Pentecostés, la epifanía de Dioos

Nos acercamos a la fiesta de Pentecostés, la culminación de las fiestas cristianas, tiempo que podemos decir y decimos: Dios es Espíritu, él vive en nosotros, nosotros en él. En este contexto quiero ofrecer algunas reflexiones sobre el Espíritu Santo.

 

Ruah, aliento de Dios o Espíritu

 

Al decir que Dios es Espíritu, estamos diciendo que Dios no es un “ser cerrado en sí”, sino apertura, ser para los otros. A Dios le llamamos Espíritu porque es fuerza creadora, aliento en que las cosas y humanos se sustentan. Siendo reales, las cosas son en Dios. Teniendo autonomía, el humano existe únicamente desde el ámbito de Espíritu divino.

En otras palabras, el Espíritu es el espacio abierto del amor y realidad que Dios suscita en torno suyo, Dios mismo como fuerza expansiva y como trasfondo de vida de los humanos, como seno maternal y fecundante en que podemos llegar a la existencia verdadera. Por eso, el hombres nunca vive desde sí ni para sí; existe inmerso en el Espíritu divino y caminando hacia el futuro (el nuevo nacimiento) a que el Espíritu le abre.

Ciertamente, el ser humano tiene ruah, aliento y vida propios. Pero su aliento es vacilante, su vida siempre corta, amenazada por la muerte, deficiente. Por eso, el humano sólo es ruah de verdad, sólo existe de manera profunda, esperanzada y creadora si se deja penetrar y transformar por el Espíritu divino. Dios existe en la medida en que se expresa (se actualiza) como fuente de ser y realidad, en el  Espíritu. El ser humano existe (tiene realidad) en cuanto está fundamentado (protegido y potenciado) en el Espíritu.

 

El Espíritu no es esencia cerrada, sino acción

 

La Escritura de Israel no se ocupa de la “naturaleza” divina en sí. Para el Antiguo Testamento, el Espíritu es Dios en cuanto actúa de manera eficaz sobre los seres, de manera que ruah es, una noción teológica; la noción del encuentro entre Dios y las criaturas, la dependencia indigente del humano y la omnipotencia bienhechora de Dios, la experiencia y fuerza de la gracia.

 

La ruah  no es una entidad ni divina ni humana, sino un modo de ser y un modo de existir. ¿Se podría definir utilizando el término participación? Ese término nos parece equívoco, pues deja suponer un parentesco de esencia… Por eso preferimos el término dependencia relacional (o, mejor dicho, relación entitativa) … (D. Lys, Rûach: le Souffle dans l´AT, PUG, Paris 1962, 557-358).

 

Esta dependencia  relacional que constituye el contenido del Espíritu en el Antiguo Testamento  tiene dos vertientes. (a) Desde Dios, el Espíritu es la abertura libre y creadora por medio de la cual ha hecho surgir al humano con quien puede dialogar en forma personal. (2) Desde el ser humano, el Espíritu  es la acogida, hallarse sostenido en ese campo fecundante del amor divino y abierto hacia el  encuentro con Dios y hacia la propia  plenitud humana. Precisamos estos rasgos:

 

Ruah es la acción (o la presencia) de Dios que vítaliza el ser del mundo y de una forma peculiar la historia del hacerse de los humanos. No es propiedad ontológica del ser de lo divino a se (existente por sí mismo), sino expansión de amor con que ese Dios que actúa sin cesar haciendo que la vida nazca y que los humanos lleguen a alcanzar la salvación.

 

–  Ruah es la misma hondura de vida de los humanos en el mundo. Ella sustenta el cosmos y la historia, pero se explicita en nosotros de forma vacilante, limitada, siempre débil. Ciertamente, la existencia de los humanos tiene en Dios su fundamento. Sin embargo, en las actuales condiciones de la historia es como un soplo que se pierde, una llamita que dejada en soledad viene a apagarse.

 

Ruah es fuerza de esperanza, de manera que desborda las actuales condiciones dela vida. Nos hallamos en Dios y  abiertos al futuro; nuestra  verdadera realidad no se apoya en las propiedades que tenemos (aquello que ahora somos) sino, más bien, en el misterio  vitalizante del Espíritu divino.

 

El Espíritu, un futuro. La esperanza del hombre

 

El verdadero ser del humano no ha nacido todavía, está escondido en esperanza. El humano es como un germen que se está gestando y puede (debe) nacer en plenitud. Sabemos, ciertamente, que Dios es como padre: dirige el mundo en su palabra y traza leyes de vida para los humanos. Pero, al mismo tiempo, Dios recibe y ofrece aspectos maternales, sobre todo allí donde le vemos como Espíritu de vida y fuente de realidad para los humanos. Ciertamente,  la aportación religiosa fundamental del pueblo israelita no ha estado en aplicar a Dios los símbolos del padre y/o de la madre sino en descubrirle como trascendente. Pero, al mismo tiempo, ese Dios trascendente se hace fuerza y principio de futuro, se hace maternidad a través de la profecía.

Este concepto de Dios traduce la experiencia original de una trascendencia que se  expresa para los humanos como fuente de vida. Así lo han puesto de relieve los profetas de Israel, así lo ha recogido la iglesia cristiana al afirmar que el Espíritu habló por los profetas. Hablar significa aquí abrirse, abriendo un campo de futuro. Hablar significa comunicarse, en palabra que se vuelve principio de existencia para los humanos:

 

        El Espíritu profético es aquel poder de Dios que abre a los hombres hacia el futuro de su plena realización, en la justicia y plenitud humana. Por eso, el mismo Dios del Antiguo Testamento  recibe rasgos de Espíritu, dentro de esto que llamamos su primera epifanía. Conforme a la visión israelita, el Espíritu actúa en los humanos como fuerza de vida y esperanza, dirigiendo su vida hacia el surgimiento del mesías (hacia la nueva humanidad, el humano pleno). El surgimiento de esa nueva humanidad (del Cristo) es obra de Dios y humanos. Es la obra del Espíritu de Dios que se ha autoexpresado en Jesús totalmente, expresándose así fuera de sí mismo (sin perderse). Es la obra de la humanidad  que alcanza en Jesús aquella plenitud hacia la que estaba dirigida. Por eso afirmamos que esta primera epifanía (todo el AT) culmina allí donde Jesús ha nacido del Espíritu por medio de María.

 

El Espíritu, una maternidad. No hemos nacido del todo todavía

 

  El Espíritu acaba apareciendo así como signo de la maternidad escatológica de Dios. Conforme a una imagen judía, popularizada en clave cristiana por Ap 12, podemos presentar al Dios de Israel como mujer en dolores de parto; es mujer fecundada por el Espíritu de Dios, llena de la palabra, enriquecida por la profecía. Es mujer de la esperanza que puede dar a luz, haciendo así que nazca el “hijo” de Dios, la nueva humanidad vencedora del mal (de la serpiente), ya reconciliada.  Para muchos cristianos, esta imagen de la mujer profética, llena de la palabra, fecundada por el Espíritu, que alumbra al Hijo de Dios, se ha expresado simbólicamente en ya María;  en ella se concreta y visibiliza, se vincula y alcanza su plenitud,  la maternidad del Dios del AT y de  la humanidad que busca plenitud.  De esa común maternidad de Dios y los humanos ha nacido Jesús, el Hijo de Dios Padre. Hasta entonces el Espíritu podía actuar sólo en parte y realizar su acción sin expresar su realidad del todo. Ahora ha actuado de forma definitiva, haciendo surgir la totalidad de Dios en medio de los humanos.

Utilizando un lenguaje dogmático posterior (propia de las iglesias cristianas), podemos decir que este Pentecostés del Antiguo Testamento  va del Padre al Hijo (Jesús) por medio del Espíritu y  se expresa o culmina de una forma paradigmática en el descenso del Espíritu sobre Israel (María), para el nacimiento del Hijo de Dios. En este contexto y dentro del nivel de simbolismo en el que estamos situados, resulta coherente que algunos textos (que la iglesia ha dejado al margen de su Escritura canónica) afirmen que Jesús es Hijo del Espíritu, como dice el Evangelio a los Hebreos (K. Aland, Synopsis  quattuor evangeriorum, Stuttgart 1965, 27.  Cf.  E. Hennecke, NT Apocrypha I, London 1963, 163-164).

 

 

Dios no es solamente el Padre original y trascendente que está lejos de los humanos y les manda cumplir sus mandamientos, sino que es (se expresa) como fuente de Espíritu, principio fundante de vida para los humanos. Si Dios fuera simplemente un Padre de ese tipo (alejado, legal) no podría hablarse de salvación. Dios y el ser humano se hallarían separados para siempre. Si, al contrario, no fuera más que el ámbito materno del Espíritu no habría distinción fundamental entre humano y lo divino, habría un panteísmo. Nuestra experiencia nos conduce a precisar los dos momentos: sin dejar de ser el Padre trascendente, Dios es campo maternal en que se hace (surge) nuestra vida.

 

 Jesús procede de Dios como efecto del Espíritu: nace de la obra, presencia fecundante de la ruah de Yahvé en la historia; al mismo tiempo le llamamos Hijo, la expresión del Padre que, siendo trascendente, se ha expresado (se autoaliena) de manera total en Jesús de Galilea. Así presentaremos al Espíritu como fuente y seno de vida de Dios que se expresa originando al Hijo. En esta misma  perspectiva algunos textos cristológicos centrales, como los que pres entan el bautismo de Jesús y su resurrección (cf. Rom 1, 3-4) como obra del Espíritu.

 

Así culmina la primera epifanía, allí donde pasamos del habló por los profetas el se encarnó por obra del Espíritu santo. El Espíritu de Dios realiza su obra por la encarnación: allí donde el humano se expresa plenamente como humano, en apertura a Dios, en diálogo con todos humanos, descubrimos la presencia del espíritu.

 

 

  Encarnación de Dios, unción del Espíritu Santo

 

El Espíritu se hallaba antes vinculado al profetismo, al camino de búsqueda humana, a la maternidad mesiánica. Ahora, nacido Jesús, el Espíritu se expresa totalmente por su vida, de tal modo que en ella y por ella actúa Dios. Así se puede hablar de un misterio (revelación de Dios) y dos misterios: encarnación personal, efusión pneumatológica:

 

 Hay una encarnación personal de Dios en Jesús. El Logos o palabra de Dios, a quien llamamos Hijo eterno, se identifica con el mismo Jesús de Nazaret. Él es revelación de Dios,  es el humano plenamente realizado. Sin esta encarnación personal carece de sentido todo lo que sigue. De ahora y para siempre, el Espíritu de Dios es espíritu de encarnación dentro de la historia humana.

 

Hay una “unción” o efusión del Espíritu de Dios por medio de Jesús.  Si sólo hubiera encarnación, la iglesia no sería más que una expansión del Cristo individual y los cristianos un momento de su “cuerpo”, de manera que ellos acabarían perdiendo su identidad e independencia. Pues bien, en contra de eso, la encarnación (Jesús es el Hijo de Dios) va unida a la efusión del Espíritu, expresado por medio de su vida y de sus obras, como fuente de libertad y principio de comunión. Así decimos que el Espíritu “ungido” a Jesús para hacerle liberador de los humanos, para expresarse de esa forma a través de sus acciones (H. Mühlen).

 

Por eso llamamos a Jesús el Mesías del Espíritu, Mesías de la acción liberadora y del programa de comunión abierto para todos los humanos. En el centro de la experiencia cristiana y de la teología se sitúa así el misterio de las relaciones entre Jesús como Cristo individual (como humano concreto que es Hijo de Dios) y Cristo comunitario, ungido por el Espíritu para crear libertad y comunión abierta a todos los humanos.

De esa forma se vinculan desde el principio el aspecto personal-individual de Jesús, que es un humano concreto, y su aspecto personal-comunitario,  abierto por el Espíritu a todos los humanos. En el primer caso podemos hablar de encarnación, por utilizar una terminología ordinaria de la iglesia. En el segundo caso podemos hablar de efusión o expansión del Cristo, por medio del Espíritu, ofreciendo comunión a todos los humanos.

 

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