María, madre de Jesús 1. Amiga de Dios

Con ocasión de las fiestas del Carmen,  quiero  reflexionar sobre María, la madre de Jesús, que ha sido y sigue siendo para los cristianos un signo de amor. De esa manera, frente al signo de Jesús, su Hijo, que aparece muchas veces como signo de juicio, ella viene a presentarse como “reina y madre de misericordia, vida, dulzura, esperanza nuestra” (Antífona Salve). Ella es el signo de maternidad amorosa, una expresión privilegiada de la ternura creadora dela vida. Desde ese fondo destacamos algunos rasgos de amor de la figura de María en la conciencia de la iglesia[1]

1. Signo materno de amor. Ser madre es dar la propia vida, no en un plano de ideas o principios generales, sino desde la propia carne, como engendradora personal. El mito helenista de Pandora*, repetido en el conjunto de la cultura patriarcalista, ha pensado que la madre es ‘ánfora” que acoge y madura el líquido masculino de la vida, vientre que recibe pasivamente el semen patriarcal. Hoy sabemos que ella juega un papel activo en la generación biológica del niño y sabemos, sobre todo, que ella engendra a través de su palabra-carnal (=encarnada), ofreciendo al niño el calor de la vida, el alimento de los pechos, el cariño del corazón, el cuidado de las manos y, a través de todo ello, la comunicación personal. Así lo ha destacado Lc 1, 26-38, el texto que refleja la maternidad responsable de María, en nivel del diálogo con Dios y, evidentemente, de diálogo con el niño (Jesús), a quien ella ha ofrecido el don y tarea de la libertad comunicativa, en un plano de palabra encarnada, es decir, de carne hablante, enamorada.

 2. Inmaculada Concepción. El Papa Pío IX, en nombre de la Iglesia católica, en 1854, definió que “la doctrina que sostiene que la Beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original… está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles (Denzinger-Hünermann 2803). Este dogma se sitúa en el trasfondo de las disputas sobre el origen pecaminoso del ser humano y, sobre todo, en un contexto donde la misma concepción aparecía vinculada a un tipo de ‘suciedad’ básicamente sexual: muchos pensaban que, por nacer deseo carnal, los hombres nacen del pecado. Pues bien, en contra de eso, al afirmar que la concepción de María (realizada humanamente, de un modo sexual, por la unión de hombre y mujer) está libre de todo pecado o, mejor dicho, es un acto de purísima gracia, la iglesia ha realizado una opción antropológica de grandes consecuencias, superando una visión negativa del surgimiento humano, que se solía unir con el pecado. Este dogma tiene un carácter pro-sexual. La cohabitación de Joaquín y Ana (a quienes la tradición hace padres de María) queda integrada en la providencia de Dios, es un amor de gracia. La misma carne, espacio y momento de encuentro sexual del que surge un niño (María), aparece así como ‘santa’, como amor del que nace la madre de Dios.

3. Asunción en cuerpo y alma. Pío XII definió en 1950 que “la Inmaculada Madre de Dios, Siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial” (Denzinger-Hünermann 3903). Así culmina el misterio carnal de la Madre de Jesús. La tendencia helenista, dominante en la iglesia, ha venido afirmando que el alma de los justos sube al cielo tras la muerte, pero que el cuerpo tiene que esperar hasta la resurrección final. En contra eso, abriendo un camino de experiencia antropológica y culminación pascual, este dogma afirma que María ha culminado su vida en Dios, por medio de Jesús, en cuerpo y alma, es decir, como carne personal o, mejor dicho, como persona histórica; de esa forma nos sitúa en el centro del misterio cristiano. La resurrección corporal de María ratifica el valor de la carne, es decir, la importancia del amor total, en cuerpo y alma. En contra de todo amor platónico (separado del cuerpo), María es la expresión del cuerpo amoroso y resucitado.

4. María ¿amor cósmico? Por mucho que lo haya pretendido, la Ilustración moderna (del siglo XVIII en adelante), representada por los esquemas racionalistas y evolutivos (de Kant a Hegel, de Marx y Comte a M. Weber a los neo-liberales críticos de la actualidad), no ha logrado destruir la sacralidad cósmica. En el fondo del mundo sigue expresándose un aura de misterio, como saben muchos ecologistas y como han puesto de relieve diversos movimientos religiosos, que apelan a la divinidad básica del cosmos. Pues bien, en este contesto puede evocarse y se evoca la figura de María, vinculada tantas veces con el cielo y con la tierra y, de un modo especial, con los poderes de la vida, entendidos y experimentados en forma amorosa. Ciertamente, para los cristianos, ella es más que la sacralidad amorosa del mundo, expresada en línea materna y femenina. Ella ha sido, ante todo, una persona concreta, una creyente. Pero, al mismo tiempo, como mujer-madre, puede ayudarles a entender mejor el valor sacral de la vida, haciéndoles capaces de dialogar, desde la actualidad, con las antiguos y nuevas religiones de la naturaleza, siempre que ella sean signo del amor. Muchos han visto a María como signo de Eva, Madre-Vida que emerge del fondo de la naturaleza; por eso puede ayudarles a valorar la sacralidad de la tierra, sabiendo que son herederos de la religiones cósmicas, tanto en oriente como en occidente, en China como en América, en África como en Europa.

             5. Amiga de Dios, amiga de los hombres. Entre los títulos de María destaca el de “amiga de Jesús”, la persona que, según el evangelio (Lc 1, 26-38) ha dialogado más intensamente con Dios a lo largo de la historia humana, de manera que es diálogo ha sido lugar y principio del nacimiento de Jesús, Hijo de Dios. En el fondo de ese diálogo puede evocarse el signo de la hierogamia*, la figura de las grandes madres divina de la historia religiosa (Deméter, Ishtar, Isis, Lilit*). Pero hay una diferencia esencial: María ha sido una mujer concreta, históricamente datable, que ha vivido en Galilea entre el siglo I a. C. y el I d. C. Pues bien, desde la perspectiva de Lc 1, 26-38, ella es la representante de los hombres que aman y dialogan con Dios, acogiendo su vida y expresando su presencia en el camino de la historia humana. Por eso, muchos cristianos confiesan que Dios Padre “necesita” el amor de María para suscitar a su Hijo en el Mundo: necesita una persona que engendre como madre humana a su Hijo divino: que le acoja en libertad, que le eduque en gratuidad y le acompañe en el camino de la vida. Así decimos que es “amiga” de Dios, poniéndose al servicio de los hombres, es decir, de la vida mesiánica: no ha reservado nada para sí, todo lo ha puesto en manos de Dios, para despliegue amoroso de Jesús. Éstas son las enseñanzas del amor de María. (1) La primera es su ejemplo de diálogo. Ella ha conversado con Dios, para bien de los hombres, al servicio de la vida (es decir, de la plenitud mesiánica de la historia). Así han de hacer los seguidores de María: deben también escuchar la voz de Dios, que es la voz del amor de la vida, poniendo su amor y su vida al servicio de los otros. (2) Ser cristiano es dialogar en libertad, es decir, procurando que los otros vivan, que puedan expresarse de manera autónoma, sin imposiciones exteriores, sin miedos interiores. No se puede empezar exigiendo, suplantando el deseo de los otros, diciendo lo que deben desear o pretendiendo que se porten lo mismo que nosotros. (3) Ser cristiano es dialogar ofreciendo libertad allí donde la vida de los otros se encuentra amenazada, en peligro de perderse. El verdadero diálogo se goza enla igualdad. Por eso, donde no existe igualdad, el amor de de crearla, en plano personal y social. Como dice Lc 1, 26-38, Dios mismo ha empezado elevando a María, para dialogar con ella, para colaborar unidos en el surgimiento del Hijo. No quiere Dios esclavos sino amigos. Tampoco el ser humano verdadero quiere siervos, sometidos bajo imposiciones legales, sino hermanos, compañeros del alma, para dialogar y trabajar con ellos en confianza compartida. Sobre un mundo donde el ideal de la amistad tiende a cerrarse en círculos pequeños de intimidad privada, mientras los grandes grupos combaten entre sí y se engañan, María viene a presentarnos su camino de amistad universal, de vida dialogada.

6. Amistad liberadora. Magnificat. La experiencia de amistad de María se despliega de una forma privilegiada en su himno de amor, que es el Magnificat (Lc 1, 46-55), uno de los textos de amor y compromiso social más importantes de la historia de occidente. Este himno recoge experiencias y cantos de mujeres de la Biblia, como el de María, hermana de Moisés (Ex 1, 1-21) o el de Ana, madre de Samuel (1 Sam 2, 1-10), pero los reelabora desde la experiencia amorosa de María, en plano personal y social:

 

Proclama mi alma (psiché) la grandeza del Señor (Kyrios), se alegra mi espíritu (pneuma) en Dios mi Salvador (Sôtêr), porque ha mirado a la pequeñez de su sierva… porque ha hecho en mí cosas grandes el Poderoso. Su nombre es Santo y su misericordia se derrama de generación en generación, sobre aquellos que le aman (Lc 1, 48-50)

 

Éste es un himno de amor, dirigido al Dios de la → misericordia, que ha venido dirigiendo desde siempre (de generación en generación) la historia israelita. Éste es un canto de reconocimiento personal. María puede alabar a Dios y alegrarse porque él mismo Dios le ha mirado con amor: los ojos de Dios se han posado en sus ojos de mujer para alumbrarlos. Éste es un tema que la tradición de los judíos ha vinculado con el éxodo, pues allí se dice que Dios mismo miraba a los hebreos cautivados en Egipto, para liberarles de la esclavitud, con mano fuerte y brazo poderoso (cf. Ex 3,7-10). En este contexto, como “persona a la que Dios ha mirado”, puede elevarse María como “kejaritômenê” (Lc 1, 28), es decir, como “llena de gracia”, “querida de Dios privilegiada”. María se sabe “contemplada”, con amor inmenso, y así canta, llena de felicidad. No hay nada superior a esa mirada. Pasan a segundo plano los bienes económicos, los proyectos y poderes anteriores. Lo que a un hombre o mujer le hace persona de verdad es la mirada de reconocimiento, de amor y compañía, de aquellos que le aman. Con ojos de amor va creando la madre al hijo niño, el amigo a la amiga (y viceversa). De la mirada nacemos y en ella crecemos a nivel de afecto y vida compartida. Esta es la experiencia de María. Ella sabe que Dios le ha mirado y con eso le basta: no está arrojada o perdida sobre el mundo, como se han hallado veces los humanos angustiados. María es mujer fortalecida por la mirada de Dios, persona engrandecida y potenciada por la visita cariñosa y creadora de los ojos divinos. Por eso, ella sigue diciendo que el Dios de la mirada poderosa ha hecho en ella cosas grandes: todo lo que tiene y puede lo ha recibido a través dela mirada. Antes no era nada, no era nadie; ahora es mujer, persona, madre verdadera, y así puede hablar con palabras de amor liberador, en nombre de los pobres de la tierra:

 

Desplegó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón; derribó a los potentados de sus tronos y elevó a los oprimidos; a los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos (Lc 1, 51-53)

 

Hemos seguido la traducción litúrgica, pero poniendo potentados en vez de poderosos y oprimidos en lugar de humildes, para respetar mejor el texto original. El amor de cercanía de los versos anteriores (mirada cariñosa de dos enamorados) se ha expandido aquí a manera de amor de liberación social. De esa forma se vinculan lo más íntimo (diálogo de Dios-María) y lo más público y activo (transformación de la humanidad). Como profetisa de Dios, María dice su Palabra y pone en marcha un movimiento de amor que trasforma poderosamente la vida de los hombres, superando así el pecado que es falta de amor (es opresión de los soberbios, ricos, potentados). El amor de Dios se vuelve así principio de inversión. (1) A los hambrientos quiere Dios saciarlos, colmándolos de bienes: suscita para ellos un mundo de abundancia y gozo compartido, de manera que los productos y valores de la tierra puedan convertirse en bendición y fuente de vida compartida para los humanos. (2) A los oprimidos los eleva Dios: deja que se puedan expresar, rompiendo las barreras y cadenas que les atan. Quiere Dios que la existencia humana sea libertad, que cada uno pueda expresarse plenamente y todos se encuentren en amor y se completen (complementen) sobre el mundo. (3) Frente a los soberbios de Lc 1,51 se sitúan (implícitamente) los humillados, es decir, aquellos que no logran expresarse, pues no tienen poder o autoridad para pensar, para decir, para mostrarse como humanos. Pues bien, al dispersar a los soberbios (como el humo se dispersa y disipa con el viento intenso), Dios suscita un campo de existencia para los pequeños dela tierra. Estos son los niveles de inversión social que en nombre de Dios cantala humilde María, como profetisa de los tiempos mesiánicos. Al sentir que Dios la mira (que la quiere con locura), ella sabe que Dios quiere igualmente con locura a los pequeños y humillados dela tierra. Descubre así que viene (con el Cristo que late en sus entrañas) el tiempo nuevo de la redención universal que anunciaron los profetas y por eso eleva su voz, canta. Ella es amiga de Dios, siendo amiga y profetisa de liberación para los hombres.

 



[1] Cf. R. Brown (ed.), María en el Nuevo Testamento, BEB 49, Sígueme Salamanca, 1986; S. de Fiores y E. Tourón del Pie (eds.), Nuevo diccionario de mariología, San Pablo, Madrid 1988; J. McHugh, La Madre de Jesús en el Nuevo Testamento, Desclée de Brouwer, Bilbao 1978; X. Pikaza, La Madre de Jesús. Mariología del Nuevo Testamento, Sígueme, Salamanca 1992; Amiga de Dios, Edicep, Valencia 1996; I. de la Potterie, X. Pikaza y J. Losada, Mariología fundamental. María en el misterio de Dios, Secretariado Trinitario, Salamanca. 1996.

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