentido en la poesía de tu vida. Amigos son aquellos que comparten, comunican su experiencia: se conocen, se confían y dialogan desde el fondo de la vida. ¿Somos amigos? Esto significa que yo debo tomar lo que me ofreces; y tú has de recibir lo que yo tengo; de esa forma inauguramos una forma de existencia compartida, en inquietudes y en tareas, en trabajos y hasta en bienes materiales.

Cambiando de tono mi discurso, te diré que amigos son aquellos que confían, se ayudan y proyectan en común un orden nuevo de existencia. a) Tienen fe: saben fundarse el uno sobre el otro, abiertos sin fisuras, transparentes sin engaño. b) Se quieren. saben que el amor implica hallarse siempre de servicio el uno para el otro. c) Finalmente, esperan: hacen juntos el camino, encuentran en común y reencuentran los motivos para ser y comportarse dignamente.

Sobre estos dos esquemas de amistad (recibir-dar-comunicarse y confiar-querer-esperar juntos) he trazado mi pequeño discurso. Ad­vertirás que no introduzco apenas novedades. Me limito a situar el tema en el contexto del encuentro interhumano y lo enriquezco a partir de la exigencia y gracia de las tres grandes virtudes dela iglesia. Ordinariamentese les llama «teologales» porque expresan la apertura a lo divino. Con la misma razón se les podría llamar «antropológi­cas», pues marcan el proceso del hombre que realiza su existencia en un contexto de amistad. Este es mi esquema: la amistad constituye el camino compartido de aquellos que: a) trabajando o buscando juntos, b) se confían, c) se ayudan mutuamente, d) y conviven, e) abriendo con su amor y su esperanza una manera de existencia más perfecta.

 

a) Principio en la amistad es el camino compartido: juntos vamos y vencemos los peligros; juntos vamos y tendemos hacia un orden de vida que esperamos sea bueno. La amistad implica en este plano colaboración: frente a todos los que entienden la vida como lucha o competencia, frente a todos los que intentan combatirse o silenciarse en el proceso, los amigos cooperan, se respetan y trabajan sobre un campo de búsqueda común.

En este primer plano se mantiene la unidad de los miembros de una tribu, el compañerismo de los trabajadores de una fábrica, la camaradería de los que pertenecen a la misma clase social, la solidari­dad de los que luchan por las mismas esperanzas. Dejar a un lado las opciones partidistas, superar los egoísmos personales e integrarse en la búsqueda y fracaso, la alegría y la tristeza de un grupo más extenso de personas…; tal será el cimiento de amistad entre los hombres. Quien no sepa o no quiera colaborar en la obra común nunca será verdaderamente amigo.

 

b) Se sube de nivel cuando pasamos de la colaboración a la confianza. Erais simplemente compañeros de oficina o departamento; pro­gramabais, realizabais ciertos trabajos en conjunto. Un día, quizá en gesto de cansancio o pesadumbre, quizá hundido en soledad, alguien se para ante tus ojos y te mira. Deja de importarle aquel espléndido trabajo que os mantiene torturados por semanas. Cambia el tono de su voz y te confía algo muy hondo en su existencia. No tenía razones para hacerlo. No quería pedir nada. Simplemente ha confiado. Toma parte de la carga de su vida y te la ofrece. Tú le escuchas. Sientes que algo nuevo está gestándose en vosotros. Le diriges también unas palabras, le respondes igualmente con confianza. El ancho mundo parece imperturbable. No ha advertido que se gesta algo muy grande, lo más grande, una amistad en nuestra tierra.

Sobre todas las consignas sociales de la solidaridad y colabora­ción, por encima de todos los intentos de unidad de clase o de estamento, destacamos la amistad como el espacio en que los hom­bres habitan en confianza. Ser amigos significa estar dispuestos a decirse mutuamente lo más hondo: es conectar en transparencia. La vida deja de ser campo de batalla solitaria o compartida y se convierte en lugar donde es posible el diálogo. Habrá opiniones distintas, pero se logrará una sintonía de fondo. Desde ese momento ya no soy un solitario: hay alguien que conoce mi secreto y lo comparte. Uniéndo­nos, trazamos un campo de existencia común entre nosotros. Eso es lo que implica ser amigos.

Quiero que distingas, al llegar a ese nivel, el plano de confianza general y el don concreto de las confidencias. No hay, amistad si no surge un campo de confianza, si no existe fe en el otro. Sin embargo, el nivel de confidencia que se alcance en cada caso variará según las circunstancias y los tiempos. Ciertamente, es difícil que perdure una confianza siempre silenciosa, que no baje a confidencias. Pero puede darse el caso de que existan confidencias de carácter más o menos hondo (con el médico, confesor, psiquiatra) que no impliquen con­fianza.

Sin entrar ahora en detalles puedo asegurarte que no existe amistad sin la confianza, sin palabra de llamada y de respuesta. Ser amigos significa dialogar gozosamente, hacernos transparentes. Son creyentes de una religión los que confían en Dios y le responden. Pues bien, los verdaderos amigos son creyentes: valoran y se aceptan los unos a los otros.

 

c) La confianza se explicita en forma de comunicación o ayuda mutua. Amigos son aquellos que se quieren viviendo en gesto de benevolencia activa: saben acoger al otro, acentúan sus virtudes, perdonan sus defectos, le potencian, le rodean con su ayuda y con su gracia.

La amistad implica dos aspectos. a) Quiero el bien para mi amigo. Por eso le enriquezco con mi vida, mi presencia, mi palabra. b) Pero, al mismo tiempo, cuento con el otro: sé que hay alguien que se ocupa de mis cosas. Vela por mi vida. Ha decidido ofrecerme su asistencia. Eso me permite estar tranquilo.

Debo precisar este nivel de donación y ayuda. Algunos piensan que es amigo quien me ofrece bienes exteriores: colabora con mi empresa, mi trabajo, mis proyectos. ¡Evidente! Pero esto es sólo un nivel muy imperfecto; por eso debe transcenderse. Acrisolado en el calor de la confianza, amigo es el que busca mi bien, no mis bienes. No ansía la ventaja de mis cosas, me quiere a mí mismo. Su actitud es desinteresada y la ayuda que me ofrece sobrepasa, en general, ese nivel primero de ventajas materiales.

A pesar de eso, es evidente que la auténtica amistad ha de expresarse como ayuda material. Más aún, yo te diría que sólo son amigos verdaderos los que tienden a ofrecerse y compartir los bienes dela tierra. Sinembargo, ese no es nunca el nivel definitivo. Lo que importa es, sobre todo, compartir proyectos y tareas más profundas: ideales y búsqueda, éxitos, fracasos, vida. Eso conduce ya al plano siguiente: los amigos dan y aceptan, comunican lo que tienen porque quieren construir una existencia compartida.

 

d) Vista en sí misma, la amistad acaba siendo convivencia. No basta colaborar en una tarea común, ni confiarse y ayudarse mutuamente en el camino. Amigos son, en realidad, quienes intentan construir un nuevo tipo de existencia unida o coexistencia. Recuerda la Asamblea de Puebla (1979). Allí se propusieron dos términos centrales como base de presencia de la iglesia entre los hombres: comunión y partici­pación. Ellos definen, a mi juicio, el valor de la amistad que estoy buscando.

Los amigos participan: asumen las tareas comunes y se ofrecen mutuamente lo que tienen; de esa forma surge en ellos una base de existencia que les une: recuerdos, afanes, bienes, valores. Partiendo de eso se edifica la comunión interpretada como encuentro de personas que comulgan las unas con las otras porque tienen una especie de base que les liga, porque emergen de una esencia, porque buscan la manera de ofrecerse compañía. Comulgan regalándose la vida: aquello que hacen, tienen, significan.

Lógicamente, al conseguir ese nivel de convivencia, cesa de algún modo el dar y recibir en cuanto tales. Lo que importa no es hacer, ni darse bienes, ni siquiera comunicarse secretos. Hay algo más hondo: el estar en unidad, el mantenerse en comunión de transparencia. La fe se ha transformado de esta forma en vida: sobre el trasfondo de las confidencias surge la coesencia, el descubrimiento y realización de la existencia en el encuentro.

En este momento se explicita lo que implica ser persona. Estaba cada uno cerrado en su combate, condenado a su inquietud, amarra­do a su vieja soledad. Pues bien, de pronto, descubrimos que la vida es diferente: van surgiendo entre nosotros lazos de verdad; sobre el cimiento de los intereses y valores comunes se hace posible un contacto libre de personas, una comunión sin más proyecto que el hacernos, realizando lo que somos en un campo de encuentro.

 

e) Al final de la amistad hay, un momento de esperanza. Comenzá­bamos unidos, partiendo de un trabajo, de una solidaridad, de una tarea. Pues bien, recorrido el camino de la amistad como confianza, comunicación y convivencia, es necesario que tornemos al principio. Sabes bien que estamos caminando: comprometidos en un proceso de creación, abiertos hacia un futuro misteriosamente nuevo, trascendente. Pues bien, ahora encontramos que el camino no lo hacemos solos, ni tampoco en masa. Lo hacemos como amigos, en el don y la confianza compartida. Es más, la misma amistad va suscitando ante nosotros un futuro, va engendrando vida, haciendo que vivamos de verdad como personas.

Platón decía que «amar es engendrar en la belleza». Yo traduciría: vivir en la amistad implica cultivar de tal manera el nivel de la confianza y convivencia que el camino de los hombres llegue a hacerse más perfecto: nace una existencia en libertad, en esperanza y gracia.

Estas son las notas que enmarcanla amistad. Paraenfocarlas de un modo más claro juzgo que resulta conveniente plantearnos todavía tres cuestiones: el sentido de la trascendencia, la implicación sexual, la extensión numérica.

Lo primero es el nivel de trascendencia. Varias veces he indicado que la unión entre personas sólo empieza a ser posible cuando al fondo de ellas brota algo más alto, la presencia de un «tercero» que las centre y unifique desde fuera. ¿Dónde esa ese bien común ante el que deben unirse los amigos? Para los griegos era la razón o la virtud, esto es, aquella exigencia de verdad en que la auténtica amistad ha de fundarse en referencia al ideal del hombre nuevo que se espera. ¿Y los cristianos? Para aquellos que creen en Jesús el fundamento y modelo de amistad es el amor de Cristo, la unidad del Hijo con el Padre. «Como yo os he amado, amaos mutuamente». Como están unidos Padre e Hijo en el misterio trinitario así estaréis unidos vosotros, los creyentes… Quien escucha estas palabras, quien atiende a la voz del evangelio sabe que la unión de los amigos constituye un milagro dela gracia. Buscamos la unidad, confianza y convivencia por motivos que desbordan los principios racionales: no buscamos una ley, ni obedece­mos a un mandato impuesto desde fuera. La amistad para nosotros constituye un regalo de la gracia: es la verdad de Dios que se ha ofrecido en Jesucristo, es el misterio original que se cimenta en lo divino y que nosotros asumimos, concretamos y creamos en un largo camino de esperanza.

Más complejo es el problema de la relación entre amistad i -sexo. Antiguamente parecía que sólo puede darse amistad entre varones. Las mujeres no podían elevarse hasta un nivel de encuentro libre y creador. Su vida se encontraba relegada a un plano de materia, sensibilidad, obediencia. Por otra parte, la amistad no sexual hombre­-mujer parecía inconcebible. Pues bien, a mi entender eso ha cambiado y debe cambiar más hondamente todavía. El florecimiento de la amistad sólo es posible allí donde el hombre accede a su libertad espiritual y se vuelve capaz de cultivar los planos de la vida en un encuentro en el que viene a transcenderse (no negarse) el nivel de los deseos. Ciertamente, un tipo de amistad así es más fácil en personas que son del mismo sexo. Sin embargo, resulta más fructuosa y positiva allí donde los sexos son distintos.

Me dirás, ¿para qué tanto problema? Si es que surge una amistad hombre-mujer ¿no es preferible que se integre la atracción sexual? En otras palabras, ¿no es mejor que se llegue al enamoramiento? Antes de responder es necesario distinguir, y distinguir con fuerza. Como he mostrado, tiene su valor la unión de enamorados. En ella se explicita, en ella encuentra su verdad definitiva la unidad del cosmos. Pero al lado de eso emerge, con valor que me parece también definitivo, la amistad de los amigos, como testimonio de un encuentro totalmente personalizado que transciende el nivel del sexo entendido como imposición. Por eso merece la pena una amistad hombre-mujer como distinta del enamoramiento aun cuando a veces resulte difícil conse­guirla.

Muchos piensan que la amistad es un peldaño inferior, una especie de amor más bajo, que en el caso hombre-mujer tiende hacia la plenitud del enamoramiento. Así ocurre algunas veces, pero no de una manera necesaria. Esto quiero repetirlo con toda mi energía. Soy consciente del embrujo de lo sexual, soy admirador del poder del enamoramiento, pero estoy igualmente seguro de que la amistad tiene un valor en cuanto tal, sin necesidad de convertirse en otra cosa. Eso significa que, recorriendo un trecho en común, los caminos del enamoramiento y la amistad acaban siendo diferentes. Par eso puede haber -y a mi juicio debe haber- una amistad intersexual que quiere realizarse como tal, que no se confunda con el enamoramiento, culminando en una fuerte unidad de confianza-convivencia un la que no se incluye el lenguaje de contacto de los sexos.

Este modelo de amistad que propongo, tal como se puede realizar entre personas del mismo y en casos especiales de distinto sexo, constituye a mi juicio uno de los retos mayores para el hombre del futuro. Apenas hemos salido del cascarón dela naturaleza. Casino sabemos lo que implica hacerse y ser humano. Nuestro amor se encuentra demasiado ligado a formas de vinculación sexual o a gestos de beneficencia afectivamente neutral. Pues bien, intuyo que se acerca un mundo nuevo de creatividad en el amor y de amistad abierta que apenas somos capaces de intuir. Evidentemente, siguen teniendo fuerza los viejos principios: está la atracción del sexo, la pasión de la vida, la tendencia al placer, el egoísmo. Quien no cuente con ello acaba engañándose a sí mismo. Pues bien, a pesar de eso, yo creo que es posible la amistad abierta, como encuentro interhumano libre de deseos de dominio, de egoísmo de placer, de soberbia dela vida. Evidentemente, ese ideal sólo tendrá sentido allí donde encontramos una intensa vivencia religiosa, allí donde se asume el caminar del hombre en forma de proceso abierto hacia una comunión interhuma­na no dominadora.

Había planteado, finalmente, la pregunta ¿entre cuántos puede darse la amistad? Algunos la reducen al encuentro clausurado y pleno de dos únicas personas: sólo entre ellas puede darse el nivel de confidencia, convivencia y esperanza en que se forjan los amigos. A mi juicio, esa respuesta es falsa. Ciertamente, existen amistades duales muy perfectas. Pero en su misma entraña, la amistad esconde un germen de apertura. El enamoramiento, si quiere hacerse pleno, cierra a dos personas entre sí. Sólo en un segundo momento las abre hacia el contexto de la sociedad o de los hijos. Un enamoramiento «a tres» resulta a mi entender absurdo, al menos ala larga. Enla amistad es diferente: puede darse la amistad a dos; pero ella misma implica desde dentro una apertura: tiende a comunicarse, a crear ámbitos más amplios de confianza y convivencia.

Esto es lo que emerge de la vida de Jesús, el Cristo. Para no caer en el riesgo de clausura dual, Jesús ha prescindido del amor enamorado, desplegando a manos llenas un gran gesto de amistad. «No os llamo siervos; vosotros sois mis amigos…» (Jn 15, 14 s). Así se ha dirigido a sus discípulos.

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