Un “metafísica” del amor

Metafísica ha sido, tradicionalmente, el estudio de aquello que está “más allá de la esencia”, es decir, más allá de la realidad concreta de las cosas concretas. Pues bien, conforme a la tradición occidental, más allá de la esencia está “el ser”, entendido como realidad en sí, identificado a veces con Dios. En esa línea, conforme a la visión de M. Heidegger, la metafísica del ser ha cumplido su función y ha perdido su influjo en occidente. También ha terminado una metafísica moderna de la voluntad, que ha puesto en el principio de todo “el querer” activo de una humanidad que se siente creadora de sí misma. En ese contexto queremos evocar la posibilidad de una metafísica del amor. [1]

 

1. En el principio era el ser. Filósofos griegos y escolásticos cristianos pensaron que el amor ha de entenderse desde el ser y así lo ponen en la base de toda la realidad, entendida como un orden. Ellos tendieron a concebir las cosas conforme a un ritmo doble: como materia-forma y como acto­-potencia. Desde esa perspectiva, la potencia significa la capacidad que los seres tienen de realizarse dentro del conjunto; ella se puede entender de un modo pasivo (capacidad de ser cambiado) o bien activo (capacidad de actuar y cambiarse). Sea como fuere, el ser impone su poder sobre las cosas, de tal forma que el amor es sólo un dato consecuente, la armonía del conjunto, su flujo y su reflujo, su equilibrio de momentos. Las cosas son lo que son y el hombre resulta incapaz de transformarlas. Eso significa que el amor se encuentra sometido a los dictados del ser, interpretándose en función de algo anterior, de la ontología.

2. En el principio era la voluntad. La filosofía moderna ha invertido esa postura, convirtiendo a la voluntad en principio del ser. Por encima del dictado de las cosas está el poder del hombre que las piensa, las modela, las transforma. Esta inversión se hace consciente en el kantismo: la verdad no es resultado del influjo de las cosas sobre el hombre sino efecto del proceso creador del hombre que se impone por encima de las cosas. Así lo muestra el mismo Kant en la Crítica de la razón práctica de Kant y lo destaca Schopenhauer que interpreta el ser como expresión de la gran volun­tad original que se realiza a través de nuestra vida. Al final de ese camino se halla Nietzsche, interpretando la voluntad de poder como principio de las cosas. Eso significa que el hombre es ante todo poder. El amor se ha convertido en consecuencia.

3. En el principio es el amor. En contra de las dos visiones anteriores, en el principio de todo ponemos la palabra de amor. Las posturas anteriores nos acaban pareciendo impositivas: tengo miedo de un ser que se me impone desde el cosmos como todo en el que debo realizarme; también me aterra una visión del poder-de-voluntad como principio absoluto de las cosas. En contra de eso, estoy convencido de que en el amor hay algo que desborda los princi­pios naturales y el poder de la voluntad. Así pongo en el principio la Palabra (cf. Jn 1, 1), pero una palabra que es principio de amor, fuente de diálogo. En esa línea, tengo la certeza de que estamos avanzando hacia un tercer estado de la historia en el que pueda desplegarse la potencia del amor como principio en que se asientan las restantes dimensiones de las cosas.

 

Desde la experiencia de amor se supera tanto la ontología del ser como la ontología de la voluntad. (1) En el principio no está el ser, con sus leyes de identidad y contradicción (¡el ser es lo que es! ¡el ser y el no ser se contraponen!), sino el amor, con su capacidad de creación (¡hace que el ser brote de la nada!) y su poder de resurrección (¡da vida a lo que ha muerto!) (cf. Rom 4, 17). En el principio no está el ser de la ontología estática griega, sino el amor creador, como principio del ser sea principio del ser y no al revés, superando así la ontología estática griega; para ello puedo aceptar elementos del platonismo extático, en cuyo origen está el amor efusivo y difusivo, pero me fundo sobre todo en la experiencia bíblica, que se funda en el amor hecho palabra creadora. (2) Por otra parte, en contra de la tendencia dominante de la metafísica moderna, el amor es principio de la voluntad. No es la voluntad de poder la que hace posible el amor, sino el amor el que funda la voluntad (que no es voluntad de poder, sino de amor). En el principio está el amor y de su entraña brota el ser y surge la potencia creadora de los hombres. Si hubiera ser antes que amor nos hundiríamos en la angustia de un fatalismo sin remedio. Si la voluntad fuera el principio del amor terminaríamos en la arbitrariedad demoníaca de un mundo que destruye nuestra vida. Por eso, yo formulo: el amor es el poder originario, es el principio del ser y el fundamento de la voluntad. Así quiero mostrarlo, presentando en cuatro tiempos una breve paráfrasis del texto clave de → Pablo 1 Cor 13:

 

            1, El amor todo lo cree (y todo lo crea). Hay en la vida una experiencia iniguala­ble: sólo el amor crea. Por la técnica y la ciencia, el hombre puede construir maravillosos edificios de armonía, bienes materiales, equili­brios impensados de existencia. A través de su voluntad, el hombre puede cambiar las estructuras materiales de la tierra, ordenar la economía, dominar los pueblos. Pero sólo allí donde se alcanza el éxtasis de amor surge la vida, el hombre crea. Platón lo formuló a su manera: amar consiste en engen­drar en la belleza. Allí donde se alcanza la suprema transparencia del encuentro entre personas brota vida, nueva vida, nacen hijos. Amar es engendrar en un nivel humano. Pero podemos dar un paso más: el amor es el principio original de engendramiento, en el misterio de Dios y en la existencia de los hombres. Dios mismo es una génesis de amor, es Padre que origina de su entraña al Hijo. Sabes que esa Génesis se ha abierto, se ha expandido: nosotros procedemos de la entraña del amor de Dios, somos un espacio de ampliación del Hijo, un ámbito de vida en donde el Cristo se refleja y se realiza, al mismo tiempo. Esto significa que el amor es el poder originario. En el principio no está el diablo, ni las fuerzas de la vida, ni el rodar de la materia. Está el misterio del amor gratificante, el Padre que se expande en libertad y, suscitando al Hijo, quiere que las cosas broten en su entorno, como vida que se expande de su seno y le acompaña. Esta es la “physis” más honda, el lugar de nacimiento primigenio de la realidad.                      

            2. El amor todo lo redime: no sólo es un poder de creación sino la fuerza que resucita a los muertos, acoge a los perdidos y recrea a los que han sido destruidos. El verdadero amor respeta, deja que seamos en libertad, nos permite realizarnos en el riesgo. Pero, si es auténtico, el amor no se limita a respetarnos, dejándonos caídos: viene hasta nosotros, participa en nuestro propio sufrimiento y nos ofrece un lugar en su existencia. Para amar no basta con crear. Todos los padres saben que el amor cobra una nueva perspectiva y toma fuerza allí donde, después de haberle originado, ellos asumen como propia la vida de su hijo, le acompañan en los riesgos, le consuelan en las caídas, compartiendo su mismo sufrimiento. El amor nunca violenta desde fuera, nunca oprime de manera imperativa, sino que se desviste de su fuerza y se hace vida compartida y redentora entre los pobres, los sufrientes, los perdidos .Esto significa que el amor es la potencia salvadora. En el centro de este mundo no está el mal, ni la caída de Adán, ni la opresión de los que intentan pasar por poderosos, ni la lucha entre las clases… En el centro de la historia está el amor de redención de Jesucristo, como fuerza que, fundándose en la misma pequeñez y en la impotencia se eleva por encima de todas las instancias y quebrantos de la tierra.

            3. El amor todo lo potencia. No basta con actuar sobre las cosas desde fuera. Es necesario descender hasta el lugar donde los hombres se encuentran oprimidos y expulsados para acogerles y ayudarles. Hace falta una presencia incitadora, una exigencia. Sólo sabe amar de veras aquel que, sin violencia, capacita a los demás a fin de que realicen lo más grande y tiendan hacia la plenitud de sí mismos. El amor ha de entenderse, por lo tanto, como fuerza de transfor­mación de la realidad: es el poder que nos capacita para suscitar un orden de sentido en la batalla de este mundo donde tantas veces nos angustia la visión del hombre como lobo para el hombre. Ese mismo poder de amor nos anima para buscar nuevas estructuras, formas de existencia solidaria, abiertas a los demás. Para muchos creyentes, el Espíritu santo ha terminado convirtiéndose en un signo de puro misticismo inoperante, en un fantasma (ghost) que ronda en la cabeza de los débiles mentales. Pues bien, en contra de eso, tengo que afirmar que el Espíritu de amor de Dios es el poder que fundamenta y vitaliza la marcha dela historia. No estamos en manos de la necesidad cósmica (griegos), ni a merced de una voluntad arbitraria (modernos); el poder que nos sustenta y que dirige el mundo es el amor de Dios en Cristo, el espíritu divino.

            4. El amor todo lo culmina. Se piensa a veces que el amor acaba siendo empeño inútil. Pero no es así. Los hombres y mujeres de la modernidad hemos querido transformar el mundo y al final nos encontramos con la misma ley del cosmos que parece burlarse fríamente de nosotros. Hemos querido construir una sociedad más perfecta y al final parecemos condenados a la barbarie de un capitalismo destructor. ¿Quién puede cambiar esto? ¡El amor! Sólo el amor hará que el frío cosmos pueda volverse hogar fraterno. Sólo el amor hará que el mismo capitalismo pueda trasformarse, poniéndose al servicio de los hombres y mujeres en concreto (dejando así de ser capitalismo). Sólo en amor podemos descubrir y desplegar nuestra verdad en la verdad de Dios, a quien los cristianos veneramos como encuentro de amor en el que todo surge y donde todo se culmina. Las restantes cosas pasan: la fe como visión en sombra, la experiencia carismática del mundo, los trabajos de la tierra, la espe­ranza incierta… Al final sólo nos queda el amor como misterio de encuentro poderoso, el ser y voluntad de Dios como principio y sentido de las cosas, comunión de Padre, Hijo y Espíritu santo. Desde aquí planteo un tema más concreto.

Desde esta perspectiva podemos superar una ontología de la sustancia (del ser en sí, absoluto), lo mismo que una filosofía moderna del pensamiento y de la ley, de la dialéctica racional y de la violencia, para pensar y presentar al hombre, desde una perspectiva metafísica, como relación de amor, como un viviente que sólo existe y se mantiene en la medida que se entrega y relaciona, desde y con los otros, vinculando de esa forma esencia y existencia, ser y hacerse, intimidad y encuentro interhumano. Sólo al interior del Dios enamorado podemos hablar de un amor de hombre pues el hombre no existe encerrándose en sí mismo (como sujeto de posibles accidentes, ser explicado y definido por sí mismo), sino sólo recibiendo el ser de otros y abriéndose a ellos, viviendo así en la entraña del mismo ser divino (que es relación de amor, encuentro de personas). Más que animal racional o constructor de utensilios, pastor del ser o soledad originaria, el hombre es auto-presencia relacional, ser que se descubre en manos de sí mismo al entregarse a los demás, en gesto enamorado de creación y vida compartida.

Así pasamos de la “ontología de la sustancia”, propia de un mundo en el que Dios se identifica con el Todo, a la metafísica de la relación y presencia. No hay primero persona y después relación, pues el hombre sólo es presencia (auto-presencia, ser en sí) en la medida en que es relaciona, de tal manera que se conoce conociendo a otros (desde otros), desde el Ser que es Dios, a quien descubre como trascendencia de amor. Yo no puedo empezar hablando de mí (pienso luego existo, debo luego soy…), porque, si pienso, es porque otros me han pensado (me están pensando) y si debo es porque otros me llaman e interpelan.

No existe primero el ser propio y después la alteridad, porque en el principio de mi ser (del ser de cada uno) se expresa el ser de Dios que es alteridad y presencia radical de amor (que se nos revela a través de los demás). De esa manera, existiendo en Dios, siendo presencia suya, nosotros también somos presencia relacional. Eso significa que no podemos crearnos de un modo individualista, para ser dueños de nosotros mismos, por aislado, en gesto de posesión que nos separa de los otros. Yo no puedo crearme y ser dueño de mí, como sujeto absoluto (sujeto que se eleva ante el resto de las cosas, que son simples objetos), pues estoy recibiendo mi ser como gracia. No soy sujeto ni objeto en sentido absoluto, sino presencia relacional. Eso significa que mi “yo” no surge como algo separado, que puede desligarse de la relación con Dios y con los otros seres personales, pues esas relaciones me constituyen y definen, me instauran e impulsan, al mismo tiempo que yo las cambio y defino, definiéndome a mí mismo en cuanto presencia en relación.

 



[1] Cf. C. Díaz, Contra Prometeo, Madrid 1980; M. Heidegger, Kant y el problema de la metafísica, FCE, México 1993; ¿Qué es metafísica?, Alianza, Madrid 2003; M. Henry, Encarnación. Una filosofía de la carne, Sígueme, Salamanca 2001; Yo soy la verdad. Para una filosofía del cristianismo, Sígueme, Salamanca 2001; J. Martínez Gordo, Dios, amor asimétrico, Desclée de Brouwer, Bilbao 1994; S. Pikaza, Amor de hombre, Dios enamorado. El Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, Desclée de Brouwer, Bilbao 2004; P. Tillich, Amor, poder y justicia, Ariel, Barcelona 1970; F. D. Wilhelmsen, La metafísica del amor, Rialp, Madrid 1964; X. Zubiri, El hombre y Dios, Alianza, Madrid 1984.

58 Responses to “Un “metafísica” del amor”

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