Los tres primeros amores

 Desde una perspectiva cristiana, podemos decir que el amor nace de Dios, a quien la misma Biblia define como amor (cf. 1 Jn 4, 7-21). En esa línea se sitúan los grandes metafísicos de occidente, como Platón y Santo Tomas. En otra perspectiva, sin negar verdades valor “metafísico” de la afirmación anterior, algunos autores fondo de tradición cristiana, como R. Girard, han dicho que, en sí mismo, el hombre concreto nace de la envidia*, una envidia que puede y deber ser superada por el amor, pero sólo en un segundo momento. En esa línea, R. Girard afirma que en el fondo de todo amor humano hay un elemento de imitación o mimesis violenta: sólo aprendo a querer aquello que otro quiere (y porque él lo quiere), de manera que para alcanzar lo que deseo he de enfrentarme con aquel que me ha enseñado a querer (es mi maestro y modelo), introduciéndome así en una especie de conflicto triangular perpetuo. Pues bien, en contra de eso, aunque reconozco que los amores originarios pueden tener y tienen un elemento conflictivo (vinculado a lo que en teología se llama el pecado original), en sí mismos, ellos no son malos, ni violentos sin más, ni envidiosos.

 La vida del hombre no es una tragedia ni una lucha infinita: no somos vivientes caídos, condenados a vivir en un mundo de violencia/dolor (Buda) o de pasiones materiales (Platón); no estamos condenados a negar todo deseo (Buda) o dirigirlo hacia unos bienes que siempre nos trascienden (Platón). Tampoco estamos condenados a luchar en contra de otros para alcanzar lo que queremos, pues hay unos amores que son básicamente positivos, como iremos viendo. Ciertamente, no somos puro amor; nuestra vida es un drama complejo, una historia que se sitúa y nos sitúa ante la alternativa de existir en un nivel de fe/amor (confiando unos en otros, para abrirnos de esa forma a la resurrección) o de luchar, sin fin, unos contra otros. No somos puro Dios (seres ya acabados, que dicen: soy el que soy); pero tampoco somos pura nada (no soy), ni lucha inexorable, sino vivientes divididos, que podemos decir yo-soy (aceptando nuestra vida y naciendo en amor) o podemos no-ser (es decir, destruirnos), si negamos el amor. La misma forma en que nacemos y llegamos a ser se sitúa y nos sitúa ante la alternativa del amor o de la falta de amor yla violencia. Pero amor y no-amos no son posibilidades paralelas, igualmente valiosas. Sólo hay una posibilidad buena, que es el amor: nacer por gracia, del amor de la madre (de los padres) y crecer gratuitamente, en amor enamorado y comunión social. La otra posibilidad es la carencia de amor, es el rechazo de la vida y la ruptura con los otros. Sólo es positivo el amor; la falta de amor es rechazo de la vida, es opción de muerte.

Eso significa que, a pesar de las formulaciones simétricas de algunos textos de la Biblia (¡pongo ante ti la vida y la muerte, el amor o el odio!: cf. Dt 30, 15), el amor y la muerte no son realidades igualmente posibles. Los hombres no nacen en el vacío, entre el amor y el odio, para escoger después lo que ellos quieran (como parece suponer también Mt 25, 31-46), sino que nacen positivamente del amor, que es el único principio de la vida, aunque están abiertos a la posibilidad del odio y dela muerte. Poreso, en el principio de nuestra vida está el amor o, mejor dicho, están unos amores de los que venimos y en los que podemos realizarnos. En esos amores nacemos y somos, aunque podemos rechazarlos, negándonos a nosotros mismos, en opción de muerte, como han puesto de relieve los textos que acabamos de citar. En este contexto podemos hablar de los tres amores primitivos de la vida:

1. Amor de madre. Antes que el deseo del niño que busca a la madre y en ella pretende encontrar al absoluto, en disputa con el padre (por seguir el esquema de S. Freud), descubrimos el amor de la misma madre que quiere al niño de modo vital y personal (engendrador), no sólo para ella (para realizarse o sentirse bien, reconocida), sino para que el niño sea y se vuelva independiente, dueño de sí mismo (de manera que un día pueda incluso abandonar a la madre). Sin este deseo/amor de madre (distinto de la pura maternidad biológica de los animales), que se abre y expresa en forma de fe personal, no hubiera podido surgir el ser humano. Por eso decimos que el niño nace del amor de la madre (o de quienes hacen sus veces), en un campo de vida que está abierta a lo divino. Desde ese fondo y manadero de fe, el niño puede confiar también en el padre, entrando así en un ámbito de relaciones personales marcada porla fe. Allí donde el impulso generador de la vida se hace amor de madre, allí donde la vida engendrada se expresa como amor de acogida del hijo; allí donde madre e hijo se abren en común a un tercero (padre o quien haga sus veces) se puede hablar de ser humano en gratuidad de fe, más allá de la necesidad cósmica y de la pura violencia interhumana.

2. Amor enamorado. Junto al amor de madre-padre-hijo, se despliega también en la vida del hombre el deseo/amor del otro en cuanto distinto (amigo/a), un deseo que asume el nivel de lo biológico-sexual, pero que se abre al amor personal. Los animales no desean de un modo personal, sino que se atraen y aparean, arrastrados por el mismo impulso de la vida que se manifiesta en ellos. Los hombres y mujeres viven también en un plano animal; pero, al mismo tiempo, situándose en un plano superior, ellos se desean de un modo personal, creyendo uno en otro y aprendiendo a ser en compañía, confiándose mutuamentela vida. Sin este deseo enamorado, que es amor creyente (confiarse uno al y en el otro), no existe vida humana. Por eso, al llegar a este nivel, no basta ya el esquema hegeliano de amo-siervo, ni el de la pura imitación o mimesis, como si cada uno quisiera querer y encontrar en el otro aquello que ha visto que otros quieren (en la línea de la envidia* de R. Girard), sino que surge un tipo de relación esponsal, que vincula a los amantes en cuanto personas. Cada uno de los esposos-amigos entrega su vida al otro, entregándose a sí mismo, en gesto de libertad, para que el otro/a le acoja y le cuide, de forma que cada uno sea en sí mismo siendo desde el otro y con el otro.

3. Comunidad de creyentes. Los hombres sólo pueden convivir si confían unos en los otros, no sólo en el contexto de familia, sino de vida social y laboral. No pueden vivir siempre sospechando y defendiéndose los unos de los otros, en batalla sin fin; por eso han suscitado desde antiguo espacios de fe compartida, dentro de los cuales ellos pueden confiar unos en otros, especialmente a través del lenguaje. Siguiendo el modelo del chivo expiatorio/emisario de Lev 16, algunos piensan que esos espacios interiores de confianza-convivencia sólo son posibles allí donde los miembros de un grupo sacrifican a sus víctimas internas (chivo expiatorio) y expulsan a las externas (chivo emisario). Pues bien, en contra de eso, pensamos que, en su origen y esencia, la fe-interior (dentro del grupo) no está necesariamente vinculada a la represión interna (chivo expiatorio) y a la lucha-exterior (expulsión y muerte del chivo emisario), sino que pueden existir y existen espacios positivos y gratuitos de fe y amor humano, vinculados al deseo y gozo positivo del otro o de los otros, como compañeros de vida y trabajo, de fiesta y esperanza. En ese contexto decimos que el hombre es voluntad de ser/amor (no de poder, como pensaba Nietzsche).

Estas son las tres líneas de la voluntad de amor en las que va desarrollándose el hombre, desde la perspectiva del origen (padres/hijos), de la profundización en los misterios de la vida (enamorados, esposos) y de la expansión (grupo social). Eso significa que el deseo/amor no se encuentra abierto de un modo indiferente (indefinido) hacia cualquier línea a la que puedan dirigirle los demás, dentro de un esquema no hay más que imitación y enfrentamiento, sino que la vida del hombre se encuentra como “troquelada” (motivada, impulsada) en la línea de esos proto-amores, que volvemos a presentar desde la perspectiva del ser humano.

 

            1. El hombre, ser natal. Superando el nivel del puro engendramiento biológico, el hombre ha surgido por amor materno, es decir, por el cuidado especial de un ser (en general la madre) que se ha especializado en acoger y promover la vida de los niños que nacen siempre prematuros y necesitan largos años de cuidado y aprendizaje afectivo y racional para desarrollarse de un modo personal. La vida humana es posible porque hay madre y padre, porque el hombre es ser-natal, alguien capaz de nacer del amor. Cada nacimiento humano es promesa de vida, un acto de fe, principio de paz, que desborda el nivel de los deseos enfrentados de la pura violencia de la historia.

            2. El hombre, ser esponsal. Superando el nivel de la pura atracción sexual, ha surgido y se ha estabilizado en los hombres el deseo de encuentro personal, que se concreta de un modo privilegiado en las relaciones de varones y mujeres, tal como se expresan de forma paradigmática en el enamoramiento. Por eso, siendo ser-natal, el hombre se define también como ser que se enamora en gratuidad. En esa línea, la Biblia incluye un libro de amor como experiencia primigenia de la unión de dos personas (el Cantar de los cantares), como demostración suprema de la existencia de Dios, es decir, del futuro de los hombres. En esa línea, mientras los hombres se enamoren y entregan mutuamente la vida, de un modo gratuito, se podrá seguir hablando de futuro y de promesa, es decir, de paz humana.

            3. El hombre, ser social. Finalmente, sobre la pura relación de horda o manada que suele vincular a los diversos animales, han surgido entre los hombres unas formas de asociación familiar y fraterna, amistosa y laboral, que se expresan de un modo específico por el lenguaje, que es signo y medio de comunicación y el despliegue de la vida social. Según eso, los hombres no están abandonados a la pura indefinición de los deseos, sino que pueden desear y se aman no sólo compartiendo la comida y el sexo, sino conviviendo en amor. En esa línea, la interpretado el fin de los tiempos como plenitud y cumplimiento de la solidaridad y del amor mutuo entre todos los pueblos y personas.

 

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