Pandora. Amor, riesgo de mujer

Conforme a la visión de Hesíodo (en sus obras Teogonía y Erga), la antropogonía o despliegue del ser humano en Grecia incluye varios momentos: (1) los dioses se separan de los hombres, que tienen que ofrecerles sacrificios; (2) los hombres roban al fuego de los dioses, amenazando de esa forma su dominio; (3) los dioses se vengan de los hombres, introduciendo en su vida la disputa entre varones y mujeres, como indica el mito de Pandora, la mujer bella que puede cautivar a los varones.

Para entender el mito de Pandora hay que estudiar el despliegue de la vida divina y humana, desde la perspectiva de la lucha de los sexos. (1) Hubo un principio femenino. En el origen estaban las grandes diosas madres (sobre todo Gea y Rea). Ellas son la tierra engendradora, son la fuerza germinante de la vida fecunda. De ese momento no queda ya más que el recuerdo, pues el matriarcado en cuanto tal ya no existe. (2) Vino luego el triunfo de los poderes masculinos (Urano, Cronos…), poderes monstruosos, violentos, que dominan sobre el mundo en un proceso inquietante de luchas, castraciones y venganzas. Este período culmina con el surgimiento de Zeus, que quiere ser un Dios de todos, Dios del orden supremo, de la vida eterna. (3) Surgieron finalmente los hombres. En el triunfo del orden masculino de Zeus se inscribe la creación o engendramiento de los seres humanos, que empiezan siendo poderosos, capaces de dominar sobre el mundo, conquistando el fuego. Pues bien, en ese contexto de dominio y conquista, ellos deben enfrentarse con el riesgo de su propia dualidad sexual, en un contexto en que el amor (representado por Pandora, que significa todos los dones) viene a presentarse como figura peligrosa.

Antes de hablar de Pandora, el sentido y surgimiento de los seres humanos se contaba en claves de humanidad en general: se hablaba de los ánthropoi, seres humanos, y no de los ándres, varones (cf. Teogonía 535, 556, 569; Erga 43), aunque, en el fondo, esa humanidad se interpretaba en claves masculinas, lo mismo que en la Biblia, cuando se habla de Adán (Gen 2). El ser humano, mirado así de un modo general, aunque imaginado en forma de varón, se había separado de los dioses y había conseguido hacerse dueño de sí mismo, como indicaba el tema de los sacrificios. Masculino era el Dios fundamental (Zeus) y masculino el hombre fuerte, Prometeo, dominador del fuego y protagonista de esta primera antropogonía. Del surgimiento de la mujer y del amor habla el mito, de manera más positiva en Teogonía, de manera más negativa y pesimita en Erga, como indicaremos[1].

 

1. Pandora, plenitud del ser humano. Versión de la Teogonía. Había humanidad en general, pero no había todavía seres humanos en concreto, pues no existían mujeres. Por eso, al lado de hombre-fuego (Prometeo) fue necesaria la mujer-belleza (Pandora) quien, como indica su nombre, es la expresión y recuerdo de todos los dones (que eso significa Pandora). Sólo cuando surge ella, en el lugar y momento en que se oponen y completan varón/mujer, en riesgo y belleza, existe humanidad concreta y verdadera. En ese proceso de surgimiento, expresado por el despliegue de lo femenino como fuente de atracción y riesgo para los varones, se sitúa el mito de Pandora, que puede compararse con el de Adán-Eva de la Biblia (cf. Gen 2-3). El hombre varón (o presexuado) se llamaba Prometeo y había logrado conquistar el fuego, siendo, así, muy poderoso y suscitando la envidia de los mismos dioses. (Según la Biblia, el hombre presexuado se llamaba Adán y había conseguido domesticar a todos los animales, pero se hallaba solo, sin amor verdadero). Desde ese fondo se entiende el surgimiento dela mujer. Para el mito griego, ella es el mayor de los dones (Pandora), pero, al mismo tiempo, es un modo para dominar a los hombres. Para la Biblia, ella es compañía de amor para el varón, pero es también principio de caída (Gen 3).

El mito griego de Pandora tiene un carácter trágico: la misma existencia de la mujer es ya un peligro para el hombre (para los varones); la misma mujer aparece así como un tipo de pecado original para los hombres; la dualidad sexual es bellísima, pero peligrosa, de manera que podemos decir que ella es el principio de todos los pecados. El mito de la Biblia tiene un carácter dramático: hombre y mujer son un riesgo, pero no un pecado; el surgimiento de la mujer no se puede tomar como tragedia, sino como expresión de la riqueza y riesgo creador de la vida.

Y con esto pasamos al tema de Pandora. El hombre (Prometeo) había dominado el fuego, apareciendo así como una amenaza para los mismos dioses. Pues bien, Zeus se irritó «y, al punto, a cambio del fuego (anti pyros), preparó un mal para los ellos: Yo (Zeus), a cambio del fuego les daré (a los varones: andrásin) un mal con el que todos se alegren de corazón…», de manera que caigan en desgracia (Teogonia 570; Erga 56-58). La mujer es, según eso, un bello engaño, el amor es una bellísima locura. En este contexto, de un modo sorprendente, el mito ha vinculado a la mujer (amor/sexo) con el fuego: al adentrarse en los caminos de su creatividad (fuego) el hombre descubre en sí mismo el poder más inquietante de su propia dualidad sexual. Fuego y mujer son buenos (positivos): son la plenitud del ser humano en clave de trabajo creador (fuego) y surgimiento de la vida (mujer). Pero a otro plano, que parece más destacado en la forma actual del mito, los dos rasgos parecen antitéticos: el ser humano puede todo (ha domado a los animales, ha domesticado el fuego), pero luego no puede “domarse” (guiarse) a sí mismo en el campo de las relaciones sexuales; lo que gana el fuego lo pierde la mujer, perdiendo al ser humano.

Este mito del amor/Pandora es polivalente. Por un lado es un canto a la mujer, entendida como belleza de Dios sobre la tierra. Por otro es un lamento a su fragilidad, pues la mujer, siendo lo más bello y deseable (más que el mismo fuego), recuerda a los hombres que se encuentran condenados a la fragilidad de los deseos fugaces y ala muerte. Si el ser humano fuera solamente dominio sobre el fuego sería inmortal, lo tendría todo, como un “superman”, pero le faltaría el amor, la espina del deseo más profundo y dela muerte. Pandora, la mujer, es el recuerdo de aquello que somos: es el retorno a la belleza y a la tierra, el retorno a las diosas primitivas que son (viven) dando la existencia (Gea, Rea); pero, al mismo tiempo, es una indicación del riesgo de una vida donde el mismo amor puede perdernos. Por otra parte, el hombre en cuanto varón se dualiza. (1) Por un lado es Prometeo, pura actividad, la razón pura, que preferiría vivir sin mujeres, sólo con el fuego del trabajo y la conquista de la tierra. (2) Por otro lado es Epimeteo, su hermano gemelo, que ha optado y sigue optando por Pandora, que es el amor en fragilidad y en muerto. De esa forma, todos nosotros, hombres y mujeres, somos vivientes arriesgados, abiertos, al mismo tiempo, al amor frágil y al fuego, al deseo sexual y a la conquista dela tierra. Así nos han hecho los dioses, en virtud de una envidia hermosa y peligrosa; así ha surgido la mujer, amor y belleza:

 

El ilustre Patizambo (Hefesto, Dios del fuego) modeló de tierra una imagen con apariencia de casta doncella, por voluntad del Crónida (Zeus, hijo de Cronos). La diosa Atenea de ojos glaucos (verdes) le dio ceñidor y la adornó con vestido de resplandeciente blancura… En su cabeza colocó una diadema de oro que él mismo cinceló con sus manos, el ilustre Patizambo, por agradar a su padre Zeus. En ella había artísticamente grabados, maravilla de verlos, numerosos monstruos, cuantos terribles cria el continente y el mar; de ellos grabó muchos aquel (Hefesto), y en todos se respiraba su arte, admirables, cual seres vivos dotados de voz. Luego que preparó el bello mal, a cambio de un bien, la llevó (Zeus) donde estaban los demás dioses y los hombres (anthrôpoi), engalanada con los adornos de la diosa de ojos glaucos, hija de poderoso padre. Y un estupor se apoderó de los inmortales dioses y de los hombres mortales cuando vieron el espinoso engaño, irresistible para los humanos (anthrôpoisin); pues de ella desciende la estirpe de femeninas mujeres… Gran calamidad para los mortales: con los varones (andrásin) conviven sin conformarse con la funesta penuria, sino con la saciedad (Teogonía 571-594).

 

Estrictamente hablando, esta ginecogonía (surgimiento de la mujer) puede presentarse como verdadera antropogonía. Pandora es la humanidad originaria que brota de la madre tierra (como el Adam o humano de Gen 2), modelada y ensalzada por el arte de los dioses: Atenea, diosa del gozo y del orden, le da su hermosura; Hefesto aplica en ella su fuerza de Dios artesano y herrero que vence y modela el metal con su fuego. Ella, la mujer lleva en su frente una diadema donde está reflejado el abismo o misterio de todos los monstruos de tierras y mares. Por eso es arte y naturaleza, es la vida concreta hecha atracción y deseo sexual.

Hasta ahora, los humanos sólo se habían enfrentado con lo externo, con el mundo material, hasta dominarlo por el fuego. Ahora deben enfrentarse con su propio misterio: han de ponerse ante el enigma de su humanidad, reflejada de manera especial en atracción de los sexos. Ésta es la prueba en que surgen y se templan los hombres, varones y mujeres. Más importante que los dioses como tales y que el fuego es el hombre para el hombre. Así lo cuenta el mito, desde el punto de vista masculino. (1) Los varones han “matado” de algún modo a la madre para independizarse; parece que lo pueden todo, se enfrentan con los dioses, dominan sobre el fuego… Su propia violencia les define como humanos. (2) Pues bien, en el lugar de la madre se les muestra ahora la mujer: de pronto surgiendo de la hondura misteriosa de los dioses y la tierra, aparece ella poniendo de nuevo una gran interrogación sobre el camino precedente. Este es el misterio, este es el lugar de la antropogonía (cf. Gen 2, 24: « Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne»).

El mito supone que la mujer/amor es atractiva e imponente: es la meta de todas las cosas. Sólo allí donde aparece ella, fascinando y perturbando a los varones, existe en realidad el ser humano. Antes sólo había un proyecto de humanidad, encarnado en un varón violento. Sólo al optar por la mujer (es decir, al realizarse como varón/mujer, en bella y arriesgada complementariedad) emerge en concreto el ser humano, expresado por Epimeteo, «aquel que por vez primera acepto ó a una joven mujer modelada por Zeus» (cf. Teogonía 511-514). Los hombres actuales seguimos conservando un elemento de Prometeo y así queremos conquistar el mundo por el trabajo y el fuego. Pero sobre todo somos herederos de Epimeteo, varón que pone su vida en brazos Pandora; somos hijos de Pandora, la mujer amiga y madre.

 

2. Pandora, El amor como riesgo. Hesíodo, trasmisor del mito, fue un hombre austero, patriarcal y moralista. Le hubiera gustado que fuéramos sólo Prometeo, trabajadores organizados, buenos y duros productores. A su juicio, el amor de la mujer ha introducido un principio de ruptura, desigualdad y fracaso. Ella es como reina en la colmena: vive del trabajo ajeno, sólo se afana en recibir y consumir lo que producen los varones. Ciertamente, sin ella no se puede vivir; faltan los hijos; pero donde ella aparece y domina, la vida se hace dura y dolorosa para los “honrados” varones laboriosos, amenazados siempre por su ruina. Precisamente aquello que parece más deseable (la belleza/amor de la mujer) ha venido a convertirse en lo más detestable (ella es signo y fuente de todos los males).

Éste es el destino, éste el engaño de unos dioses que han querido dominarnos a través de la atracción sexual. El mismo Zeus quiso vengarse de nosotros, para tenernos sometidos en la red de los amores falsos, como podremos observar releyendo los textos, en otra versión. «El Padre de hombres (Zeus)…. mandó al muy ilustre Hefesto mezclar cuanto antes tierra con agua, infundirle voz y vida humana y hacer una linda y encantadora figura de doncella semejante en rostro a las diosas inmortales. Luego encargó a Atenea que le enseñara las labores, a tejer la tela de finos encajes. A la dorada Afroditale mandó rodear su cabeza de gracia, irresistible sensualidad y halagos cautivadores. A Hermes, el mensajero Argifonte (matador de Argos), le mandó dotarle de una mente cínica (kyneon) y de un carácter voluble… » (Erga 59-68). Así aparece Pandora. Ella es por un lado el signo de la vieja tierra madre, cargada de los dones de la vida, es mujer deseada, que atrae a los varones, es gracia encarnada de los dioses y las diosas que le ofrecen sus encantos, bajo la dirección de Zeus padre. Todo es hermosura en ella; pero es una hermosura que mata: es como la serpiente de Gen 2-3, la manzana de buena apariencia que esconde el gusano de muerte, una esfinge enigmática que afila sus garras y mata a quienes se acercan para desearla. Por eso dice el texto que Hermes le dio una mente cínica y un carácter voluble, poniendo en su pecho mentira y palabras seductoras (Erga 68, 79).

Pandora es, según eso, un cuerpo de belleza atractiva hecho apariencia y engaño para los varones. «(Zeus…) dio estas órdenes y aquellos (Hefesto, Atenea, las Gracias, Afrodita…) obedecieron. Le infundió habla el Heraldo de los dioses (Hermes) y puso a esta mujer el nombre de Pandora, porque todos los que poseen mansiones olímpicas le concedieron un regalo, perdición para los varones (andrásin) que se alimentan de pan» (Teogonía 70-83). Sobre un mundo de duros varones que forjan la vida sobre bases de austera violencia y trabajo (sacrificio ante los dioses, dominio sobre el fuego), aparece la mujer como atracción y dulzura peligrosa. Ciertamente, ella suscita admiración y gozo, es principio del arte y la belleza, es lugar de humanidad. Pero en el fondo es engaño: separa al varón de su trabajo, introduce la perturbación sexual en su existencia.

De esa forma describe el mito la más honda ambivalencia interhumana. Por un lado nos hace recordar y desear el fuego (debiéramos ser Prometeo). Por otro nos hace descubrir la verdad de Epimeteo, que se abre al gozo de la mirada bella, al placer que se despierta por el cuerpo. Hasta ahora no existía verdadera humanidad sino batalla con Dios y por el fuego… Sólo ahora, a través de la mujer, ha nacido el ser humano en su forma concreta de belleza admirada y miedo a la muerte. Éste es el momento en que Epimeteo (varón concreto de la historia) sustituye (completa) a Prometeo. «Luego que remató su espinoso e irresistible engaño, el Padre (Zeus) despachó hacia Epimeteo al ilustre Argifonte con el regalo de los dioses, al rápido mensajero. Y no se cuidó Epimeteo de lo que le había advertido Prometeo: no aceptar jamás un regalo de manos de Zeus Olímpico, sino devolvérselo en el acto, para que nunca sobreviniera una desgracia a los mortales. Luego cayó en la cuenta el que lo aceptó, cuando ya era desgraciado» (Erga 83-89).

Éstos son los tres rasgos de la historia. (1) Prometeo es el varón astuto, arriesgado, solitario. Ha sabido engañar a y pretende vivir sin emoción (sin belleza o encanto) de mujer sobre la tierra, centrándose en la fuerza que le ofrece el fuego. (2) Epimeteo es el simple, el engañado, pero afortunado. Quizá pudiéramos decir que ha vendido su independencia por la enigmática belleza de un cuerpo femenino, pero así ha venido a convertirse en un hombre amoroso, acompañado. (3) Ella, Pandora, empieza estando a la espera de que destapen su ánfora, que de abran su caja. No es madre que engendra; no es tierra que puede tomarla iniciativa. Es como un adorno, una esfinge elevando su interrogación sobrela tierra. No puede hacer nada, se limita a ser lo que le han hecho, presentando su cuerpo de apariencia (engaño) ante los varones.

Ésta es una historia de varones. Solo ellos escogen, definiendo el sentido de su humanidad ante la mujer Pandora. Lasmujeres no pueden cambiar ni escoger: son un cuerpo a la espera, objeto discutido o premio ante el que luchan (se definen) dos gemelos, hermanos y varones contrapuestos. (1) Todo varón es de algún modo Prometeo, domador del fuego que desconfía de los dioses y rechaza como peligrosa y destructiva a Pandora. En el fondo es el más débil, pues no sabe aceptar la realidad de la mujer. Tiene miedo y eso prefiere encerrarse en su fuego, enquistado su odio contra Zeus, sospechando siempre que le engañan. (2) Todo varón es también Epimeteo: acepta el don de Pandora y tiende a convertirse en desgraciado con/por ella (conforme a la visión de Hesíodo). En un primer momento parece débil, pues se deja llevar por el encanto de Pandora, pero, mirándole con más profundidad, podemos presentarle como el fuerte: se arriesga a recibir a la mujer, para compartir con ellala vida. Prometeo y Epimeteo pueden escoger pues tienen libertad, son dueños de su propia vida. Pandora, en cambio, no puede escoger; es puro objeto, un cuerpo de rechazo o de deseo para los varones. Su cuerpo empieza siendo una esfinge, un ánfora atractiva y engañosa donde se contienen los dones y las penas (sufrimientos) dela vida. En ese cuerpo se decide el destino de la humanidad:

 

Y no se cuidó Epimeteo de lo que Prometeo le había advertido: no aceptar jamás un regalo de manos de Zeus Olímpico, sino devolverlo acto seguido, para que nunca sobreviviera una desgracia a los mortales. Luego cayó en la cuenta el que lo aceptó (Epimeteo), cuando ya era desgraciado. En efecto, antes vivían sobre la tierra las tribus de los humanos (anthrôpôn) libres de males y exentas de la dura fatiga y las penosas enfermedades que acarrea la muerte a los hombres… Pero aquella mujer (=Pandora), al quitar con sus manos la enorme tapa de la jarra (pithos: tinaja, ánfora) los dejó diseminarse y procuró a los hombres lamentables inquietudes. Sólo permaneció allí dentro la Espera (elpis: esperanza), aprisionada entre infrangibles muros, bajo los bordes de la jarra y no pudo volar hacia la puerta; pues antes cayó la tapa de la jarra, por voluntad de Zeus, portador de la égida y amontonador de nubes. Mil diversas amarguras deambulan entre los hombres; repleta está la tierra de males y repleto el mar. Las enfermedades ya de día ya de noche van y vienen a su capricho entre los hombres, acarreando penas a los mortales en silencio, puesto que el providente Zeus les negó el habla. Y así no es posible en ninguna parte escapar a la voluntad de Zeus (Erga 85-105).

 

Prometeo y Epimeteo representan la humanidad masculina. Uno es la parte titánica (Prometeo), otro la parte dominada por la enfermedad de los deseos (Epimeteo). Zeus les ofrece su regalo de mujer ánfora llena de belleza, cargada de engaños (dolores de la historia). La escena se puede mirar desde dos perspectivas. (1) Puede acentuarse la acción de Epimeteo que desoye los consejos de su hermano y recibe a la mujer que es todo dones (Pandora) convertidos en mentira. De esa forma es el mismo varón quien asume el camino concreto de la historia, en gesto de deseo engañoso abierto a la mujer. (2) Pero también se puede afirmar que es la mujer Pandoraquien eleva la tapa de su “jarra” (abre su cuerpo) y de esa forma deja que los males brotan de ella. Los varones la escogen, ella se les muestra, mostrando su engaño interior: es cuerpo de belleza hecha dolor y muerte para los humanos. El texto la presenta como pithos, palabra que suele traducirse por “caja”, perdiendo así gran parte de su simbolismo. Estrictamente hablando, pithos es un ánfora o jarra con tapa. Suele estar hecha de barro como las tinajas; es curvilínea, semejante a un cuerpo de mujer, y puede hallarse bien pintada, siendo muy hermosa. Como saben muchos mitos y representaciones figuradas, la misma mujer es recipiente. Eso significa aquí Pandora: cuerpo bello, vaso que lleva bendición o maldición dentro de sí, olor de vida o muerte.

Los varones la desean y ella misma, la mujer que es cuerpo/jarra se destapa, desplegando así su contenido de belleza e inquietudes. Antes, los varones vivían inconscientes. No se conocían. Sólo cuando Epimeteo recibe a Pandora que destapa el frasco precioso de sus dones comienza la andadura humana sobre el mundo. Ésto es lo que sabe el mito y así lo ha proclamado en palabras de belleza y fuerza impresionante, interpretando la culminación de la antropogonía como desgracia capital para los humanos (los varones). Con la mujer llegan los males para el hombre (varón). Lo que era signo de gozo y promesa de bendición se ha convertido en fuente de dolor y muerte para el pobre Epimeteo. Pero en el fondo del ánfora (cuerpo de mujer) ha quedado algo precioso, la espís o esperanza. Son muchas las interpretaciones que se pueden dar a esa palabra; éstas son las más significativas. (1) Esperanza sería la ilusión siempre engañosa de alcanzar la plenitud humana. El hombre (varón) busca en un cuerpo de mujer su propio cielo, aunque ese cuerpo le sigue engañando. Por eso vive siempre en actitud de espera: sin llegar nunca a su fin de plenitud completa. (2) El cuerpo de mujer es esperanza positiva porque representa la promesa de los hijos. El tema no aparece en la versión actual del texto, pero está en su fondo. Así lo ha interpretado gran parte de la tradición posterior, tanto en plano filosófico como religioso.

Éste es el mito del amor griego, uno de los más enigmáticos y bellos de la historia humana, un mito que lleva a los varones al lugar de la gran elección, el cuerpo de mujer, para que allí decidan su destino, dentro de un mundo amenazado por la dureza y fatiga, enfermedad y muerte. Pero éste es, al mismo tiempo, un mito parcial y engañoso, pues, después de haberlo contado desde la perspectiva del varón, habría que contarlo desde la mujer, cambiando el sentido de todos los personajes. Sólo si el mito preguntara a Pandora lo que quiere y esperara su respuesta, sólo si ella pudiera situarse en el lugar de Prometeo y viceversa, empezaría a tener sentido para nosotros. Es hermoso lo que dice Hesíodo, es bello el mito (y la filosofía) de los griegos. Pero no podemos olvidar que su manera de contar la problemática del hombre es unilateral, no puede aparecer como modelo permanente de antropología, ni como expresión de la grandeza y riesgo del amor humano. Superar el mito de Pandora o contarlo de forma invertida es una de las tareas principales de la filosofía del amor de nuestro tiempo.

 


[1] Textos en M. A. Corbera, Hesíodo. Poemas hesiódicos, Akal, Torrejón 1990; A. Pérez, Hesíodo. Obras y fragmentos, Gredos, Madrid 1983. Estudios: C. García Gual, Prometeo: mito y tragedia, Madrid 1979; E W. Jaeger, La teología de los primeros filósofos griegos, FCE, México 1952, 7-23; Paideia. Los ideales de la cultura griega, FCE, México 1974, 67-83; G. Méautis, Les Dieux de la Grèce et les Mystères d’Éleusis, PUF, Paris 1959; E. Neumann, La grande Madre, Astrolabio, Roma 1981; D. y E. Panofsky, La caja de Pandora. Aspectos cambiantes de un símbolo mítico, Barral, Barcelona 1975; R. Radford Ruether, Womanguides, Beacon, Boston 1985, 81-93; J. P. Vernant, Mito y pensamiento en la Grecia antigua, Barcelona 1973.

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