Misericordia, Tratado de la

 

 

      Quiero desarrollar como reflexión de verano, para aquellos que tengan tiempo y calma, un pequeño Tratado de la Misericordia, en un tiempo en el que nos amenaza la intolerancia y dureza de corazón.Buen verano a todos los lectores.

  1. Historia de las religiones[1]

   El tema de la misericordia ha sido frecuente en las religiones y así lo presentamos, uniendo la misericordia como caridad activa y como presencia afectiva. Citamos sólo cuatro ejemplos. De la misericordia de Dios en la Biblia israelita y en el cristianismo tratamos en otro apartado.

 

            1, Isthar, diosa de la misericordia (Babilonia). Ishtar o Ashtarté es una rica expresión de la divinidad en el oriente antiguo. Ella tiene rasgos fuertes de misericordia, como dice su himno: «Ella es poder, magnificencia, deidad protectora y espíritu guardián. Ella mantiene la compasión y la amistad. Además posee ciertamente el agrado. Sea esclava, muchacha libre o madre, ella la protege. Se la invoca entre las mujeres, se menciona su nombre» (J. B Pritchard, Sabiduría del Antiguo Oriente, Garriga, Barcelona 1966, 274). Ishtar es signo de amor universal, diosa que crea el orden del mundo, pero no con violencia, sino con ternura, en contra de Marduk que se impone por la fuerza y carece de misericordia.                                   

            2. Hinduismo. Parece una religión más racionalista que misericordiosa. Ella deja al hombre en manos de su propio esfuerzo, de su capacidad de meditación interior y de trascendimiento. Cada uno se salva o libera a sí mismo, si es que logra superar la cadena de las reencarnaciones, cerrada por la muerte. Por eso resulta más difícil la experiencia de un Dios personal, que ama a los hombres de un modo gratuito y cariñoso. Pero el hinduismo tardío ha desarrollado una vía de la devoción (→ bhakti), vinculada a la misericordia. En este contexto se suele destacar la visión de una divinidad (sobre todo Vhisnú) más cargada de ternura, con rasgos femeninos (o con una diosa/esposa), ofreciendo a los hombres y mujeres su amor, por encima de la dureza de las leyes cósmicas. Superando la acción supramundana (ascesis) y la contemplación (camino intelectual) emerge así una religión del sentimiento amoroso y compasivo. Siguiendo la línea de la Bhagavad Gita, muchos creyentes de la India han descubierto el valor de una experiencia inmediata de un Dios que, siendo fuerte trascendencia, viene a presentarse, al mismo tiempo, como amigo, amor cercano, madre o padre cariñoso.

3. Budismo. La primera verdad de budismo es que todo es sufrimiento. Por eso, la vida no nace de la misericordia de Dios, sino que es lucha y muerte. La segunda verdad: es que el origen del sufrimiento es el deseo, es decir, el ansia de tener, oponiéndose a los otros. Lógicamente, la tercera verdad se formulará de esta manera: para anular el sufrimiento hay que superar los deseos: no desear nada, esa es la manera de salvarse, esto es, de alcanzar el nirvana. La superación del deseo enciende dentro de nosotros otra luz superior: podemos ser “iluminados”, participando así del camino del camino de Buda. Por eso, en principio, no se puede hablar de misericordia. Pero, en un segundo momento, todo el budismo aparece como expresión de misericordia, con sus tres momentos de Maitri o benevolencia universal, de Dana o piedad por los que sufren y de Karuna o solidaridad empática con todos los que sufre.

4. Islam. Todas las suras del Corán empiezan con la invocación Bismillah er-Rahman er-Rahim, en decir, En el nombre de Allah, el Compasivo, el Misericordioso. Estas palabras, inspiradas quizá en Ex 34, 6-7, constituyen el principio de la experiencia musulmana. Desde ese fondo se pueden citar otros pasajes: «Vuestro Dios es un Dios Uno. No hay más Dios que Él, el Compasivo, el Misericordioso» (Corán 2, 163). «Aquellos cuyos rostros estén radiantes gozarán eternamente de la Misericordia de Dios» (Corán, 3, 107). «Vuestro Señor se ha prescrito la Misericordia, de modo que si uno de vosotros obra mal por ignorancia, pero luego se arrepiente y enmienda… Él es Indulgente, Misericordioso» (Corán 6, 54). «¡No desesperéis de la Misericordia de Dios! Dios perdona todos los pecados. Él es el Indulgente, el Misericordioso» (39, 53).

2. Dios clemente y misericordioso! (Ex 34, 4-28)[2]

 La tradición israelita, expresada en los profetas y en la escuela del Deuteronomista sabía que el pueblo había rechazado reiteradamente el compromiso de la → alianza, corriendo así el peligro de perder su identidad y aniquilar su vida. A pesar de eso, Dios se ha mantenido fiel: no ha roto su alianza, no ha negado el favor de su presencia a los que un día quisieron le aceptaron como Señor. Esta historia de fidelidad de Dios que sigue ofreciendo amor/alianza a los mismos que le niegan se ha expresado de forma admirable en Ex 32-34.

Ha subido Moisés a la montaña de la revelación: el Dios del pacto va a mostrarle en cuarenta días las formas y sentido del templo/tabernáculo itinerante donde habitará entre los suyos (Ex 25-31). Pues bien, en esos mismos cuarenta días de revelación (Ex 23,18), el pueblo, en cuyo centro quiere morar y caminar Yahvé le olvida y niega: rechaza el pacto y pide a Aarón, el sacerdote, que construya una figura de Dios, un dios tangible que les brinde protección y vida (cf. Ex 32). Esta es la triste ironía del relato: Dios vela por los suyos, desde el monte de su gracia, cumpliendo de esa forma el compromiso de la alianza (¡estaré con vosotros!); mientras tanto pueblo y sacerdotes se cansan, se alejan y le niegan. En este momento de “suspense teológico”, con la historia como detenida, sin saber lo que podrá pasar (¿perdonará Dios?) romperá su alianza?) se sitúa este relato. Después que los israelitas han negado a su Dios, construyendo el Becerro de Oro, Moisés sube de nuevo a la montaña:

 

Y Yahvé pasó ante él (ante Moisés) diciendo:

¡Yahvé, Yahvé, Dios compasivo y misericordioso,

lento a la ira y rico en clemencia y lealtad,

misericordioso hasta la milésima generación;

que perdona culpa, delito y pecado,

pero no deja impune y castiga la culpa de los padres en los hijos y nietos,

hasta la tercera y cuarta generación! (Ex 34, 6-7).

 

Moisés ha pedido perdón por el pueblo y, respondiendo a su plegaria en favor de Israel (cf. Ex 33), Dios renueva la alianza, ofreciendo un nuevo camino de alianza. Por eso le pide que labre otras losas y vuelva a la montaña donde escucha la gran palabra. (1) Dios es compasivo y misericordioso. De esa forma actúa como madre entrañable (rahum), madre que cuida a sus hijos, como Señor misericordioso (hannun), que ama a los pecadores. (2) Dios es rico en clemencia y lealtad (=rab hesed we´emet). El hesed o clemencia se puede interpretar como “amor de alianza”: aunque los hombres lo rompan, Dios la mantiene; aunque sus “fieles” le dejen, construyendo el becerro en la llanura, Dios no puede abandonarles.

Este pasaje ha superado los esquemas moralistas en los que Dios aparece actuando por ley, ha superado una visión de la justicia, por la cual se corresponden Dios y el hombre: ¡cómo el hombre actúa, Dios responde! De esa forma se revela aquí la trascendencia de Dios en forma de misericordia: Dios pacta con nosotros y nos pide una respuesta, pero su amor y su respuesta sobrepasan el nivel de los méritos y acciones de los hombres. Ciertamente, Dios castiga la culpa de los padres en los hijos (hasta cuatro generaciones), como supone la experiencia del exilio, que ha durado más o menos ese tiempo. Pero la corrección pasa pronto y queda abierto de nuevo el camino de la misericordia hasta mil generaciones, es decir, desde siempre y para siempre.

El futuro de la historia de los hombres no depende de sus obras, es decir, de lo que ellos haga, sino que se sostiene por la misericordia: Dios mismo es la esperanza de futuro, es garantía de ternura (perdón y compasión), firmeza perdurable. Precisamente, en el lugar donde parecía que la historia acababa, viene a elevarse la palabra de promesa y esperanza de Dios para los hombres. Desde aquí se entiende la petición de Moisés: “Si he obtenido tu favor ¡oh Señor! (=Adonai) que mi Señor venga con nosotros, aunque este es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómalos como heredad tuya” (34, 8-9). Esta es la oración de la misericordia, la actitud israelita más profunda:«El rostro de la alianza se desvela desde el rostro del amor paternal inquebrantablemente fiel. El Señor eligió a su pueblo, no porque lo mereciera por su grandeza o su bondad. Más bien, era un pueblo pequeño, pobre y rebelde. La promesa y la liberación de la alianza son un latido de sus entrañas de Padre. Así se ve, cuando se ha recorrido el camino… El rostro del Señor de la Alianza, es el rostro en el que aparecen las entrañas de misericordia (rahamim). Esta expresión nos presenta las últimas raíces del amor paternal. Los hijos son las “entrañas” de los padres, las entrañas entregadas…. El Señor, que sale al encuentro del pueblo oprimido, su libertador, es el Padre de las entrañas de misericordia, de la ternura y del amor, de un amor que, por una parte es gratuito e incansable y por otra es inquebrantable y fiel. Su misericordia es presencia y trascendencia, una presencia que se regala en gracia y que, al tiempo, alienta al compromiso» (M. Legido, 119-120).

3. Evangelios[3]

  El amor misericordioso constituye un elemento distintivo del evangelio de Jesús, tal como lo han destacado Marcos y Mateo, desde su perspectiva de superación de un tipo de judaísmo legalista, que parecía centrado en el cumplimiento de la ley de pureza y separación nacional, más que en el amor a los hombres. De Lucas tratamos al exponer la parábola del → Padre pródigo.

 

1. Marcos ha destacado la misericordia de Jesús en dos lugares clave y con dos palabras que definen su acción sanadora. La primera (splagkhidsômai, vinculada al rehem hebreo) evoca un tipo de cercanía o afecto entrañable, que brota del contacto más hondo, vinculado a la intimidad de la persona (a su vientre materno, a sus entrañas personales). La segunda (eleos, vinculada al hesed hebreo) designa, al mismo tiempo, la piedad y la fidelidad, la ayuda a los necesitados y el cumplimiento de la alianza.

 

1. Tuvo misericordia de ellos, porque eran como ovejas sin pastor. El texto entero dice así: «Jesús, saliendo (de la barca) tuvo misericordia (=esplagkhnisthê) de ellos, porque eran como ovejas sin pastor y comenzó a enseñarles muchas cosas» (Mc 6, 34). Jesús ha ido con sus discípulos a descansar, buscando un lugar desierto; pero encuentra a la muchedumbre de necesitados que salen a su encuentro: deja que le llegue su dolor y desamparo, que le afecte hasta la entraña. Por eso les enseña: la misericordia se convierte de esa forma en fuente de palabra o enseñanza, en amor que educa y promueve a los que están perdidos en el mundo. El evangelio de Mateo, que acentúa esta experiencia de enseñanza en Mt 9, 36-37, ha interpretado la misericordia de Jesús como principio de sanación: “tuvo piedad, curó a los enfermos” (Mt 14, 14). Tanto Marcos como Mateo, cuando presentan la acción de Jesús con los enfermos, “no sólo piensan en las enfermedades y dolencias que había curado, sino en la situación de irredención, en la carencia de Dios y en el desamparo último en que se encuentran los hombres y a los que el Reino viene a subvenir, trayendo a Dios mismo como realidad sanadora y santificadora” (cf. O. González, 62) Esta misericordia entrañable se amplía después en la multiplicación de los panes: la misma enseñanza de Jesús se expresa en forma de alimento para los hambrientos: la misericordia nos lleva a descubrir las necesidades espirituales y materiales de los demás, para así ayudarles (cf. Mc 6, 35-44).

2. Hijo de David, ten misericordia de mí. Jesús culmina su última etapa antes de subir a Jerusalén. Todo lo que ha dicho y hecho se condensa ahora, culmina ahora, en la escena del ciego Bartimeo, que estaba sentado y pidiendo limosna en el camino que va de Jericó a Jerusalén: «Y oyendo que pasaba Jesús el Nazareno (Nazoreo) se puso a gritar: ¡Hijo de David, Jesús, ten misericordia de mí! Muchos lo reprendían para que callara. Pero él gritaba todavía más fuerte:¡Hijo de David, ten misericordia de mí!…» (Mc 10, 47-48). Lo más importante del pasaje es la petición del ciego: ¡ten misericordia (eleêson) de mí!. La liturgia posterior de la iglesia ha mantenido por siglos esta petición, al comienzo de la celebración eucarística, en la misma lengua griega del evangelio, conforme a la versión de Mateo: Kyrie eleyson (Señor ten misericordia). Ésta puede ser una petición donde se implora el perdón de los pecados o la curación de los enfermos. Sin embargo, de manera más general, ella ha de entenderse como una confesión de fe y una petición de ayuda. Jesús aparece así como alguien que puede revelar la misericordia de Dios, su fidelidad personal, que expresa en el mundo el hesed de Dios, de que hablaba el Antiguo Testamento. Jesús aparece así como el Hijo de David misericordioso, aquel que acompaña en el dolor a los hombres. Por eso, todo el evangelio de Marcos se puede interpretar como una expresión de la misericordia salvadora de Jesús, que se entrega hasta la cruz para salvar a los excluidos de la sociedad y a todos los marginados y dolientes de la tierra. El evangelio de Mateo recoge la misma experiencia del ciego que grita: de Hijo de David, misericordia mesiánica (Mt 9, 27). De esa forma muestra que Jesús no es Hijo de David por ser monarca, sino por ser caritativo y sanador, en la línea de Salomón el sabio. Ahora viene a presentarse como verdadero sabio, más alto que Salomón (cf. Mt 12, 42). Por eso le aclaman estos ciegos (son dos: para que su testimonio pueda valer jurídicamente: Num 35, 30; Dt 17, 6), diciendo: “ten misericordia de nosotros, Hijo de David”. La realeza se identifica, según eso, conla misericordia. Sólo puede ser Mesías aquel que se compadece de los hombres.

 

Mateo sigue el esquema y asume los dos textos básicos de Marcos, como ya hemos señalado. Pero añade otros que son fundamentales, desde su propia visión de la misericordia, en la que culmina la religión israelita y se define el evangelio de la salvación universal, que Jesús proclama desde la montaña de la pascua (Mt 28, 16-20).

 

            1. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5, 7). Si el amor es la naturaleza de Dios, también la criatura, imagen suya, está llamada a hacerse misericordia. Se trata de adquirir la perfección del Padre, como dirá Mt 5, 48: “Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto” (cf. paralelo de Lc 6, 36: “sed misericordioso, como vuestro Padre es misericordioso”). El ideal de santidad y de perfección al que Cristo llama a sus seguidores se concreta en las obras de misericordia espiritual y corporal, que son las formas más elevadas de amor al prójimo. Jesús advierte que el juicio final recaerá sobre las obras de misericordia y de bondad que hayamos practicado con el prójimo. Así lo muestra en Mt 25, 31-46. La misericordia divina nos precede y fundamenta, de tal manera que, apoyados en Dios, también nosotros podemos ser misericordiosos.

            2. Jesús es Siervo Misericordioso de Dios, porque ama y sana a los enfermos (Mt 8, 17). Jesús es Siervo de Dios porque sufre con los hombres (se identifica con la debilidad humana) y porque le sana (expulsa a los demonios, sana a los enfermos). Jesús cura por misericordia: encarnándose en la debilidad de los leprosos y enfermos, las mujeres con fiebre y los endemoniados, compartiendo el sufrimiento de los pobres y enfermos.

            3. Misericordia quiero y no sacrificios (Mt 9,13). Ha pedido a Leví, publicano, que le siga. Leví le ha invitado a su casa y él ha ido. Los fariseos, guardianes de la separación y santidad nacional de Israel, le acusan porque ha roto las normas de limpieza del pueblo, comiendo con pecadores. Jesús responde: “no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; id y aprended lo que significa misericordia quiero y no sacrificios” (9, 12-13, con cita de Os 6, 6). “El corazón de la fe no reside en el sacrificio como tal, realizado de forma legalista, sino en la disponibilidad para la misericordia, que precede, acompaña y sigue al mismo sacrificio. A la dimensión del rito se une, de manera inseparable, la dimensión del perdón y del amor” (Rocchetta 208). El Mesías de Dios se define por su misericordia: comiendo con los pecadores, Jesús se solidariza con ellos, les ofrece su amor (amistad) y les llama al reino de los cielos.Jesús es un radical (alguien que lleva su opción hasta las últimas consecuencias), pero no es un purista: no rechaza a los pecadores, no les humilla exigiéndoles un cambio previo de conducta. De esa forma viene a mostrarse como expresión del Principio Misericordia: no llega el Reino, no se transforma la humanidad, a través de la ley, sino por el amor cercano y gozoso: “misericordia quiero y no sacrificios”.

            4. El yugo suave de la misericordia. Jesús se encuentra íntimamente vinculado al Padre de quien recibe y en quien posee todo. Por eso puede presentarse como Mesías de la misericordia. Así pide a los hombres y mujeres que vengan, para recibir su misericordia, para ser acogidos en su comunidad de amor, por encima de toda ley del mundo: «Venid a mí todos los agotados y cargados, que yo os aliviaré. Cargad con mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga es ligera» (Mt 11, 28-29). Frente al peso de la ley, eleva Jesús el yugo suave de su filiación divina. Sólo así, como Hijo del Padre, puede elevar su palabra ante los hombres y llamarles, para que vivan en libertad y puedan gozar de la existencia. La misericordia se define así como descanso: como plenitud de vida que se ofrece precisamente a los más pequeños del mundo. El “yugo” del Dios de Jesús es precisamente su amor misericordioso, en la línea de la mejor tradición del Antiguo Testamento desde Oseas hasta Isaías: encontramos al Padre por Jesús, en el ca­mino de su vida y su mensaje, en la esperanza de su reino y encontramos a Jesús desde Dios, pues el Padre le ha concedido todo lo que tiene

            5. Una religión de la misericordia. Cristo amenazado (Mt 12, 6- 7). Como sabe ya Mc 2, 23-28, sábado y templo eran dos instituciones fundamentales para el judaísmo oficial: ellas expresaban el poder y providencia salvadora de Dios; eran la esencia de la religión de un judaísmo sacerdotal, centrado en la pureza de la nación sagrada. Pues bien, curando a los enfermos y ofreciendo alimento a los hambrientos, Jesús aparece como superior a sábado y templo, pero no él, como persona aislada, sino como principio de misericordia. Por eso, en el contexto de una disputa sobre el sábado y sobre el sentido de los sacrificios, Jesús añade, defendiendo a sus discípulos: “Os digo: aquí hay (alguien) mayor que el Templo: Si supierais lo que significa misericordia quiero y no sacrificio (Os 6, 6) no condenaríais a los inocentes. Pues el Hijo del Hombre es Señor del Sábado” (Mt 12, 6-7).

            6. Este es mi Siervo… Misericordia y justicia (12, 15-21). Mateo define expresamente a Jesús como Siervo amado de Dios, destinado a liberar a los hombres, en gesto de solidaridad abierta a todas las naciones: “He aquí mi Siervo, a quien he escogido…No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha humeante, hasta que lleve la justicia a su victoria y en su Nombre esperarán las naciones” (Mt 12, 18-21). Estas palabras muestran que Jesús ha redimido a los hombres con su misericordia cercana y no con un poder de imposición. Desbordando la frontera israelita, este siervo puede realizar una tarea de justicia que se extiende a todas las naciones. El texto parcialmente paralelo de Lc 4, 18 destacaba los milagros de Jesús. Éste acentúa su justicia misionera, pero interpretada ya en forma de misericordia. Dios es justo precisamente siendo misericordioso: puede ayudar a los demás y llevar al mundo entero el plan salvador de Dios porque entrega la vida en favor de todos. Precisamente allí donde supera la clausura israelita, por obra del Espíritu, en gesto de profunda cercanía humana, Jesús puede presentarse como portador de justicia y esperanza para todas las naciones

            7. Las cosas más profundas de la Ley: justicia, misericordia y fidelidad (Mt 23, 23). Estas palabras están en el centro de la gran disputa de la comunidad cristiana con otros tipos de judaísmo, que ponen más de relieve otros aspectos de la ley nacional. En contra de eso, el Jesús de Mateo, siguiendo en la línea de Ex 34, 6-7, ha centrado la religión en la verdadera justicia de Dios (crisis) se revela en la misericordia (eleos) y se acoge en la fidelidad (pistis) ala alianza. En este contexto se sitúan las obras de misericordia. La culminación del tema, no sólo en Mateo, sino en todo el Nuevo Testamento, aparece en Mt 25, 31-46, texto que estudiamos por separado al ocuparnos de las obras de misericordia, sabiendo que el texto las presenta, al mismo tiempo como “obras de servicio” (diakonia) y de “justicia” (propias de los justos: hoy dikaioi).

4. Iglesia primitiva[4]

   La iglesia tuvo que expresar su mensaje de amor social dentro del Imperio romano y lo hizo de un modo práctico, entre los siglos II y V d. C. Éste fue uno de sus logros más importantes. La conversión del Imperio Romano al cristianismo no fue consecuencia de una predicación ni de teología especial, sino resultado de una forma de vivir, de una caridad económica, partiendo del ejemplo de la misericordia de los fieles, que se reunían en grupos donde se ayudan mutuamente. Entre las notas de estos primeros momentos de la iglesia podemos destacar las siguientes:

 

1. Fuerte sentido de comunidad Los cristianos se vinculan, como grupo especial, formando comunidad de vida y de bienes, no sólo por una fe común y por una celebración del misterio de Jesús, sino por una forma intensa de solidaridad mutua, en gesto de fuerte misericordia. Desde esa perspectiva de solidaridad grupal se entiende la acogida a los pecadores y la comunión eucarística.

2. Misericordia y evangelización. Los cristianos se sabían enviados por Jesús para anunciar y crear una comunidad de hermanos, donde se hace presente el Reino de Dios. No se cerraron en sí mismos, como grupo separado, con leyes precisas de pertenencia y vida social (como los judíos), sino que se abrieron a todos, de un modo especial a los más pobres. Así se les conoció dentro el Imperio como grupo donde todos se ayudaban entre sí y ayudaban a los pobres. De esa forma, la iglesia se abrió a todos los problemas sociales, familiares, e incluso intelectuales… Esa apertura hizo que la iglesia fuera realizando una misión “desde abajo”, no en claves de poder, sino de humanización. De esa forma, desde el siglo II al V, los cristianos acabaron apareciendo como el único grupo sólido del mundo romano; todo va cayendo, ellos quedan como signo de madurez social.

3. La iglesia puso de relieve la comunidad de bienes, desde la perspectiva de la misericordia.   El imperio había creado una economía fundada sobre el latifundio, la explotación de grandes propiedades, los tributos, la esclavitud… Los gastos militares y de administración del imperio eran cada vez más grandes, los bienes para los necesitados se fueron   haciendo más escasos… En esas circunstancias no había más salida que una nueva forma aplicar la economía al servicio de los más pobres. Lo Iglesia no organizó la producción, ni los grandes mercados monetarios… sino la comunicación de bienes, que era el tema más importante del momento. Sin hacer grandes planes, los obispos y diáconos de las comunidades realizaron una auténtica distribución de estos bienes, al servicio de todos, pero para ayuda real de los más pobres. No fue necesaria una revolución violenta, como la del marxismo; fue una revolución de las conciencias y la vida social de la iglesia.

4. La iglesia organizó una asistencia social para los componentes de la comunidad… Éste fue quizá el mayor de sus logros. En las márgenes del imperio abundaban los pobres, los esclavos o libertos sin medios de fortuna, la mayoría de los empobrecidos, dentro de un sistema imperial que había sido (y seguía siendo) muy rico. Pues bien, la iglesia creó para sus pobres (viudas, enfermos, huérfanos…) una red eficaz de servicios, que abarcaban desde el nacimiento (se acogía a todos los niños, no se dejaba morir a ninguno, no se dejaba a ninguno sin familia) hasta la muerte (la iglesia organizó para todos los servicios funerarios). De modos diversos, los cristianos se supieron solidarios y encontraron formas de comunicación y asistencia social muy eficaz. Esta fue su mayor aportación al mundo antiguo, sobre todo en la época de San Basilio.

5 La iglesia ofreció su asistencia misericordiosa a quienes se acercaban a ella… Ese servicio social se abría de algún modo a los mismos paganos en cuanto necesitados. Ciertamente, los cristianos seguían poseyendo propiedad privada, pero la ponían al servicio de las necesidades sociales del entorno… De esta manera revivieron de forma concreta, como algo normal, el ideal de la comunicación de bienes que había florecido en los grandes teóricos del mundo greco-romano. No tenían un ideal de puro ascetismo, ni de rechazo del mundo, sino de servicio mutuo y comunicación de bienes.

 

Así lo ha puesto de relieve Benedicto XVI: « Con el paso de los años y la difusión progresiva de la Iglesia, el ejercicio de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales, junto con la administración de los Sacramentos y el anuncio de la Palabra: practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio. La Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra. Parademostrarlo, basten algunas referencias. El mártir Justino († ca. 155), en el contexto de la celebración dominical de los cristianos, describe también su actividad caritativa, unida con la Eucaristía misma. Los que poseen, según sus posibilidades y cada uno cuanto quiere, entregan sus ofrendas al Obispo; éste, con lo recibido, sustenta a los huérfanos, a las viudas y a los que se encuentran en necesidad por enfermedad u otros motivos, así como también a los presos y forasteros (I Apologia, 67). El gran escritor cristiano Tertuliano († después de 220), cuenta cómo la solicitud de los cristianos por los necesitados de cualquier tipo suscitaba el asombro de los paganos. (Apologeticum 39, 7). Y cuando Ignacio de Antioquía († ca. 117) llamaba a la Iglesia de Roma como la que «preside en la caridad (agapé)» (Ep. ad Rom. Inscr.). Se puede pensar que con esta definición quería expresar de algún modo también la actividad caritativa concreta» (Dios es amor 22). Como prueba de las afirmaciones anteriores, y a modo de resumen del tema, queremos citar un trabajo monográfico sobre la intensidad de la misericordia cristiana y su importancia social:

 

La iglesia no es solo la comunidad de los que profesan la misma fe, sino también y sobre todo la comunidad de los que viven en comunión de bienes. La iglesia no sólo guarda el depositum fidei sino también depositum pietatis. En la iglesia antigua, dar a los pobres no era solamente prestar a Dios, sino sobre todo prestar a la comunidad, que resultaba fortalecida por las aportaciones de todos en beneficio de los pobres y necesitados, que no vivían ad extra, fuera de la iglesia, sino ad intra, participando de ella por dentro. En la iglesia antigua, ayudar a los necesitados y socorrer a las viudas, a los huérfanos y a los pobres en general no era de ninguna manea una actividad esporádica y pasajera, sino que formaba parte del mismo ser y del mismo vivir dela iglesia. No se podía entender a la iglesia sin la comunión de bienes, de una u otra forma, bien sea por una caja en común, bien por la formación de un colegio o asociación de ayuda mutua, bien por medio de alguna forma de aportaciones mensuales…Podemos afirmar que la iglesia en el siglo III, era una fuerza económica al servicio de los pobres, hasta tal punto que suscitó la envidia y la codicia por parte de las autoridades y funcionarios del Imperio romano; y tenemos un ejemplo elocuente de ello, relacionado con la iglesia de Cartago, en África romana. Esta iglesia tenía suficientes medios económicos para rescatar a un grupo de esclavos cristianos que habían caído en manos de bandidos númidas, por el precio de 100.000 sestercios, en la época del obispo san Cipriano, por el año 250. Ocho años más tarde una violenta persecución,la de Valerio, cayó sobre la iglesia de Cartago. San Cipriano fue una de sus víctimas. Las investigaciones históricas han demostrado que ella tenía el objetivo fundamental de llenar lar arcas del Estado, que sufría una crisis bien conocida en el aspecto financiero durante el siglo III, con el dinero de los cristianos (cf. E. Hoornaert 234, 238)

5. Virtud y bienaventuranza[5]

 La misericordia es una virtud teologal, es decir, una forma de comportamiento cristiano que se funda en el amor. Al mismo tiempo, ella es una expresión de la bienaventuranza. De todas formas, en la teología medieval, el lenguaje de la misericordia quedó reservado para la moral, para el discurso sobre las virtudes y, sobre todo, para la relación justicia-misericordia. Con cierta frecuencia, se puso de relieve la tensión (la oposición) entre la misericordia y la justicia, entre la pietas y la severitas, hasta llegar a oponerlas entre sí. Pero los grandes teólogos conservaron la relación etimológica miseria-misericordia, para subrayar la importancia individual, social y espiritual de la compassio. Santo Tomás distingue entre misericordia-virtud y misericordia-bienaventuranza.

 

            1. Misericordia-Virtud. La misericordia es una virtud especial, fruto de la caridad, aunque distinta de ella, que nos inclina a compadecernos de las miserias y desgracias del prójimo, considerándolas en cierto modo como propias, en cuanto contristan a nuestro hermano y además, en cuanto podemos vernos nosotros mismos en semejante estado. La misericordia es uno de los frutos de la caridad o, mejor aún, es su fruto más importante. Santo Tomás dice: «En sí misma, la misericordia es la más grande, pues a ella toca volcarse a favor de otros y, lo que es más, socorrer sus deficiencias. Esto es peculiar del superior, por donde se tiene propio de Dios tener misericordia y en ella se dice que resplandece sobremanera su omnipotencia” (cf. S.Th II-II, q. 30, a.3c y a.4c. Edición castellana en Suma Teológica VII, BAC, Madrid 1959, 932-937). Es la más perfecta de todas las virtudes que se refieren al prójimo; y el mismo Dios manifiesta en grado sumo su omnipotencia compadeciéndose misericordiosamente de nuestros males y remediando nuestras necesidades. Así ha orado la iglesia: “Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia”. El perdón y la misericordia son efectivamente un acto soberano de la omnipotencia de Dios” (Amato 52-53)

2. Misericordia-bienaventuranza. “La misericordia es además una bienaventuranza que abre la vida del cristiano a la acción del Espíritu Santo. Santo Tomás pone en correlación la bienaventuranza de la misericordia con el don del consejo: “Al don del consejo corresponde especialmente la misericordia, no porque realice sus obras, sino porque guía su cumplimiento” (A. Amato, 53. Santo Tomás S. Th. II-II, q.52. a.4c). La misericordia como bienaventuranza es un don que Dios otorga al hombre. “Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad… iluminan las acciones y actitudes características de la vida humana. Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza… Semejante bienaventuranza supera la inteligencia y las solas fuerzas humanas. Es fruto del don gratuito de Dios. Por eso la llamamos sobrenatural, así como también llamamos sobrenatural la gracia que dispone al hombre a entrar en el gozo divino” (Catecismo de la Iglesia católica 1717-1719,1722). En este sentido, la misericordia es don de Dios, algo que el hombre no puede conseguir por sí mismo.

 

Como virtud vinculada a la caridad, la misericordia tiene un elemento teológico: es un signo de la presencia de Dios en la vida de los hombres. Desde ese fondo, podemos decir que ella forma parte del mismo despliegue amoroso de Dios. «La Misericordia no es más que una forma específica de vivir el amor, de vivirlo ante el que sufre… Es una manera de vivir en la que el sufrimiento de los demás se convierte, una vez interiorizado, en un principio de actuación que va a configurar y dar un estilo a todo nuestro hacer y a todo nuestro ser… Dios se revela siempre como el que actúa movido sólo por el principio-Misericordia. Cristo, el Hijo de Dios encarnado, actúa sólo movido por el principio-Misericordia. Y ser humano ha de hallarse movido por el principio-Misericordia… Para Jesús ser humano es saber reaccionar con misericordia ante el sufrimiento ajeno. Si entendemos bien la parábola del Buen Samaritano, comprendemos que este es para Jesúsel único humano verdadero, porque es el único que actúa movido por la misericordia. Sinmisericordia un hombre es poco humano; en la parábola quedan deshumanizados el sacerdote y el levita, porque viven dando rodeos ante el sufrimiento, siguen su camino, vienen de la liturgia del templo, van a sus obligaciones… son hombres que no están movidos por el principio de la misericordia. Elsamaritano es el único humano, porque la misericordia es lo único que humaniza a la persona. Jesúsen la parábola termina con estas palabras: ‘vete y haz tú lo mismo’. Pues, en fin, esto es lo único que hay que hacer. Al final, lo que tengo que hacer en la vida es vivir así, con los ojos muy abiertos, como el buen Samaritano, viendo gente herida, dejándome conmover, aproximándome, acercándome. No puedo preguntarme hasta dónde llega mi obligación, sino dónde hay gente que sufre y que me necesita cerca”. (cf. J. A. Pagola, “El principio misericordia”, texto ol line en eurosur.org-acc)

 

  6. Obras de misericordia[6]

La tradición de la iglesia habla de catorce obras de misericordia, partiendo, como es obvio, de las seis que aparecen en Mt 25, 31-46 (juicio* de amor). Estas obras pertenecen al misterio de la gracia de Dios; no brotan de la pura justicia social, sino que han de entenderse desde la encarnación o presencia de Dios entre los pobres. Ellas no pueden justificarse desde la pura razón social, sino que se apoyan en el evangelio de Jesús, que se introduce la pequeñez del mundo. Esas obras desbordan toda planificación impositiva, no se pueden cumplir por obligación o sistema…, pues ponen al ser humano ante la debilidad de los demás. Son algo que no se puede imponer, no se puede mandar. Ellas sólo se pueden cumplir por gracia… Empezamos por las llamadas corporales:

 

1ª y 2ª   obra: Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento. El hambre física está al principio de todas las necesidades. Ciertamente, hay otras carencias dolorosas (de cariño, cultura, palabra…; cf. Mt 4, 4). Pero la más honda, la primera de todas es la falta de comida. Allí donde este mundo rico condena al hambre a millones de personas (o las pone en situación de inseguridad permanente) crece no sólo la pobreza material, sino que la vida se vuelve insoportable y violenta, en contra de la voluntad de Dios. El capitalismo de occidente sabe producir, de manera que tenemos comida bastante para remediar el hambre universal, pero no sabe compartir: no queremos sentarnos juntos a la mesa de la palabra (diálogo gratuito) y de la “bendición” (multiplicación) de los panes y los peces, para conversar y comer, para ofrecernos dignidad, para cultivar el misterio de la vida, en amistad y de confianza. Por eso, mientras haya división en el mundo, mientras unos acaparen y posean a costa de los otros seguirá habiendo hambre sobre el mundo. El hambre tiene múltiples raíces (la relativa escasez de recursos, la falta de desarrollo de determinados colectivos nacionales o sociales…), pero en sentido más profundo, ella tiene dos causas principales: 1. El egoísmo de muchos individuos y grupos, que no quieren compartir lo que producen y tienen. 2. La injusticia del sistema capitalista, que pone un tipo de desarrollo económico por encima de la vida de los hombres. En este contexto, la primera obra de amor misericordioso es dar de comer hambriento, dar de beber al sediento, tanto de manera privada, como a través de una trasformación de las instituciones sociales.

            2ª y 3ª obra: Vestir al desnudo, acoger al extranjero. En el fondo, exilados y desnudos se identifican. Unos y otros son personas marginales sin protección social, minorías étnico-religiosas no aceptadas (ni integradas) por el grupo dominante. Los extranjeros y exilados carecen de patria o grupo que les garantice un espacio de humanidad; han tenido que dejar su tierra, casi siempre por razones económicas, para vivir en condiciones culturales y sociales distintas, en medio de un ambiente casi siempre adverso; son pobres porque, careciendo en general de bienes económicos, carecen también de bienes sociales, culturales, afectivos: están doblemente desposeídos y humillados, en un entorno adverso. Para la Biblia (y para la cultura que está al fondo del Antiguo y Nuevo Testamento) desnudos son aquellos que, teniendo quizá ropa, visten y se portan humanamente de manera distinta o indigna: son aquellos que, por razón de su “hábito” o apariencia externa (material, social, cultural), son extraños para el grupo dominante, pues no tienen su dignidad, conocimientos o cultura. (1) Desnudos son para la Biblia no sencillamente aquellos que carecen de ropa material, sino los que en razón de su “hábito” o apariencia física se encuentran como extraños en un mundo dominante, siendo generalmente humillados, despreciados y oprimidos. En este contexto, la desnudez significa opresión. Ellos, los desnudos, siguen siendo los más pobres, signo supremo del reino de Dios. El ser humano se viste sobre todo de cariño: necesita la mirada, la caricia, la confianza de familiares y amigos: necesita vestido “social”. Este tema está actualmente vinculado a la acogida a los emigrantes y gentes de otras culturas. (2) Extranjeros. En la Edad Media solía decirse “dar albergue al peregrino”: la escasez de medios de comunicación, así como la abundancia de caminantes y peregrinos, que se dirigían en medio de grandes privaciones, a visitar los santos lugares, ofrecía con mucha frecuencia a las personas caritativas, la oportunidad de practicar la hospitalidad cristiana. Las órdenes monásticas antiguas consideraban la hospitalidad cristiana como algo sagrado e inviolable. San Benito repite una y otra vez que es al mismo Cristo a quien debe atenderse en la persona de los huéspedes y peregrinos, sobre todo, si son pobres, de quien nada puede esperarse en retorno. Pero, en sentido más estricto, el texto básico de Mt 25, 31-46, habla en general de exilados y extranjeros: de aquellos que han tenido que dejar su tierra, casi siempre por razones económicas, para así vivir bajo condiciones culturales y sociales adversas o ajenas, en un medio ambiente muchas veces opresor, casi siempre extraño. Ayudarles es una de las tareas fundamentales de la iglesia y de la sociedad en el momento actual.

            5ª obra: Visitar a los enfermos. En la actualidad, la sociedad capitalista acoge y ayuda técnicamente a sus enfermos, para bien del conjunto: nunca había existido un sistema sanitario tan perfecto como el nuestro (occidental), tanto en plano de organización como de eficiencia técnica. Por otro lado, los avances científicos y sociales (de alimentación y trabajo etc.) han alargado de forma considerable el tiempo de la vida. Pero junto a eso, y en parte por el mismo avance técnico y por la estructura competitiva de la sociedad, los problemas de muchos enfermos se han vuelto más grandes, no solo en los países del tercer y cuarto mundo, sino dentro de occidente: se sienten manejados y expulsados, sin nadie que tenga tiempo y cariño para ellos; no resultan rentables para la sociedad. Pues bien, en ellos está Jesús. Sea de origen natural o social, la enfermedad pone al hombre en situación de fuerte debilidad, y le hace dependiente de los otros seres humanos. Hay enfermedades propias de las culturas del bienestar material, ligadas al hastío de la vida, a la falta de amor. Podemos decir, que por un lado el enfermo es signo de Dios, la expresión de un Cristo que se ha encarnado en la fragilidad y muerte de la historia. Pero no tenemos derecho a consolar a los enfermos diciéndoles que Dios habita en su propio sufrimiento, animándoles a sufrir en actitud de entrega pasiva. Por otro lado, debemos ayudar, visitar a los enfermos, como hizo Jesús. Precisamente porque Dios se encuentra en ellos, debemos acompañarles y curarles, ofreciéndoles un germen de salud con nuestra misma presencia.

6ª obra: Visitar a los encarcelados. Los encarcelados suelen ser personas socialmente oprimidas, en plano psicológico, familiar y social. La mayoría provienen de contextos destruidos, de minorías marginadas (en el nivel económico, racial o cultural), de grupos que no encuentran espacio para insertarse en el orden de la sociedad. Ordinariamente, vienen del hambre y exilio, de la enfermedad y carencia afectiva, de la “falta de humanidad” del sistema. Los encarcelados son víctimas, siendo a veces también durísimos culpables (porque han convertido a otros en víctimas: les han robado, violado, asesinado). Al menos en general, muchos encarcelados son culpables en relación con el sistema establecido: han roto las normas de vida que definen y defienden la estructura dominante (del estado “legal”). Por eso han sido juzgados y condenados… Pero ellos son al mismo tiempo (y sobre todo) víctimas de una injusticia social. Lógicamente, para resolver el problema de la cárcel, hay que empezar solucionando los problemas del orden y/o desorden social. El evangelio no defiende ni condena la justicia de la sociedad que encarcela, ni la posible culpa de los encarcelados, no entra en la dinámica del juicio, para saber si son o no culpables, sino que se limita a presentarlos como signo sufriente de Jesús sobrela tierra. Ellos, los últimos del mundo, son señal de Dios, han de ser objeto privilegiado de la misericordia para los creyentes. Frente a un orden estatal y judicial, Jesús eleva el principio más alto de la misericordia: él mismo se encarna en la suprema pobreza de la cárcel y quiere que sus servidores visiten y ayuden a los encarcelados, para iniciar, a partir de ellos, un camino de liberación y amor universal.

            7ª obra: Sepultar a los muertos. Esta obra no aparece en Mt 25, 31-46, pero ha sido introducida pronto por la iglesia en el esquema de las obras de misericordia, sobre todo a partir del libro de Tobías, a quien se alaba por haber dado sepultura a los asesinados de su pueblo. Dicha obra expresa el gran respeto de la iglesia por los difuntos y la solidaridad con sus familiares. Es una obra importante, pero no es esencial para la vida de los hombres: los muertos están en manos de la misericordia de Dios, aunque no reciban sepultura.

 

Obras de misericordia espirituales: Desde tiempo antiguo, fundándose en la distinción más griega que bíblica, entre lo espiritual y lo corporal, pensando que las anteriores eran simplemente corporales, la tradición de la iglesia ha añadido siete obras espirituales, que en sí son muy importantes. Mt 25 no las había incluido, pero ha sido bueno que la iglesia las haya explicitado. Algunos piensan que son más importantes que las corporales. Se citan las siguientes: (1) Instruir a los ignorantes: enseñar al que no sabe. En esta línea ha realizado y sigue realizando la iglesia una importante labor educativa y cultural, en colegios y universidades. (2) Aconsejar a los desorientados: dar buen consejo a quien lo necesita. Esta obra es más propia de confesores, educadores y directores de conciencia. (3) Corregir a los que se equivocan o yerran. La corrección debe ser fruto del Espíritu Santo, por consiguiente, humilde. Es propia de los que tienen autoridad moral, familiar o espiritual. (4) Perdonar las injurias. Esta obra es una de las más costosas. Pedro preguntó a Jesús cuantas veces debería perdonar al que lo ofendiese. La respuesta de Jesús fue: “setenta veces siete” (Mt. 18:21-22) es decir “siempre”. (5) Consolar a los afligidos. Jesús dice: “Felices los que lloran porque ellos serán consolados” (Mt. 5:5). Esta labor de consuelo no es exclusiva de Dios, sino que han de realizarla los creyentes, consolándose unos a otros. (6) Sufrir con paciencia los defectos del prójimo. Esto significa aceptar la fragilidad, reconociendo las limitaciones y defectos de los demás, sin querer imponer los propios criterios. (7). Rogar a Dios por todos los vivos y difuntos. S. Pablo decía a una comunidad: “oramos y pedimos sin cesar por vosotros” (Col. 1:3-9; cf. Hech 8:15). La oración mutua es una de las acciones básicas de la vida cristiana; en ella se expresa la solidaridad espiritual de los creyentes y de todos los hombres.

Los Padres de la Iglesia han dado gran importancia a las obras de misricordia. «No eches de ti al pobre, tú que eres rico en la divinidad o, por lo menos, no te enriquezcas a costa del pobre. No desprecies al peregrino, por quien peregrinó Cristo, de quien todos somos peregrinos y forasteros, a fin de que no seas, como el primero, forastero del paraíso. Dale al necesitado techo, vestido y comida, ya que tú te regalas en todo eso, más allá de la necesidad. Noames la riqueza, a no ser que socorras al pobre. Perdona, pues a ti, te han perdonado; practica la misericordia, ya que se ha practicado contigo; gana, mientras es tiempo, la benignidad con la benignidad. Procuraque toda tu vida y todo tu modo de conducirte sea para ti constantemente nuevo» (San Gregorio Nacianceno, Sermón 44, 7).

 



[1] Cf. M. Eliade, Historia de las creencias e ideas religiosas I-III, Cristiandad 1978s; C. Poupard “Misericordia”, en Id. (ed.), Diccionario de las religiones, Herder, Barcelona 1987, 1185-1198; Para el Corán, cf. J. Cortés, El Corán, Herder, Barcelona 1995

[2] Además de comentarios a Ex, cf. F. Asensio, Misericordia et Veritas. El Hesed y ‘Emet divino, su influjo religioso-social en la historia de Israel, Gregoriana, Roma 1949; G. R. Clark, The Word Hesed in the Hebrew Bible, JSOT SuppSer 157, Sheffield 1993; J. R. García-Murga, El Dios del amor y de la paz, Comillas, Madrid 1991; N. Glueck, Hesed in the Bible, Cincinnati OH 1967; E. Kellenferger, Hesed waemet als Alsdruck einer Glaubenserfahrung, ATANT 69, Zürich 1982; M. Legido, Misericordia entrañable, Sígueme, Salamanca 1987; K. D. Sakenfeld, The Meaning of Hesed in the Hebrew Bible: A New Inquiry, HSM 17, Missoula MO 1978; I. M. Sans, Autorretrato de Dios, Serie Teología 28, Deusto, Bilbao 1997.

[3] Cf. F. Riera, Jesús de Nazaret. El Evangelio de Lucas, escuela de justicia y misericordia: una historia de Dios subversiva y fascinante, Desclée de Brouwer, Bilbao 2002; C. Roccheta, Teología de la ternura. Un evangelio por descubrir, Sec. Trinitario, Salamanca 2001; O. González de C., La Entraña del Cristianismo, Sec. Trinitario, Salamanca 1998; K. Tagawa, Miracles et Evangile. La pensée personnelle de l’évangeliste Marc (EHPhR 62) Paris 1966.

[4] Cf. J. H. Elliot, Un hogar para los que no tienen patria ni hogar. Estudio crítico social de la Carta primera de Pedro y de su situación y estrategia, Ágora, Verbo Divino, Estella 1995; A. Hamann, La vida cotidiana de los primeros cristianos, Palabra, Madrid 1986. E. Hoornaert, La memoria del pueblo cristiano, Presencia teológica, Cuenca-Ecuador 1985; M. Y. MacDonald, Las comunidades paulinas. Estudio socio-histórico de la institucionalización en los escritos paulinos y deuteropaulinos, BEB 87, Sígueme, Salamanca 1994; Antiguas mujeres cristianas y opinión pagana. El poder de las mujeres histéricas, Verbo Divino, Estella 2004; J. Neusner (ed.), The Social World of Formative Christianity and Judaism, Fortress, Philadelphia 1988 R. Trevijano, Patrología, Sapientia Fidei 5, BAC, Madrid 1998; R. L. Wilken, The Christians as the Romans Saw Them, Yale University, New Haven and London 1984.

[5] Cf. A. Amato, El evangelio del Padre, Sec. Trinitario, Salamanca 1998; R. Flecha, Teología moral fundamental, Sapientia Fidei 8, BAC 1997; C. Roccheta, Teología de la ternura. Un evangelio por descubrir, Sec. Trinitario, Salamanca 2001; J. Sobrino, El principio misericordia. Bajar de la Cruz a los pueblos crucificados, Sal-Terrae, Santander 1992.

[6] Cf. E. González, Las obras de misericordia en la actualidad, Ortells, Valencia 2003; J. M. Mañú, Las obras de misericordia, Palabra, Madrid 1998; X. Pikaza, Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños, Sígueme, Salamanca 1984; A. Royo Marín, Teología de la Caridad, BAC, Madrid 1960, 438-439

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