Mística: experiencia de amor[1]

 Suelen distinguirse dos tipos de mística. (a) En tradición oriental, bási­camente representada por las tendencias de la India, el proceso místico de apertura a lo divino se interpreta a partir de un modelo de identificación con el absoluto. Amar a Dios implica penetrar en un misterio de fusión con lo divino. b) La tradición occidental, fundada en Israel y reflejada en el Islam y el cristianismo, entiende la apertura a Dios en términos de encuentro entre personas. Por eso, su ideal no está el fundirse en lo divino, sino en relacionarse con Dios, en actitud de diálogo amistoso. La tradición oriental se expresa en un tipo de experiencia inmersiva: amar a Dios implica superar las condiciones de la historia, desligarse de este mundo y penetrar en un misterio más alto y verdadero. En contra de eso, la tradición cristiana, derivada de Israel, pero recreada poderosamente por un tipo de espiritualidad helenista, con rasgos platónicos, ha interpretado la mística a manera de proceso de encuentro personal del hombre con Dios, conforme a un camino que incluye básicamente cuatro momentos:

 

1.   Ascenso. Superando su dispersión actual, el hombre se recoge y busca su verdad en Dios, que es lo único necesario. A fin de conseguirlo necesita despegarse de todos los deseos, superando los anhelos de la tierra o las metas dela historia. En este plano guarda su valor el ideal de los caminos orientales: para alcanzar su realidad, el hombre ha de iniciar un movimiento de elevación un proceso de recogimiento que conduzca hacia el nivel de la absoluta gratuidad, en las fronteras y veneros de la vida.

2.   Ruptura. A Dios no se le encuentra en ninguna de las cosas dela tierra. Por eso, después que el hombre o la mujer han corrido y recorrido todos los caminos de la historia, el misterio de Dios sigue estando tan lejos como al principio, en trascendencia inaccesible. Alguien dirá ¿no han valido los esfuerzos anteriores? ¡Evidentemente que han valido! Pero no para acercarnos a Dios sino para escucharle cuando venga. No para obligarle a que descienda sino para entender mejor su gracia cuando llegue. En ese contexto hay que añadir que Dios viene porque quiere, que ama cuando así lo decide, por iniciativa de su amor y no porque los hombres le obliguen. Esto significa que en el fondo del camino de la mística se expresa la trascendencia de Dios y la gratuidad de su revelación.

3. Alianza. Sólo a partir de esa ruptura es posible el encuentro del hombre con Dios en dimensión de alianza: la búsqueda humana, infructuosa en sí misma, queda asumida en la revelación de Dios. A su vez, la presencia de Dios hace posible una búsqueda distinta de los hombres. Sobre la barrera del tiempo y el espacio, uniendo la distan­cia que separa lo infinito de lo finito se establece el misterio de un encuen­tro de amor, interpretado en forma de comunión de libertades. Cesan entonces las antiguas leyes, quedan superados los principios absolutos, las teorías: sólo importa el hecho de que Dios y el hombre se pongan frente a frente, iniciando un diálogo que sólo ellos pueden concretar.

4. Retorno, amor liberador. Los maestros medievales, como Ricardo de San Víctor, ponían al final del camino del amor un “descenso” de la montaña de la visión.El místico tenía que bajar de su altura (Tabor, Sinaí, Monte Carmelo) para encontrar a Dios en los pequeños y expulsados dela tierra. De esa forma, la mística se convertía en experiencia y compromiso de amor al prójimo.

 

Partiendo de este esquema (y para decirlo en términos personales), el principio de toda experiencia mística es la certeza de que Dios te ama: colocada sobre un mundo ambiguamente destructor, que te maneja y te destruye, descubre que te encuentras en las manos y en los ojos, en los brazos y en el pecho de un Dios que se preocupa de tu vida. La experiencia te sorprende y ves que todo empieza a ser distinto: tierra y mares, vida y hombres. Miras mejor y descubres que puedes responder. Impotente y miedosa como eres, en medio de una tierra llena de odio y mentira, te atreves a decirle a Dios que amas, que le amas. Pasan a segundo término las viejas fantasías, las palabras y proyectos que tenías, de manea que puedes hacer tuyas las palabras de san Juan de la Cruz: «Mi alma se ha empleado, /y todo mi caudal, en su servicio: / ya no guardo ganado, / ni ya tengo otro oficio, /que ya sólo en amar es mi ejercicio» (Cántico Espiritual B, 28).

“Ganado” (algo que se gana) eran las viejas fortunas de la tierra. Oficiolos quehaceres de la vida, los deseos, la impotencia de los gestos. Pues bien, ya no hay ganado ni oficio. No hay trabajo, ni teorías, ni proyectos que puedan mantenerse por sí mismos. Todo queda en un segundo plano, dado que sólo el amor es «tu ejercicio». Ese ejercicio de amor es la mística. Eseamor no es posesión, ni obligación, sino experiencia de comunión radical, con Dios y con todas las cosas que vienen de Dios, que aparecen como expresión de su misterio. En este contexto puede darse, y suele darse, una nueva experiencia de encuentro de amor (con el amado) a través de la misma naturaleza: «Mi amado, las montañas, / los valles solitarios, nemorosos, / las ínsulas extrañas, / los ríos sonorosos, el silbo de los aires amorosos, // la noche sosegada, / en par de los levantes de la aurora, / la música callada, / la soledad sonora, /la cena que recrea y enamora» (Ibid 14-15).

 Es evidente que el mundo entero aparece «erotizado», de tal manera que muchos eruditos actuales piensan que el camino de la mística es una forma de sublimación sexual: a través de un ejercicio de represión, el orante, prescindiendo del desarrollo normal de su sexualidad en el campo de las relaciones interhumanas, habría logrado una apertura diferente, una especie de realización fantástica de la energía erótica. El encuentro místico sería una transposición del éxtasis sexual en campo de infinito. Pues bien, esta afirmación puede entenderse de dos formas. (a) Algunos dirán que los místicos no son más que amantes frustra­dos, o cuando menos equivocados: por inhibición, por impotencia o por locura traspasan al espacio imaginario aquello que no pueden realizar sobre el nivel concreto y rico del encuentro interhumano. (b) Otros dirán que el místico es aquel que sabe sacar las consecuencias del potencial que se esconde en el nivel más hondo del éxtasis sexual: allí donde un hombre y una mujer, unidos en trance compartido, gozan del olvido y la presencia creadora del amor está emergiendo una experiencia de infinito que sólo pueden vívenciarse auténticamente en el camino de la mística.

Desde ese fondo se pueden retomar, en otra perspectiva, los cuatro momentos del esquema ya evocado. (1) Hay un principio de salida: el hombre ha de “perderse”, para encontrar a quien quiere. (2) Hay un momento de pasividad: tanto el enamorado como el místico abandonan su existencia en manos de aquel a quien admiran. (3) Hay un encuentro: enamorado y místico saben y «saborean», de manera vivencial, la realidad de otra persona. (4) Hay, finalmente, un retorno a la acción: enamorado y místico pueden hacer cosas que antes no podrían, porque aman.

 

(1) El ascenso mística se expresa en forma de salida o purificación. Normalmente, en el proceso del amor humano, es el mismo encuentro de amor el que purifica, obligando a “salir” al amante quien, como Adán en Gen 2, 24, tiene que dejar a su padre y a su madre, abandonando todo lo anterior, para unirse de esa forma con su amada. En esa línea se sitúa también el proceso de salida/ascenso/purificación del místico, es decir, del amante religioso, que se prepara a fin de descubrir la presencia de Dios, cuando le llame. Por amor, para volverse transparente ante su Dios, el místico debe superar sus apegos y egoísmo, purificando los sentidos, los recuerdos, las imágenes y todos los deseos de la tierra, en un proceso de salida que san Juan de la Cruz ha descrito con toda precisión: «Buscando mis amores / iré por esos montes y riberas, /ni cogeré las flores, / ni temeré las fieras / y pasaré los fuertes y fronteras (Ibid., 1). La vida se convierte así en camino de búsqueda anhelante e infinita. Quien busca al amigo atraviesa montañas, traspasa ríos, supera peligros y miedos. Nada cierra su camino: las flores o gustos del sendero, ni los riesgos de la tierra, las fronteras nacionales o el poder de los ejércitos.

La esperanza del amor ya presentido se convierte en acicate de una intensa travesías: ¿qué importa ganar todo el mundo? ¿qué importan los gozos que ofrece la tierra? Para buscar a Dios, en el más tenso de todos los esfuerzos, el orante se va desprendiendo de los gustos y placeres de la tierra. «Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada. / Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada. / Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada. / Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada» (Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, I, 13). De esa forma, a través de un intenso movimiento de purificación, el místico va expresando su amor a lo divino: ha sentido la voz de Dios, ha presentido su presencia y se dispone a verlo de una forma abierta. Por eso va negando todo aquello que le impide abrir los ojos: va limpiando su mirada, va afinando los sentidos, disponiendo el corazón para el encuentro. Como novia anhelante, que aguarda al esposo y atiende al posible clamor de sus voces, espera el orante. Para ello ha de hacer su camino, en esfuerzo, logrando que toda su vida y su cuerpo se vuelvan espejo en que viene a formarse el misterio.

 

(2) La ruptura implica un momento de pasividad. Cuanto más intensa sea su actuación mejor sabe el orante que el sentido del amor no está en sus obras: lo que importa es la llegada del esposo, es su presencia gratuita y creadora. En este plano, la experiencia mística supone vivenciar la fe: prepararse para aceptar el amor de Dios en Jesucristo. Ésta es la paradoja: para disponerse al amor hay que hacer todo pero, de tal manera, que en el momento culminante no hay que hacer ya nada. La mejor forma de aprender a amar es dejarse amar. Todos los esfuerzos quedan en un segundo plano. Lo que importa es la venida del esposo. Por eso dice el místico: «Pues ya si en el ejido /de hoy más no fuere vista ni hallada, / diréis que me he perdido; / que andando enamorada, /me hice perdidiza y fui ganada! (Juan de la Cruz, Cántico Espiritual B, 29). En el ejido de las faenas del mundo andan los hombres, angustia­dos, distraídos, sudorosos. También el orante se encontraba allí, trabajando sobre el campo y anhelando la faz de lo divino, como joven casi enamorada. De pronto advierte que vienen a buscarle: Dios le llama. Evidentemente, tiene que dejarse: al perderse se encuentra a sí misma, al entregarse se realiza.

El amor tiene dos rasgos que están siempre implicados: la acción y la pasión, la llamada y la acogida. Estosson los rasgos que encontramos en la noche misteriosa­mente clara de la mística: el orante se purifica con su esfuerzo pero, al mismo tiempo, deja que Dios sea el mismo Dios quien le transforme y purifique en su presencia. Grande es la fuerza de la acción. Totalha de ser la entrega en la pasión. Nadasobre el mundo puede compararse con la hondura de la voz de Dios que llega, con la herida de su gracia, con la urgencia de sus leyes amorosas. Así cambia el amor a las personas. Aquel que parecía incapaz de realizar obra ninguna se enamora un día y logra hacerse diferente: se aventura, se arriesga, trabaja. La presencia del amor de Dios transforma de manera aún más profunda a los orantes: les capacita para ser, para aguantar, para cambiarse. La vida del místico es como el harpa polvorienta del poema de G. A. Bécquer: «Del salón en el ángulo oscuro, / de su dueña tal vez olvidada, / silenciosa y cubierta de polvo, /veíase el arpa. /¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas, / como el pájaro duerme en las ramas, /esperando la mano de nieve /que sabe arrancarlas! / ¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio / así duerme en el fondo del alma, /y una voz como Lázaro espera /que le diga: Levántate y anda» (Rimas VII). El místico espera la mano de Dios, la voz de Jesús que le diga: Levántate y anda.

 

(3) El tercer momento es la alianza o encuentro de amor, un estado de comunicación duradera que los místicos han solido llamar matrimonio. Más allá de la actuación y la pasión está la unidad y de los hombres, que se comunican lo son y lo que tienen. El hombre no es un harpa pasiva en manos de Dios, no es un que espera el contacto de una mano exterior. Dos y el hombre se vuelven amigos, personas que dialogan en igualdad, porque el amor les hace iguales. Éste es el saber supremo, el saber de comunión de las personas. Éste es el paraíso: «Entrado se ha la esposa /en el ameno huerto deseado, /y a su sabor reposa, /el cuello reclinado /sobre los dulces brazos del amado. //Quedéme y olvidéme, /el rostro recliné sobre el amado, /cesó todo y dejéme, / dejando mi cuidado /entre las azucenas olvidado (Juan de la Cruz, Cántico Espiritual B, 22 y Noche oscura, 8).

Hombre y mujer han penetrado hasta el final del huerto del deseo. Han navegado por el mar de los abrazos y han gustado el sabor de sus besos, uno en el otro, con el otro, junto al otro. Cesan de esa forma los caminos y los mares: queda la presencia de dos vidas, el misterio de dos cuerpos, la existencia nueva que ha emergido allí donde las dos existencias anteriores se juntaron. Así ha presentado Juan de la Cruz la experiencia mística, recreando los símbolos del Cantar de los cantares dela Biblia. Deesa manera ha penetrado en la intimidad y en el olvido, en la acción y en pasión de dos enamorados que recrean en su vida la palabra del amor originario. Entre el amor hombre-mujer (de persona con persona) y la comunión de Dios y el hombre hay, por lo tanto, una profunda semejanza: en ambos casos nos hallamos en un campo de encuentro en libertad entre personas. Entre el encuentro con Dios y el encuentro de dos enamorados hay una profunda semejanza. Ambos se unen y son distintos al buscarse y encontrarse. Cada uno se encuentra y descubre su vida en el otro, de tal forma que existen cada uno en el otro, siendo distintos y, sin embargo, inseparable.

No se trata de que el hombre olvide a la mujer al unirse con Dios (como suponía la experiencia tántrica). Tampoco se trata de dejar a Dios para encontrar el amor de este mundo, sino de encontrar y de vivir la plenitud de la existencia en un encuentro enamorado, cuyo origen y sentido radical se despliegue en Dios, para concretarse siempre en la experiencia de unión y comunión entre personas dela tierra. Haycasos y casos, caminos y caminos, de manera que no puede trazarse un único modelo de mística cristiana. Pero en todos los casos y caminos ha de darse un tipo de comunión personal, de comunicación de vida. Dos enamorados de ese mundo no tiene por qué pensar en Dios (ni saber si Dios existe); pero su amor es, de hecho, un reflejo del amor divino. Un místico no tiene por qué estar humanamente enamorado de un hombre o de una mujer, pero su amor divino es de hecho un signo y compendio del amor enamorado. No estamos ante dos amores, uno místico y otro humano, sino ante dos formas y expresiones de un mismo amor que es, a la vez, divino y humano

(4) El cuarto momento es el retorno liberador, que se expresa en el amor activo, en especial hacia los necesitados. Es evidente que, en un primer momento, hay que decir «cesó todo, y déjeme…», de manera que los dos enamorados se aíslan del mundo, como si sólo existieran ellos dos. Pero después la vida sigue y la misma presencia del amado se convierte en principio de un compromiso más intenso de servicio a favor de los necesitados. Así lo sabe san Juan de la Cruz, así lo indica Teresa de Jesús en las   Moradas (cap. 7), así lo expone de manera espléndida Ricardo de San Víctor(Beniamin Maior) cuando indica que el misterio del encuentro del hombre con Dios se explicita en la apertura de amor a los hermanos. Recordemos el ejemplo de Moisés: ha llegado a la montaña de la revelación; envuelta en el temor has entrevisto lo que vieron los ojos de Moisés al acercarse al fuego de Dios en la zarza ardiente; pues bien, el mismo Dios del fuego le ha pedido que descienda y sirva sus hermanos, que libera a los hebreos cautivos en Egipto; el mismo proceso místico se vuelve así principio de amor liberador (cf. Ex 3-4). Lo mismo sucede a Jesús con sus tres discípulos preferidos en la montaña del Tabor: allí han encontrado a Dios, han escuchado palabra de amor (¡Éste es mi Hijo amado!); pero después han tenido que bajar para cuidar y curar al joven expulsado y loco a quien los restantes discípulos no pueden curar (cf. Mc 9, 2-29).

En sentido estricto, este retorno es un redescubrimiento. Cerrada en sí misma, la realidad podría parecer indiferente: da lo mismo lo que hagamos a los otros. Pero una vez que se ha encendido la llama del amor enamorado se descubre que la vida sólo tiene sentido para el amor concreto, inmediato, redentor, abierto a cada uno de los necesitados del camino. Ésta es la verdad final de la mística, tal como aparece en los evangelios de Jesús. Mística es compartir la vida con los pobres y ofrecerles comida y cobijo: dar de comer, dar de beber, acoger al extranjero y vestir al desnudo, cuidar al enfermo y visitar al encarcelado. Éste es el amor que da frutos: el amor del que brotan los hijos, a quienes se acoge y se cuida por amor enamorado; el amor que se extiende en concreto a todos los hombres mujeres, como hizo Jesús, porque todos los hijos de Dios. Un amor místico que no lleve en sí el amor concreto a los hombres y mujeres que están necesitados no ha sido místico, no puede llamarse encuentro con Dios.



[1] Cf. M. Andrés, Historia de la mística de la Edad de Oro en España y América, BAC, Madrid 1994; Los místicos de la Edad de Oro en España y América, BAC, Madrid 1996; C. A. Bernard, Teología espiritual, Madrid, Atenas 1994; Introducción a la teología espiritual, Estella, Verbo Divino 1997; S. Gamarra, Teología espiritual, BAC, Madrid 1994; J. González Arintero, La evolución mística, BAC, Madrid 1959; Cuestiones místicas, BAC, Madrid 1956; H. Graef, Historia de la mística, Barcelona, Herder 1970; B. Jiménez Duque (ed.), Historia de la espiritualidad, I-IV, Barcelona, Flors 1969; Teología de la mística, BAC, Madrid 1963; J. Martín Velasco, El fenómeno místico. Estudio comparativo, Trotta Madrid, 1999; F. Ruiz Salvador, Caminos del Espíritu, Espiritualidad, Madrid 1974; G. Scholem, Grandes tendencias de la mística judía, Siruela, Madrid 1996.

 

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