El amor es pan compartido[1]

Alimentaciones/Multiplicaciones

 Jesús ha sido amigo de los pobres y   en especial de los hambrientos. Ciertamente, sabe que no sólo de pan material vive el hombre (Mt 4, 4), pero empieza ofreciendo la bienaventuranza del Reino de Dios a los hambrientos (Lc 6, 20-21). Sin buena noticia para los pobres no existe evangelio, ni tiene sentido el mensaje de Cristo (cf. Mc 11, 5). En este contexto se inscribe el signo de las multiplicaciones, que definen la primera eucaristía, de panes y peces, en al campo abierto. Jesús ha compartido su palabra con aquellos que han venido y sus discípulos le dicen que les mande ya, pues tienen hambre, para que compren (los que puedan) y coman. Jesús responde:

 

Dadles vosotros de comer. Ellos le contestaron: ¿Cómo vamos a comprar nosotros pan por valor de doscientos denarios para darles de comer? El les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Id a ver. Cuando lo averiguaron, le dijeron: ¡Cinco panes y dos peces (cf. Mc 6, 30-44).

 

Frente a la palabra ideologizada de teóricos y escribas, que separan el mensaje de la vida, la palabra del pan, y el sacramento religioso de la comida, Jesús ha ofrecido en el desierto o descapado una palabra dialogada, convertida en pan, de manera que por ella pueden vincularse todos los que vienen o se encuentran a su lado. Desde ese fondo iremos comentando algunas palabras del texto (Mc 6, 30-44), como experiencia básica de la amistad de Jesús con los más pobres, con los hambrientos:

 

1. Jesús ofrece la comida a todos, sin separar ante el pan a buenos de malos (Mc 6, 30-40). Han venido todos los que tienen algún tipo de necesidad y Jesús no excluye a nadie sobre el ancho campo de la verde tierra, abriendo un espacio de comensalidad, vinculada a la palabra escuchada y compartida. No ofrece un sacramento eucarístico sólo para bautizados y limpios (bien confesados, separados de los malos) como después exigirá la iglesia, sino que ofrece un sacramento universal de fraternidad y pan compartido, por encimas de las diferencias religiosas y rituales.

2. Este es un gesto integral, que incluye palabra (Mc 6, 34) y comida (panes-peces). Sin necesidad de estructuras eclesiales o de lugares sagrados (templos), Jesús ha creado, sobre el ancho mundo de todos, un especio de comunicación en el que pueden integrarse todos los hombres y mujeres dela tierra. Si sólo ofreciera palabra acabaría siendo un ideólogo; si sólo ofreciera pan podría ser un activista social, en la línea de la caridad clasista que sirve para mantener sometidos a los más pequeños. Pero él ofrece pan y palabra, y así aparece como creador de comunión humana

3. La comida de Jesús son panes y peces (Mc 6, 38), alimento necesario para la subsistencia, en ámbito cultural mediterráneo. No se dice nada del agua, porque allí (junto al lago) resulta gratuita y abundante. Tampoco se habla de vino o de carne de fiesta, pues vino y carne eran lujo costoso, comida de banquete, que no formaba parte de la dieta del campo o de los pobres, que estaba formada por los panes y peces de cada día.

4. Esta no es comida que se compra o vende, como querían los discípulos: ¡que vayan y que compren quienes puedan!. Así se desentienden, añadiendo que para alimentar a todos los que habían venido haría falta muchísimo dinero (unos doscientos denarios: 6, 37). Estos discípulos, que parecen representantes de la iglesia posterior, asumen una lógica de capital y salario, suponiendo que cada uno ha de arreglarse con lo suyo. Pues bien, en contra de eso, Jesús quiere que esta sea una comida gratuita, superando el plano monetario. Por eso dice a los miembros de su grupo: Dadles vosotros… ¿cuántos panes tenéis?... (6, 37-38). Así supera la ley del mercado (comprar) introduciendo en la iglesia el principio de la donación y gratuidad activa (dar). Nuestro problema no es de carencia (hay bienes suficientes) sino de justicia y participación.

5. Es una comida celebrativa. Sólo en este contexto ha utilizado Marcos un lenguaje de fiesta o rito religioso, sin necesidad de templos o cultos especiales: «Y tomando lo cinco panes y los dos peces, mirando hacia el Cielo, bendijo y partió lo panes y los dio a los discípulos para que los repartieran…» (Mc 6, 41). Los sacerdotes de Jerusalén (o de otros templos) bendicen a Dios en un lujoso santuario, sobre un sacrificio elitista, con animales apropiados. Jesús, cambio, le bendice a pleno campo, allí donde todos comparten la comida, vinculando de manera inseparable el culto y la comunicación económica o fracción del pan.

 

Los sacerdotes judíos mantenían el recuerdo del maná, como alimento sacral en el principio de su historia y celebraban sus sacrificios espaciales en el templo, bien separados de los no-judíos. Jesús, en cambio, ofrece a todos los que vienen un banquete que es sagrado porque es universal. Los judíos nacionales tienen pueblo, templo y ritos (normas de comida, circuncisión); los romanos tenían administradores judiciales y soldados que servían para mantener el orden militar. Pero los discípulos de Jesús sólo tienen como propio este signo de comida que es su ley, su sacramento. No necesitan templos para bendecir, ni ritos sagrados para descubrir la grandeza de Dios, ni ejércitos ni bienes económicos (denarios). Poseen la comida compartida don todos los que vienen, sobre el ancho campo.

Esta comida vincula a los discípulos con todos los hombres, sin preguntar su religión o culto. El único requisito para participar es tener hambre y entrar en el grupo en el que pueden distinguirse dos círculos que son inseparables. (1) La multitud de los que buscan a Jesús y tienen hambre (unos cinco mil: Mc 6, 44); más que iglesia estrictamente dicha, ellos son la humanidad que busca palabra y comida. (2) Los discípulos de Jesús que actúan al servicio de la muchedumbre, a la que reúnen bajo el ancho cielo, sobre la hierba verde, en grupos de cincuenta o cien (6, 39-40), es decir, en unidades de diálogo y comida compartida, en corros de comunicación, como pétalos de flor en primavera (eso significa el término griego: prasia prasia).

            Esta es una comida de amor en abundancia, marcada por la saciedad de los presentes y la cantidad de sobras, recogidas simbólicamente en doce cestos, signo de plenitud israelita (Mc 6, 42-43). A través de sus discípulos, Jesús ofrece comida a los que vienen y así participan de esta experiencia pascual de amor: él no tiene que crear externamente nada nuevo, no trae maná del cielo, no espera codornices milagrosas sobre el campamento de los nuevos israelitas (cf. Ex 16). Pero lo que suscita por su entrega pascual es más grande: hace posible esa liturgia de amor de los discípulos que ofrecen su comida a los que llegan, compartiéndola con ellos. Así crea la iglesia. Precisamente aquí, sobre el campo abierto, en el lugar donde los suyos traducen la palabra común en pan de vida gratuita y compartida, puede surgir la nueva humanidad en torno al amor del par compartido, en grupos de cien o cincuenta personas (cf. 6, 40), que son las unidades eclesiales básicas de conversación y comida fraterna. En el primer éxodo ofreció Dios codornices y maná, por medio de Moisés, para el pueblo israelita, en el desierto. En este nuevo éxodo ofrece Jesús panes y peces de solidaridad a todos los que vienen, caminando hacia el Reino.

 

 



[1] Cf. X. Basurko, Para comprender la Eucaristía, Verbo Divino, Estella 1997; J. P. Crossan, Jesús. Vida de un campesino judío, Crítica, Barcelona 1994; El nacimiento del cristianismo, Sal Terrae, Santander 2002; J. L. Espinel, La Eucaristía del Nuevo Testamento, San Esteban, Salamanca 1980; R. M. Fowler, Loaves and Fisches: The Function of the Feeding Stories in the Gospel of Mark, Scholars P., Chico CA 1981; X. Pikaza, Fiesta del pan, fiesta del vino. Mesa común y eucaristía, Verbo Divino, Estella 2006; E. Tourón del Pie, “Comer con Jesús. Su significación escatológica y eucarística”: Rev. Esp. de Teología 55 (1995) 285-329; 429-486

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