Ley: Organizar el amor[1]

 «Ama y haz lo que quieras», dice una palabra famosa de San Agustín (In Epist. Joan. 7, 8). Por encima del amor no hay norma alguna, no hay poderes ni razones, leyes ni principios que lo acoten desde fuera. El amor es primigenio y permanece más allá de la muerte, es poderoso, sobre los poderes de la tierra y de los mares. Nada puede exterminarlo en cielo, tierra y mundos inferiores. Eso significa que no hay ley sobre el amor porque el amor es el cimiento del que brota toda ley, es el nivel en que se ordena y fundamenta la existencia. Por su parte, cuando Juan de la Cruz ha dibujado el gráfico del monte del Carmelo, como signo del ascenso que conduce hasta el misterio, pone en lo alto una señal que advierte: «ya por aquí no hay camino, porque para el justo no hay ley»; y añade: «caridad; sólo mora en este monte amor, gloria y temor de Dios hay» (Vida y obras, Madrid 1960; 408­- 413). Es difícil escalar la gran montaña de Dios entre los hombres; son duras las jornadas, duros los senderos. Pero una vez que se ha llegado hacia la altura cambian los factores, mueren los mandatos. Sólo queda el amor y vida abierta.

Estas dos grandes sentencias de la tradición cristiana (“ama y haz lo que quieras”, “para el justo no hay ley”) advierten que el amor trasciende todas la normas posibles. Aquí se inscribe unas de las mayores paradojas de la vida humana: el amor transciende todos los principios y las leyes que han querido imponerle desde fuera; pero, al mismo tiempo y por contraste, no hay nada más legalizado y ordenado que el amor, como muestra la experiencia dela historia. Sonmuchos los que acusan al judeo/cristianismo, diciendo que ha legalizado un amor que fue antes libre. En contra de eso, como sabe la antropología y como ha destacado la psicología desde S. Freud, el amor se ha expresado y se ha vivido siempre a través de unas leyes. Lo que pasa es que esas leyes, cuando son auténticas, no vienen imperadas desde fuera sino que constituyen la expresión del mismo amor que busca la manera de actuarse. En esto como en todo es necesario distinguir: existen leyes represivas, que destruyen, subyugan y alienan. Pero hay leyes crea­doras que potencian la existencia y que permiten que el hombre se humanice. Entre ellas estará, si es verdadera, aquella ley de amor de que tratamos.

Se ha dicho tradicionalmente que la ley es un ordenamiento que se funda en la razón y se dirige al bien común de la sociedad y de sus individuos (“ordinario rationis”. Cf. S. Tomás, S. Th. I-II, 90, 4). Por medio de la ley se ha pretendido lograr que el hombre pueda hacerse humano y se realice de manera equilibrada, armónica, en respeto hacia todos los demás, como afirmaba también Kant, cuando proponía su imperativo categórico, entendido como principio de todas las leyes positivas. Pues bien, ¿quién hace la ley` ¿quién la descubre, la instituye, la sanciona?

Santo Tomás y Kant suponían que la ley proviene de la “razón” universal, es decir, de un tipo de verdad eterna que precede a la vida de los hombres. Sin negar eso, muchos han pensado que la ley proviene de Dios, quien la revela y sanciona (así supone el judaísmo que Yahvé manifestó su Ley divina a Moisés, sobre el monte Sinaí, como se dice en el libro del Éxodo. Dejando esos niveles, son muchos los que afirman que las leyes son el resultado de una convención democrática; es ley todo aquello que quiera proponer la mayoría. Otros prefieren hablar de imposición o dictado de los fuertes. Pues bien, en este contexto, sin negar el valor parcial de las posturas precedentes, ha de afirmar que la ley es un orden de amor.

En ese sentido, la ley puede y debe ser una ordinatio amoris, un ordenamiento del amor. La verdad del hombre es al amor, pero no un amor abstracto y separado de la vida, sino un amor que se regula a sí mismo. Para ser y realizarse plenamente, el amor se ha de encauzar por unas normas o por leyes, que se expresan y despliegan en el nivel de la palabra dialogada. Pero ésta es sólo una afirmación general. Partiendo de ella se plantean las preguntas. ¿Quién concreta o dictamina la norma del amor? ¿cómo distingues su poder de lo que es simple apetito de un momento?. En otros términos ¿dónde están los erudi­tos, sacerdotes o juristas que saben legislar desde el amor (para el amor) y no a partir de sus teorías, sus ventajas nacionales o intereses? A modo de ejemplo, puedo retomar lo ya dicho, ofreciendo algunas sencillas respuestas:

 

1. La naturaleza como legisladora. En un primer momento se ha dicho que los principios de la ley de amor brotan de la naturaleza. Así se ha presu­puesto a lo largo de los siglos, cuando se afirmaba que el cosmos disponía el curso de las cosas y que nosotros, los hombres, no tenemos más remedio que aceptar­lo, agradecidos, sometiendo nuestro ser a los torrentes de su fuerza. Es el cosmos quien ofrece ley de amor para los hombres. Pero esta visión ya no consigue convencernos, pues los poderes del amor del hombre desbordan las fronteras naturales.

2. La razón legisladora, el hombre. La naturaleza se ha humanizado, expresándose en forma de pensamiento, de manea que son los mismos hombres los que deciden los principios del amor, y dictamine sus valores y sus leyes. De esta forma, el ser humano, convertido en «autoley», abre en su vida un proceso creativo que le lleva a realizarse de manera libre y arriesgada, como supone el famoso del coro de Antígona (334 s): «Muchas cosas hay portento­sas, pero ninguna tan portentosa como el hombre…». El hombre, que surca los mares, trabaja la tierra, doma las fieras, se empeña en construir una ley para dirigir con ella su existencia.

3. Dios legislador. Éste es el Dios que comienza ofreciendo a los hombres su ley negativa: «Pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comas; porque el día en que comas de él tendrás que morir» (Gen 2, 17). Ésta palabra supone que el hombre no se ha inventado a sí mismo, no decide sobre el fondo originario de las cosas, sino que hay un Dios que le define y traza su sentido desde arriba, en palabra de amor. En ella emergen honduras y matices que se arraigan en la hondura original de lo divino. Por eso, es normal que Moisés, el gran legislador del pueblo, tenga que subir ala montaña. Allá, en el centro de la inmensa teofanía, en fuego y en tormenta, recibe de los labios de su Dios la gran palabra: sé persona, vive sobre el mundo, crea y ama en libertad, en reverencia (cf. Ex 19-20). Quizás en ningún otro lugar de nuestra tierra se han oído palabras semejantes: surgiendo de la misma raíz de nuestra vida, la ley de amor nos sobrepasa; no podemos manejarla a nuestro antojo, no podemos asumirla y controlarla como hacemos con el resto de las cosas dela tierra. La ley de amor del hombre es expresión y contenido, es resultado y es potencia del amor original de lo divino.

 


[1] G. Bataille, El erotismo, Tusquets, Barcelona 2000; A. Imbasciati, Eros y logos: amor, sexualidad y cultura en el desarrollo del espíritu humano, Herder, Barcelona 1980 J. Rof Carballo, «En torno al erotismo», en El hombre como encuentro, Alfaguara, Madrid 1973, 283-329; P. Tillich, Amor, poder y justicia, Ariel, Barcelona 1970; F. D. Wilhelmsen, La metafísica del amor, Rialp, Madrid 1964.

57 Responses to “Ley: Organizar el amor[1]”

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