Liberación amorosa del amor

Amor,  liberación amorosa[1]

   Los hombres, en cambio, nacen de tal forma que su vida no se encuentra fijada de antemano: nacen porque sus padres (o los que hacen las veces de padres) les acogen y educan libremente, en amor y palabra; nacen de tal forma que ellos mismos deben acoger y desplegar su vida en libertad, porque lo quieren, es decir, porque se quieren a sí mismos, queriendo a los otros. En ese sentido, la libertad (con el amor, inseparable de ella) no es algo que se añade a la vida del hombre, sino la misma esencia de la vida personal. En este contexto se puede hablar de tres liberaciones:

 

1. La liberación natural del amor resulta insuficiente, a pesar de lo que hayan querido muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Habían creído que la puerta del amor está cerrada: inhibi­ciones y tabúes, ordenamientos sociales y mandatos había convertido el huerto del deseo y del placer en una especie de coto vigilado donde sólo puede entrarse en el silencio de la noche, temerosos, en vergüen­za. Parece que la humanidad estaba empeñada en poner trabas al amor: con ese fin había construido murallas religiosas, racionales, psicológicas, sociales. Pues bien, muchos hombres y mujeres se habían sentido rodeados de una inmensa barrera de mandatos y señales prohibitivas que decían: ¡cuidado! ¡eso es pecado! ¡es peligroso! ¡morirás cuando lo intentes! Pues bien, ellos han respondido apostando por el sexo: así han dejado que la fuerza erótica se exprese, que renazca cada día como Venus de la espuma de los mares, en la playa de la vida, sin más prohibiciones que la misma fuerza dela vida. Así han razonado con amable optimismo y voluntad de cambio miles y millones de personas y su razonamiento ha sido en parte verdadero: el amor es en un sentido naturaleza nada se logra con principios opresivos. Pero también sabes que el amor humana tiene más connotaciones. Amar es recibir la vida en libertad, pero es también desarrollarla y compartirla, en libertad gozosa, regalándola a los otros, especialmente a los pobres. No basta con dejar que el amor sea y se expanda por sí mismo; hay que acogerlo y regalarlo generosamente, regalando de esa forma nuestra vida. La libertad del amor es más que pura liberación natural.

2. La liberación social del amor tampoco basta. En esa línea podemos citar como ejemplo a H. Marcuse. A su juicio, los hombres y mujeres de occidente estamos alienados y oprimidos no sólo en el nivel económico-social, sino, y sobre todo, en el plano erótico-sexual, por culpa del tipo de cultura que hemos ido desarrollando. El hombre es, ante todo, un ser-para-el-amor: su misión consiste en desarrollar su vida de una forma gozosa, relacionándose en gozo y libertad con los demás. Pero, en lugar de eso, hemos creado una cultura de opresión: nos hemos convertido en seres-para-el-trabajo, de manera que el mismo cuerpo, que debíamos cuidar y cultivar, como signo de placer, medio de encuentro interhumano, ha venido a convertirse en máquina oprimida y alienada, al servicio del sistema (del capital). De esa forma perdemos la capa­cidad de gozar; la estamos matando cada día a través de imposiciones laborales, disputas de poder y luchas económicas. De esa forma, mientras vamos construyendo una máquina productora cada vez más perfecta, al servicio del sistema, perdemos la capacidad de imaginación y gozo, de placer personal y de encuentro gratuito con los otros. Por eso es necesario que invirtamos el proceso. El punto de partida no ha de ser el rendimiento («vales lo que produces»), sino en el placer («eres lo que gozas, haciendo gozar a los demás»). Sólo de esa forma el sexo que ahora se halla reprimido y asfixiado, como válvula de escape neurótica del trabajador, lograría convertirse en eros liberado, capaz de vincular en libertad y emocionada a los hombres y mujeres. Es evidente que Marcuse tiene parte de razón. Pero, a mi entender, su proyecto resulta insuficiente: el tema del amor es más complejo, más intenso. No basta con lograr que haya un contexto favorable: es necesario un cambio más profundo, un despliegue de amor que nos capacite para superar las pulsiones de violencia interna y para compartir gratuitamente la vida con los otros. Esto es lo que puedes llamar «liberación amorosa del amor».

3. Resulta necesaria la liberación amorosa del amor. Sólo allí donde el amor alcanza sus raíces puede hablarse de salud y libertad. M. de Unamuno decía: «Mataras una pena sólo con otra, si ésta es más pura y grande, más divina, si ésta es más honda…» (Obras completas VI, Madrid 1966, 244). Yo traduzco: curarás tu amor pequeño y reprimido, enajenado y roto, allí donde descubras un camino más profundo de amor que te conduzca a tu verdad, que, siendo lo más tuyo, está en aquellos que te aman y tú amas. En esa línea quiero decirte que sólo el amor en libertad hace personas. No basta la liberación natural (de la naturaleza), ni la social (del entorno); hay que llegar más adentro, hasta el lugar donde el amor emerge como experiencia de autonomía personal y principio de liberación compartida. Desde ese fondo quiero trazar las reflexiones que ahora siguen.

 

En esa línea de la liberación amorosa del amor podemos proponer como modelo a Juan de la Cruz*. En el comienzo de la modernidad, asumiendo con plena decisión el impulso creativo del renacimiento, Juan de la Cruz recordó a los hombres de su tiempo que ellos corrían el riesgo de perder su vida, buscando unos caminos que no eran de Dios (que no eran de amor). Para superar ese riesgo quiso hablarles de un amor y una experiencia superior, que desborda el nivel de las ideas y meditaciones racionales, de la pura búsqueda económica y del dominio exterior del mundo, para situarle ante la luz más clara del amor divino, que se expresa en el amor humano. Así quiso ofrecer un método de amor, para que hombres y mujeres, cada uno por sí y unidos todos en amor, pudieran asumir y recorrer un camino de trasformación amorosa de la vida. Ésta fue y sigue siendo su alternativa, éste su camino: así nos sitúa ante la más grande de las revoluciones. Los hombres y mujeres del siglo XXI sabemos hacer muchas cosas, en un plano económico y político, militar y científico. Pero seguimos analfabetos en amor; mejor dicho, tenemos un amor deformado, que puede acabar por destruirnos, si es que no aprendemos a vivir conforma a la tradiciones más hondas de los pueblos, resumidas en la palabra de dice “amaos los unos a los otros”, palabra que debe traducirse en forma de experiencia y exigencia de → liberación.

 



[1] H, Marcuse (1998-1979), pensador alemán, de origen judío, presentó en USA su proyecto de liberación social: Eros y Civilización (1955; ed. española: Ariel, Barcelona 2001). Cf. C. Castilla del Pino, Sexualidad y represión, Ayuso, Madrid 1971.

 

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