Éxodo, camino de libertad. Una evocación personal

 

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En el principio de la historia de Israel se encuentra la tierra y el pueblo. Pues bien, a su lado se encuentra otro elemento, que es la libertad. Así lo indican de manera ejemplar los relatos del éxodo. Antes de la liberación (de la salida de Egipto) no había para Israel historia verdadera. Podía haber promesas, entendidas como una esperanza, anhelo de libertad, de tierra y de futuro para la familia (patriarcas). Había también esclavitud, como situación contraria a los derechos del hombre, a la verdad y dignidad del pueblo (hebreos en Egipto). Pero no existía todavía historia, pues ella surge solamente allí donde un pueblo asume su destino y superando opresiones se encamina hacia su propia libertad.

Los pueblos no surgen de manera espontánea, como realidades ya perfectas, por generación natural. Tampoco brotan de manera mítica, por obra y voluntad de dioses superiores que así expresan su poder o su presencia. Según la Biblia, un pueblo nace por medio de la ayuda de su Dios; pero, al mismo tiempo, nace de su propio esfuerzo, en un camino de ruptura y de liberación. Por eso, lo que aúna y configura a un pueblo no es la raza interpretada en forma biológica, a través de caracteres hereditarios, y nada nos permite indicar que los hebreos fueran racialmente distintos de otros pueblos del contorno. Tampoco la lengua y la raza son determinantes, y en esa línea los hebreos no tenían lengua propia ni eran tampoco una raza distinta.

Partiendo de eso, preguntamos: ¿Cómo y por qué nació Israel como un pueblo? Pues bien, conforme a lo anterior y a todo lo que sigue podemos afirmar que hebreos nacieron como pueblo porque habían compartido un mismo o parecido sufrimiento y porque recorrieron un camino también compartido de liberación. Se hicieron pueblo porque, en forma muy profunda, quisieron serlo y porque respondieron de manera sorprendente a la Palabra de Dios que les fue llamando a través de su historia, interpretada por unos profetas. No se vincularon por necesidad biológica, ni por instinto de supervivencia, pues podían seguir siendo esclavos en Egipto, sino porque se arriesgaron juntos a recorrer un camino de libertad, simbolizado por la salida de Egipto.

Éramos esclavos. Dios, poder de libertad

En el principio de la historia israelita está la experiencia del pueblo que nace porque Dios le ha llamado a vivir en libertad, como recuerda y proclama la historia simbólica del Éxodo. Difícilmente puede exagerarse la importancia de ese dato: a lo largo de mil años (desde el siglo IX a.C. hasta el I d.C.), los israelitas han a su origen, reformulando su historia a partir del éxodo de Egipto.

En esa tarea de reinterpretación de su origen pueden distinguirse diversos momentos, desde las tradiciones antiguas (siglo X-IX a.C.), pasando por las primeras formulaciones escritas, que suelen atribuirse a la tradición yahvista (J: VIII-VII a.C.), y después a la deuteronomista y sacerdotal (Dt y P: VI-IV), que desembocan y culminan en la fijación del Pentateuco (III a.C.), con la que culmina y queda constituido el pueblo israelita, que conoce sus principios (Génesis), asume y perpetúa los momentos de su nacimiento (Exodo), y fija sus leyes (Levítico, Números, Deuteronomio).

La esencia de Israel queda fijada en el relato de esta larga marcha o trauma germinal que lleva de la esclavitud egipcia (final del Gn, principio del Ex) a las puertas de la tierra prometida (final del Dt). En esa línea, el Pentateuco no cuenta algo que pasó ya para siempre en el pasado, sino aquello que está sucediendo ahora, pues los israelitas se sientes y saben contemporáneos de la esclavitud de Egipto, de la liberación y del camino que conduce a la tierra prometida.  Cuando miran hacia atrás, en el comienzo de su historia, los hebreos se descubren siervos, esclavos en Egipto. La investigación crítica sabe que los israelitas sufrieron también otras servidumbres: fueron campesinos explotados bajo las ciudades cananeas, soldados mercenarios sin derechos, pastores trashumantes condenados a vagar como mendigos en el borde de la tierra cultivada… Estos y otros grupos de personas marginadas, unas veces fuera de la ley, otras aplastadas por la ley de los prepotentes, formaban los «hapiru», parientes de aquellos que la biblia llama hebreos.

La nota principal de esos hapiru-hebreos fue la esclavitud: se hallaban sometidos bajo el yugo de estados y ciudades bien organizadas, de Egipto o de los pequeños reinos cananeos. Viviendo en circunstancias diferentes, se hallaban vinculados por una misma experiencia de opresión, que la memoria israelita ha condensado al referirse a Egipto. La ciudad injusta de este mundo se eleva sobre el dolor de los siervos: Los egipcios nombraron capataces que los explotaban como cargadores en la construcción de las ciudades-granero de Pitón y de Ramsés… Les impusieron trabajos duros, les amargaron con dura esclavitud (Ex 1, 11-14).

Desde una perspectiva puramente sociológica, los esclavos nunca pueden alcanzar su libertad: no tienen poder para lograrla, porque todos los poderes pertenecen a los opresores, dueños del dinero y de las armas. Sin embargo, los hebreos oprimidos tienen algo más valioso: el grito de dolor que se abre al cielo, la conciencia de su propia dignidad como personas:

Los gritos de auxilio de los esclavos llegaron a Dios.

Dios escuchó sus quejas y se acordó del pacto con Abrahán, Isaac y Jacob.

Y viendo a los israelitas, se interesó por ellos (Ex 2, 24-25).

 

Más que un dato sociológico, la opresión del hombre es un dolor y un misterio que afecta al mismo Dios, y pone en marcha un camino distinto de vida, centrada en el hecho de que Dios se interesa de un modo especial por los oprimidos. También los egipcios eran hombres religiosos, como bien sabemos: ofrecían sacrificios, se creían destinados por Dios para actuar como señores de la tierra. Por eso imponían su autoridad por deber sagrado, por motivos de conciencia, pensando que podían oprimidos a los hapiru/hebreos. Pues bien, en contra de eso, la Escritura nos advierte que el auténtico Dios no se halla nunca a favor de la opresión.

La Biblia nos sitúa ante el Dios de la Palabra y la Promesa que escucha el lamento de los oprimidos, que «mira la opresión del pueblo, y que responde, iniciando así un camino de liberación (cf. Ex 2, 7-8). Ellos, los esclavos, oprimidos sobre el mundo, tienen un poder más alto: La voz de su lamento, el grito de dolor que lleva al mismo Dios, que escucha y les respondo.             En este contexto, el sujeto de la historia es el pueblo que padece la opresión y busca el modo de romperla, llamando con su grito a Dios, que escucha y responde, suscitando con su palabra el compromiso de unos liberadores, como Moisés que asumen el dolor del pueblo, y le dirijan hacia su liberación.

Normalmente, los líderes son hombres de frontera, vinculados a los oprimidos por familia o tradición, pero capaces de triunfar con los opresores.   Entre ellos, el más grande fue Moisés. La historia le recuerda como «hebreo», esclavo por su nacimiento. Pero fue educado como egipcio, en la familia del gran rey (Ex 2, 1-10). Pues bien, un día «recuerda su origen», visita· a sus hermanos oprimidos y así inicia un camino de entrega y liderazgo que le lleva al primer fracaso en el desierto (cf. Ex 2, 11-25). Sólo allí, purificado en su opción y despojado de todos sus deseos egoístas, escucha la voz de Dios que le encomienda su tarea: «Vete. Yo te envío al faraón, para que saques a mi pueblo de Egipto (Ex 2, 10).

Ésta es la “palabra de Dios” que resuena en la vida de Moisés y le pone en marcha: “Vete, yo te envío al Faraón…”. Es la palabra que pone en marcha a Moisés, para que despierta la conciencia dormida del pueblo y pueda  promover y dirigir la marcha de la libertad, con su “hermano” el sacerdote ambiguo, Aarón, que asume también la dirección del camino del pueblo, escuchando la Palabra de Dios..

El camino de la libertad

El ideal de libertad no se realiza por la fuerza: no podemos imponerla, ni instalarla por decreto en las conciencias de los hombres. Por eso, Moisés y Aarón, libertadores, deben mentalizar y disponer al pueblo: Fueron y reunieron a los representantes de Israel. Aarón repitió todo lo que el Señor había dicho a Moisés y éste realizó los signos ante el pueblo. El pueblo creyó y, al oír que el Señor se ocupaba de los israelitas…, se inclinaron y adoraron (Ex 4, 29-31).

En un primer momento, puede parecer que este proceso es fácil: los hebreos, oprimidos, buscan libertad y están dispuestos a todo por lograrla. Pues bien, de una manera general, eso no es cierto. Lo que el pueblo quiere es libertad externa y fácil, un camino de liberación que se realice como por milagro, sin dificultades ni fatigas. Pero las dificultades surgen y, de alguna forma, son imprescindibles para que la libertad resulte auténtica. Por eso, la tarea mentalizadora más profunda empieza cuando surgen los problemas, y aumenta la opresión de Egipto (cf. Ex 5).

El camino de la libertad no afecta sólo a los hebreos, oprimidos, pues la nueva iniciativa va en contra del tejido de poderes e intereses de la sociedad establecida. Allí donde los oprimidos quieren romper el yugo de la opresión externa y asumir su propia historia, el faraón y sus poderes (económicos, políticos, guerreros) reaccionan: pretenden mantener el orden que ellos mismos han impuesto para su provecho. Por eso, la primera reacción consiste en reforzar la esclavitud, utilizando medidas policiales: piensan que el problema es de carácter terrorista y quieren resolverlo por la fuerza (Ex 6, 4-13).

Significativamente, la Escritura muestra que ese endurecimiento del faraón forma parte de la obra de Dios, en el sentido de que Dios mismo se vale de la ceguera de los opresores para liberar a los oprimidos. Los opresores piensan con la fuerza y la utilizan de una forma progresiva, como si ella fuera la razón del mundo. De ese modo se ciegan a sí mismos y pierden la verdad, esto es, la palabra, repartiendo golpes ciegos contra un pueblo al que no saben entender y que de esa forma puede escaparse de sus manos. Este proceso de endurecimiento y autodestrucción del faraón pertenece al misterio, es decir, al camino del éxodo. Así lo ha visto repetidamente la Escritura (cf. Ex 7,3; 8, 11.15.28; 9, 12; 10, 20; 11,9).

Plagas, autodestrucción de los perseguidores. Pascua, liberación de los oprimidos.

Ciego a las urgencias de libertad de los oprimidos, el poder se desmorona (=pierde la palabra), convertido en una especie de fantasma de sí mismo. La Escritura ha presentado ese proceso de quiebra y de caída del poder utilizando el signo de las plagas. Allí donde ese poder se ha cerrado a la razón, buscándose a sí mismo, sin pensar en la verdad del hombre, el mismo ser del mundo parece que se quiebra: el agua se hace sangre, se multiplican las ranas, invaden el espacio los mosquitos, llegan como nubes los moscones, se desencadena la peste, se propagan las heridas, ruge la tormenta y la langosta devora las cosechas… (Ex 7, 14-10, 20).

La Biblia va mostrando el crecimiento de las plagas como un signo de la lucha entre el poder del hombre (faraón) y la presencia de Dios. Todos los intentos del faraón, que quiere auto-divinizarse, chocan con los límites de una naturaleza que se eleva en contra del poder satanizado, con rasgos de dureza y de violencia. Allí donde alguien quiere hacerse faraón y destruir la libertad que conduce hacia la vida queda en manos de la muerte y del terror del mundo.

El libro del Éxodo ha descrito ese despliegue de las plagas (llagas de la finitud) en un lenguaje mítico-simbólico, empleando temas conocidos en la historia y religión de Egipto. Pasados los siglos, hacia el II-I a. C., Sab 17-18 ha reasumido el mismo tema, probablemente desde Egipto, explicitando en forma antropológica impecable las dos últimas plagas: oscuridad y muerte de los hijos primogénitos. El hombre que se quiere convertir en Dios se queda ciego ante la vida; los tiranos siempre matan a sus hijos, pues no pueden transmitir la vida en gratuidad sobre la tierra.

En un famoso salmo del destierro, los cautivos de Sión se niegan a entonar un himno mientras dure el cautiverio: «¡Cómo cantar un canto al Señor en tierra extranjera!» (Sal 137, 4). Pues bien, conforme al Éxodo, estando todavía en tierra esclavizada, los hebreos se juntaron ante Dios para celebrar la fiesta del cordero:

Así lo comeréis: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano.

Y os lo comeréis a toda prisa, porque es pascua del Señor. Esta noche atravesaré todo el territorio egipcio, dando muerte a todos sus primogénitos…

La sangre (del cordero sacrificado…) será vuestra contraseña (Ex 12, 11-14).

Los oprimidos celebran ya su fiesta. Están seguros del paso de Dios: en sus manos colocan su existencia. De esta forma, indican que la libertad no es solamente una tarea que se logra a través de los esfuerzos de la historia. Es don de gracia y en forma gratuita y misteriosa debe recibirse. Por eso, reunidos en la casa, celebran ya la libertad, mientras perecen los varones primogénitos del mundo. Difícilmente puede hallarse un signo más intenso: entre las ruinas de una ciudad que se destruye y ya no tiene más que llanto por sus muertos, los hebreos del subsuelo empiezan a cantar y celebrar su fiesta (Ex 12-13).

Hay un momento en que la decisión resulta inevitable. Es el momento de ruptura. Externamente sigue dominando la violencia, pero ya empieza a clarear el cambio. Entonces resulta necesaria la decisión y nadie puede asumirla por nosotros: ni los ángeles del cielo, ni los astros, ni siquiera el mismo Dios excelso. Dios nos encamina, nos promete su asistencia, pero luego quiere que nosotros mismos asumamos nuestro riesgo y decidamos:

Di a los israelitas que avancen. Tú alza la vara y extiende la mano sobre el mar y se abrirá en dos, de modo que los israelitas puedan atravesarlo a pie enjuto… Y Moisés extendió la mano sobre el mar: el Señor hizo retirarse el mar con un fuerte viento de levante que sopló toda la noche… Y los israelitas lo pasaron a pie enjuto (Ex 14, 16.21-22).

Sólo cuando empezamos a avanzar, envía Dios su viento y seca el agua de los mares. De esa forma muestra que la libertad es don que sobrepasa nuestras fuerzas: nosotros la buscamos y es ella la que viene a nuestro encuentro, destruyendo las murallas y los mares que cerraban el camino. Mirando las cosas desde el mundo, puede parecer que esa actuación del Dios de libertad es demasiado cara y destructora: ha de matar a los egipcios. Pues bien, por todo lo antes dicho, sabemos que no es Dios el que aniquila a los egipcios; sino que son ellos mismos los que se matan bajo el mar del propio orgullo y prepotencia; los que quieren destruir a los demás se autodestruyen, en un tipo de «talión» sacral que sólo Jesucristo ha superado con su muerte (cf. Ex 14).

Pascua: himno de agradecimiento, tarea de los liberados.

La experiencia de la libertad es fuente de misterio. No es una conquista que nosotros podemos asumir como producto de las propias fuerzas; no es el resultado de un cálculo estratégico, ni simple consecuencia del destino o de la suerte. Es don de Dios, principio de nuevo nacimiento. Por eso, situados ante el mar de la existencia nueva, repetimos el canto de María, la profetisa: «Cantad al Señor, sublime es su victoria: caballos y carros ha arrojado en el mar» (Ex 15,21).

A partir de aquí, ha crecido el canto que se atribuye a Moisés, caudillo de los libertadores, aunque sigue siendo propio de María. Es un himno que utiliza fuertes metáforas marciales: «El Señor es un guerrero, su nombre es el Señor» (Ex 15,3), como ha recordado otro gran canto de batalla y nacimiento: «El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta» (l Sm 2, 6).

La experiencia de liberación se expresa así como principio de una vida liberada, de manera que los fieles del Señor comienzan la marcha y van pasando hacia la tierra donde pueden celebrar su nuevo nacimiento (cf. Ex 15, 16-17) como experiencia y tarea de libertad. Sin esta vivencia original de gracia, la liberación carece de sentido; sin este canto estremecido de gozo y gratitud, no existe redención para los hombres (cf. Ex 15, 1-21).

Cuando termina el eco de los cantos, llega la exigencia del camino. El problema no son los opresores, que han quedado atrás, hundidos en el mar o destruidos en su misma prepotencia ciega. El problema son los liberados que ahora deben inventar su propia marcha en actitud de gracia, en solidaridad compartida y valentía. Antes era fácil: bastaba resistir o responder en contra. Ahora es preciso inventar la libertad, aprendiendo a caminar de forma nueva, en el desierto.

Esta experiencia de la dificultad del camino ha quedado de tal forma grabada en la conciencia de los nuevos liberados que, a partir de ella, han escrito todo el Pentateuco: desde el primer paso en la tierra de los liberados (cf. Ex 16-17), a través de los recuerdos que conserva el libro de los Números (cf. 13-17), al final de los sermones del Dt (cf. 27-28), ese camino se concibe como una tarea difícil, siempre nueva. Parecía más sencillo vivir siendo cautivos, en el tiempo de la lucha contra el faraón. Pero ahora que el camino es nuestro y nuestra la responsabilidad de convertimos en pueblo de hombres libres, los problemas resultan superiores.

Dios en el camino: Primera alianza, pecado.

Sobre la dureza de la marcha ha situado el Pentateuco la experiencia de Dios o teofanía. Este es el Dios que hablaba con Moisés: «Soy el que soy…; yo te envío para que liberes a mi pueblo» (Ex 3, 10.14). Ahora aparece como fuego y palabra de ley en la montaña (cf. Ex 19, 16-20; 20, 1-17).

En esta perspectiva se sitúa la experiencia fundante de la primera alianza, como un compromiso en el que Dios y el pueblo se vinculan para siempre. Alianza es comunión de seres libres, de personas que se reconocen mutuamente. El Dios del éxodo no quiere imponerse sobre el pueblo. Le ha liberado de los dioses falsos, de la esclavitud en que vivía, para hacerle comunión de liberados (cf. Ex 19,4-6). Por eso, ya no puede doblegar la vida y obra de sus fieles, sino que coopera con ellos:

Moisés bajó (de la montaña) y presentó ante el pueblo todo lo que Dios había dicho. El pueblo respondió: «Haremos todo lo que dice el Señor». Entonces Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor (decálogo de Ex 20,1-17) Y levantó un altar a la falda del monte… Mandó ofrecer los holocaustos… Después tomó la mitad de la sangre y la echó en el recipiente; con la otra mitad, roció al altar. Tomó el documento del pacto y se lo leyó en voz alta al pueblo, el cual respondió: «Haremos todo lo que manda el Señor y obedeceremos». Moisés tomó el resto de la sangre y roció con ella al pueblo diciendo: «Esta es la sangre del pacto que el Señor hace con vosotros, a tenor de todas estas cláusulas» (Ex 24, 3-8).

Así fue la ceremonia oficial del nacimiento israelita. Dios no pacta con esclavos, no impone su ley sobre oprimidos, de manera que sólo cuando el pueblo alcanza ya su madurez y puede responderle libremente, Dios le pide una respuesta. Ambos se encuentran frente a frente, cara a cara en el camino. Como mediador entre las partes, hallamos a Moisés: sube a la montaña de Dios.

Moisés sube sube a la montaña para ratificar la alianza, para que Dios mismo escriba en las dos piedras sus leyes. Y así baja con las leyes escritas en piedra, como expresión de pacto perpetuo. Pero, cuando está bajando, tras cuarenta días de permanencia en la montaña, descubre que el pueblo ha olvidado su alianza, confundiendo al Dios del pacto con el toro de Baal, transformando así la religión de la palabra en religión de poder sexual y militar, con el oro del becerro (Ex 32), que son los signos del Dios que se impone por la fuerza y esclaviza a sus devotos.

Esta escena de la adoración del Becerro de Oro, inmediatamente después de haber ratificado el pacto constituye el verdadero pecado original del pueblo de Israel, que retoma el motivo y aumenta la gravedad de los pecados anteriores: De Adán/Eva en el paraíso, de Caín contra Abel cuando realizaban su primer sacrificio (Gen 4), de los hijos de Dios contra las mujeres (Gen 6, motivo del diluvio), con la torre de Babel que pretendieron construir para someter bajo su poder al mismo Dios (Gen 11).

Esta historia de “pecados” ha venido jalonando desde el principio de la historia de los hombres. Pero sólo ahora llega el gran pecado del pueblo elegido como Pueblo: Dios mismo le ha escogido, le ha liberado de la opresión de Egipto, ha pactado con él en la montaña… Pues bien, en este momento en que todo parecía ya resuelto para el pueblo de Israel “recién nacido de la aguas” del Mar Rojo, y crecido para el pacto en la montaña del Sinaí, cuando Dios podría seguir ofreciendo su bendición por siempre, descubrimos que el mismo pueblo que él ha elegido y bendecido le rechaza, adorando a Baal (Ex 32).

Esta experiencia del pecado del pueblo, promovido y ratificado por el mismo Aarón, Gran Sacerdote, ante las faldas del Monte Sinaí, mientras Moisés permanece en la altura de la nube del misterio, dialogando con Dios, constituye el principio y quintaesencia de todos los pecados de Israel, que se definen como rechazo de Yahvé, Dios de la alianza, y como sometimiento al Gran Ídolo, que es el signo del poder y el sexo (becerro) y de la riqueza (de oro). De una manera consecuente, este pecado debería haber desembocado en la destrucción de Israel, mostrando así que Dios había fracasado.

Segunda alianza, el Dios del Tabernáculo/Templo.

Pero Dios no se deja vencer por el pecado, lo mismo que sucedió en el caso del diluvio de manera que, tras un diálogo con Moisés (Ex 33), en el que se le muestra como Dios Clemente y Misericordioso, fiel al pacto y “verdadero”, a pesar de la infidelidad del pueblo (Ex 33, 19-20), vuelve a ratificar el pacto, retomando y fundando, con su amor de gracia, el camino del amor y de la alianza. Así vuelve a comenzar la historia de la alianza, entendida así (Ex 32-34) como un compendio de la historia de Israel, desde el pacto del Sinaí hasta el momento en que se escribe este pasaje y se inscribe como palabra y promesa definitiva de Dios en el momento en que se fija y redacta de un modo final el Pentateuco (siglo IV a.C.).

De un modo consecuente, tras este pecado de Aarón y del pueblo de los sacerdotes, que han adorado al becerro de oro en lugar de a Yahvé, Dios debería haber prescindido de los sacerdotes y de su culto de templo, en una línea semejante a la trazada por Jesús en Mc 11, 15-17 (purificación del templo) y por Esteban en Hch 7, 40-50 (condena del mismo templo idolátrico), pero el Dios del Éxodo no ha llegado todavía a ese nivel de “maduración” (al menos desde una perspectiva cristiana), y se compromete a revelarse y habitar en el templo, habitando en medio de ese pueblo pecador, recorriendo de esa forma con los israelita el camino de experiencia y compromiso de libertad (cf. Ex 33,15-17). La misma Biblia israelita nos sitúa de esa forma ante la gran paradoja de los sacerdotes y del templo, que por un lado aparecen propensos a la idolatría (confundiendo a Yahvé con el Becerro) y por otro actúan como custodios de la sacralidad del Dios Yahvé que, a pesar de todo, sigue caminando con su pueblo en el tabernáculo/templo:

La nube cubrió la tienda del encuentro y la gloria del Señor llenó el santuario… Cuando la nube se alzaba del santuario, los israelitas levantaban el campamento, en todas las etapas. Pero cuando la nube no se alzaba, los israelitas esperaban hasta que se alzase. De día la nube del Señor se posaba sobre el santuario y de noche el fuego, en todas sus etapas, a la vista de toda la casa de Israel (cf. Ex 40, 34-38; Nm 9, 15-23).

En el camino de la libertad se va manifestando Dios en Israel, camina con los suyos a la tierra donde vienen a cumplirse las promesas. No sacraliza Dios el orden establecido, ni se expresa como fuerza que domina desde arriba sobre el pueblo. El Dios de los hebreos liberados, que culminará su acción en Jesucristo, sigue caminando con aquellos que sufren y buscan libertad.

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