Patriarcado, amor de Padre

1. Principios  [1]

  El surgimiento y despliegue de la imagen paterna del amor (de la divinidad) parece posterior al matriarcado. En tiempos antiguos pudo pensarse que sólo la madre engendra, el varón no interviene. Pero después, en la línea del patriarcalismo, se ha supuesto que sólo el varón crea y que la madre es receptiva. Hoy sabemos que hay un doble influjo, masculino y femenino, que es más importante el femenino. La mujer no es sólo útero que acoge y madura el semen del varón, sino portadora de un semen propio, que debe unirse al del varón, para que nazcan los hijos, que no son ya del padre a través de la madre, sino del padre y de la madre (o incluso de la madre sola, por clonación). Pero volvamos al patriarcalismo, entendido como expresión de un amor/poder de tipo masculino. Estos son sus momentos principales:

 

 

1. Presupuesto biológico: prioridad del semen masculino. Las culturas patriarcales, que han determinado la historia de oriente y occidente (de China y la India, hasta Israel y Grecia, influyendo en el cristianismo y el Islam), han partido de un punto de partida falso. La mujer, que antes parecía principio de generación total, se convierta ahora como puro receptáculo (ánfora, útero) del semen paterno: ella no da vida, la acoge; ella no engendra, recibe en su seno el semen del varón, para madurarlo allá dentro y cuidarlo luego, por un tiempo. El varón es forma, la mujer materia; el varón siembra, la mujer recibe la semilla; el varón crea vida, la mujer se limita a cuidar lo creado.

2. Expresión social: un mundo masculino. No sabemos si existió un orden matriarcal político religioso. Lo que sí ha existido y sigue existiendo, de algún modo, hasta el presente, es un orden patriarcal donde la pretendida Aprioridad@ seminal (fálica) del varón se traduce en el surgimiento de una sociedad dominada por varones. Ellos dirigen y Aprotegen@ a sus mujeres (como su bien más preciado, pues ellas les dan placer y acogen-cuidan a sus hijos); por otro, encerrando a las mujeres en casa, ellos pueden crear un mundo externo de violencia masculina, definido por la competencia y guerra.

3. Ideología religiosa: dioses paternos. Suelen llamarse ideología las ideas que han sido creadas para justificar una determinada ventaja social o económica. Pues bien, parece evidente que los grandes dioses patriarcales han surgido para justificar la novedad y ventaja del varón, entendido como dueño y gestor de la vida. La religión de la diosa madre podía tener el riesgo de anclarnos en el fantasma de una madre naturaleza, entendida de forma abarcadora. La religión de los dioses padres nos deja en manos de los fantasmas paternales, violentos y guerreros.

 

El paso del matriarcado al patriarcado ha sido un cambio ontológico: se ha transformado la misma forma de entender y sentir el proceso de la vida y la estructura humana, se ha impuesto la jerarquía sexual y social. La realidad se ha dividido en dos polos, uno masculino y otro femenino, uno activo y otro receptivo. Pues bien, en general, el poder más alto del varón (que se cree superior a la mujer) ha sido y sigue siendo un poder amenazado, es decir, sin amor pues el varón nunca está seguro de ser padre de su hijo, a no ser que someta y controle a la mujer, convirtiéndola en subordinada. Hubiera sido necesario un diálogo en igualdad, entre varón y mujer, para que surgiera entre ellos una comunión de confianza amorosa, sin imposición de uno sobre el otro, superando así el matriarcado o patriarcado unilaterales. Ciertamente, esa comunión se ha podido dar y se ha dado muchas veces, pero, en su conjunto, la cultura humana ha seguido un camino patriarcal, acomplejado, dominador, dividido

 

1. Varón acomplejado: envidia de la mujer. El varón nunca ha estado convencido de su superioridad y, por eso, para mantenerse superior, ha tenido que emplear la violencia, precisamente allí donde no había amor o el amor envidioso se ha impuesto la fuerza. Freud pensaba que la primera envidia era propia de la mujer, acomplejada por su carencia de pene. En contra de eso, pienso que la primera envidia ha sido la del varón, que nunca está seguro de sí mismo (de su paternidad) y, que por eso, no pudiendo definir bien su función en el proceso de la vida, tiene que imponerse por la fuerza. En el principio de la violencia del patriarcalismo está una falta de amor que se expresa en un complejo de inferioridad y en un gesto de envidia: en el fondo, el varón quiere ser como la mujer (como la madre que engendra y alimenta a los niños), y, al no poder lograrlo, la domina y organiza con ese fin (por ello) un mundo donde rige la ley de la violencia, que es una ley de guerra masculina.

2. Mujer dominada: virginidad y adulterio. En el estado matriarcal, la mujer podía presentarse y actuar como dueña de su sexualidad y de su poder engendrador, pues ella suscitaba la vida de los hijos. Después al convertirse en auxiliar del padre, para la generación de sus hijos, ella recibe un lugar subordinado dentro dela sociedad. Lógicamente, ha de venir virgen al matrimonio, pues sólo así el marido se siente seguro y sabe que los hijos que engendra son suyos. En esa línea se sitúa la ley que castiga con muerte el adulterio dela mujer. Esta no es una ley contra el placer sexual de la mujer, pues no se prohíbe que ella lo obtenga por sí misma o con otras mujeres del posible harén del esposo, sino que es una ley contra la paternidad ajena: sólo castigando con la muerte el adulterio de sus mujeres, los varones pueden saber que son padres de sus hijos. Evidentemente, esa ley es una expresión de carencia de amor.

3. Hijos divididos. Los hijos (varones y mujeres) han seguido creciendo en manos de la madre, que les alimenta con la leche de sus pechos. Pero, ahora, la madre empieza a realizar esa tarea al servicio de un orden patriarcal, en un proceso que escinde y divide más tarde a niñas y niños. Las niñas (hijas) siguen bajo la custodia de las madres, con formación adecuada para repetir el cielo vital y convertirse también ellas en madres. Los niños (hijos) han empezado como sus hermanas, bajo el cuidado dela madre. Pero, en un momento dado, a partir de la pubertad, son arrancados de ese cuidado materno y reciben una Asegunda formación@ masculina, que les capacita para sus deberes especiales de guerreros y patriarcas, capaces de dirigir y dominar (proteger) a las mismas mujeres que les han engendrado y/o cuidado.

 

En este contexto, la figura dominante de la casa, entendida como unidad social y cultural, ha empezado a ser el varón-padre, a quien podemos llamar patriarca, es decir, padre con poder (frente a la mujer y los hijos). Ciertamente, hay una forma de ser padre (y varón) no patriarcal; pero, hasta el momento, ha triunfado la patriarcalista. Ella ha suscitado lógicamente una ideología paterna de Dios, a quien se entiende como principio generador y dominador de tipo masculino, como muestra la historia de las religiones. Es difícil estudiar su imagen de un modo neutral, pues nosotros mismos, hijos de una cultura patriarcal, seguimos dominados por ella. Desde ese fondo podemos hablar de la ambivalencia de los hombres ante el padre a quien, por un lado, quieren matar y, por otro, quieren imitar. (1) Padre opresor, asesinar al padre. Freud ha desarrollado el “complejo de Edipo”, conforme al cual, en un plano psicológico, cada niño varón quiere adueñarse de la madre, teniendo que “matar” para ello al padre, en un sentido simbólico. Según eso, en el principio del amor filial (al menos de los hijos varones) hay un gesto de violencia, un deseo de muerte. (2) Padre bueno, acoger al padre. Pero, después de haber “matado” simbólicamente al padre-enemigo, los hijos tienen que reconciliarse con el padre-real, para madurar así en la vida. Esta experiencia de la función ambivalente del padre marca toda la cultura humana. Teniendo en cuenta lo anterior, en sentido general, debemos afirmar que es necesario el surgimiento un padre no patriarca, de un padre que, sin dejar sus aspectos básicos de palabra y ley educadora, sea un padre materno., con rasgos femeninos, vinculados a la misma figura dela madre. Debe ser, al mismo tiempo, un padre fraterno, capaz de dialogar con los hijos.

 

  2. Padre divino, padre humano[2]

 

 Superando un posible matriarcado anterior, los varones han terminado por imponerse, expandiendo su derecho (su ley de fuerza) y manteniendo a las mujeres sometidas, muy subordinadas. Ciertamente, la madre sigue al fondo y cumple funciones simbólicas valiosas; pero (casi) todas las grandes religiones conocidas han terminado adorando de alguna forma al padre. Lo divino no aparece ya como potencia femenina ni a manera de unidad o conjunción polar de sexos (hierogamia); tampoco es la expresión eterna, (idea) de los valores más altos de la humanidad (como parece mostrar los dioses griegos), sino que se escinde en dos mitades jerárquicamente diferenciadas, de tal forma que aparecen unos dioses superiores (masculinos) y otros inferiores (femeninos). (1) El orden o nivel masculino acaba siendo dominante. Los dioses varones se vuelven ahora creadores y guías, son los jefes primeros de los hombres (varones y mujeres). De esa forma se proyecta en lo sagrado la misma jerarquía social que hallamos en el mundo: los varones son la inteligencia creadora, el signo del poder del cielo; por el contrario las diosas (femeninas) son expresión de la materia, seres sometidos dentro del mismo círculo divino. (2) Las diosas aparecen así subordinadas. Son una expresión de eso que pudiéramos llamar el sometimiento sacral (intradivino). En un sentido estricto, según muestra lo que sigue, la misma creación (cosmogonía) viene a presentarse como triunfo de dioses masculinos (por ejemplo de Marduk) sobre las diosas que parecen potencias caóticas (indeterminadas) de la naturaleza (por ejemplo Tiamat, en el mito babilonio). Son los dioses, entendidos como masculinos, los que forjan el orden (la existencia estructurada y con sentido) sobre el mundo; para ello han tenido que triunfar sobre las fuerzas femeninas anteriores.

En el surgimiento del patriarcado han influido diversos factores, pero, sobre todo, el deseo de poder y la violencia. Losvarones han recorrido su camino de singularización individual en actitud de lucha mutua y en gesto de dominación de las mujeres (que terminan sometidas). Ahora podemos resumir y aplicar lo dicho en perspectiva más sencilla, resaltando los factores que han intervenido (y siguen interviniendo) en este surgimiento de la religión y vida patriarcal: (1) La mayor fuerza muscular del varón. En el estadio anterior (matriarcado) resultaba decisivo el poder de generación. La mujer gozaba de mayor importancia simbólica por aparecer como dadora (guardadora) de la vida. Pues bien, en un momento determinado, los varones han aprovechado su mayor envergadura corporal para luchar entre sí y dominar juntos a las mujeres. (2) La misma condición fisiológica de la mujer, más vinculada a los ritmos de la maternidad (gestación, cuidado de los niños). El varón, libre de esos ritmos, aprovecha su propia independencia poniéndola al servicio de su propio poder, dominando así a las mujeres. (2) La envidia del varón, empeñado en buscar con violencia su propia individualidad. El varón no sabe bien quién es, desconoce su función y su sentido sobre el mundo; por eso tiene que buscarlo y lo hace del único modo que conoce: trabajando con violencia, imponiéndose por fuerza a los demás y en especial a las mujeres.

El patriarcalismo resulta un fenómeno complejo donde pueden distinguirse diversas perspectivas. Desde un punto de vista teórico podemos destacar tres que siguen influyendo poderosamente en nuestro tiempo. Todas ellas asumen la superioridad antropológica y sagrada del varón como un hecho. (1) En clave filosófica, Aristóteles ha popularizado un esquema mítico-religioso que aparece en muchas culturas patriarcales: el varón representa los aspectos positivos de la vida (luz, actividad, inteligencia); la mujer, por el contrario, encarna los aspectos negativos (oscuridad, pasividad, sentimiento). De esta forma, la polaridad sexual se entiende en clave jerár­quica. Hay un elemento superior y positivo, que está represento en el varón (que es “forma” y define el sentido de lo humano); y hay un polo inferior y negativo, que está representado en la mujer (que es materia). De este modo se legitima en occidente, con ropaje de ciencia (de filosofía) una visión desigual de los dos sexos, que legitima el sometimiento de las mujeres al varón. (2) En clave de religiosidad mística (o de interioridad) viene a justificarse la misma actitud de (pretendida) superioridad del varón a partir de su también pretendida superioridad intelectual. La mujer parece más ligada a los ritmos de la vida sobre el mundo, a las tareas “materiales” de la casa, al nivel de lo afectos, sentimientos o deseos inmediatos. El varón, por el contrario, estando más abierto a las acciones exteriores (en creatividad mundana), se halla también mejor capaci­tado para penetrar en la verdad objetiva y superar con su mente los deseos inmediatos de la vida. De esta forma se vinculan (al menos de manera general) una situación de ventaja sociológica y una pretendida superioridad religiosa, en clave de experiencia interior. (3) Las religiones de la historia (judaísmo, isla­mismo y cristianismo) son de hecho patriarcales, aunque afirman que Dios es trascendente (ni masculino, ni femenino). Para defender mejor la trascendencia y personalidad de Dios, ellas han reprimi­do su aspecto materno y femenino. De esa forma han proyectado sobre Dios (a quien conciben teóricamente como suprasexual) rasgos que son típicamente masculinos

En este contexto se sitúan los mitos patriarcalistas que han definido de manera poderosa la historia de occidente y del conjunto de la humanidad, pues siguen estando en el fondo de las religiones posteriores. En este contexto descubrimos que el mayor problema no es saber si existe Dios, sino qué naturaleza tiene, cómo se comporta. Desde el punto de vista religioso, el gran problema no es el ateismo sino la idolatría (culto a unos dioses que sacralizan la violencia). Desde ese fondo podemos evocar algunos rasgos del Dios patriarcalista vinculado al padre con cielo, trueno, rey, poder engendrador. Sólo en ese fondo se entiende el amor de Dios Padre, en los esquemas míticos normales de la religión de occidente.

 

1. Dios es ante todo un padre con poder. La mujer, más vinculada a los ritmos de la generación y al cuidado de los hijos, pasa a un segundo lugar, viene a estar subordinada. El padre-varón aprovecha su fuerza y su mayor libertad biológica (no está determinado por los ritmos de embarazo y lactancia) para imponer su dominio sobre la familia. Esta padre/patriarca asume los dos poderes fundamentales: el dominio sobre la mujer (o mujeres) y la autoridad sobre los hijos (o sobre el conjunto de la familia), entendida como una especie de propiedad suya. Se trata, ciertamente, de un poder que se presenta como bueno (poder de amor), que quiere ser expresión del orden de la vida: así el padre/varón asume la responsabilidad y cuidado del conjunto familiar. Pero, al mismo tiempo, es un poder ambiguo o malo pues está sustentado en la represión de la mujer y el sometimiento del conjunto familiar. Un fenómeno religioso y social de este tipo (triunfo del padre) parece haberse impuesto en casi todos los pueblos de la tierra después del neolítico: se ha roto el equilibrio entre los sexos; la mujer viene a quedar subordinada. El amor del padre se entiende como poder-dominio-protección sobre el conjunto de la familia.

2. El padre está simbolizado por los cielos. Desde tiempo muy antiguo, el cielo ha tendido a tomar rasgos masculinos, mientras que la tierra aparece femenina. Pues bien, en un momento dado, que parece coincidir con la expansión y triunfo de los grandes pueblos indoeuropeos y semitas, los signos sagrados del cielo paterno se imponen sobre los restantes elementos religiosos. De esa forma triunfa Anu en los acadios, Yahvé entre los hebreos y Dyaus, Váruna o Zeus en los indoeuropeos. El mismo nombre de Dios (que suele significar luz o cielo) se vuelve signo de poder. Lógicamente, los varones pueden imponerse sobre las mujeres, dentro de un modelo de amor jerárquico. En algunos casos la victoria de los cielos masculinos se precisa en términos solares: el gran astro del día es padre y por eso dirige desde arriba la existencia de los seres humanos; la luna, en cambio, es madre, vida misteriosa y sometida, siempre vinculada con las mutaciones dela tierra. En este contexto, la religión se identifica con el triunfo sacralizado de los grandes poderes celestes masculinos. La veneración sacral (experiencia de la fuerza creadora del sol y de los cielos) viene a explicitarse en forma masculina, avalando así el poder de los varones. El amor de los varones, amor celeste, es según eso una señal de supremacía.

3. El padre-Dios se expresa en la tormenta. Casi todos los pueblos guerreros de origen indoeuropeo y semita la han sacralizado, interpretándola como expresión de fuerza masculina. Lógicamente, los dioses del cielo/tormenta dominan e imponen su ley sobre el mundo por medio del rayo. De esa manera, el Dios Hadad/Baal de Siria, lo mismo que el Yahvé de los hebreos “avanza sobre el carro de las nubes con gran fuerza; lanza llamas de fuego, grita con la voz del trueno, impone su pavor sobre la tierra y la fecunda con su lluvia” (cf. Sal 29). Los dioses masculinos del rayo y del triunfo triunfan y se imponen en las tribus indias y germanas, griegas y persas. Por un lado son buenos, creadores: sin ellos la tierra acabaría volviéndose desierta, seca y muerta. Por eso resultan necesarios: de su intensa vida y de su fuerza nace el agua; ellos fecundan y alimentan a la tierra. Pero, al mismo tiempo, ellos aparecen como terribles, violentos, vengadores: se dice así que actúan de forma imprevisible, vienen cuando quieren y se expresan de una forma que resulta caprichosa. Desde ese fondo se puede entender el amor patriarcal de los varones, que “protegen” desde arriba a las mujeres.

4. El padre-Dios del cielo se convierte en Rey, La mayor parte de estos dioses paternos del cielo y tormenta se vuelven soberanos y así entienden su divinidad (su amor) como “poder” sobre los dioses (seres divinos inferiores) y los hombres. Váruna o Yahvé, Júpiter o Zeus se presentan de esa forma como “reyes” (organizadores y garantes) del orden y vida dela tierra. Lógicamente, los fuertes dioses reyes de los cielos garantizan y mantienen el orden de conjunto de los seres. De esa forman se dice que gobiernan con amor. Pero su amor es impositivo. Quizá pudiéramos decir que reinan por su ser: su misma realidad es fundamento de todo lo que existe. Acentuando su poder, algunos de estos dioses (Yahvé, Zeus) pueden transformarse luego en divinidades de tipo universal, llegando a convertirse en signo de un monoteísmo religioso o filosófico de tipo masculino. Así se sacraliza para siempre al figura del varón dominador (del rey-padre) como fundamento y centro de todo dela realidad. En este contexto, el amor del Dios patriarca es amor de dominio, de tipo impositivo.

5. Gran parte de estos dioses patriarcales son guerreros, de manera que consiguen y mantienen su dominio a través de una victoria militar. Así entienden el amor como expresión y consecuencia dela guerra. En esa línea dijo Heráclito de Éfeso que la guerra es “padre de todo lo que existe” (frag. 53), pudiendo añadir que el guerrero vencedor es el verdadero amante, el esposo de la realidad universal. De esa forma se vincula amor y guerra, victoria militar y fecundación (posesión) de las mujeres. En su conjunto, la religión israelita ha condenado ese modelo violento de Dios, que asocia la victoria militar y la violación de las mujeres, de manera que, conforme a la visión del Antiguo Testamento, los dioses padres-reyes-guerreros que pretenden mantener el orden del mundo por la fuerza, vienen a entenderse ya como demonios y enemigos de lo humano. Pero el modelo patriarcal ha seguido influyendo en la conciencia religiosa de muchos judíos y cristianos, que identifican el amor de Dios con la victoria militar.

6. Dioses violadores. Dentro del patriarcalismo, el amor tiende a interpretarse como “violación”. Basta con que recordemos el símbolo del toro, sacralizado desde la India y Persia hasta Palestina, Siria y Grecia. El toro es el animal de la potencia sexual y dela fuerza. Ciertamente, los judíos de la Biblia ha condenado la visión del Dios-Toro, declarándola idolátrica y contraria al verdadero Dios. Los israelitas ortodoxos (partidarios de un Dios trascendente, sin rasgos sexuales ni figura animal o humana) han luchado por siglos en contra del culto a Baal-Toro o al mismo Yahvé-Toro (cf. Ex 32). Pues bien, a pesar de la crítica judía, el Dios-Toro ha triunfado en casi todo el oriente antiguo, de manea que el mismo Zeus aparece en esas formas animales, reflejando y condensando la potencia genital, engendradora, de de los machos. Conocemos bien las aventuras, raptos y violencias sexuales de Zeus: el Dios supremo de los cielos, el jefe del panteón de los olímpicos de Grecia, impone su dominio a las hembras, en gesto que la mitología ha recogido y repetido sin protesta. Baste recordar aquí la historia y nacimiento del más grande de los héroes de Grecia: Hércules o Heracles. El mismo Zeus, Dios supremo, engañó ala madre Alcmena, seduciéndola de forma mentirosa (tomando la apariencia de Anfitrión, marido ausente). Así, de un Dios sexualmente perverso y de una mujer violada nace la estirpe triunfadora y violenta de los hombres.

 

Ciertamente, la filosofía griega, lo mismo que la religión israelita (y luego la cristiana) ha condenado esa visión patriarcalista del Dios que acaba interpretando el amor como violación y seduciendo doncellas. El verdadero Dios se encuentra más allá del sexo masculino; el amor no puede entenderse como expresión de poder o principio de violación. Por su parte, la Biblia ha interpretado a los dioses seductores como diablos; en esa línea, el Zeus triunfador (o su equivalente divino) que viola a las mujeres se convierte en un vulgar “demonio”, un ángel perverso. Pero, de hecho, el signo de los dioses patriarcalistas y violadores ha seguido influyendo, de un modo camuflado pero muy intenso, en la historia de occidente. (1) Sigue dominando el logos de lo mismo, una razón impositiva de dominio dictatorial. Es la razón y lógica masculina del padre que actúa por la guerra (conforme a la imagen de Heráclito). Es el reino del logos de violencia impositiva que legitima el poder de los varones (los dominadores). (2) Se ha tendido a decir que el varón es profundo, la mujer superficial: el varón es orden creador, la mujer sentimiento… (3) Se dice finalmente que la religión monoteísta (judaísmo, cristianismo, Islam) ha sido fundada y ha de ser regida por varones. Las mujeres quedan relegadas a la intimidad, la casa; el varón rige la iglesia y la asamblea.

La literatura judía y cristiana ha condenado una visión patriarcalista de Dios y del amor entre los hombres. También las nuevas religiones del oriente (hinduismo y budismo) han superado la violencia masculina y guerrera de los dioses patriarcales. Pero tanto las religiones de occidente como las de oriente se sitúan todavía dentro de un contexto patriarcalista. En principio, en teoría, hemos superado ya el patriarcalismo. Pero, en la práctica, siguen existiendo y dominando sobre el mundo muchos motivos patriarcales, de manera que el amor no es todavía espacio de encuentro en igualdad entre varones y mujeres (entre personas), sino que sigue siendo espacio de dominio de unos sobre otros.

 

 

 o 3. El amor en los códigos domésticos del NT [3].

 

Pablo había creado comunidades de iguales, donde el principio básico de la organización eclesial y familiar era el amor. Mirado desde fuera su proyecto parece una utopía, que aún no se ha cumplido en la iglesia posterior, que parece un grupo más, al lado de los otros grupos, inmersa discusiones de poder, con judíos y gentiles. Para mantenerse en el contexto de la sociedad establecida, la iglesia ha tenido que estructurarse como organización jerárquica, donde los hombres y mujeres tienden a estructurarse en forma patriarcal, evidentemente con amor:

 

A cada uno de nosotros le ha sido concedido el favor divino a la medida de los dones de Cristo. Por eso dice: “Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres… Él mismo “dio” a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo. Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error, antes bien, siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta Aquel que es la Cabeza, Cristo, de quien todo el Cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor (cf. Ef 4, 7-16).

 

La clave de la comunión es la verdad que conduce al amor y unifica a los fieles (a todos los hombres) por un entrelazado de “junturas” o medios de comunicación, que pasan del Cristo cabeza al cuerpo de la iglesia. Alservicio de ella pone Ef cuatro ministerios significativamente centrados en la palabra, para indicar que la unidad del cuerpo se expresas y realiza a nivel de anuncio y diálogo, conocimiento y testimonio personal, no por imposición política o militar, económica o social. Ésta es una iglesia que no vive para sí (buscando su provecho), sino para unidad de todos los hombres. Ella es valiosa en la medida en que no se valora; cumple su función en la medida en que no quiere buscarse a sí misma. Desde ese contexto se entienden los ministerios y tareas de la iglesia, que aparecen como revelación de una unidad más alta: los fieles se sienten de algún modo salvados por su unión celeste en Cristo. Pues bien, para expresar su más alto misterio en las estructuras sociales dominantes, los cristianos han optado por asumir el orden jerárquico de su entorno, con su modelo de familia y autoridad patriarcal. Éste ha sido un fenómeno complejo, quizá necesario, que debe valorarse no sólo como opuesto a algunas tendencias espiritualistas de su tiempo (propensas a una gnosis intimista), sino también desde la prudencia evangélica. Estos cristianos no han querido oponerse frontalmente al entorno social, sino transformarlo por dentro y por eso han aceptado el orden patriarcal, tal como lo expresan los dos textos siguientes:

 

Mujeres, someteos a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas. 2. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto es agradable al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten. 3. Siervos, obedeced en todo a vuestros señores en la tierra, no para ser vistos, como queriendo agradar a los hombres, sino con sinceridad de corazón, temiendo al Señor. Señores, comportaos de manera justa y moderada con vuestro siervos, sabiendo que también vosotros tenéis un Señor en el Cielo (Col 3, 18-4,1).

Someteos unos a otros con temor de Cristo. 2. Las mujeres a sus propios maridos como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la iglesia, siendo Salvador del cuerpo… Maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a su iglesia y se entregó por ella… 3. Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es justo… Padres, no irritéis a vuestros hijos, criadlos en disciplina e instrucción del Señor. 4. Siervos, obedeced a vuestros señores en la tierra, con temor y temblor, con la sinceridad de vuestro corazón, como a Cristo… Señores, haced lo mismo con los siervos (Ef 5, 21-6, 9).

 

Los dos textos están llenos de amor. Pero se trata de un amor jerárquico, sin reciprocidad entre varón y mujer, pues a ella se le pide sumisión (como inferior), a él amor de condescendencia, como superior. El marido es Señor para la esposa; ella es cuerpo para el marido. De esa forma se establece entre ambos un diálogo no reversible de sometimiento afectivo. El texto corre el riesgo de entender a la mujer como pasividad, cuerpo parala obediencia. En esa misma línea se habla aquí de un amor de padre, entendido en forma jerárquica y, sobre todo, de un amor entre los amos y los esclavos. Estos pasajes no rechazan el modelo esclavista, sino que lo quieren humanizar, desde Jesús. Siervos y señores tienen en común una misma exigencia de sometimiento, pero el texto puede acabar ratificando la dependencia, convirtiéndola en mediación evangélica

Los códigos domésticos, de tipo jerárquico, asumen así una tradición patriarcalista, que los herederos de Pablo, partidarios de la más honda unidad (de judíos y gentiles, humanos y ángeles), han aceptado, en gesto que marcará la historia posterior de la iglesia. Sinduda, el evangelio como buena nueva de entrega mutua y comunión de los humanos se sigue manteniendo, pero queda a nivel trascendente e intimista (como ideal de transformación espiritual). En el plano de las estructuras familiares (esposo/esposa, padres/hijos) y sociales (siervos/amos) la iglesia asume la “sabiduría” patriarcalista del entorno, aunque introduce en ellas unos matices significativos, (1) Reciprocidad (aunque no reversibilidad). Las relaciones de marido-mujer, señor-siervo no son reversibles (a no ser en el principio de Ef 5, 21, que pide sometimiento mutuo, en la línea de Flp 2), pero tanto Col como Ef destacan la reciprocidad en las obligaciones: padres y señores han de respetar a hijos y siervos. (2) Imagen matrimonial de cabeza-cuerpo. Ef 5 interpreta el matrimonio en perspectiva cristológica, que   no implica reversibilidad: al marido se le pide amor, a la mujer sometimiento… De todas formas, el texto supone que debe dar más quien más tiene (aquí el marido) de manera que desde la diferencia, puede superarse toda diferencia. (3) Patriarcalismo, pero con amor. Ambos textos son patriarcales: aceptan el poder de los padres de familia (varones). Pero en ambos ese poder queda re-situado desde el amor cristiano que, bien cumplido, debería superar toda diferencia.

Este esquema jerárquico de organización social no se funda en la experiencia de Jesús, que amaba a los pobres y excluidos a quienes ofrecía el lugar de honor en el Reino, sino que responde a la estructura de una casa-familia rica, con buen amo patriarca, buena mujer, con un grupo hijos, parientes y criados (cf. Ef 2, 21; 4, 12.16.29). Tanto Jesús como Pablo habían buscado una comunidad igualitaria de hombre y mujeres libres donde el mismo amor (servicio mutuo) fuera creando estructuras de convivencia no jerárquica. Pero la iglesia posterior de estos herederos de Pablo (autores de las cartas a los Efesios y Colosenses) han optado por encarnarse en una forma jerárquica de vida y estructura social, que no responde al evangelio, sino al entorno social de los privilegiados (no de los expulsados sociales). Esta opción es comprensible y quizá necesaria, siempre que el amor mesiánico sea capaz de enriquecer y/o cambiar esa base familiar y social. Parece claro que no lo ha conseguido, al menos plenamente, de manera que la iglesia ha venido a fijarse después de un modo patriarcalista: los dirigentes de la comunidad tenderán a situarse en la parte de los maridos y amos, pero sobre todo de los padres, creando una jerarquía religiosa lejana al evangelio.

 


[1] Cf. L. Cencillo, Mito.Semántica y realidad, BAC 259, Madrid 1970; S. Freud, “Totem y Tabú” y “Moisés y la religión monoteísta” en, Obras completas, Nueva, Madrid 1972, V, 1745-1850 y IX 3241-3324; R. M. Gross, El budismo después del patriarcado, Trotta, Madrid 2005; K. Jaspers, El origen y meta de la historia, Alianza, Madrid 1981; G. Lerner, La creación del patriarcado, Crítica, Barcelona 1990; A. Ortiz-Osés, Claves simbólicas de nuestra cultura. Matriarcalismo, patriarcalismo, fratriarcalismo, Anthropos, Barcelona 1994; P. Sloterdijk, Esferas I-III, 2003-2006; G. Widengren, Fenomenología de la Religión, Cristiandad, Madrid 1976, 331-362.

[2] Además de obras indicadas en palabra anterior, cf. AAVV. Dios es Padre, Sem. Estudios Trinitarios 25, Salamanca 1991; M. Daly, Beyond God the Father. Toward a philosophy of womans’s liberation, Boston 1973; G. Dumézil, Mitra-Varuna, PUF Paris 1959; Les Dieux des Indo-Européens, PUF, Paris 1959; R. Eisler, El cáliz y la espada, Cuatro Vientos, Santiago de Chile 1994; M. Gimbutas, The Civilization of the Goddess, Harper, San Francisco 1991; R. Hamerton-Kelly, Theology and Patriarchy in the Teaching of Jesus, Fortress, Philadelphia 1979; I. Gómez.Acebo, Dios también es madre, Paulinas, Madrid 1994; W. Miller, Biblical Faith and Fathering. Why we call God “Father”, Paulist, New York 1990; M. Navarro, Barro y aliento. Exégesis y antropología teológica de Gen 2-3 Paulinas, Madrid 1990; E. Neumann, La Grande Madre, Astrolabio, Roma 1981; X. Pikaza, Hombre y mujer en las religiones, EVD, Estella 1996; El Camino del Padre. Nueve itinerarios para la búsqueda de Dios, EVD, Estella 1999; P. Ricoeur, “La paternitè: du fantasme au symbole”, en, Le conflit des interprétations, Seuil, Paris 1969, 258-473; M. Stone, When God was a Woman, Hancourt, New York 1976.

[3] Cf. R. E. Brown, Las iglesias que los apóstoles nos dejaron, Desclée de Brouwer, Bilbao 1986; J. D. Crossan, El nacimiento del cristianismo, Sal Terrae, Santander 2002. M. Y. Macdonald, Las comunidades paulinas. Estudio socio-histórico de la institucionalización en los escritos paulinos y deuteropaulinos, BEB 78, Sígueme, Salamanca 1994; Antiguas mujeres cristianas y opinión pagana. El poder de las mujeres histéricas, Verbo Divino, Estella 2004; E. Schüssler Fiorenza, En memoria de ella, Desclée de Brouwer, Bilbao 1989, 304-314; E. W. y W. Stegemann, Historia social del cristianismo primitivo. Los inicios en el judaísmo y las comunidades cristianas en el mundo mediterráneo, Verbo Divino, Estella 2001.

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