Pasión de amor

 Principios. El riesgo de las pasiones[1]

 El hombre es ser activo, pero también pasivo. Puede y debe actuar, para hacerse dueño de sí mismo. Pero, al mismo tiempo, ha de ponerse en manos de la acción de los demás, dejando que la fuerza de la vida le impulse, sin dejarse dominar por ella. Desde ese fondo se puede hablar de dos tipos de pasión, que están relacionadas, aunque en principio, son distintas.

(1) Hay una pasión externa, impuesto por otros, que para los cristianos se encuentra reflejada sobre todo en Jesús, que «padeció bajo Poncio Pilato».

(2) Hay una pasión interna, brota de los propios poderes interiores, de deseos que parecen adueñarse de uno y que, de esa forma, pueden arrastrarle, de manera que no haga aquello que deseo, como decía San Pablo:

 

Porque no hago el bien que quiero; sino al contrario, el mal que no quiero, eso practico. Y si hago aquello que yo no quiero, no soy yo quien lo realizo, sino el pecado que mora en mí. Por lo tanto, hallo esta ley: Aunque quiero hacer el bien, hago el mal que está presente en mí. Porque según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios; pero veo en mis miembros una ley diferente que combate contra la ley de mi mente y me encadena con la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Doy gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor! Así que yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios; pero con la carne, a la ley del pecado (Rom 7, 19-25).

Este pasaje necesitaría un comentario más largo para distinguir la «mente» (voluntad personal) y los «miembros» (deseos y pasiones dominantes). Pablo supone que el hombre es un ser «dividido» entre tensiones y pasiones y añade que él ha encontrado (o espera encontrar) el equilibrio por la gracia de Dios, en Jesucristo. Dejando de lado el aspecto confesional del tema, quiero destacar algo que sabía ya el budismo: el verdadero equilibrio no se alcanza a través de razones o ejercicios de tipo ascético. Pero, a diferencia del budismo, Pablo afirma que el equilibrio del hombre es “gracia”, algo que sólo gratuitamente puede conseguirse, en diálogo con Dios, es decir, con los demás. En ese aspecto, la pasión no es mala, pero debe integrarse en un camino de diálogo más extenso con Dios y con los otros hombres. (1) El deseo incluye una acción: es la apetencia del sujeto que se expande, que se busca y se realiza en un proceso que no puede nunca clausurarse. (2) El deseo conduce a la pasión: cuando quiero que algo llegue a mi existencia me convierto en receptivo y dependo de poderes y tendencias interiores que no logro controlar, pues parece que se apoderan de mi vida. (3) Sobre la acción y la pasión está la gracia. El hombre no es acción ni pasión, es comunión de vida, es encuentro.

Aristóteles sabía que la acción y la pasión forman aspectos primordiales de la realidad y así los analizó como categorías o principios de ser. Santo Tomás se fundó en esa visión y construyó un espléndido tratado en torno a las pasiones en la vida de los hombres. A su juicio, ellas provienen del impulso de la naturaleza y se definen como respuesta del «apetito sensitivo» que sufre la atracción del bien y la repulsa de aquello que descubre como malo. Según eso, las pasiones son un signo del poder del cuerpo que, de un modo casi autónomo, rompiendo la frontera racional, nos conduce al deseo de lo bueno (plano concupiscible) o nos retrae con violencia de lo malo (plano irascible). A través de la pasión, como seres del mundo, nos hallamos sometidos al impulso (no a la necesidad) de las fuerzas de atracción y repulsión que rigen el proceso de vida dela tierra. Lavisión tomista (de Santo Tomás) ofrece análisis muy ricos y puede aprovecharse todavía, al menos parcialmente. Sin embargo, ella ofrece ciertas limitaciones. (1) Acción y pasión no son accidentes, pues el hombre no es un ente quieto, un ser inmóvil al que luego se le añade el movimiento, sino que es radicalmente fluencia (despliegue de vida), de tal forma que la acción y la pasión le pertenecen desde dentro y constituyen un aspecto de su más profunda entraña. (2) Santo Tomás situaba las pasiones en un plano corporal (cósmico). Pues bien, en contra de eso, las pasiones se inscriben en nivel de la persona: allí donde el hombre se abre a su propia libertad, entendida como búsqueda de infinito. (3) Santo Tomas suponía que los seres “superiores” o espirituales (Dios, ángeles, las almas) carecen de pasiones; sólo los vivientes inferiores, corporales, estarían sometidos a la pasión.

Conforme a lo anterior, acción y pasión pertenecen al hombre en cuanto tal y no a su cuerpo. La acción y la pasión son consecuencia o, mejor dicho, momento necesario del proceso de la vida del que formamos parte, sin poder identificarnos con ella. Por eso, en la medida en que hacemos y guiamos la vida somos los agentes. Pero allí donde su fuerza nos desborda, de manera que nosotros no podemos entendernos como dueños de ella, empezamos a ser, gracias a Dios, pacientes.

 

1. Hay un nivel cósmico o de naturaleza, que ha sido, quizá, más destacado por los antiguos. En este plano, la pasión consiste en el descubrimiento de aquella “fuerza de realidad” que nos engloba y fundamenta, nos asume y nos desborda. De esa forma resuena en nosotros algo que es más grande que nosotros, la marea de vida cósmica, la atracción de la especie, el despliegue de toda realidad. Es evidente que no estamos simplemente maniatados por esa marea de la vida, pero tampoco podemos actuar como si ella no existiera. Eso significa que debemos asumir la pasión, escuchar su voz y   respetarla, porque ella pertenece a la raíz de la existen­cia. Se implica “padecer”: dejar que actúen en nosotros.

2. Hay un nivel interhumano o de relación con los demás. Ciertamente, soy activo en que dirijo mi propia vida e influyo en la vida de los otros, haciendo que ellos sean. Pero, al mismo tiempo, soy radicalmente pasivo: estoy en manos de otros, no sólo de los padres que me han llamado a la vida, sino de muchos hombres y mujeres que me llaman y me influyen, que me hacen, que despiertan en mi entraña fuerzas nuevas que no había ni siquiera barruntado. Las relaciones humanas constituyen un proceso en el que, de forma inseparable, se van entretejiendo acciones y pasiones, mi influjo en los demás y el influjo de ellos en mi vida

3. Puede haber un nivel de pasión en la apertura hacia el misterio religioso. El   hombre es un ser que rebasa los planos naturales y también los racionales. Hay en su existencia un excedente, un plus de realidad a que le lleva a buscar y descubrir la presencia de un Ser o realidad más alta, en cuyas manos existe. La tradi­ción religiosa interpreta esa experiencia como signo de la acción más alta pero también de la pasión más alta de los hombres: estamos en manos de de la Vida, es decir, en manos de Dios que fundamenta y define nuestra vida; en este plano, siendo muy activos, somos esencialmente pasivo..

 

  2. Sexo y amor[2]

 

 Los aspectos anteriores (cf. Pasión 1) se expresan de un modo especial en el plano del amor, que es la acción más intensa del hombre, su gozo más alto, siendo, al mismo tiempo, su pasión definitiva. (1) El amor es una acción: algo que busco, que proyecto y que planeo; algo que emerge de la entraña de mi propia vida creadora. (2) Pero, al mismo tiempo, el amor es experiencia y lugar donde se expresa la pasión originaria. El amor es pasión en cuanto brota de una fuerza anterior, de la que nacemos. El amor viene de atrás, como poder que nos desborda al arrastrarnos, como un río que nos lleva. Por eso te sientes incapaz de reprimirlo, represarlo, dominarlo. Surge y brota siempre nuevo, desde el abismo en que se asienta tu vida. No empiezas viviendo en ti misma, sino en el poder (pasión) del cosmos.

Ese amor-pasión del que venimos y en el que existimos se expresa   de un modo especial en relación del hombre con los demás. Así lo descubrimos en la presencia del amigo, es el recuerdo de la amada, como una especie de llama que se enciende y nos enciende desde dentro, viniendo, al mismo tiempo, de fuera. Por una parte, la pasión es nuestra: refleja y despliega un aspecto muy hondo de nuestra realidad; pero, al mismo tiempo, ellas nos llega de fuera,   a través de otras personas que influyen en nosotros. Es como si viniera a expresarse en nuestra vida la Pasión del universo (o de Dios).

 

1. Pasión y sexo: la voz del cosmos. Desde este fondo, de manera general y hablando en primera persona, diría que la pasión es el interés originario de tu vida, una especie de poder que, viniendo de más allá de la razón y sacándote de tus pequeñas seguridades, te arrastra más allá de tus limites y de esa forma te descubre que formas parte de un todo que es mucho más grande que tú misma. El lugar donde escuchas la pasión es allí donde, siendo tú misma, te descubres abierta a todo lo que existe: es aquel lugar donde tu vida se une con la vida cósmica y descubres que te encuentra abierta hacia Dios y hacia los otros. La tradición medieval afirmaba que la pasión se manifiesta en la vertiente sensitiva que vincula al hombre con el mundo externo. Pues bien, superando ese modelo, quiero decirte que, propiamente hablando, la pasión emerge y se desvela como humana allí donde superas el mundo (sin negarlo) y empiezas a buscar y descubrir a Dios en tu apertura a los demás.

La pasión es algo nuestro y, sin embargo, nos sorprende, como si viniera (¡y en un sentido viene!) de fuera de nosotros. Ciertamente, somos libres; podemos encauzar los impulsos de la pasión, dirigirlos de algún modo, pero nunca controlarlos plenamente. Están allí y de cuando en cuando nos recuerdan que no somos dueños de nosotros mismos. ¿Qué hacer? ¡Asumir la pasión! Asumirnos como pasión para llegar a ser humanos. Por eso es necesario que aceptemos el reto de la vida y que busquemos su equilibrio en un proceso de apertura personal que es siempre arriesgado, pero siempre hermoso. (1) Corremos el riesgo de claudicar ante la pasión cósmica, haciéndonos esclavos de su fuerza y retornando de esa forma al nivel de lo infrahumano, lo anterior a la persona. (2) Pero también podemos engañarnos si queremos volver a un angelismo espiritualista; quien renuncia a la pasión pierde la fuerza para ser; quien pretende negarla acaba destruyéndose a sí mismo. Eso significa que debes aceptar la pasión, pero sin quedarte meramente en ella. Más aún, yo me atrevería a decirte que debes convertir la apertura pasional en principio y lugar de un camino abierto al encuentro con los otros, en dimensión de gracia.

Si no hubiera pasión en tu existencia llegarías a perderte sobre el mundo, olvidarías la grandeza del amor, acabarías ignorando a los demás, terminarías estando perdida, como un ser egoísta, en tu verdad particular, separada de los otros, sobre tu propia tierra. Por eso, tienes el deseo de afirmar: ¡bendita la pasión que me permite vivir inquieta de amor, sobre la tierra de los hombres! El lugar privilegiado donde se expresa y encauza la pasión suele ser la apertura sexual, con todo lo que implica de inmersión en el torrente de la vida y de recuerdo de propio origen, de entrega al otro y de eclosión de trascendencia, como supone el poeta: «Ah vastedad de pinos, rumor de olas quebrándose, / lento juego de luces, campana solitaria, / crepúsculo cayendo en tus ojos, muñeca. / Caracola terrestre, en ti la tierra canta. /En ti los ríos cantan y mi alma en ellos huye como tú lo desees y hacia donde tú quieras. / Márcame mi camino en tu arco de esperanza /y soltaré en delirio mi bandada de flechas» (P. Neruda, Treinta poemas de amor y una canción desesperada, Barcelona 1980, 15). Desde ese fondo distinguimos y vinculamos pasión y sexo, evocando dos posibilidades fundamentales:

 

1. Puede haber sexo sin pasión (y sin amor). Habría sólo un movimiento de emoción corporal o de placer. Pues bien, allí donde los hombres o mujeres buscan sólo sexo sin pasión (y sin amor) corren el riesgo de perderse, reprimiendo lo más hondo y bello de su vida. Deja que evoquela historia. Los famosos amantes de los siglos XII al XV buscaban a través de la amada un tipo de rostro divino, la apertura al nivel de lo infinito. El don Juan de Tirso de Molina perseguía todavía la aventura, el riesgo de burlar la dama y seducirla y desflorarla, en gesto de pasión. Pues bien, en nuestro tiempo, parece estar creciendo un nuevo tipo de sexo sin pasión y sin verdadero amor humano. Algunos sólo quieren un pequeño temblor superficial, que nos les roce el alma, y después el olvido, una gimnasia corporal y poco más. Frente a una sociedad antigua, posiblemente represiva, se ha ganado en libertad para el cuerpo; pero quizá puede perderse la pasión de vida y muerte, de amor y de misterio. Donde esto pasa, donde el sexo no tiene ya una referencia pasional (una pasión de amor), el hombre corre el riesgo de perderse a sí mismo, se destruye.

2. Puede haber pasión sin sexo, una actitud que parece reflejarse en el amor cortés de ciertos poetas provenzales de la edad media, como ha puesto de relieve D. de Rogemont. Tres fueron, a mi juicio, sus factores principales. (a) Era, en principio (aunque no exclusivamente), un amor intersexual: el caballero se dirigía hacia una dama, la idealizaba y convertía en expresión de su absoluto. (b) Ese amor excluía, al menos en principio, el contacto de los cuerpos: la mujer cantada aparecía como un ser no-material, como una figura que transciende las funciones fisiológicas y viene a convertirse, para el hombre, en signo de misterio. (c) Ese amor tendía a lo infinito, de tal forma que se suponía que sólo podía realizarse plenamente en el nivel de lo sagrado, tras la muerte.

 

Aunque parezcan contrarias, esas dos actitudes se complemente y, de algún modo, se exigen. Entre el sexo sin amor-pasión y el amor-pasión sin sexo existe una profunda conexión, un mismo desprecio por el cuerpo, reflejado, si quieres, de un modo especial por la mujer. Enun caso tenemos la mujer que es sólo cuerpo que se busca únicamente por satisfacción externa, sin dialogar con ella, ni quererla. En el otro caso tenemos la mujer que es sólo alma, el eterno femenino, la «dama-virgen» de belleza pura, más allá de la realidad concreta de los hombres y mujeres que pueden dialogar como personas sobre el mundo, en el nivel del alma y cuerpo, es decir, de la persona. Entrela mujer-prostituta y el eterno-femenino hay una relación muy honda que ha marcado en parte la historia de occidente. Muchos herederos de la tradición (falsamente) cristiana siguen manteniendo todavía un esquema de ese tipo, sintiéndose atraídos, al mismo tiempo, por la prostituta utilizada y la virgen soñada, cada una en su nivel. Pues bien, superando esa escisión, que ha solido vincularse al llamado “amor platónico” (cantado y criticado bondadosamente por Cervantes en el Quijote) y a la gnosis, debemos poner de relieve la unidad de ambos aspectos, tanto en la perspectiva del varón como en la perspectiva de la mujer.

 

2. Elementos de la pasión amorosa. Conforme a lo anterior, normalmente, sexo y pasión han de integrarse en un mismo camino de amor, que vale por igual para varones y mujeres y que se expresa en el encuentro interhumano, como lugar privilegiado (pero no único) donde el amor se expresa y crea vida. En esa línea, la pasión, el sufrimiento, forma parte del despliegue de la vida del hombre. A modo de ejemplo puedo señalar   seis espacios o momentos en los que se expresa la pasión del amor:

 

1. Mundo. Hemos dicho que la pasión del hombre/mujer se encuentra vinculada con la vida cósmica. Pero debemos añadir que ella no es un simple resultado del proceso cósmico. Es imposible que el conjunto de acción y reacción de los poderes instintivos de lavida haya suscitado, desde dentro, un estallido de pasión ilimitada como aquel que descubrimos en nuestra existencia. Nuestra pasión incluye más que mundo, más que tierra, más que impulso de la vida.

2. Hombre/mujer. La pasión tampoco puede ser invento o creación del hombre, pues ella le precede y, de alguna forma, le trasciende. En ese sentido, la pasión es uno de los fundamentos de la vida, de manera que ella nos permite ser humanos. Eso nos lleva a sospechar que en el fondo de nuestra pasión se está expresando un Ser más alto, apasionado, a quien algunos se atrevan (nos atrevemos) a llamar Dios.

3. Revelación. Conforme a la Biblia, raíz de la pasión del hombre es Dios. Se nos ha dicho con frecuencia que Dios es simplemente pensamiento, un ser apático que gira en torno a su planeta de apáticas ideas. Ciertamente, Dios es infinito y nunca podremos conocerle, pero, con palabras la Biblia Israelita, evocadas por A. Heschel, debemos afirmar que Dios es la pasión originaria: sale de sí mismo y crea vida en un impresionante alarde de confianza y libertad, de riesgo y de esperanza; por eso se apasiona con los hombres, comprometiéndose con ellos.

4. Cristo. Para los cristianos, la pasión de Dios se expresa en Jesucristo, en su doble aspecto, activo y receptivo. (1) Jesús fue un apasionado activo, como muestra su anuncio de reino, su amor hacia los hombres, su confianza hastala muerte. Por eso, no podemos conocerle con las medidas de la lógica normal de la historia. (2) Jesús fue un apasionado receptivo: alguien que asumió el   camino del sufrimiento, de tal manera que hablamos, del sufrimiento y pasión de Cristo y los tomamos como un momento privilegiado de su entrega a favor de los demás. Como signo supremo de la pasión de Cristo veneran los cristianos su cruz, se sitúan ante el misterio de su muerte.

5. Mística. Sólo desde el Dios-pasión y desde el Cristo apasionado se entiende mejor la apertura pasional del hombre, tanto en el amor enamorado como en el enamoramiento místico. En este contexto podemos evocar las flechas de Teresa de Ávila, la llagas de Francisco de Asís o el fuego de los sufíes. El místico no quiere huir del mundo, sino vivirlo en más profundidad: quiere compartir la herencia del camino de Jesús, su amor crucificado por los hombres, en medio de una tierra muchas veces injusta.

6. Enamoramiento. La pasión de Dios se encuentra, sin duda, vinculada con la pasión de amor de los enamorados. Toma una pareja, un hombre, una mujer (o dos personas del mismo sexo). Mira su gesto, descubre su deseo y verás que la pasión se hace en ellos palabra de convivencia. El amor no está más allá de la pasión, sino dentro de ella. De esa forma, desde el mismo interior de la pasión, que parece sacarles de sí mismo, ellos se encuentran a sí mismos, pudiendo decirse una palabra de compromiso mutuo.

 

Esos momentos muestran que el encuentro sexual y, de un modo más preciso el amor, constituyen algo más que sexo, entendido en el sentido restrictivo. El encuentro sexual es el lugar donde se encienden y despliegan las acciones y pasiones más hondas, aquellas que ponen al hombre y a la mujer en contacto con la Realidad que le desborda y fundamenta. En ese contexto, podemos afirmar que la pasión es un elemento esencial en la génesis y de la culminación del hombre y la mujer: allí donde la pasión se extingue y sólo quedan los deseos inmediatos o las necesidades concretas, de tipo sexual o económico, el ser humano muere.

En esa línea se puede añadir que el hombre es una pasión de realidad o de existencia. Enigmáticamente ha logrado alcanzar el nivel de la razón, por encima del puro instinto. Pero, al mismo tiempo, desde su misma racionalidad, el hombre se descubre como ser apasionado. No ha dejado el puro mundo (la evolución vital) para ser pura razón, sino para abrirse de manera apasionada hacia el sentido y tarea de su vida, hacia la vida de los otros. En el fondo de la existencia de los hombres hay una pasión de vida y amor que les permite no sólo existir (sobrevivir), sino trasmitir en amorla vida. Sólodesde ese fondo de pasión, vinculada al amor, pueden entenderse los rasgos básicos de la existencia de los hombres.

 


[1] Cf. R. Descartes, Pasiones del alma, Tecnos, Medrid 1998; C. Domínguez, Los registros del deseo, del afecto, amor y otras pasiones, Desclée de Brouwer, Bilbao 2003; M. Scheler, Esencia y formas de la simpatía. Buenos Aires 1957; Tomás de Aquino, “Tratado sobre las pasiones”, en Suma Teológica IV, BAC, Madrid 1954; X. Zubiri, Sobre el sentimiento y la volición, Alianza, Madrid 1993; Sobre el hombre, Alianza, Madrid 1998.

[2] Cf. E. Amezúa, La erótica española en sus comienzos, Barcelona 1974, 73-92; L. Bonilla, El amor y su alcance histórico, Rev. De Occidente, Madrid 1964, 97-138; M. C. D’Arcy, La double nature de 1’amour, Aubier, Paris 1948, 23-49; P. Eudokimov, Sacramento de amor, Barcelona 1966, 13-86; A. J. Heschel, Los profetas. 1. El hombre y su vocación. 2. Concepciones históricas y teológicas. 3. Simpatía y fenomenología, Paidós, Buenos Aires 1973; E. Galindo, La experiencia del fuego: itinerario de los sufíes hacia Dios por los textos, Verbo Divino, Estella 1994; D. de Rougemont, El amor y occidente, Kairós, Barcelona 1995.

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