No Juzgar. Amor y juicio[1]j

 El sistema político y/o social funciona con instituciones judiciales, con leyes impositivas, que sancionan el orden del conjunto de la sociedad. Pues bien, Juan Bautista y otros mensajeros penitenciales del tiempo de Jesús sabían que, llevado hasta el final, ese sistema resultaba inviable, pues ratificaba un orden de violencia; por eso anunciaron el fin de la historia. En contra de eso, fundado en su experiencia bautismal (Dios es Padre: Mc 1, 11) y en su anuncio de Reino, Jesús ha proclamado la victoria del amor gratuito sobre el juicio del talión, reinterpretando, de un modo total, la experiencia de Ex 34, 6-7: Dios es misericordioso, lento a la ira, rico en piedad y leal.

 Jesús no es mensajero del juicio, sino Mesías de gracia amorosa y creadora. Por eso, su llamada al cambio o conversión no proviene de una ley penitencial (¡arrepentios!) o de una exigencia contractual (¡pagad por vuestras culpas, devolver lo que debéis!), sino que brota de una experiencia de amor y se expresa en forma de nuevo nacimiento. Su primera palabra no es tú debes (como en Kant), sino tú eres y puedes: desde el don de Dios y por su gracia: puedes vivir en amor porque ha llegado el Reino (cf. Mc 1, 15). Desde este fondo se ilumina la confesión y petición del Padrenuestro: perdona nuestras deudas, como perdonamos a nuestros deudores (Mt 6, 12). Dios es amor gratuito y así le pedimos que perdone nuestras deudas, que nos regale su amor. El problema empieza cuando queremos traducir ese perdón supra-legal de Dios en nuestra vida: “como nosotros perdonamos a nuestros deudores”.

Deuda es lo que puede medirse en línea de justicia legal, económica o política, religiosa o familiar… La sociedad vive normalmente a nivel de “deudas, que se evalúan y se pagan según ley. Pues bien, pidiendo a Dios que perdone como nosotros perdonamos, le decimos que podemos y queremos superar el plano de la ley, situándonos en un plano de gracia amorosa. Desde ese fondo ha de entenderse el amor al enemigo (cf. Lc 6, 27-34 par) y la conversión a la gratuidad, como experiencia y buena nueva de un Dios, que eleva su sol y hace llover sobre justos y pecadores, en generosidad universal (cf. Lc 6, 33-35 par). Ésta no es una experiencia subjetiva, que debe aplicarse sólo en fuero interno, como ha supuesto a veces la teología espiritual, sino la experiencia y ruptura instituyente de la comunidad mesiánica (cristiana), que sustituye a la comunidad legal del templo de Jerusalén (donde las deudas se pagan y la ley está sobre el amor). Ésta es la experiencia del amor creador, que está en el principio y fin de todo, por encima del juicio.

La actitud de Jesús resulta escandalosa, es una amenaza contra el orden de la ley: impide el surgimiento de una sociedad organizada conforme a los principios de la justicia, que juzga, distingue y sanciona a los hombres. Pues bien, Jesús piensa que la buena “sociedad” nace del amor gratuito, no del juicio. Ésta es su novedad, su aportación definitiva: desde la gracia creadora de Dios se puede superar el orden de una ley, que sanciona, pero no crea, como sabe el Sermón de la Montaña (Lc 6, 20-45). Las instituciones del sistema funcionan sobre bases de violencia “racional”, a nivel de juicio, con un Dios que es agente y garante final de esta guerra: vence la última batalla, dicta su paz, envía al infierno a los culpables. La autoridad que deriva de ese “dios” será institución de juicio, ley de violencia que para mantenerse necesita expulsar a los culpables (al chivo emisario), imponiendo de esa forma su justicia. Jesús, en cambio dice:

(a) No juzguéis, para que no seáis juzgados. (b) Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá. (c) ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: “Deja que te saque la brizna del ojo”, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano (Mt 7, 1-5).

 

Hemos dividido el pasaje en tres partes. (a). Principio teológico: “No juzguéis”. Esta palabra no es ley, pues las leyes implican sanción; tampoco es un imperativo, al modo kantiano, pues los imperativos se imponen. Esta palabra es un principio teológico, que: emerge por sí mismo, desde la autoridad fundante de Dios. Por eso sigue para que no seáis juzgados: para que podáis descubrir y expandir la gracia original y creadora de Dios. Éste es el principio del amor: Dios no es unión de contrarios (fascinación-terror), ni irracionalidad o destino, sino gracia primera que se expande como amor activo en nuestra propia vida; el Padre de Jesús no juzga, sino que ama de forma desbordante. (b) Razonamiento judicial: “Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados”. Esta razón no deriva de Dios, sino de los hombres. Dios se encuentra más allá: es principio-amor, que regala sin pedir nada a cambio, que da vida sin exigir compensaciones. La razón del juicio nace del mismo ser humano, que puede quedar atrapado en sus propias leyes. Pablo ha interpretado este juicio de los hombres en claves de pecado e ira, violencia y contra-violencia, como cárcel de deseos insaciables, luchas infinitas y muerte donde la ley termina por cautivarnos (cf. Rom 1-3). (c) Explicación: “¿Cómo miras la brizna…?”. La razón judicial nos abandona en un campo de envidia y dobles juicios: sospechamos unos de los otros, en un laberinto de proyecciones y justificaciones, acusaciones y defensas. Ciertamente, una buena razón es mejor que una mala, un juicio justo preferible a uno injusto… Pero, al final, todos los juicios nos dejan en un plano de comparaciones y muerte, como Pablo ha desarrollado en Rom 2. El evangelio, en cambio, es pura gratuidad y perdón activo.

  •             En el nivel del juicio (nivel legislativo, ejecutivo y penal) no es preciso el amor. Pero el Dios de Jesús esamor sobre el juicio (no contra el juicio). (1) Dios no juzga, crea, como sabe Gen 1-3. El principio no es la envidia reactiva de un Satán, ni la violencia de unos dioses-titanes que roban aquello que no tienen, sino el amor que se ofrece y expande de modo gratuito. No crea Dios para vigilar y sancionar lo creado, sino para gozarse expandiendo su vida. (2) La creación es un riesgo de abundancia amorosa. Al crearles en libertad, Dios abre a los hombres un camino de vida amorosa, que ellos deben asumir y legislar, trazando sus formas de existencia. En ese sentido, la ley es necesaria, pero sólo en un primer nivel; por pura ley, los hombres acabarían siendo inviables (se matarían todos, apelando a la justicia). (3) Los hombres sólo pueden vivir humanamente por amor. Así lo ha mostrado Jesús. Ésta es su tarea, éste su mensaje: no ha buscado un poder institucional, no se ha querido defender con leyes de tipo económico o social, político o religioso, sino que (por encima de ellas) ha buscado y expresado la gracia creadora de Dios, haciendo así que los hombres y mujeres puedan vivir en perdón abierto al amor. Jesús sabe que Dios no ha creado a los hombres para juzgarles luego, imponiendo así su autoridad, sino para darse a sí mismo en amor.
  •             Jesús no ha sido el primero ni el único maestro del no-juicio (de un amor que no juzga), pero ha sido el más radical. Diversos místicos/as han superado también el sistema legal, descubriendo a Dios en gratuidad: no necesitan lograr nada, simplemente son; no buscan algo diferente, se limitan a vivir, como seres que “han pasado de la muerte a la vida” (cf. Jn 5, 24; 1 Jn 3, 14). Así podemos vincularles a Jesús, que ha querido expresar su gratuidad contemplativa en cauces de amor generoso, en medio dela historia. Noha sido un contemplativo “extra-mundano”, sino un comprometido en la vida social, careadoramente inmerso en los problemas y tareas de su pueblo. De esa forma, su “no-juicio” se encarna y traduce en claves de creatividad, dentro de la dura historia. Había en Israel (y en Roma) buenas instituciones de tipo social y militar, religioso y económico, a nivel de ley. Jesús no ha venido a reformarlas desde una ley más alta, sino a trascenderlas, introduciendo sobre ellas un principio superior de libertad y gracia, que transciende todo juicio


[1] Además de comentarios a Lc y Mt, cf. W. D. Davies, El Sermón de la Montaña, Cristiandad, Madrid 1975; M. Henry, Palabras de Cristo, Sígueme, Salamanca 2004; X. Pikaza, Antropología bíblica, Sígueme, Salamanca 2006; E, P. Sanders, Jesús y el judaísmo, Trotta, Madrid 2004; La figura histórica de Jesús, Verbo Divino, Estella 2001; W. Schra­ge, Ética del Nuevo Testamento, Sígue­me, Sala­manca 1987; G. Theissen y A. Merz El Jesús histórico, Sígueme, Salamanca 1999.

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