PASCUA DE JESÚS, EL HOMBRE VERDADERO

 

etwog60[1]Tras la muerte de Jesús, parece haberse extendido un gran silencio. La tradición evangélica, leyendo desde su fe pascual lo que ha pasado, destaca algunos signos que ayudan a entender lo sucedido. El primero es de carácter cósmico: a partir de la hora sexta, se cernió la oscuridad sobre la tierra (Mc 15,33), haciendo así visible que hasta el cosmos moría con Jesús, que terminaba y moría el mismo mundo, cumpliéndose así la palabra del Bautista cuando hablaba del fin de nuestro mundo. Los otros signos tienen un carácter más socio/religioso:

 

  • El velo del templo se rasgó de arriba abajo (cf. Mc 15,38), dejando ya de separar lo sagrado y lo profano. Ha terminado el templo antiguo, con la sacralidad sacerdotal, el tiempo de los ritos sacrificiales de Israel, la vieja separación de judíos y gentiles. Los sacerdotes, que han juzgado a Jesús, pierden su sentido (ya no tienen templo). Sobre el ancho mundo de los hombres puede extenderse desde ahora el evangelio, pues el mundo (la vida misma) es el templo de Dios. Todo es profano, siendo así todo sagrado.
  • La fe del centurión romano que, viendo lo que ha sido el camino de Jesús, exclama: «Este hombre era en verdad Hijo de Dios» (Mc 15,39). Los mismos que han matado a Jesús pueden convertirse, esto esw, pueden ver y descubrir las cosas de otra forma, introduciéndose de esa manera en el espacio de reconciliación universal abierta en Cristo. El mundo sacerdotal no cambia, los sacerdotes como tales no vienen a confesar su fe; los servidores del Imperio pueden, en cambio, cambiar.

 

Estos son los signos más preciosos. Sobre la oscuridad De un mundo que muere, ha terminado su función sagrada el judaísmo, mientras los gentiles comienzan a entender y confesar al Cristo. Sin embargo, en un nivel externo, todo parece como estaba. Murió Jesús y en torno a su cadáver se extiende el gran silencio. Unos amigos silenciosos (José de Arimatea….) o quizá los mismos delegados del templo (que no pueden dejar un cadáver al aire del día y de la noche en el tiempo de fiesta de pascua) lo enterraron cuidadosamente.

Sólo queda un tipo de amistad humanitaria allí donde quebraron, fracasadas, todas las restantes esperanzas.  Queda la vida, representada por una mujeres amigas  de Jesús, al lugar donde pusieron el cadáver, con la losa encima del sepulcro (Mc 15,42-47). Los amigos habían escapado a Galilea, fracasados y miedosos (cf.  Mc 14,27-28.50). Así empieza a contarse, a partir de Mc 15-16 la experiencia de Pascua.

  1. Experiencia pascual, principio y vida de la Iglesia

 

Había sido un viernes al atardecer, víspera del sábado grande de la pascua. Enterraron a Jesús y descansaron, como si ya todo hubiera terminado. Pasó el sábado, surgieron las luces de otro día (que será nuestro domingo) las mujeres corrieron al sepulcro. Son varias. Siguen creyendo en Jesús. Quieren sacarlo del sepulcro y verle nuevamente con sus ojos, llorarlo con sus lágrimas, palparlo, acariciarlo con sus manos.  Evidentemente, en un sentido, ellas estaban locas, como el poeta que decía ante la tumba del amigo muerto: «Quiero minar la tierra hasta encontrarte… y besar tu noble calavera» (R. Hernández, A Ramón Sijé). Locas estaban de amor aquellas mujeres, amigas de Jesús, que corrieron al sepulcro para embalsamar y honrar su cuerpo. Pero el cuerpo de Jesús no estaba ya en la fosa (Mc 16, 1-8).

En el comienzo de la fe cristiana perdura aquel recuerdo. Las mujeres vuelven al sepulcro para tocar y honrar a Jesús al modo antiguo, con el llanto por su muerte y el recuerdo de su vida asesinada. Pero Jesús no está en la muerte. Su recuerdo no se encierra en el sepulcro. Por eso, la voz del ángel de Dios clama encima de la tumba:

Ha resucitado, no está aquí. Mirad el lugar donde le habían colocado.

Pero, marchad, decid a sus discípulos y a Pedro

que ha resucitado y os precede a Galilea;

allí le veréis como él os dijo (Mc 16,6-7).

 

Estas palabras condensan toda la fe cristiana. Son palabras de un ángel, no se pueden inventar por mente humana. Son recuerdo de las mujeres galileas de la iglesia de Jerusalén. Tomada externamente, una tumba vacía no dice demasiado: podían haber robado el cadáver (cf. Mt 27, 62-66), quizá lo trasladaron a otro sitio (cf. Jn 20,15). En nivel de teoría, es posible que el mismo cadáver se des- o trans-materializara rápidamente, volviéndose invisible… Por eso mismo, la iglesia, que ha cantado la gloria de Jesús sobre su tumba abierta, no ha querido fundar su fe sobre ese dato, como indica el mismo texto cuando continúa: «Id a Galilea… donde le veréis». Eso es lo importante, reiniciar el camino de Jesús, empezando de nuevo en Galilea (conforme a la visión y mensaje del evangelio de Marcos).

A Galilea fueron Pedro y los discípulos huyendo de la muerte de Jesús. Iban fracasados, descentrados, rotos (cf. Lc 24, 13-21), sin capacidad para empezar nuevos caminos, con el solo deseo de escapar y refugiarse en las faenas primitivas, en aquellas realidades que vivieron antes de encontrar a Jesús en el camino. La ilusión se había roto. Por eso, mientras las mujeres, doloridas en su humanidad, buscaban el cuerpo de Jesús en el sepulcro, los varones, heridos en sus sueños, buscaban el refugio de sus viejas tareas en la tierra.

Desde su propia visión pascual (desde su forma de entender la Iglesia), el evangelio de Marcos (Mc 16, 8), hacia el año 70 d.C., afirma que las mujeres no fueron, pues tenían miedo,  como si la Iglesia no hubiera comenzado de verdad su andadura pascual, como si el mismo Pedro no hubiera escuchado y aceptado el gran mensaje, como si la Iglesia no hubiera nacido verdaderamente todavía. Pero la Iglesia no pudo tomar el final de Marcos como última palabra, como testimonio de algo todavía no cumplido (¡lo que en un sentido es verdad!), sino que fijó y trazó dos variantes del mensaje:

 

Mateo. Mirando e interpretando las cosas desde otra perspectiva (sin negar el mensaje de Marcos: ¡la Iglesia de verdad no ha comenzado todavía!), unos años más tarde (hacia el 80/85 d.C.), el evangelio de Mato (Mt 28) afirma que las mujeres vieron de verdad no sólo al ángel de Dios, sino al mismo Jesús resucitado en el entorno de la tumba vacía de Jerusalén, pues él mismo  les salió al encuentro, trastornando sus planes, invirtiendo sus caminos, y ellas fueron a Galilea, con Pedro y los restantes discípulos, y allí, en la Montaña de Pascua,  le vieron y recibieron su mandato, y salieron por todos los caminos, para anunciar el evangelio. Ese encuentro de Jesús con los discípulos se realizó según Mateo (cf. Mt 28) en la misma Galilea, desde donde comenzó a extenderse el mensaje pascual, como un camino de vida separado ya de Jerusalén, dejando para siempre a un lado a los sacerdotes y al templo.

Lucas. Por el contrario, el autor del evangelio de este nombre y del libro de los Hechos,  primer historiador del cristianismo, afirma que nuevo principio pascual comenzó en Jerusalén (cf. Lc 24 y Hch 1-2), donde Jesús se apareció a sus discípulos y donde comenzó la Iglesia. De esa manera quiso retomar y transcender el mensaje y camino más sagrado de Israel, empezando de nuevo desde Jerusalén (incluso desde su templo), pero superando ya las promesas de la “venida inmediata” de Jesús en la ciudad sagrado. En esa línea, Lucas sitúa las “apariciones pascuales” y el comienzo pentecostal de la Iglesia (¡venida del Espíritu Santo y envío universal!) en Jerusalén, pero no para quedarse allí, sino salir, por/desde Samaría al mundo entero, centrado en aquel tiempo en Roma, según el imaginario israelita.

 

Estas dos perspectivas no son contradictorias. La experiencia bíblica está centrada desde el principio en pactos, en temas que se ven y entienden desde dos o más perspectivas, como muestra ya el doble relato de la creación (Gen 1 y Gen 2-3), o como indican los diversos códigos de leyes del Pentateuco (Código de la Alianza, Deuteronomio, Código de la Santidad) o las diversas perspectivas proféticas. De esa forma se cuenta, al menos de dos maneras, el comienzo de la Iglesia cristiana: Desde Galilea (en ámbito profano, como mensaje de Reino: Marcos y Mateo); y desde Jerusalén (en ámbito que parece más sagrado, para superar la sacralidad del templo: Lucas). A estas dos visiones ha de añadirse más tarde la de Juan, con una perspectiva distinta (ni en Jerusalén, ni en Garizím, ni en Galilea: en Espíritu y Verdad: Jn 4, 24).

Sea como fuere,  los discípulos descubren que los planes antiguos de la historia, los abismos del temor y de la muerte terminan, y que ellos han de renacer de nuevo. De un modo o de otros, por diversos caminos, los discípulos fugitivos del Cristo asesinado han descubierto al auténtico Cristo: el hombre vivo y verdadero, el mesías de la historia, Hijo de Dios Padre. Significativamente, la iglesia que nace de ese encuentro pascual ha “velado” (=ha dejado en la penumbra) en el misterio los relatos primeros de esa pascua. No ha querido comentarlos por extenso, ni tampoco presentarlos en relatos minuciosos, quizá porque, en realidad, toda la vida de la iglesia ha de entenderse como una expresión de aquel misterio pascual, de aquel encuentro de Jesús con sus discípulos. Así lo ha visto Pablo, resumiendo la fe por todos compartida:

  • que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras,
  • que fue enterrado,
  • que resucitó al tercer día, según las Escrituras,
  • y que se apareció (= se dejó ver por)

− a Pedro,

— después a los doce,

− después se apareció de una vez a más de quinientos hermanos…,

− después se apareció a Santiago,

— después a todos los apóstoles,

− finalmente… se me apareció a mí (l Cor 15, 3-8).

 

Así condensa Pablo la “historia” de las experiencias pascuales, de una forma que podemos interpretar con mucha cautela de un modo histórico, desde la perspectiva de esta narración de Pablo, que es uno de los textos más significativos de la historia cristiana, por lo que dice y por lo que omite:

 

  1. Cristo murió (por nuestros pecados)… No murió de un modo “natural”, sino “por nuestros pecados”, en el doble sentido de la palabras: (a) Le han matado nuestros pecados, le han (=hemos) asesinado los hombres, por nuestra violencia. No le ha condenado Dios, sino la historia de los hombres. (b) Ha muerto “por nuestros pecados”, para perdonar los pecados que nosotros cometemos (especialmente el de matarle). La muerte, que en otro contexto se podía tomar sólo como una consecuencia del pecado viene a presentarse aquí, viene a presentarse aquí como una consecuencia del pecado mayor (asesinato), pero todavía en un sentido mucho más profundo como consecuencia del amor de Dios, expresado por Jesús.

 

  1. 1. Fue enterrado. Éste es, ante todo, un hecho “físico”, que indica la realidad de la muerte de Jesús, que no quedó en un estado de inconsciencia o trance, sino que fue puesto literalmente bajo tierra, y que estuvo así “hasta el tercer día”, como indicará la palabra de la resurrección. El resucitar al tercer día sólo se puede entender desde el “estuvo muerto tres días”… Pues bien, una vez presentado así el tema queda abierto el motivo más hondo de la naturaleza de la tumba de Jesús, y la posibilidad de que las mujeres la hayan visto vacía (cf. Mt 16, 1-8 par). Éste silencio de Pablo respecto a los demás detalles de la tumba resulta discutido y sorprendente. ¿Conoce Pablo alguna tradición de la tumba vacía? ¿Por qué no la cita? Recordemos la forma en que él narra minuciosamente su ida a Jerusalén para conversar con Pedro y con Santiago (Gal 1, 16-18), pero no dice nada de la tumba, como podía haber hecho: “Y fui a ver la tumba del Señor, y la encontré vacío…”. Nada, ni aquí, ni en ninguna otra carta. Es como si a Pablo no le interesara la suerte “física” del cadáver de Jesús resucitado, sólo su experiencia personal de encuentro con él.

 

  1. Que resucitó al tercer día… según las Escrituras. He indicado ya que el “tercer día” sirve para ratificar la realidad de la muerte de Jesús, y para mostrar también el carácter “bíblico de la resurrección”, que la Iglesia ha interpretado de diversas maneras como “anunciada y prepara por las Escrituras”. Sobre la naturaleza de la resurrección no se dice aquí nada, sólo que resucitó (y que se apareció…). Hay que indicar con toda fuerza que esta “confesión pascual” (de la resurrección) está en el hueco en el que debería haberse situado la “venida escatológica” de Jesús. Lo normal, según las profecías antiguas y la misma esperanza del evangelio, hubiera sido que Jesús resucitara saliendo victorioso de la tumba para mostrarse así ante todo Israel, reuniendo de nuevo a sus Doce e iniciando con ellos el Reino.
  2. Y que se apareció (= se dejó ver por) a Pedro, después a los Doce. Primero están Pedro y los Doce. Éste es un tipo de “principio histórico”. Pablo sitúa al principio a Pedro, como primer discípulo/testigo de Jesús, con los Doce, que son el signo de la primera esperanza, de la transformación de Israel, del Reino de las Doce Tribus. De alguna forma se ha cumplido esa esperanza, pero se ha cumplido “no cumpliéndose”: No ha llegado el Reino de las Doce Tribus, como muchos habían esperado, de manera que podemos afirmar que el “mesianismo nacional de David y de las Doce tribus” ha fracasado (=no se ha cumplido en la línea esperada por muchos). Por eso, los Doce quedan como recuerdo importante de la vida de Jesús y de la primera experiencia de esperanza de la Iglesia, y como signo de cumplimiento escatológico futuro (cf. Mt 19, 28…). Como veremos, la misión de Pedro queda pendiente…El texto separa los momentos, como si Pedro tuviera alguna prioridad, pues se dice “después” (cita) a los Doce. Este pasaje quiere marcar la prioridad de Pedro (lo mismo que Lc 24, 34), pero no dice que Jesús se apareció “primero” a Pedro (en contra de Mc 16, 9-10 donde se afirma que se apareció primero a María Magdalena).  De todas formas, aquí, como en el caso anterior de la tumba, parece clara la ausencia de las mujeres, y en especial, la de María Magdalena. Pablo prescinde de ellas, como si su experiencia fuera marginal para la Iglesia, centrándose sólo en Pedro y en los Doce, que así vienen a mostrarse como principio de la experiencia pascual. Posiblemente estos dos rasgos (Pedro y los Doce) están indicando untabor 1 primer momento de la experiencia pascual, que podría interpretarse como una confirmación de la próxima parusía de Jesús.
  3. Después se apareció de una vez a más de quinientos hermanos… Pueden ser “cristianos” de Jerusalén, en el principio (en la línea de la experiencia pentecostal que narra Hch 2), o pueden ser “discípulos galileos de Jesús” (en la línea de muchos relatos evangélicos, en especial los de las “multiplicaciones” de los panes (aunque los textos hablen de un número mayor…). Sea como fuere, este dato de los “quinientos hermanos” nos sitúa ante la experiencia de un Jesús que ha desbordado  los límites de un pequeño grupo (de Pedro y los Doce, de Santiago y los apóstoles…, de Pedro). En un sentido, esto de la apariencia a los “quinientos” se podría entender como una parusía anticipada (estos 500 sería el principio del Reino…). Pero en otro sentido estos quinientos desaparecen inmediatamente, como si no tuvieran  más papel en el comienzo de la Iglesia. De todas formas, podemos decir que que en el fondo del camino de Jesús hay un “movimiento de masas”, no de grandísimas masas (como las de los soldados celotas en la guerra que se acerca: del 67-70 d.C.), pero sí de grupos grandes, de personas que se movilizan en torno al recuerdo activo del crucificado.
  4. Después se apareció a Santiago, después a todos los apóstoles. Creo que Pablo está vinculando, de un modo antitético y complementario, dos grupos muy significativos de la primera Iglesia, que han sido destacados (y elaborados) por Luchas en Hch 6-7. La Iglesia primera (la de Pedro y los Doce, abierta a quinientos hermanos) se extiende ahora (quedando en parte superada) y “divide” de alguna forma en dos tendencias. (a) Una es la de Santiago y los parientes de Jesús (que aparecen también destacados en Hch 1, 13-14, con María, la Madre). Ésta es la tendencia judeo-cristiana, que interpretará la Iglesia de Jesús en la línea del judaísmo nacional. (b) La otra es la de “todos los apóstoles”, que alude, sin duda, a los llamados “helenistas” que son los que, según el libro de los Hechos, extienden el mensaje de Jesús a los gentiles, interpretándolo como principio de salvación universal,  desde un fondo israelita (no tienen el judaísmo del Antiguo Testamento, ni la esperanza y camino de los Doce con Pedro), pero abren el evangelio a los gentiles, fundando de esa manera la Iglesia universal.
  5. Finalmente… se me apareció a mí. Ese “finalmente” ha de entenderse en línea de cumplimiento de la experiencia pascual, de culminación de un camino. Pablo se vincula de esa forma a Jesús, retomando en su vida el mensaje de la Pascua… Pero, al presentarse así, se vincula también con todo el camino anterior, en el que se incluyen Pedro y los Doce (aunque Pablo ya no se relaciona con los Doce en cuanto tales, pues su figura y misión parece haberse desvanecido), lo mismo que con los quinientos hermanos y Santiago (al que acepta como testigo de Jesús)… y de un modo especial con los “apóstoles” helenistas, entre los que se incluye. De esa manera, la “historia de las experiencias pascuales” se identifica con la misma historia de la Iglesia en el principio. En un sentido, como es lógico, desde su propia perspectiva, Pablo aparece como culminación (por último…) de la experiencia pascual; de esa forma, el áparece como el último, como el que condensa en su persona toda la experiencia pascual, sin haber negado lo anterior… Pero, en otro sentido, la experiencia pascual sigue viva y define la vida de la Iglesia.

 

Esta “historia pascual” narrada por Pablo en 1 Cor 15 sigue estando en el principio de la Iglesia.  Por eso, los cristianos dicen que «el Señor ha resucitado y se apareció a Simón», llamado Pedro (Lc 24, 34). También se apareció a los Doce/Once en Galilea  como dice Mateo (cf.  Mt 28, 16-20) y  también (al mismo tiempo, en otra línea) en Jerusalén,  marcando el principio de una historia que se abre desde el judaísmo al mundo entero (cf. Lc 24; Hch 1, 1-11).

Eso significa que las experiencias pascuales se pueden entender y se deben contar de diversas formas, pero siempre como experiencias de presencia del Cristo, que no ha venido a culminar de un modo triunfante el reino de David y de las Doce Tribus (¡como mesías davídico/nacional Jesús ha fracasado!), sino a re-iniciar el camino de la humanidad, retomando el principio de David. En esa línea, el Evangelio de Juan ha sabido vincular las dos experiencias pascuales, la de Jerusalén, en línea de judaísmo oficial, con Pedro y los Doce (Jn 20), y la de Galilea, en línea de judaísmo abierto a todas las naciones, en la imagen de la Gran Pesca final de los pueblos, con Pedro con los Siete y el Discípulo Amado (Jn 21). Ésta ha sido la “novedad cristiana” de “tocar” a Dios en Jesús, y así se dice:

 

Lo que existía desde el principio, lo que oímos, lo que vieron nuestros ojos,

lo que contemplamos y palparon nuestras manos… eso mismo

os lo anunciamos ahora, para que seáis también solidarios con nosotros (l Jn 1, 1.3).

 

Así se ha condensado la experiencia de la pascua: los discípulos han visto, han escuchado y han palpado al mismo Cristo que ha vencido con su vida a los poderes de la muerte (como indican los relatos pascuales más tardíos: cf. Lc 24, 36-49; Jn 20, 2429). El Señor que se mostró no era un fantasma, una apariencia que retorna de la muerte y que después desaparece. El Señor era la vida y es la vida poderosa y bien palpable. Por eso ha transformado a sus creyentes, haciéndoles testigos de su muerte y de su gloria para siempre.

En este contexto, tras haber ofrecido de esa forma un esquema general de las “apariciones” (es decir, de las experiencias pascuales en el comienzo de la Iglesia), deberíamos volver al comienzo, es decir, a las mujeres de la tumba vacía, con María Magdalena, a quien la tradición ha presentado, con las otras mujeres,  de forma unánime como primer testigo de la pascua, desde Mt 28 hasta el final canónico de Mc 16, 9, pasando por Jn 20. Aquí dejo constancia de ese dato esencial, aunque sin desarrollarlo.

 

  1. Jesús, el hombre verdadero

La vivencia de Jesús resucitado se podía expresar en forma de entusiasmo extramundano: los dolores y leyes de la historia han terminado; han terminado así la cruz, el sufrimiento, y sólo queda la vida desbordada que se expresa como pura humanidad celeste, como gracia sin controles exteriores, libertad sin trabas. Pues bien, en contra de ese posible entusiasmo ilusionado, que parece haber prendido en ciertos sectores de creyentes, la iglesia ha respondido siempre con gran fuerza: el Señor resucitado, el Cristo de la pascua, es el mismo Jesús· de la historia que ha entregado su vida por los hombres; por eso, la fe pascual nos vuelve precisamente al tiempo de Jesús de Galilea (cf. Mc 16, 7).

En este aspecto, el testimonio de la iglesia es firme. Pablo nos conduce de la pascua hacia Jesús crucificado, no habla nunca de pascua sin crucifixión “carnal” de Jesús (l Cor 1, 18-31). Lucas nos lleva hasta Emaús donde el Señor alumbra el corazón y la Escritura, de manera que sepamos comprender y revivir lo que ha pasado en la pasión del Cristo (Lc 24, 36). Sobre la montaña del final, Mateo nos conduce hasta Jesús, hijo de hombre (o Emmanuel), para enseñarnos a cumplir aquellas cosas que nos dijo cuando estaba sobre el mundo, dentro de la historia (Mt 28, 16-20).

En fin, el mismo Juan, evangelista de la gloria, para superar el riesgo de una gnosis que se olvida de la “carne” histórica de Jesús, nos vincula con Tomás (testigo de una tendencia más “espiritualista” de la resurrección,  que ha sido evocada en el evangelio “apócrifo de su nombre: Ev. Tomás), y, conduciéndonos al culmen de la pascua, nos invita a colocar las manos en la herida de Jesús crucificado (Jn 20, 27). De esa forma quiere poner de relieve el hecho de que Jesús resucitado sigue siendo el que ha vivido y muerto en la carne. Por eso, la historia de su vida no se acaba y diluye con la pascua, sino todo lo contrario: se plenifica en ella para siempre. Así lo afirma la iglesia al definir que Jesús resucitado, siendo Hijo de Dios (Dios verdadero), sigue siendo verdaderamente humano. En otras palabras: Jesús resucitado no es un “después”, alguien que viene más tarde, sino el mismo Jesús histórica… La resurrección no es algo que acontece “más tarde” (separado de lo anterior), sino en la misma vida histórica de Jesús, en la misma historia de la Iglesia.

Estos momentos no se pueden entender de una manera sucesiva, como si dijéramos: Jesús fue en otro tiempo un ser humano, pero ahora que está resucitado ya no es hombre, sino el Cristo, Hijo de Dios. Se trataría de una especie de escalera: nos valemos de Jesús, el hombre, para llegar a lo divino; una vez que hemos subido y nos hallamos asentados sobre el piso superior, dejamos caer ya la escalera y nos quedamos a vivir en lo divino, con Jesús el Hijo eterno. Pues bien, esta imagen resulta frontalmente anticristiana, como muestra el dogma de la iglesia y la tradición de los evangelios. Jesús resucitado sigue siendo un hombre, mejor dicho, es el hombre verdadero, el mismo Jesús histórico que inicia con y para nosotros un camino de Reino. Por eso, la pascua no es el abandono, sino la plenitud de su humanidad, en contra de un posible espiritualismo panteísta:

 

  • Jesús es hombre verdadero, en contra de las tendencias monofisitas de Eutiques y de parte de la iglesia alejandrina. Monofisitas son los defensores de una sola fisis o naturaleza. Ciertamente, ellos afirman que Jesús vino a mostrarse en la historia como humano, pero luego, en su verdad pascual, le toman sólo como el Hijo de Dios: su ser divino es de tal forma dominante y poderoso que diluye, absorbe su verdad humana. Pues bien, en contra de eso, la iglesia ha respondido con pasión en Calcedonia: Jesús resucitado sigue siendo un hombre verdadero, el hombre de la historia que ha llegado a su verdad pascual y puede ayudar de esa manera a todos los humanos.
  • Jesús es hombre entero, cuerpo y alma, en contra de Apolinar, quien pensaba (como suponen sus acusadores) que lo propio de Jesús como hombre era sólo su cuerpo, la historia material de su existencia, sin alma propia. En vez del alma inmaterial, el llevaría dentro el mismo ser divino del Hijo. Esto significa que, en sentido estricto, Jesús no era individuo humano, responsable de sí mismo en el camino de su historia. Era, más bien, una apariencia material, como un fantasma de cuerpo (carne y sangre) a través del cual se desvelaba y actuaba el mismo ser divino. Por eso, en realidad, no padecía, no gozaba ni lloraba: era sencillamente actor, como una máscara que el Hijo de Dios utilizaba para presentarse entre nosotros. Pues bien, en contra de esa perspectiva, la iglesia ha respondido con vigor en Éfeso y Calcedonia (431 y 451): Jesús es hombre entero, cuerpo y alma, interioridad y exterioridad, materia y espíritu.
  • Jesús es hombre auténtico, responsable de sí mismo, en contra de posturas que surgieron en la iglesia después del concilio de Calcedonia (451 d.C.). Los mono-teletas afirmaban que Jesús tiene alma humana, pero un alma sin voluntad (o thelesis): por eso no puede realizarse de verdad en forma humana, porque sólo el Hijo de Dios es quien decide y se realiza. Los mono-energetas concedían voluntad humana a Jesucristo, pero luego precisaban que ella actúa siempre desde Dios, de tal manera que no tiene acción (energía) humana verdadera. Pues bien, en contra de estas perspectivas, la iglesia universal, en el Concilio 3º de Constantinopla (680-681), definió que Jesús no se limita a tener un alma humana: quiere y actúa como humano. Es hombre asumiendo su propia realidad (querer) y realizándose como humano (en su obrar).

 

Las tres formulaciones anteriores son propias de los concilios antiguos, y utilizan los esquemas y fórmulas usuales de su tiempo. Con ellos, afirmamos que Jesús ha sido y sigue siendo, tras la pascua, un hombre verdadero, con su cuerpo y alma o «vida interna» (concilio de Éfeso, año 381 d.C., y de Calcedonia, 451), con su propia voluntad y sus acciones propias (Concilio 3º de Constantinopla). Pues bien, supuesto eso de un modo “formal” (en línea dogmática), debemos avanzar y plantearnos de manera concreta los momentos y el sentido de la plena humanidad de Cristo. Para ello, utilizamos un esquema de carácter genético y pascual que, a nuestro juicio, responde a las palabras de la Biblia. Jesús ha sido y sigue siendo plenamente humano, como humanidad histórica y pascual.

Históricamente, Jesús es hombre porque nace, recibe la existencia dentro de la historia israelita, por medio de María. Es hombre porque se hace en libertad: asume su existencia, la realiza libremente, en proceso de creatividad, dominio de sí, en opción personal al servicio del Reino de Dios, dentro de la conflictividad israelita de su tiempo. Es hombre porque muere: entrega su existencia, como deben entregarla todos los restantes hijos de Adán en nuestra historia.

Pues bien, Jesús sigue siendo plenamente humano por la pascua. En ese sentido, debemos insistir en el hecho de que la historia humana de Jesús no acaba con su muerte. Ciertamente, en un sentido acaba con la muerte un tipo de historia temporal. Pero, en otro sentido, de un modo radical, Jesús sigue siendo humanidad plena y verdadera, por medio de la pascua. En esa línea decimos que Jesús la humanidad resucitada: aquel que ha “renacido” y existe (vive en plenitud por su entrega), ofreciendo a todos los restantes hombres (sus hermanos) la posibilidad de realizarse como vida que triunfa de la muerte.  Y con esto volvemos a precisar los tres momentos de su historia.

 

  1. Jesús es hombre porque nace. La vida no la hacemos por nosotros mismos, nos la ofrecen, dentro de una historia en la que estamos injertados. Por eso, en un primer momento, tenemos aquello que nos dan, somos aquello que hemos recibido. También Jesús ha recibido su existencia y posibilidades humanas: Israel le ha transmitido su camino de búsqueda y promesas; María le ha ofrecido su cuerpo, con su amor personal y su palabra. La tradición evangélica ha descubierto pronto la importancia de este primer rasgo de la humanidad de Jesús, en sintonía con todo el pensamiento israelita.

Conforme a una postura filosófica que dicen que proviene de los griegos, suele definirse como humano aquel viviente peculiar que consta de alma y cuerpo (animal-racional). La biblia ofrece otra postura. Ella define al hombre como ser de historia: ser que nace de los hombres, en un pueblo, dentro de una línea de genealogía abierta a lo divino. Pues bien, en esta perspectiva, sostenemos que Jesús es hombre porque nace de los hombres, en la misma tradición israelita de la historia, como han visto Mt 1,1-17 y Lc 3, 23-38.

Dentro de esa línea cobra importancia peculiar la madre (o padres) del que nace. Si uno es solamente humano en línea griega (como animal que razona), la madre (y el padre) queda fuera de su propio ser, no entra en su definición. Por el contrario, si el hombre es una historia y se define en línea genealógica, la madre (y el padre humano)  forma parte de en su propio ser, le da su nombre y vida. Así lo ha sabido el evangelio cuando, en el principio del camino de Jesús, presenta a María, su madre: ella le da nombre (cf.  Mc 6, 3), ella le inicia en la esperanza de Israel, abierta a las promesas de Israel (cf.  Lc 1-2; Mt 1-2); ella le invita a comenzar su acción mesiánica (cf.  Jn 2, 1-12).

 

  1. Jesús es hombre porque asume su vida y se realiza como humano, en libertad y en riesgo, en búsqueda (aprendiendo), en tanteo (experimentado), en decisión (poniendo su vida al servicio del “reino” de Dios). No se limita a recibir la vida, no nace y deja que “Dios sea” en él, o que sea la naturaleza humana, o un tipo de historia. Al contrario, Jesús recibe para ser y para hacerse libremente, como ha señalado con toda precisión el evangelio.

Nace de María, mujer israelita, pero pronto descubre y dice a María y a José, sus padres, que le buscan preocupados, que él ha de estarse ocupando de las cosas de su Padre (cf. Lc 2, 49). Nace de Israel, aprende del bautista, pero pronto viene a situarse ante su Dios y escucha la llamada originaria que le dice: «Eres mi Hijo, en ti me he complacido» (Mc 1, 11). No ha escuchado una “voz exclusiva”, inventada por él, sino la gran Voz que le llega desde la historia profética de Israel, y la acoge de un modo propio, intenso, y tiene que ocuparse (en camino de búsqueda, tanteo y entrega), escucha la voz de los pobres y marginados, respondiendo a sus necesidades,  de tal forma que dialoga con Dios dialogando con los hombres  y recorriendo de esa forma su camino personal.

En este camino de realización personal, en libertad y entrega, podemos destacar algunos elementos. (a) Vocación: Jesús escucha la llamada de su Dios y le responde de manera personal, asumiendo su tarea con fidelidad, buscando y programando su camino, tal como ha puesto de relieve el relato del bautismo, tras su estancia con Juan, cf. Mc 1, 1-11. (b) Prueba. Por eso ha de vencer la tentación, pues la llamada de Dios no se le impone de manera obligatoria: Jesús mismo debe tantear, mientras le tienta el Diablo que, según el relato, le habla y quiere seducirle desde el fondo de la historia (Mt 4; Lc 4). (c)  Búsqueda compartida. En un tercer aspecto, Jesús ha de dialogar: es hombre porque escucha a los demás, porque descubre en ellos la llamada de lo humano y les responde de una forma positiva, creadora, como muestra todo el evangelio.

Ciertamente, en esa línea, podemos decir y decimos que Jesús es el hombre,  pero no es un hombre en general (no es la naturaleza humana, ni siquiera un puro miembro de la naturaleza humana). Él ha sido más bien un hombre concreto, al servicio de todos los hombres. Quiero insistir en esto. Jesús no es hombre en general, un “animal racional” sin más, como a veces se ha dicho, sino un hombre concreto, un individuo bien preciso, situado en su tiempo y lugar, con las limitaciones y valores que eso implica.

No es un ser humano en general, sino un “hombre concreto”: Ha sido varón y no mujer (pero varón en comunión y en servicio para todos, varones y mujeres); ha sido un judío marginal de Galilea, no un sacerdote de Jerusalén, ni un filósofo griego, ni un romano, ni alemán, chino o esquimal,  con las limitaciones y valores que eso supone (pero judío galileo en comunión de amor y servicio con todos y para todos los hombres y los pueblos).

Ha sido un ser humano varón, pero eso no le hace ser más ni menos que si fuera mujer, ha sido, como he dicho, judío, galileo, laico (no sacerdote), de la tribu de Judá…  Éste es un “dato” que no podemos justificar teóricamente, porque en teoría podría haber sido mujer,  sacerdote, y de la tribu de Isacar… Pero desde su “limitación” de varón y galileo artesano ha podido asumir en camino de todos los hombres y mujeres, no sólo de los varones y de los galileos, desde Israel, para todos los pueblos.

En un sentido especial, podemos y debemos seguir diciendo que el “tuvo” que ser “judío” (¡judío marginal galileo!), no por necesidad ontológica, pero sí por providencia histórica, en la línea de la Escritura (Antiguo Testamento, pueblo de Israel), como he venido destacando en la primera parte de esta teología. En esa línea, Jesús asume toda la historia de Israel, desde Abraham y David (como sabe Mt 1, 1), recoge y reformula en su vida la historia y mensaje de los profetas, pero no al servicio del “puro Israel” (del pueblo en sí, cerrado), sino de todos los hombres y mujeres, desde los pobres y marginados de Galilea (cojos-mancos-ciegos, enfermos, leprosos, excluidos).

De esa manera, siendo judío galileo, artesano y varón, de familia pobre, Jesús ha recogido en su vida (en su cuerpo, en su sensibilidad, en su mente…) la historia de su pueblo, pero abriéndola a todos los pueblos, como digo, desde los más pobres. Éste es un tema que la Iglesia tardará en comprender, pero que irá formulando, como veremos, especialmente en la línea de Pablo. Jesús asume en su vida y encarna en su obra el camino de Israel (lo que llamamos Antiguo Testamento), no para cumplirlo y cerrarlo, sino para profundizarlo y abrirlo a todos los hombres, desde los más pobres.

Él no se ha ocupado egoístamente de sí mismo, buscando su definición  de un modo asilado (¿quién soy yo?), sino que se ha descubierto en diálogo con Dios, en apertura concreta a los hombres y mujeres de su entorno, a cuyo servicio (de enseñanza, de curación, de solidaridad, de pan multiplicado…) pone su vida. En ese sentido podemos y debemos decir que los hombres y mujeres de su entorno, y especialmente los pobres y enfermos, los leprosos y marginados que ha encontrado en su camino no quedan al exterior de él, como si fueran sólo una especie de accidente que le roza de un modo tangencial, sino que son parte de Jesús, un elemento de su propio ser humano. De esa forma, siendo un hombre concreto (varón, galileo, artesano pobre…), Jesús ha sido un hombre para todos, varones y mujeres, galileos y no galileos, a lo largo de una historia concreta de búsqueda apasionada, de entrega fuerte.

El primero que nos ha dejado noticias históricas escritas de Jesús ha sido Pablo en sus cartas (del 50 al 58 d. C., es decir a los veinte años de su muerte en cruz, como mesías asesinado), pero en ese momento, a Pablo no le han interesado mucho los detalles concretos de la vida de Jesús, y de esa forma ha insistido en su muerte (crucifixión como fracaso de un mesianismo davídico) y en la experiencia de la resurrección (Jesús como Hijo de Dios para todos los pueblos). Tienen que pasar unos veinte años  más para que la iglesia se interese por fijar y fije por escrito los aspectos principales de la historia de Jesús, desde una perspectiva pascual, como empieza haciendo Marcos (hacia el 70 d.C.), siguiendo por Mateo y Lucas (hacia el 85/95 d.C.).

Esas historias evangélicas cuentan la vida de Jesús desde una perspectiva pascual (¡están hablando de la vida del resucitado!), pero han sido capaces de recoger y recrear algunos aspectos fundamentales de esa historia, como he venido poniendo de relieve en los capítulos anteriores. Entre esos aspectos me limito a recoger aquí dos aspectos fundamentales: (a) Jesús ha inter-actuado con los hombres y mujeres de su tiempo,  aprendiendo de esa forma a ser “mesías”, respondiendo a la llamada y tarea que Dios le ha encomendado. Este aprendizaje de Jesús, en diálogo con pobres y marginados, desde un contexto conflictivo como el de Galilea y Paletina en aquel momento, forma parte de la “divinidad mesiánica” de Jesús. (b) En esa línea, como dice Hebr 5, 8,  Jesús ha obedecido/escuchado a Dios, es decir, ha aprendido a ser “mesías”, en un camino en el que no tiene fijados/resueltos los detalles de su vida, sino que los va descubriendo, a medida que recorre su camino, como pionero mesiánico, recogiendo y actualizando las experiencias y caminos de la Biblia, pero debiendo concretarlos en su vida.

 

  1. Jesús es hombre mesiánico porque ha sabido morir, poniendo su vida al servicio del reino. Esto no lo sabía un tipo de pensamiento “ontológico” de tipo helenista, para el que la muerte es algo accesorio, pues el hombre es eterno y la muerte un accidente.  Como he venido indicando desde Gen 2, el hombre bíblico es un “ser para la vida”, pero amenazado por un tipo de muerte que está vinculada al pecado. Desde ese fondo debemos poner de relieve las “circunstancias” (elementos fundantes) de la muerte de Jesús, que han interesado desde el principio a los cristianos, como vemos en las cartas de Pablo:

 

En un primer nivel, Jesús ha muerto porque ha sido un hombre verdadero,  y porque según de Hbr 9, 27, ha sido “determinado” que el hombre muera. Al vivir humanamente, en esta condición histórica, el mismo Dios (¡el que podía vivir y vivía en forma de Dios! Flp 2, 6-11) ha tenido que morir. Desde una perspectiva “fundante” podemos afirmar que Jesús ha muerto porque ha asumido está vida concreta, determinada por lo que podríamos llamar “pecado original” partiendo de Gen 2-3 (sin querer definir aquí lo que puede ser ese pecado…). Pero, siguiendo en esa línea debemos añadir que ha muerto en un camino abierto a la vida, como supone el mismo texto del Génesis y toda la historia israelita.

En un segundo momento podemos y debemos decir que ha muerto porque él mismo se ha entregado,  es decir, porque ha vivido de un modo “arriesgado”, anunciando/proclamando el perdón, optando por los marginados, enfrentándose con un tipo de autoridad política y religiosa. Evidentemente, él no ha querido morir, como lo han puesto de relieve los textos del Huerto de los Olivos (Mc 14, 41-43…), pero ha estado dispuesto a morir, se ha arriesgado. Al poner su vida al servicio de los demás, al optar por los expulsados sociales, al criticar un tipo de poder político-religioso, Jesús ha recorrido un camino de “muerte”. En ese sentido, podemos afirmar que ha muerto no sólo porque se ha arriesgado, sino porque ha querido de hecho morir al servicio de los demás.

En otro plano podemos y debemos añadir que Jesús ha muerto porque le han asesinado, y no los “perversos” de este mundo (un tipo de terroristas…), sino los podemos supremos de aquel tiempo, los que hablan en nombre de Dios (del Dios del templo, del Dios del Imperio). En ese sentido, una tradición de tipo “gnóstico”, que aparece ya veladamente en Pablo (… si los poderes del mundo le hubieran conocido no le habrían matado: 1 Cor 2, 8), afirma que a Jesús le matado los dioses falsos del poder, del dinero (Mamón, el Dios del templo perverso…). Pero eso no puede hacernos olvidar que le han condenado en concreto, unos hombres concretos, Poncio Pilato, el romano, con los sacerdotes del templo. En ese sentido, la muerte de Jesús ha sido un asesinato.

En esa línea se ha podido decir, que le ha entregado a la muerte el mismo Dios,  pero con un lenguaje que debe ser bien precisado. (a) Dios no ha querido en modo alguno la muerte de Jesús, es decir, el sacrificio de su Hijo, como a veces se ha pensado. Dios no necesita la sangra para aplicarse, y en caso de que la necesitara no seria Dios, sino un monstruo maléfico. (b) Pero, en otro plano, podemos y debemos afirmar que Dios ha aceptado con amor infinito la muerte de su Hijo, es decir, la muerte de Jesús. No ha matado bajo la cruz a los asesinos de Jesús (sacerdotes, soldados…), sino que ha “regalado” lo más querido que tenía, a su propio Hijo, aceptando su entrega de amor a favor de los hombres, porque él mismo (¡el Dios infinito!) es amor que se entrega para dar vida a los hombres (en esa línea ha de entenderse el texto clave de Pablo, en Rom 8, 32: No se ha reservado a su Hijo, sino que lo ha entregado…)

 

Ésta es la revelación suprema de Dios, según Pablo (y según todo el Nuevo Testamento). Dios no se ha reservado nada para sí, no se ha quedado con algo, para mantenerse de esa forma por encima de los hombres y dominarles desde arriba, sino que ha dado todo, se ha dado totalmente, allí donde Jesús se entrega y da todo lo que tiene. Precisamente aquí, en el momento en que Jesús se da del todo y muere a favore de su proyecto mesiánico (por amor a los hombres….), podemos descubrir y descubrimos que Dios se da y se entrega en él (en Jesús), de un modo total, de tal forma que podemos descubrir y formular de un modo pleno su misterio.

En el Antiguo Testamento (Ex 3, 14), Dios se definía diciendo Soy el que Soy, soy el misterioso, soy el que os acompaño…, pero de un modo que seguía misteriosamente velado, sin que supiéramos nunca lo que eso significaba. Pues bien, ahora descubrimos que Dios dice en la Cruz: Soy el que me doy plenamente,  soy el que me entrego hasta el vacío total (me vacío y regalo a mí mismo), para que los hombres sean. En ese sentido, en la muerte de Jesús descubrimos la muerte de Dios, no en el sentido de desaparición o fracaso, sino en el sentido de plenificación.

En esa línea podemos hablar del sacrificio de Jesús, o quizá mejor del sacrificio del mismo Dios, pero no en el sentido de tener que morir por imposición de otro, como si Dios se saciara con la sangre de otros (¡en línea sádica!), sino todo lo contrario. Esto que llamamos con cierto miedo “sacrificio”, es simplemente el amor generoso y creyente. El amor generoso que da todo lo que es y lo que tiene, para que los otros sean, el amor creyente, que confía en el otro a quien se da, dando todo lo que tiene,  sabiendo que en eso está la vida verdadero, la esperanza de amor.

De esa forma, en la muerte de Jesús descubrimos lo que está siendo Dios (¡el ser de Dios, si se permite esa palabra). Esta es la paradoja cristiana, el sentido de la gran confesión de fe que dice: ¡Dios es amor!  y ¡tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo, es decir, que el mismo Hijo se entregó a sí mismo! (cf. Rom 8, 32; Jn 3, 13).  En esa línea podemos afirmar y afirmamos que éste es el mesianismo de Dios, ésta es revelación de Dios que es vida que se entrega por los hombres. Así podemos hablar de una muerte teológica, entendida en sentido radical, no como fracaso de Dios, sino todo lo contrario, como pascua de Dios, del Dios que triunfa y crea dándose a sí mismo, que vive dando vida.

En este contexto se unen nacimiento y muerte… y sólo así podemos hablar de “encarnación” de Dios en Cristo.  Jesús termina de nacer precisamente aquí, culmina su “nacimiento” muriendo (entregando la vida). Y de esa forma “nace Dios” en su entrega a favor de la humanidad, de esta humanidad concreta, a la que Dios ama. Por eso, este Dios no es un ser que se ama a sí mismo (amor de amor), ni aquel que se piensa a sí mismo, como dice Aristóteles (gnosis gnoeseôs), sino aquel que ama totalmente al “otro” (que es Jesús, que es la humanidad a la entrega su propia vida).

El drama de la Biblia (que puede y debe interpretarse así como “drama de Dios”) está centrado en el sentido  de esta muerte, por la que Dios se entrega del todo (en y por Jesús) a los mismos hombres pecadores, para que ellos sean en Dios (¡en la vida!), a pesar de que ellos habían han querido cerrarse en sí mismp (¡pecado!). Esta es la generosidad de Dios que ha querido dar su vida, darse a sí mismo, en (por) Jesús a los hombres, no para perderse en ellos, sino para hacerles vivir, y vivir en ellos, como “Resurrección” de la muerte: Allí donde la vida se regala hay resurrección (hay triunfo de la vida).

Jesús ha descubierto de algún modo ese misterio de Dios que es muerte-resurrección, y de esa forma ha dado su vida, se ha regalado totalmente, poniéndose en las manos misteriosas de Dios.   Pues bien, apoyado en la esperanza de profetas y videntes, Jesús ha estado dispuesto a morir y ha muerto por la verdad y realidad del reino, es decir, por Dios (=cumpliendo la voluntad de Dios, que no es que se sacrifiquen otros, sino sacrificarse él a sí mismo, para que los hombres sean).

Así ha entregado y culminado su existencia, en actitud de intenso amor y sufrimiento (cf. tema 19). De esta manera, la muerte de Jesús viene a mostrarse como plenitud y culmen de toda su existencia: Muere porque na nacido, y muere de esta forma (en una cruz, rechazado por los poderes de la historia de muerte de los hombres) porque ha vivido de esa forma: Poniendo su vida al servicio del Reino, curando a los enfermos, acogiendo a los pobres. Esa muerte   define y confirma lo que ha sido el nacimiento, el proceso de su vida, su apertura a Dios y hacia los hombres. ¿Existe un Dios que acoge su persona? ¿Tiene sentido lo que ha hecho en favor de los demás, como verdad del reino? ¿Permanece Jesús mismo, resucita, más allá de nuestra historia bloqueada por la muerte? Estas son las preguntas que Jesús mismo plantea con su muerte, desbordando así el nivel de nuestra historia.

 

  1. Jesús, la resurrección de entre los muertos.

 

Por todo lo anterior, en un nivel de hondura radical, acogemos y entendemos la muerte de Jesús como resurrección.  La pascua no es una especie de post-historia, algo que viene solamente al final termina (después de nacer-vivir-morir), sino aquello que, viniendo en un sentido “después”, es la hondura y verdad de la misma historia, es decir, del camino de entrega de la vida. Eso significa que Dios no se entrega y muerte al final, para resucitar después, sino que está siendo desde siempre vida que se entrega y resucita, don-de-sí, aquel que es-dándose, tal como se despliega y descubre en Jesús, plenamente.

Ciertamente, en un sentido, viendo las cosas desde nuestra “historia”,   antes de la experiencia tal de Jesús, había lo que he venido indicando, la vida de los hombres, en sus tres momentos (nacer-vivir-morir), pero no se podía hablar aún de resurrección. Había ciertamente proyectos, había frustraciones y esperanzas, que parecían cerradas siempre por la barrera inexorable de la muerte, a no ser que proyectáramos para el más allá un tipo de inmortalidad del alma o de inmersión del hombre en lo divino. Pero la muerte y resurrección de Jesús  ha roto esa barrera (rompiendo no sólo ese foso de la muerte, sino el gran muro que separaba a judíos de gentiles, de tal forma a él (a Jesús) le podemos definir como «resurrección de entre los muertos» (Jn 11, 25; cf. 1 Cor 15; Ef 2, 14…).

En un determinado aspecto, mirando las cosas desde este lado de la “barrera”, la resurrección es un después, como in-versión y cumplimiento del camino que llevaba hacia la muerte. En ese sentido podemos y debemos afirmar que sólo puede resucitar (re-tomar la vida)  aquel que la ha dado: sólo aquel que la ha perdido puede hallarla. Pero, en otro sentido, aquello que se revela y realiza en Jesús constituye la verdad (el sentido y plenitud) de la “verdad eterna” de Dios,  tal como se formula en la teología trinitaria, cuando se dice que el Dios inmanente (en sí, en su propia eternidad de amor) es el mismo Dios o trinidad económica, es decir, el Dios de la historia (de la economía de la salvación). En este contexto podemos fijar tres afirmaciones principales:

 

  • La pascua es inversión de la muerte. Esto es lo que celebra ante todo la liturgia cristiana, al decir que es la victoria de la vida, don de Dios, precisamente allí donde, en una perspectiva intra-mundana, podernos decir que la historia ha terminado (tras el “fracaso” davídico de Jesús, que Pablo ha formulado diciendo que Jesús ha sido hijo de David según la carne). Eso significa que, en sentido estricto, el mesianismo davídico de Jesús no se ha cumplido, pues le han matado. Pero precisamente en esa muerte Jesús ha revelado que la la vida verdadera es don, es fuente de resurrección.
  • La pascua es nuevo nacimiento, pero de manera que los hombres ya no nacen de unos padres anteriores (en la historia de las genealogías del Antiguo Testamento), sino que nacen de su propio pasado personal, en el Dios que les acoge como a Cristo, renacen ellos mismo, en Dios, recuperan en plenitud lo que fueron en fragilidad y muerte, pero no para vivir aislados en un cielo superior, sino para expresarse y actuar como semilla de vida, en la misma historia de los hombres. En ese sentido podemos y debemos afirmar que la resurrección se realiza en la misma historia, en un nivel de profundidad, porque los que mueren (especialmente las víctimas) siguen presentes como germen de vida en la vida de los hombres, como Jesús y con Jesús, el gran Resucitado, que vive en Dios viviendo por su “Espíritu” en la historia de los hombres.
  • La pascua es recuperación y cumplimiento de la propia libertad. En el camino de la historia había libertad, pero parcial, amenazada, vacilante. Sólo tras la muerte, como signo y expresión definitiva de gracia, viene a realizarse aquello que podríamos llamar la libertad liberada, es decir, la plenitud de la existencia. Por todo lo anterior, la resurrección (siendo un después) viene a expresarse en forma de presente que perdura, es decir, que sigue actuando en la historia.

 

En esa línea decimos que Jesús resucitado sigue siendo un hombre, no se ha diluido en Dios; por eso su presente pascual no se puede confundir con un tipo de eternidad supratemporal de lo divino. Quizá pudiéramos decir que Jesús resucitado pertenece a la hondura radical del tiempo, pero al tiempo redimido que ha alcanzado su quietud y nunca se termina. En este aspecto, su resurrección no es un retorno a un tipo de existencia eterna que él tendría en el tiempo sin tiempo de Dios. Por la resurrección, Jesús asume (posee) un tipo de humanidad pascual, es decir, él viene a mostrarse como plenitud de la nueva humanidad resucitada.

Así añadimos que  Jesús se ha realizado hasta el final como individuo, culminando su existencia y su verdad humana. Pero, al mismo tiempo, ese Jesús es fundador de nueva humanidad: es hombre abierto a todos los humanos, de manera que ofrece salvación y plenitud universales.  Así puede formularse, de un modo aproximado, la experiencia fundante de la pascua: la vida de Jesús puede extenderse, como gracia salvadora, hacia los hombres y los pueblos de la tierra. Así lo han entendido de manera todavía parcial y progresiva los primeros creyentes de Jerusalén. Así lo han descubierto los fieles helenistas de Hch 6-7. Así lo han proclamado Pablo, Mateo (cf.  28, 16-20) y los restantes evangelios. Jesús resucitado puede presentarse como Cristo, hijo de hombre, señor, hijo o salvador… En todos estos casos aparece como «hombre universal» que funda la nueva humanidad reconciliada.

 

6 Responses to “PASCUA DE JESÚS, EL HOMBRE VERDADERO”

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    La única respuesta es

    TLDR

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