Amor y perdón

  Jesús[1]

 

Perdón es el gesto de alguien que renuncia a la pura justicia o a la ley de la venganza, recibiendo en amor al enemigo. De todas formas, hay un persón que puede ser expresión de poderío o de dominio legal (sacral): alguien renuncia al castigo para mostrar así su propia superioridad. En contra de eso, Jesús ofreció un perdón mesiánico, por amor. (1) El perdón legal suele estar administrado por las autoridades políticas o religiosas. En el tiempo de Jesús se expresaba sobre todo a través de sacrificios rituales, celebrados por los sacerdotes, regulados según ley por los escribas. El sistema social y religioso de Israel monopolizaba la expiación por los pecados, como “máquina de perdón”, que alzaba a los sacerdotes (funcionarios sacrales) sobre el resto del pueblo. El templo y su culto les daba poder de perdón, autoridad expiatoria, sagrada. El perdón no estaba al servicio del amor, sino del orden social. (2) Perdón mesiánico. Desplegando su experiencia profética de un modo creador, Jesús ha expresado y ofrecido su amor gratuito a los expulsados y excluidos de la comunidad sacral. La novedad de Jesús no está en el perdón en sí, sino en la forma en que lo ofrece, como “enviado de Dios”, gratuitamente, en gesto de amor, superando así y rompiendo la institución de un sacrificio expiatorio al servicio del sistema. De esa forma ha introducido su libertad de amor en el mundo sacral de escribas y sacerdotes.

Invirtiendo el camino de Jesús, la iglesia posterior ha interpretado a veces el perdón en forma sacral, como expresión de su muerte expiatoria, en una línea cercana a la del Templo. Expiares pagar por una culpa, sometiéndose al juicio de Dios. Sin duda, el Nuevo Testamento asume a veces un lenguaje expiatorio, como se esperaba en un contexto marcado por el templo de Jerusalén, pero lo hace de un modo marginal: la muerte de Jesús no ha sido un sacrificio expiatorio mejor que los anteriores, sino el despliegue de la gracia salvadora de un Dios que no necesita que le expíen o aplaquen, porque él mismo es perdón, él mismo expía (si vale ese lenguaje) a favor de los humanos (cf. Rom 3, 24-25). El evangelio invierte así la experiencia y tema de las religiones sacrificiales y entre ellas la de cierto judaísmo: Dios no exige expiación o sometimiento, para afianzar de esa manera su poder, sino que ofrece amorosamente su perdón, porque él es gracia y así se manifiesta en Cristo. Según eso, el perdón nace del amor mesiánico y pascual, no de un ritual de sometimiento y violencia victimista.

El perdón de Jesús forma un elemento esencial de su amor mesiánico. En nombre de Dios, él ha ofrecido el reino a los excluidos: no sólo a los simples (am ha aretz), incapaces de cumplir la ley por falta de conocimiento; no sólo a los pobres (plano económico) o ritualmente manchados (por lepra y flujos de semen o sangre), sin acceso al culto, sino también a los pecadores estrictamente dichos, separados de la alianza de Dios por su conducta (publicanos, prostitutas); precisamente a ellos ha ofrecido solidaridad y perdón supra-legal. Esto significa, dentro del contexto israelita, que Jesús perdona por amor gratuito, es decir, sin exigir a los pecadores un tipo de arrepentimiento y conversión legal, como hacían sacerdotes y escribas para quienes el perdón estaba asociado a la ley: los manchados debían limpiar su impureza, los pecadores dejar el pecado y volver a la alianza, dentro del orden de Dios. Jesús perdona por amor: toma a pobres, impuros y pecadores como necesitados y le ofrece el amor gracia de Dios por encima de la ley del pacto.

Este perdón amoroso ha suscitado conflictos con la Ley. Jesús ha recibido en su mesa y/o compañía a leprosos y hemorroisas, publicanos y prostitutas (pecadores), lo mismo que a los pobres de la tierra (poco cumplidores), ofreciéndoles su reino. Así pone el amor sobre la ley del templo, declarando, al menos implícitamente, que sus sacrificios y purificaciones son innecesarios para el perdón y pureza del pueblo. No mantiene discusiones sobre leyes o rituales: no ha querido sustituir una sacralidad por otra, sino que ha suscitado, desde el centro de Israel, una comunión escatológica y mesiánica, fundada en el amor gratuito de Dios. No ha sido profeta de conversión, no ha pedido a los pobres, manchados y pecadores que cambien, para recibir después (por ese cambio) el perdón de Dios, sino que ha ofrecido comunión de amor (perdón) precisamente a los que, según Ley, siguen siendo pecadores o manchados, sin exigirles conversión antecedente. Así ha sustituido el sistema sacral por la gracia amorosa de Dios. Esta es la novedad mesiánica del evangelio que la iglesia posterior ha olvidado muchas veces, volviendo a un legalismo universal parecido al nacional dela Misna.   Los sacerdotes de Jerusalén estaban dispuestos a perdonar por ley y rito, según principios del sistema, que perdona precisamente para mostrar su poder. Jesús, en cambio, lo hace por amor y gracia, sin control de templo, como muestran sus gestos y parábolas: Leví y Zaqueo, los publicanos (Mc 2, 13-17; Lc 19, 1-10); el deudor inmisericorde (Mt 18, 21-23) y la pecadora agradecida (Lc 7, 36-50); el hijo pródigo (Lc 15, 11-32) y la higuera estéril (Mc 11, 12-26)… Pues bien, este amor que perdona es capaz de curar a los enfermos, de manera que el paralítico de Cafarnaún puede andar:

 

Jesús le dice: Hijo, tus pecados te son perdonados. Unos escribas que estaban allí sentados comenzaron a murmurar: (Éste blasfema! )Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios? Jesús, dándose cuenta de lo que estaban pensando, les dijo:)Qué es más fácil, decir al paralítico: tus pecados te son perdonados; o decirle: levántate, toma tu camilla y anda? Pues, para que veáis que el Hijo del Humano tiene en la tierra poder para perdonar los pecados… (se volvió al paralítico y le dijo): Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa (cf. Mc 2, 1-12).

 

Éste pasaje final (Mc 2, 1-12) constituye un sermón/parábola, que la comunidad cristiana ha transmitido para expresar y justificar el perdón amoroso de Jesús. En el fondo está la disputa sobre el poder de perdonar. Unos y otros saben que Dios puede y quiere hacerlo. Pero los escribas piensan que Dios perdona por ley, a través de su ritual sagrado. Por eso protestan: Jesús les quita el control del pecado, el monopolio del perdón. Estos escribas son buenos e incluso pueden ser “amorosos” según ley; pero piensan que se debe controlar a los pecadores (y enfermos), según su propia ley, en nombre del Altísimo. Son el primer estamento de poder sacral que quiere elevarse en la comunidad (incluso en la iglesia cristiana), a partir del “monopolio del perdón” que ellos ejercen para su provecho (es decir, para provecho de la ley). Jesús, en cambio, perdona por gracia de amor, como amigo del paralítico. Éste es su “milagro” de un amor/perdón que no se impone sobre nadie, que no ata, ni domina. Es el milagro de un amor que dice (levántate, vete a casa! (Mc 2, 10-11). El sistema le tenía atado a las observancias de la ley, a la opresión de los escribas que controlan el mundo con sus normas. El amor de Jesús le capacita para caminar, desbordando la opresión de los escribas.

Este paradigma de perdón distingue a la iglesia de cierto judaísmo (o cristianismo) legalista de escribas que imponen su poder religioso (control del perdón) impidiendo caminar a los enfermos. Algunos jerarcas cristianos han mantenido la cohesión comunitaria como disciplina sobre el pecado y así lo declaran a través de un ritual muy preciso, controlado por sacerdotes expertos en purezas. Mientras ellos observan sus leyes, el paralítico sigue en la camilla, no puede caminar. Por el contrario, los seguidores de Jesús proclaman y expanden el perdón desde la fe de la comunidad (camilleros), que perdona los pecados y deudas, pues ora diciendo: como nosotros perdonamos a nuestros deudores (Mt 6, 12). Los creyentes tienen el don y autoridad de perdonarse, en gesto de amor: son autoridad suprema, sobre templo y sacerdotes; ellos mismos se perdonan, en nombre de Dios, en sacramento originario, que ninguna norma posterior de la jerarquía puede limitar, como sabe el relato de la adúltera (Jn 8). Así ratifican la victoria del amor sobre la muerte, el triunfo de la vida.

 

 Iglesia[2]

  La estructura sacral o social del sistema jurídico y económico de la actualidad es incapaz de perdonar de verdad, como lo era en otro tiempo el Destino (=Fortuna) de las religiones o la Voluntad de poder de Nietzsche. Ni siquiera el Tao o Absoluto de las tradiciones de oriente perdona, pues carece de autonomía personal, voluntad amorosa, intimidad creadora; por eso, sus devotos parecen encerrados en la gran rueda del Karma o la Ley sacral, debiendo encontrar por sí mismos la respuesta a su preguntas. En su forma actual, el ser humano, en cuanto sistema, no puede perdonar, pues se encuentra sujeto a la rueda cósmica, la evolución biológica y la organización social. Pues bien, por encima de ese plano de ley- sistema, el Padre deJesús es fuente de perdón en el Espíritu: nos acepta como somos, sin imponer nada de antemano, sin juzgar ni exigir, en gratuidad. Sólo este Espíritu, que es Persona-Don, puede perdonar de manera gratuita, sin humillar, destruir o banalizar nuestra existencia.

Para los cristianos, el perdón es principio de creatividad histórica y se expresa en una iglesia que es comunidad de perdonados; ella es expresión visible (histórica, social) de la gratuidad y perdón de Dios, suscitando un espacio de donación y perdón interhumano en la historia y definiéndose como institución de perdón. No es que pueda celebrar en ciertos momentos un sacramento del perdón (penitencia, confesión), separado de su vida, sino que ella misma es con su vida y estructura sacramento del perdón o gratuidad de Cristo. La iglesia conoce y asume el principio del perdón, vinculándolo al bautismo y/o celebrándolo en un sacramento de reconciliación y gratuidad, que suele llamarse también sacramento de la confesión o penitencia,   vinculado a unos ritos específicos. Esos ritos son buenos en un plano legal y sacral, como sabe no sólo el judaísmo, sino muchas religiones y sistemas sociales dela historia. Pero centrar en ellos el perdón de Cristo significa relativizarlo o, peor aún, domesticarlo dentro de un sistema. Ciertamente, el perdón supera el orden y justicia del sistema (talión), pero, precisamente por serlo y para serlo, debe evitar todo riesgo de arbitrariedad, pero, al mismo tiempo, debe mostrarse como gracia y santidad evangélica, en la línea del amor de Jesús que acoge (perdona), de tal forma que aquellos que no acogen el perdón del amor quedan fuera del espacio de perdón visible que marca la iglesia: «Y diciendo esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonareis los pecados, les quedarán perdonados, a quienes se los retengáis, les quedarán retenidos» (Jn 20, 21-23).

Éste es el perdón del Espíritu, es decir, del Amor, que se abre a todos, pero sin imponerse, de tal forma que aquellos que no quieran aceptar el perdón corren el riesgo de quedar fuera del amor de Dios. Por eso, en vez de “creo en el perdón de los pecados”, podríamos decir “creo en el Amor que se entrega y comparte, en gratuidad y comunión”, en la línea de 1 Cor 13. Donde alguien proclama en nombre de Jesús “yo te perdono” podría decir “yo te amo…”, pero de tal forma que su amor personal, de creyente que ¡yo te amo! sea signo y presencia real del amor divino. Según ley apocalíptica, de acuerdo con sus obras de violencia, los hombres deberían haber muerto, de manera que el mundo hubiera terminado para siempre. Conforme a los principios del sistema social o económico estamos condenados a luchar sin fin, pues no hay perdón para los que pierden. Pues bien, por encima de la ley y representaciones del sistema se ha elevado Jesús, descubriendo el valor de la persona, como libertad para el amor. Éste es su milagro: su apertura a los excluidos del sistema, el valor profundo de sus curaciones, capaces de crear una comunidad de perdonados, que viven sobre el mundo en dimensión de gracia.

La sociedad civil funda su justicia en la seguridad de la ley, vinculada a un tipo de organización de conjunto, para defender los intereses del sistema. Una sociedad religiosa de tipo sacral, como el judaísmo de la comunidad del templo, ofrecía su perdón de manera organizada, conforme a los principios de una ley controlada por sacerdotes y escribas. Pues bien, en contra de eso, la iglesia de Jesús ofrece y comparte el perdón gratuito, que brota del amor de Dios y de la propia pascua de Jesús. De esa forma, ella extiende un espacio de reconciliación, pues Dios ha superado en Cristo la justicia legal, el juicio del talión y la venganza, mostrándose divino. Desde ese fondo ha de hablarse del perdón sacramental que es signo del amor cristiano:

 

1. Un perdón que no puede crear jerarquía. El perdón es un milagro, la novedad radical del cristianismo, la autoridad fundante dela iglesia. Pues bien, en un momento dado, ese perdón puede convertirse en objeto de deseo y dominio de una jerarquía que lo controla y ejerce según ley, instaurando una tabla de pecados y ritos legales de perdón penitencial, cercanos al viejo judaísmo del templo. Se dice que algunos “sacerdotes” cristianos han administrado en nombre de Jesús este tipo de perdón sacral, de manera que ellos se parecen más a los escribas de Mc 2, 1-11 o a los presbíteros de Jn 8, 1-8 que al mismo Jesús que había superado sus gestos. Pues bien, ese perdón que necesita expresarse a través de una jerarquía no es cristiano.

2. Un perdón sin imposición sacral. Desde hace siglos, la celebración del perdón se ha vinculado a la confesión individual de los pecados, con absolución sacramental de un confesor (obispo o presbítero). Este modelo ha ofrecido y puede seguir ofreciendo servicios, siempre que no se jerarquice (en contra de Mt 23, 10), ni se ejerza como imposición sobre las conciencias. El diálogo personal es bueno (necesario), siempre que el hermano-hermana que lo promueva y anime sea persona de madurez carismática y capacidad de acompañamiento. Pero de hecho el perdón eclesial ha venido a entenderse muchas veces como una forma de imposición sagrada, de tal forma que en los últimos decenios ha entrado en crisis. No parece que la causa de esa crisis sea sólo una pérdida del sentido de pecado. En ella ha influido también una experiencia de libertad evangélica de los creyentes y una visión comunitaria del pecado y del perdón, desde la perspectiva del amor que acoge y perdona. El futuro de la iglesia depende en gran parte de forma de entender y celebrar el perdón como gesto de amor desde el evangelio.

3. Compromiso social, riesgo legalista. Diversos grupos cristianos han interpretado la reconciliación eclesial en forma de revisión comunitaria de los pecados, con reconciliación grupal, como si el conjunto de la comunidad reunida pudiera evaluar la culpa de los transgresores e imponer un tipo de nueva concordia. Este modelo tiene elementos positivos: la comunidad realiza una función esencial en el proceso del perdón y reconciliación, como saben Mt 18, 18 (lo que atareis, lo que desatareis) y Jn 20, 23 (a quienes perdonéis, a quienes retengáis los pecados…). Pero si se olvida la raíz gratuita del gesto de Jesús y la experiencia de amor que está en su fondo, este tipo de celebración del perdón comunitario puede convertirse en juicio popular, en claves de legalismo, imposición o venganza del grupo.

 

A partir de aquí se plantea el tema ¿Cómo expresar y vivir el perdón? ¿con qué gestos de amor podemos celebrarlo? Ciertamente, la iglesia es comunidad de creyentes que se saben perdonados, de tal modo que quienes no aceptan el perdón (no se dejan amar y acoger por Jesús, ni reciben su misericordia) no pueden integrarse de verdad ella. Por eso, los cristianos quieren celebrar y expandir la experiencia del perdón de Cristo, pues sin ella pierden su identidad, se excluyen del amor de la iglesia, que es amor de perdón comunitario Pero ¿cuándo y cómo han de celebrar el amor de Jesús en forma de perdón? El Nuevo Testamento no lo dice y han sido diversas las respuestas y costumbres dela iglesia. Eltema y tarea es central, si es que la iglesia quiere expresar el sentido y fuerza del amor de Jesús que perdona. Estamos en un momento en el que urge expresar el poder del perdón. Por un lado se extiende implacable el sistema, sin resquicio para la gratuidad y ternura, el perdón y reconciliación, imponiendo sobre todos su “coraza de hierro” de ley necesaria. Por otro lado aumentan las divisiones sociales y el odio: choque entre colectivos nacionales, minorías y mayorías, exilados y emigrantes… Crecen los grupos contrapuestos, la violencia aumenta, muchos se sienten inseguros. Por eso se vuelve cada vez más necesaria una experiencia contagiosa y creadora de un perdón que sea capaz de expresar y promover el amor del evangelio.

Max Weber hablaba hace casi un siglo del estuche o coraza de hierro del sistema. Conforme a su ley interna, el sistema crea seguridades y estructuras reguladas por talión, donde lo mejor es el buen juicio, que vale en un nivel, pero que expulsa (sacrifica) a los más débiles y atrapa a todos bajo su imposición, sin amor ni perdón posible. Pues bien, sólo el descubrimiento del pecado y el perdón recibido de Dios por Jesús y expandido con ternura y gratuidad, puede abrir para todos los humanos un camino de libertad, reconciliación y vida eterna, rompiendo el estuche de imposiciones del sistema. Sólo el perdón rompe la coraza y permite que cada uno sea lo que es, en ternura compasiva y cercanía humana. El hombre o mujer de ley debe afanarse por lograr seguridad: se vuelve violento y obsesivo, o se encierra en un mutismo autista o en los sustitutivos del frenesí o la droga de diverso tipo. Por el contrario, quien se sabe y vive perdonado puede ser lo que está siendo, sin más afán que la verdad, sin más tarea que el amor creador. De esa forma puede derretir el gran estuche o coraza de hierro del sistema, descubriendo la maravilla de la pura y total gratuidad, que se abre al amor.

Como institución de perdón, sin más leyes que la gratuidad, sin más tareas que la fiesta de reconciliación, sin más riqueza que su experiencia de comunión, debería elevarse la iglesia en el mundo. Pero muchas veces sucede lo contrario: nos encierra el mundo sin perdón y los cristianos parecemos complicarnos todavía más en disputas legalistas sobre formas válidas o inválidas de celebrar la “confesión”, sobre pequeños problemas de ritos. La iglesia no está en el mundo para fijar pecados, ni para condenar a pecadores, sino todo lo contrario: para abrir un camino de gracia y ofrecer esperanza de salvación a los expulsados del sistema, a los que sufren bajo varios tipos de pecados. Si quedamos simplemente donde estamos, como vigías de pecados, discutidores sobre formas legales de perdón y sobre autoridades para proclamarlo de un modo jurídico, seremos infieles al evangelio. Frente al sistema de ley ha de elevarse así la gratuidad y perdón de los seguidores de Jesús, que dialogan de un modo personal unos con otros y se esfuerzan por unirse y ofrecer su ayuda a los excluidos de la sociedad. Ellospueden y deben expresar la fuerza del amor de Cristo a través del sacramento del perdón.


[1] Cf. A. Nygren, Eros et Agapé. La notion chrétienne de l’amour et ses transformations I-II, Aubier, París 1962; E. P. Sanders, Jesús y el judaísmo, Trotta, Madrid 2004; G. Theissen, La fe bíblica. Una perspectiva evolucionista, Verbo Divino, Estella 2002

[2] Cf. D. Borobio, Reconciliación penitencial, Desclée de Brouwer, Bilbao 1994; J. Equiza (ed.), Para celebrar el sacramento de la penitencia: el perdón divino y la reconciliación eclesial hoy, Verbo Divino, Estella 2000; H. von, Campenhausen, Ecclesiastical Authority and Spiritual Power, Hendrickson, Peabody MA 1997 [=Black, Edinburgh 1969]; A. Pardo, La fiesta del perdón, Desclée de Brouwer, Bilbao 1998; M. Weber, Economía y sociedad, FCE, México 1944; El político y el científico, Alianza, Madrid 1992.

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