Un problema de Poder. Primado e infalibilidad del Papa

Las revelaciones del Cuervo están poniendo en entredicho el sistema de poder del Papa, con su primado y su infalibilidad. No el “poder salvador” de Cristo y de su Iglesia, ni la función radical del Obispo de Roma, como signo y mediador de unidad cristiana, sino la forma de administrar ese poder desde el Vaticano. Con esa ocasión he querido recoger algunas reflexiones sobre el poder del Papa, tomadas de mi libro sobre HISTORIA Y FUTURO DE LOS PAPAS, Trotta, Madrid 2005

1. Primado del Papa, el poder cristiano[1] 

El capítulo anterior ha presentado (y criticado) algunos aspectos más polémicos de la potestad papal, sobre todo por sus vinculaciones con el poder político y la imposición religiosa; pero, una vez que ha perdido (¡ha de perder!) todo autoridad política, el Papa puede mostrarse como  autoridad y presencia cristiana, a partir precisamente de los pobres y expulsados del sistema: tiene que abandonar los trece poderes ya indicados (cf. final del cap. 2º), para actuar según el evangelio, en la línea de las «cosas de Dios», sin acudir a medios de imposición social o ideológica. Desde ese fondo he querido leer el Vaticano I, no en su letra externa, sino en su melodía de evangelio. Mi propuesta puede resultar chocante para algunos tradicionalistas (¡el Concilio decía otras cosas!) y  renovadores (¡no merece la pena volver al Vaticano I!). Pero pienso que ella responde al mensaje y vida de Jesús, como veremos:

 

Si alguno dijere que el Romano Pontífice tiene sólo deber de inspección y dirección, pero no plena y suprema potestad de jurisdicción sobre la iglesia universal, no sólo en las materias que pertenecen a la fe y costumbres, sino también en las de régimen y disciplina de la Iglesia difundida por todo el orbe, o que tiene la parte principal, pero no toda la plenitud de esta suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e inmediata, tanto sobre todas y cada una de las iglesias, como sobre todos y cada uno de los pastores y de los fieles, sea anatema (Denz-H., 3064).

 

El texto define la autoridad del Papa, a quien reconoce «plena y supremo potestad de jurisdicción», un poder ordinario e inmediato sobre toda la iglesia (potestas ordinaria et immediata in tota Ecclesia). Esa visión de la potestad del Papa había sido utilizada desde la reforma gregoriana del siglo XI, en especial por Inocencio III y Bonifacio VIII, pero en aquel tiempo se tendía a pensar que se trataba de una potestad política (sobre la sociedad civil), mientras que ahora sabemos que sólo se ejerce in universam Ecclesiam, en la iglesia en cuanto comunidad cristiana, según el evangelio.

Tomadas en sentido externo, esas palabras (potestad y jurisdicción) provienen de una  >> de práctica jurídico/política fundada en el imperio romano y el feudalismo germano, que parece contraria al evangelio. Partiendo de eso, y sabiendo además que el camino imperial de la iglesia ha terminado y que los papas (y otros jerarcas) carecen de autoridad feudal (y social, en el sentido político), debemos añadir que las palabras del Vaticano I han de interpretarse ya desde el mensaje y vida de Jesús, desde  su opción por los pobres, a favor del Reino.

Eso significa que la jurisdicción y potestad del Papa debe entenderse y ejercerse desde la autoridad y misión del evangelio (cf. Mt 28, 16-20). Por eso, cuando se afirma que posee la plena y suprema potestad de jurisdicción sobre la iglesia universal, se está diciendo que no tiene poder ninguno en línea de jerarquía ontológica, sacerdocio judío, política romana o autoridad feudal. Conforme al mensaje de Jesús, siendo cristiano, el Papa sólo tiene poder para entregarse gratuitamente, con los pobres y expulsados del mundo, al servicio del reino (cf.  Jn 10, 18): no puede mandar como los ricos, sacerdotes y soldados (con medios coactivos), pues el evangelio sólo le ha dado el poder de la gracia al servicio de los pobres (igual que a otros cristianos).

El texto del Concilio no dice que el Papa tenga potestad sobre (super) sino dentro (in) de la iglesia, apareciendo así como representante de una comunidad que renuncia a todo poder y violencia. Eso significa que, estrictamente hablando, no tiene más potestad que otros cristianos, pues a todos ha dirigido Jesús las palabras esenciales sobre el poder mesiánico (cf. Mc 9, 33-37 y 10, 35-45 par). Ni la iglesia ni el Papa pueden tener autoridad o poder de salvación contra el evangelio, fuera de la gracia que se expresa en el servicio a los pobres. En esa línea, cuando el texto dice que tiene autoridad plena y suprema está afirmando que puede llegar hasta el límite en su gesto eclesial de servir a todos, sin imponerse sobre nadie, siendo así portavoz y ejemplo de los pobres. Sólo dejando el lenguaje canónico (de la reforma gregoriana del siglo XI) y volviendo al evangelio se entienden de manera cristiana las proposiciones del Vaticano I.

El poder de la iglesia, representado por el Papa, se funda en la palabra de Dios, de manera que es poder de amor, para ofrecer y compartir fraternidad, en la línea de Mt 28, 16-20, sin privilegio, imposición o ventaja que sería contraria al evangelio. Éste es el «derecho» del Papa, ésta su autoridad: ser signo de entrega de la vida y comunión fraterna, vinculando de esa forma a los hermanos, no a través de un poder más alto (del que otros carecen), sino de la renuncia a todo poder. Un Papa que pretendiera tener más potestad que los “simples” creyentes, un Papa que quisiera situarse por encima de los pobres (y no a su servicio) dejaría de ser cristiano[2].

Muchos «padres» del Vaticano I no podían sospechar las implicaciones de su propuesta, pues seguían ligados al modelo constantiniano. Sólo ahora, pasados varios lustros, al comienzo de una nueva etapa católica, podemos interpretar sus palabras en sentido cristiano. Ciertamente, el Concilio declaró que la autoridad papal no depende de la aprobación anterior o posterior de los concilios, sino del mismo Jesús (Denz-H., num. 3063). Esta afirmación, que parece contraria a la visión sinodal de las iglesias de oriente y de algunas propuestas del concilio de Constanza, es  ambigua, porque Papa y Concilio no pueden oponerse, pues de hacerlo hicieran perderían su raíz cristiana. Pero, al mismo tiempo, ella resulta esencial, porque destaca la autoridad de la gracia, frente a la  posible imposición de unos pocos, que serían más dignos (conciliarismo), o del conjunto del pueblo (más fuerte). La iglesia no es olig-arquía (mandato de algunos mejores), ni demo-cracia (poder o imposición de una mayoría), pues su autoridad no proviene de una «arjé» (primado: cf. Mc 10, 42) o de un «kratos» (poder), sino que es siempre y directamente «gracia», tanto en el Papa como en el Concilio, una gracia que se encuentra vinculada por principio a todos los pobres y creyentes. Por eso debemos añadir que ella no es tampoco mon-arquía (mando de uno solo)[3].

De esa forma, en contra de una lectura literalista del Vaticano I, podemos afirmar que la autoridad de la Iglesia (Papa, concilios y pueblo cristiano) es «plena, suprema, inmediata», siempre que sea cristiana, es decir, que renuncie a toda superioridad e imposición, mando y jer-arquía (sea en línea de mon-arquía o de olig-arquía), porque es la autoridad de los pobres, a quienes pertenece el evangelio, es decir, el futuro de la vida; es la «potestad de la pobreza», es la unidad de los excluidos y rechazados, a los que Cristo ha llamado, porque son hijos de Dios para formar una familia donde todos son hermanos, hermanas y madres, sin que haya un padre humano (patriarcalista) por por arriba (Mc 3, 31-35; Mt 23, 9). Si un Papa pretendiera ser más que el resto de los fieles no sería cristiano. Muchos afirman actualmente que Cristo es Hijo de Dios, pero de tal forma que todos los somos con él, pues él no ha reservado nada para sí. De manera concordante, podemos añadir que el Papa tiene «potestad plena, suprema e inmediata» siempre que la comparta con todos los hombres, dentro de la iglesia, en una historia de gracia donde el supremo poder pertenece a los pobres y a aquellos que les sirven. Si alguien atribuyera al Papa un poder que no puede atribuirse a los restantes cristianos (a los hombres), empezando por los pobres, le haría mayor que Cristo, impidiéndole ser cristiano[4].

2. Vaticano I. El Papa es infalible[5]. 

La infalibilidad, que para muchos constituye la piedra de tropiezo del papado, está implícita en la declaración anterior. Parece un dogma extraño, a contrapelo de la modernidad, que había levantando un monumento a la «razón», convirtiéndola en fuente infalible de verdad, como supone el programa de las ideas claras y distintas de Descartes. Pues bien, en ese contexto, como oponiéndose a un tipo de Ilustración, que puede volverse impositiva, después de haber afirmado que la razón «natural» está abierta a Dios, el Concilio ha añadido que sólo el Papa (=la Iglesia), escuchando a Cristo y amando gratuitamente a los pobres, puede ser y es infalible:

 

El Romano Pontífice, cuando habla ex cátedra –esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal–, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia (Denz-H., 3074).

 

La declaración conciliar quiere hacer posible la verdad, encontrando un punto de apoyo que nos permita descubrir aquello en que podemos confiar y alejarnos de aquello que nos puede destruir. Esa pasión por la verdad estaba presente en Descartes (que apeló a las ideas claras y distintas) y en Kant (que busco el imperativo de la voluntad universal). Ambos tenían sus argumentos, pero los obispos del Vaticano I buscaban otra base para la verdad definitiva, más allá de los límites y riesgos dela pura Ilustración (que, siendo muy positiva, puede convertirse en principio impositivo, como han mostrado las barbaries del siglo XX: nazismo, estalinismo, capitalismo), y así apelaron a la infalibilidad de Jesús, es decir, del evangelio, no para oponerse a la razón (que ellos defendían), sino para fundar la verdad racional sobrela gracia. Por eso, definieron al mismo tiempo dos «dogmas» o principios, que se encuentran implicados:

 

1. Conocimiento racional. Situándose en la línea de Descartes y Kant, los obispos del Vaticano I afirmaron que el hombre está abierto por su misma realidad hacia la Vida originaria, que le fundamenta y sobrepasa: «Si alguno dijere que el Dios vivo y verdadero, creador y señor nuestro, no puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana, por medio de las cosas que han sido hechas, sea anatema» (Denz.-H. 3026). Eso significa que el hombre puede dirigirse a la verdad y acogerla por «la luz natural de la razón» (Ibid. 3004). Los obispos defienden así la Ilustración, como camino de búsqueda humana, y suponen que el evangelio no es irracional, ni puede imponerse de manera fundamentalista sobre creyentes antiguos o modernos. Ninguno de los ilustrados había logrado decir más que el Vaticano I: hombres y mujeres son capaces de conocer la realidad, conociendo incluso lo divino. Eso significa que el cristiano puede y debe  dialogar con la cultura y que la iglesia acepta el proceso de racionalidad, a pesar de los riesgos que ha implicado en occidente, con la búsqueda filosófica y científica dela modernidad. En otras palabras, el hombre es capaz de Dios, capaz de trascenderse (capaz de buscar racionalmente la verdad).

2. Infalibilidad cristiana. El Vaticano I añade que la búsqueda anterior (racional) de la verdad se encuentra fundada (y abierta) por una experiencia de fe, es decir, por el don de Dios que se revela porque él quiere, libremente. En este plano, desde una perspectiva cristiana, el Concilio afirma que, al acoger y expresar el don de Dios (la gracia de su revelación), el Papa es infalible, en materia de fe y costumbres (de fe y vida), cuando habla «ex cathedra», es decir, en nombre de la iglesia y de la humanidad, en línea de gracia, esto es, de evangelio. Este dogma puede resultar y resulta escandaloso si se entiende de un modo literal o se relaciona con pequeñas declaraciones que el mismo papado ha venido ofreciendo en los últimos tres siglos, sobre temas de política o cultura, de ciencia o vida social. Pero, tomado en sentido profundo, este es un dogma esencial, porque permite que los cristianos sean conscientes de la firmeza que tiene conocimiento por fe, es decir, su experiencia religiosa compartida, en forma de comunión de gratuidad, desde el evangelio[6].

 

Ambos «dogmas» (conocimiento racional e infalibilidad creyente) son inseparables y, lo mismo que la potestad cristiana, ellos se aplican a todos los hombres, quienes aparecen así como capaces de buscar por razón la verdad y de escuchar o acoger por fe la vida «infalible» de la revelación de Dios. En esa línea, el segundo dogma dice que sólo es infalible Cristo o, mejor dicho, una vida como la de Cristo, en amor abierto al conjunto de la iglesia (de la humanidad), partiendo de los pobres. El lugar donde se expresa y cultiva esa infalibilidad es la comunión de los seguidores del evangelio, representados de un modo especial, no exclusivo, por el  Papa, cuando asume, según Cristo, la vida del conjunto de la Iglesia, al servicio de los pobres. Así se vinculan ambas líneas: la  búsqueda de la verdad (la apertura divina del hombre) y la afirmación de que sólo es infalible (en sentido cristiano) la comunidad de los fieles, precisamente allí donde ellos renuncian a todo poder y a toda verdad impositiva, buscando el bien de los demás.

Esas dos declaraciones resultan esenciales para que sigamos manteniendo el camino de Jesús y seamos cristianos. No son exclusivistas, no se apliquen sólo al Papa (¡él sería infalible, mientras todos los demás son falibles!), ni a la iglesia católica tomada de un modo cerrado (¡sólo ella sería verdadera, las demás son falsas!), sino que expresan un convencimiento humano, de tipo racional (podemos conocer la verdad), y una experiencia de fe gratuita, según la cual sólo  conocemos la Verdad de Dios en la medida en que, renunciando a imponerla de un modo dictatorial (por encima de los otros), afirmamos que ella se expresa como amor gratuito, allí donde acogemos el don de la vida, con Cristo, amando a los más pobres.

Según eso, la Iglesia católica es infalible en la medida en que renuncia a serlo de un modo impositivo, dejando de situarse por encima de otras confesiones cristianas o de otras religiones y, sobre todo, por encima de los pobres. Ella es infalible en la medida en que recibe el don de amor de Dios y lo comparte en actitud dialogal (Hech 15, 28), en gesto de servicio a los pobres, sin condenar a nadie, pero rechazando toda imposición violenta, toda superioridad racionalista, legalista o política. Sólo es infalible si mantiene la experiencia y mensaje de Jesús: si evangeliza a los pobres y ofrece esperanza a los excluidos del sistema, en gratuidad, no por fuerza.

Quien quisiera ser infalible en clave de poder se equivocaría siempre. Quien pretendiera «yo soy infalible, tú no lo eres» sería un soberbio y no cristiano. Quien dijera «mi iglesia es infalible, las  demás falibles» sería un dictador o un enfermo. En contra de eso, la infalibilidad del Papa (de cada uno de los cristianos y los hombres que se mantienen en gesto de escucha y comunicación amorosa) sólo puede entenderse en perspectiva de pobreza agradecida, allí donde los hombres y mujeres se descubren amados por Dios y descubren que pueden responder amando (amándose entre sí, al servicio de la vida), en un diálogo en que pueden ponerse de acuerdo porque el mismo Dios Padre lo anima y fundamenta (cf. Mt 18, 19). Este es el poder de la impotencia y la razón de una gracia que está por encima de toda las razones: la verdad de la luz amorosa, que el evangelio ha expresado de forma lapidaria: «Gracias te doy Padre… porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños…» (Mt 11, 25-27). Esta es la infalibilidad de la pobreza y de la pequeñez del hombre, abierto al don del Padre, la infalibilidad del Dios de Jesús que ha creado a los hombres para la vida y que no puede permitir que se destruyan para siempre.

Siguiendo en esa línea podemos añadir que sólo quien renuncia a tener razón y a dominar sobre los otros a través de sus razones «superiores» puede en verdad ayudarles. De esta forma descubrimos que hay algo más poderoso que el poder: el amor creador. Hay algo más verdadero que la razón demostradora: la verdad de la gracia, que puede expresarse en una iglesia concreta donde los cristianos (y de un modo concreto su Papa) renuncian a mantener su razón particular e impositiva, para buscar con los demás el reino de Dios. Leídas así, las dos definiciones (la capacidad racional de conocer a Dios y la infalibilidad) nos sitúan ante la gran paradoja cristiana:

 

1. En sentido estrecho, el papado ha sido poco racional y muy falible. El Vaticano I decía confiar en la razón, pero hay pocas instituciones importantes que se hayan opuesto a la razón más que el papado, en su magisterio normal, en línea de política y cultura, en los últimos siglos (del 1600 al 2000). Casi hasta mediados del siglo XX, los Papas han rechazado la libertad religiosa, se han opuesto a la democracia, han condenado el liberalismo y el progreso, han negado los derechos humanos, han criticado la autonomía de la prensa etc. etc. Además, el Papado promovió en otro tiempo las guerras de religión, instituyó inquisiciones, quiso convertir a los «infieles» con la ayuda de la espada de los «reinos católicos» (España y Portugal), persiguió a los herejes… En esa línea, siempre que ha tomado la verdad como objeto de posesión y de poder sagrado, ha sido muy falible en temas concretos de fe y costumbres[7].

2. Como representante del evangelio de la gratuidad, el Papa ha sido racional e infalible. Ha sido racional pues ha valorado y promocionado la tarea de la razón, es decir, de la humanidad en cuanto abierta a la Razón de Dios. Ha sido y puede ser también infalible porque, a través de caminos tanteantes y equivocaciones (tal como hemos visto), la iglesia papal ha venido expresando y concretando a lo largo de la historia el proyecto de Jesús, es decir, la llamada del Reino. Entendida así, la infalibilidad del Papa se identifica con la infalibilidad de la Iglesia (católica, protestante, ortodoxa…) y de toda la humanidad y en ese sentido ratifica un elemento esencial del evangelio, pues mantiene su esperanza y ofrece la garantía del sentido de la vida humana. Sólo podemos ser cristianos si creemos, de un modo concreto, que la verdad de Dios se va expresando, a pesar de que la historia parece tortuosa y desalmada, suscitando caminos de esperanza y diálogo, abierto a todos los hombres, a través de la comunión concreta de unos seguidores de Jesús, que se descubren vinculados a los crucificados y expulsados de la historia (a los que no pueden imponer su verdad)[8].

 

La declaración del Vaticano I sostiene que el Papa tiene la misma infalibilidad de la iglesia, es decir, la de todos los cristianos (y en el fondo la de todos los hombres). En esa línea añadimos que la Iglesia infalible e indefectible (que en el fondo es lo mismo) no es la del poder, simbolizada en grandes edificios o proyectos elitistas, ni la que se expresa en una Curia bien centralizada en Roma, con organismos administrativos y jurídicos eficientes, sino aquella que renuncia a todo poder y a toda verdad propia, para vivir y anunciar el don y fraternidad de Jesús, sin necesidad de instituciones impositivas, cajas fuertes, organizaciones decisorias (casi siempre dictatoriales), ni grandes documentos. Esta iglesia no es infalible por encima (o en contra) de otras iglesias o religiones, sino con ellas, en gesto radical de pobreza (renuncia a todo poder), de gratuidad (renuncia a toda imposición), en diálogo de amor, desde los más pobres, que son en el fondo los únicos infalibles, porque les ama Dios en Cristo y porque les sostiene el Dios que es infalible en su elección y en su llamada, en el despliegue de su gracia creadora.

La infalibilidad de la iglesia es el amor gratuito, es decir, el poder del no-poder y la verdad del no-juicio. Eso significa que el Papa tiene la suprema potestad allí donde supera o abandona toda potestad. De esa forma puede definir la verdad infalible en la medida en que renuncia a cualquier infalibilidad propia que vendría a situarle, de forma impositiva, por encima de los otros. El Papa no puede equivocarse, según el evangelio, porque los pobres que acogen el amor de Dios y responden con amor no se equivocan (porque el Dios infalible les ama). De esa forma puede expresar la comunión de esperanza y palabra compartida que se encuentra vinculada a la experiencia pascual de Jesús, tal como aparece en las bienaventuranzas y en la entrega a favor de los demás. Tiene la infalibilidad de la iglesia, es decir, de los pobres e impotentes, que de esa forma quedan en manos del poder y la verdad de Dios. Tiene la infalibilidad del amor que siempre permanece y nunca cesa, mientras acabarán las profecías, cesarán las lenguas y terminará el conocimiento de aquellos que se piensan sabios en el mundo (cf. 1 Cor 13, 8).

Sólo esa iglesia, que se identifica con los crucificados de la historia, buscando desde la periferia del poder del mundo el futuro de la humanidad, en amor concreto y entrega a los pobres, puede ser y es infalible. No lo es porque sabe más en plano de ciencia, ni porque puede más en línea de organización o autoridad dominadora, sino porque quiere transmitir el mensaje del reino a los pobres (¡ellos son los infalibles!) y porque quiere mantenerse en diálogo de amor concreto, a través de un gesto de perdón y no-juicio que lleva en sí la garantía de la vida perdurable, por pura gracia, sin imponer a nadie su imperio o su certeza.

Esta declaración de infalibilidad, que el Vaticano I ha centrado en el Papa, como signo de una iglesia que promueve el evangelio de los pobres, ha de entenderse como expresión gozosa de vida y esperanza, que se vincula al mensaje del Reino y a las bienaventuranzas. Ella nos dice que, siguiendo a Jesús, la humanidad no marcha a la deriva, sin conocer de dónde viene ni hacia dónde se dirige, sino que forma parte de un camino abierto por Dios hacia el futuro de Cristo, de manera que ella, la humanidad en la que habita Cristo, en medio de sus múltiples equivocaciones, no puede equivocarse. Ese es el lugar donde se expresa la profundidad de las riquezas, de la sabiduría y del conocimiento de Dios, por encima de las mismas infidelidades de la historia (cf. Rom 11, 33), porque la Palabra, es decir, la presencia creadora de Dios permanece para siempre. «Cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mc 13, 31):

 

1. La infalibilidad pertenece a la iglesia de Dios, de manera que ella ha de entenderse, antes que nada, como una afirmación sobre el Dios que es infalible amando a los hombres. Un Papa que hablara por si mismo y no en nombre de los pobres, llamados por Jesús al Reino (como si él tuviera la Palabra y los demás no la tuvieran), un Papa que organizara las cosas desde arriba e impusiera su dictadura espiritual sobre los creyentes, no sería infalible según Cristo sino todo lo contrario, un hombre no sólo falible sino equivocado, opuesto al evangelio, opresor de otros hombres. Por eso, el Vaticano I afirma que el Papa tiene la misma infalibilidad de la iglesia universal (católica-protestante-ortodoxa), conforme a la verdad del evangelio, al servicio de los pobres y de la palabra compartida, en diálogo de libertad (de mesa común), como ha formulado Hech 15, 28, para garantizar la salvación de los gentiles, antes expulsados de la gracia mesiánica: «Nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros». Entendida así, la infalibilidad no es más que la expresión de la presencia del Espíritu de Dios (de Cristo) en la experiencia de amor y en la esperanza de los pobres.

2. Esta es la infalibilidad de los pobres. No es la verdad de un individuo separado que enseña desde arriba a los demás (porque tiene más conocimiento), sino la de todos los que aceptan el don de la vida, sean o no seguidores explícitos del Cristo, siempre que sean solidarios con los crucificados y expulsados del sistema. Precisamente ellos, los marginados de la humanidad (de los que habla Mt 25, 31-46), cristianos o paganos, hacen la iglesia infalible. Sólo allí donde regalan la vida y la comparten con los pobres, los hombres y mujeres son de verdad infalibles. Sólo porque los pobres son portadores de «verdad y futuro» podemos hablar de una infalibilidad de la iglesia, que no se expresa en unas proposiciones declaradas por la fuerza, en unos dogmas ya fijados de manera intemporal, sino en el valor definitivo del mensaje de Jesús, es decir, en el sentido de la obra creadora de Dios. Es la infalibilidad de los crucificados de la historia, no la de unos poderes o instituciones que pudieran elevarse sobre los demás, como si unos pocos sabios (de tipo platónico) o un Papa más dotado conociera cosas que otros ignoramos.

3. Esta es la infalibilidad de la vida compartida, es decir, de la iglesia católica, no la de unas proposiciones racionalistas, que podrían separarse de la vida de los hombres y mujeres concretos de la historia humana. Es la infalibilidad de camino mesiánico, tal como Jesús lo ha expresado, haciendo posible que unos hombres y mujeres (unidos a los pobres y expulsados) puedan vivir con la certeza de que están abiertos al Reino de Dios. Unas proposiciones que pretendan ser verdaderas para siempre (sin cambio alguno), separadas de una comunidad que las comparte y proclama acaban siendo siempre falsas. Sólo en este contexto recibe su sentido la palabra ex cathedra, que alude al hecho de que el Papa no habla como un simple particular, sino en nombre de la iglesia «católica», desde un espacio de encuentro que se abre a todos los creyentes, en la cátedra o silla del diálogo universal cristiano, al servicio del anuncio del evangelio. Jesús fue infalible en su entrega por el reino. Así pueden ser y son infalibles los creyentes, en unión con expulsados y enfermos, a quienes proclaman la buena noticia, conforme al mensaje de Jesús: «Bienaventurados vosotros, los pobres (cristianos o no) porque es vuestro el reino de los cielos».

4. Esta es una infalibilidad dentro la falibilidad de la historia. Una verdad humana que quisiera situarse fuera del camino de la historia no sería nunca verdadera[9]. La infalibilidad de Jesús y de los suyos no puede situarse más allá del tiempo, sino en el mismo proceso de un tiempo hecho de entrega a favor de los demás. Si alguien pretende tener la verdad para siempre, por encima de los otros, separándose así de su historia de sufrimiento y esperanza se convierte en dictador y mentiroso. Sólo puede ofrecer la verdad de Jesús quien asume el riesgo de la vida, la posibilidad de equivocarse, en un camino donde no existe más dogma que la gracia, ni más «costumbre cristiana» que la entrega de la vida a favor de los otros, desde la esperanza del Reino de Dios. En ese sentido, sólo puede ser infalible una iglesia que acepta su radical falibilidad, siempre que se abra a la esperanza, desde los pobres y expulsados del sistema. No estará de más recordar que una visión inmovilista y doctrinaria de la infalibilidad no podría aplicarse a varias afirmaciones de Jesús (sobre la llegada inminente del Reino) que, en su sentido externo, no se cumplieron. Jesús fue infalible en el don del amor y en la entrega de la vida, pero insertándose dentro de la falibilidad de la historia. En esa misma línea decimos que es infalible la iglesia[10].


[1] Cf. G. Alberigo, Historia de los concilios ecuménicos, Sígueme, Salamanca 1993; A. Carrasco Rouco, Le primat de l’éveque de Rome. Étude sur la cohérence ecclésiologique et canonique du primat de jurisdiction, Studia Friburgensia, Fribourg 1990; A. B. Hasler Pius IX. (1846-1878): päpstliche Unfehlbarkeit und 1. Vatikanisches Konzil: Dogmatisierung und Durchsetzung einer Ideologie, Hiersemann, Stuttgart 1977; A. Riccardi, Il potere del Papa da Pio XII a Paolo VI, Laterza, Roma 1988; K. Schatz, Los concilios ecuménicos, Trotta, Madrid 1998; G. Thiels, Primauté et infaillibilité du Pontife Romain à Vatican I, Leuven University Press, 1989.

[2] Sólo ahora, después que los papas han perdido un poder político inmediato que habían venido ejerciendo a lo largo de casi 1.700 años, tenemos distancia suficiente para entender el tema en clave de evangelio. Sólo ahora que no poseen jurisdicción ni potestad fundada sobre esquemas imperiales (romanos), jerárquicos (platónicos) o sacerdotales (judaísmo del templo), los papas pueden presentarse, en la iglesia (con ella), como portadores de una autoridad plena y suprema, porque no buscan, ni imponen nada para sí. Esta es la paradoja del Vaticano I: precisamente allí donde parece que las palabras del Concilio sancionan y ratifican el poder mundano de la iglesia, en claves canónicas e impositivas (y en un plano lo hacen), leídas desde el evangelio, ellas nos invitan a entender la autoridad del Papa y de los obispos en claves de no-poder, es decir, de puro amor, invirtiendo la lógica del constantinismo imperial.

[3] La distinción que el Vaticano I establece entre el Papa y el Concilio sólo se puede entender en un contexto donde se piensa que el Papa recibe de Cristo un poder de gracia (entrega de sí mismo), mientras que el Concilio por sí mismo sólo tendría un poder de dominación, que se define y ejerce por voto y triunfo dela mayoría. Pero podemos y debemos superar esa contraposición, como ha hecho al menos implícitamente el Vaticano II, pues también los concilios (y el conjunto del pueblo cristiano) pueden y deben ser signos de Gracia, mientras que el Papa podría convertirse en portador de dictadura anticristiana. Ni el Papa ni el Concilio importan por sí mismos, sino la gracia del Dios de Jesús entendida como principio de comunión y solidaridad, empezando por los pobres, a través dela iglesia. Como han mostrado las controversias posteriores a Nicea y Calcedonia (en los años 325 y 451), el sentido de un Concilio sólo puede comprenderse teniendo en cuenta su recepción, en línea de evangelio. En ese aspecto, el sentido del Vaticano I depende de la forma en que se acojan sus formulaciones, como aquí intentamos mostrar.

[4] Aplicamos al Papa un modelo que suele aplicarse a los «dogmas» católicos marianos, pues cuando se afirma queMaría es Inmaculada y Asunta al cielo se está diciendo de ella algo que corresponde a todo el pueblo cristiano.

[5] Cf. L. M. Bermejo, Infallibility on trial: Church, conciliarity, and communion, Westminster, Maryland 1992A. B. Hasler, Cómo llegó el Papa a ser infalible, Planeta, Barcelona 1980; H. Kung, ¿Infalible?: una pregunta, Herder, Buenos Aires 1972; Respuestas a propósito del debate sobre “infalible: una pregunta”, Paulinas, Madrid, 1971; Ch. Ohly, Sensus Fidei Fidelium: zur Einordnung des Glaubenssinnes aller Gläubigen in die Communio-Struktur der Kirche im geschichtlichen Spiegel dogmatisch-kanonistischer Erkenntnisse und der Aussagen des II. Vaticanum, EOS, St. Ottilien 1999; K. Rahner (ed.), La infalibilidad de la Iglesia: Respuesta a Hans Küng, Ed. Católica, Madrid 1978; B. Sesboüé, El magisterio a examen: autoridad, verdad y libertad en la Iglesia, Mensajero, Bilbao 2004; G. Thiels, L’infaillibilité pontificale: source, conditions, limites, Duculot, Gembloux, 1969; AAVV, «Verdad y Certeza, en Torno al Tema de la Infalibilidad»: Concilium 81, 82, 83, Cristiandad, Madrid 1973.

[6] Ha planteado nuevamente el tema, desde la perspectiva del conocimiento de Dios, G. Sgubbi, Dio di Gesù Cristo, Dio dei filosofi. Il cristico e el critico, EDB, Bologna 2004. En el fondo sigue estando toda la temática, planteada quizá de un modo sesgado, pero importante por Juan Pablo II, Fides et Ratio (1998).

[7] Bastará con recordar otra vez a J. L. González Faus, La autoridad de la verdad: momentos oscuros del magisterio eclesiástico, Herder, Barcelona 1996.

[8] En se contexto se puede situar, y reinterpretar, la encíclica de Juan Pablo II, Fides et Ratio (1998). Cf. J. Prades (ed), La razón creyente: actas del Congreso Internacional sobre la Encíclica “Fides et Ratio” (Madrid, noviembre 2000), San Dámaso, Madrid 2002.

[9] K. Popper y otros filósofos afirman que sólo pueden ser verdaderas unas proposiciones que pudieran ser «falsadas», es decir, criticadas y superadas, dentro de una historia que es infalible precisamente en su frágil camino de búsqueda y tanteo siempre falible. Cf. A. Domingo Moratalla, El arte de poder no tener razón. La hermenéutica dialógica de H. G. Gadamer, Pontificia, Salamanca 1991.

[10] Si la Iglesia católica supone que su Papa es infalible en línea de poder e interpreta esa infalibilidad como un privilegio que le permite situarse sobre las restantes instituciones o movimientos religiosos, no sólo se opone a su historia, volviéndose peligrosamente orgullosa, sino que niega el evangelio, rechaza a los pobres y se alza contra Dios. La iglesia «católica» sólo puede hablar de infalibilidad cristiana allí donde, renunciando a ponerse por encima de las restantes iglesias, religiones o culturas, mantiene su anuncio de Reino a favor de los más pobres, compartiendo su vida con ellos (que son los infalibles). La infalibilidad de la iglesia significa que la historia humana tiene un sentido, que la marcha del hombre no son sendas que se pierden en un bosque sin fin y sin salida, en algún rincón de un cosmos sin alma ni sentido. Eso significa que la iglesia tiene que decir al mundo, con su propia vida, que el mundo tiene un sentido y tiene que caminar así con las demás instituciones religiosas o sociales, no para imponerse sobre ellas o darles lecciones, sino para compartir gozosamente la vida con ellas, en diálogo y búsqueda común, porque sólo en el diálogo y búsqueda se expresa la verdad infalible del Dios que es vida compartida, en comunión con los más pobres.

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