PASCUA 2018. Canto al amor (1 Cor 13)

miriam[2]  El redactor de la carta Primera a los Corintios ha recogido e introducido en el contexto de la discusión de Pablo sobre los “carismas” o gracias del Espíritu de Pascua este gran canto al amo, entre 1 Cor 12 y 1 Cor 14, capítulos que  están dedicados a los ministerios y servicios de la comunidad. En ese contexto se sitúa  1 Cor 13, el gran canto al amor pascual,  una de las páginas más importantes de la antropología y teología cristiana. .

La introducción (1 Cor 12, 31) empalma el canto con los temas anteriores de la iglesia

− Estimad los dones (carismas) más importantes

Y aún os voy a mostrar el camino por excelencia (12, 31)

(1) 13, 1-3. Entorno. El amor es lo único valioso.

  1. Si hablara las lenguas de los hombres y los ángeles,

si no tengo amor, sería como metal que resuena o címbalo que retiñe.

  1. Y si tuviera profecía y viera todos los misterios y (tuviera) toda la gnosis

y si tuviera toda la fe, hasta para trasladar montañas,

si no tengo amor, nada soy.

  1. Y si repartiera todos mis bienes

y entregara mi cuerpo para ser quemado,

si no tengo amor, nada sirve (13, 1-3)

(2) 13, 4-7. Centro: cualidades del amor, personificado como poder divino.

  1. El amor tiene gran ánimo, el amor es bondadoso;
  2. no tiene envidia, no se jacta, no se engríe,
  3. no se porta indecorosamente, no busca su propio provecho,
  4. no se irrita, no piensa en el mal;
  5. no se alegra de la injusticia, sino que se alegra con la verdad;
  6. todo lo cubre, todo lo cree, todo lo espera,
  7. siempre permanece (13, 4-7)

(3) 13, 8-12. Permanencia del amor, victoria sobre el tiempo.

El amor nunca cae.

  1. La profecía desaparecerá; las lenguas cesarán, la gnosis desaparecerá.

Pues sólo conocemos en parte y sólo en parte profetizamos

pero cuando llegue lo perfecto desaparecerá lo que es parcial.

  1. Cuando era niño hablaba como niño, sentía como niño, razonaba como un niño.

Pero cuando me hice adulto abandoné lo que era de niño.

c’. Ahora vemos como en un espejo, en enigma (borrosamente;)

entonces, en cambio, veremos cara a cara.

ahora conozco sólo parcialmente,

pero entonces conoceré como he sido conocido (por Dios). 

La conclusión (13, 13-14), abre un nuevo camino, aplicando los temas del amor a la vida de la iglesia.

Permanecen, pues, la fe, la esperanza y el amor, estas tres realidades,

pero la más importante de todas es el amor.

Buscad el amor, estimad los dones más importantes (14, 1a)

 

   

 

diccionario-de-la-biblia Esta es la revelación del amor, que no se identifica ya con una tarea más, sino que es el alma y sentido de todas las experiencias cristianas. Significativamente, este canto no cita a Dios ni a Cristo (en contra de lo que sucede en otros textos que hablan del amor de Dios o de Cristo: cf. Rom 5, 5.8; 8, 35.39; 2 Cor 5, 14); es como si Pablo quisiera dialogar aquí con el ancho mundo de la experiencia religiosa y de la gracia, por encima de las diferencias confesionales, hablando así del amor humano. Pero, a la luz de todo lo que venimos diciendo, este es un canto al hombre del hombre que vive en Dios, tal como los cristianos lo descubren en su iglesia, en una experiencia que ellos quieren abrir al mundo entero.

En ese sentido decimos que el amor del habla Pablo es una antropofanía (revelación del hombre) siendo teofanía o revelación de Dios que penetra por Cristo en la intimidad de los hombres, para que dialoguen y vivan en gratuidad. Este es un canto antropológico: expresa el sentido del hombre, como ser que se funda en la gracia de Dios y supera el nivel de la lucha sobre el mundo. Ante este amor se vuelven secundarios los carismas de aquellos que quieren sobresalir por su don de lenguas (los que dicen conocer todo misterio o trasladar montañas) o por sus ministerios, por el don de la palabra o de la administración eclesial. Pablo no quiere una iglesia de héroes en religión y en experiencia carismática. No busca virtuosos de la ascética o mística, sino personas capaces de amar en gratuidad. Desde este fondo podemos estudiar ya en concreto cada una de sus partes del canto.

 

  1. 1 Cor 13, 1-3. Entorno y riesgos del amor: mística, profecía, martirio. Los psicólogos suelen distinguir cinco tipos de amor (paterno-materno, filial, erótico-matrimonial, de amistad y fraternidad). Puede haber también otros tipos: amor de camaradas, compañeros, compatriotas etc. Se puede hablar también de los distintos contextos culturales y religiosos del amor, en línea de compasión (budismo), de identidad cósmica (tao), de identificación mística (hinduismo), de misericordia (judaísmo e Islam) etc. Todo eso puede proyectarse en el texto, lo mismo que los problemas de los cristianos de Corinto a los que Pablo está respondiendo. Pero su respuesta, expresada en forma de canto, desborda los niveles particulares, para trazar una visión universal del amor, que puede y debe aplicarse en todos los contextos eclesiales y sociales, religiosos y culturales. Pablo no apela aquí a ninguna palabra confesional (no dice nada específico sobre Dios o sobre Cristo). Todo su discurso es simplemente humana: es el canto a un amor universal, que puede aplicarse a todas las religiones, en todas las ocasiones de la vida, en todas las formas concretas de amor (amistad, matrimonio, fraternidad…)..

Algunos cristianos de Corinto habían pensado que la aportación fundamental de la antropología cristiana consistía la experiencia extática (hablar en lenguas); de esa forma se sentían superiores a otros fieles, que no lograban orar como ellos y hablar en palabras que son propias «del mundo de los ángeles». Otros, en cambio, valoraban más la profecía y la colocaban en el centro de la vida de la iglesia, como expresión de plenitud y perfección más alta. De esa forma, unos se enfrentan con los otros, corriendo el riesgo de convertir la comunidad en campo de disputa en torno a la perfección suprema. Había, finalmente, otros que pensaban que lo más importante es la entrega externa de los bienes y la vida. Estos también convertían la antropología en una especie de carrera por la perfección. Pues bien, Pablo descubre que todos ellos corren el riesgo de perder lo más importante: la experiencia del amor, entendido como vinculación universal y gratuita.

Al destacar esos riesgos, Pablo nos sitúa ante las tres grandes falacias de un amor aparente, que toma en la iglesia «formas de bondad» para engañar mejor a los hombres. De esa forma realiza un ejercicio fuerte de sospecha (nos enseña a descubrir lo malo que se esconde en aquello que parece bueno). No combate así el mal de los malos, aquello que se ve a primera vista como perverso, sino el mal de los buenos, el riesgo de hipocresía ideológica de aquellos que aprovechan unas formas exteriores que parecen buenas para elevarse sobre los demás. Pablo no le tiene miedo al pecado, pues quiere que la iglesia sea lugar donde se acoge (como hacía Cristo) a los pecadores y excluidos, sino al engaño del amor, que se disfraza de obra buena, para destruir a los creyentes. Desde este fondo podemos volver ya a nuestro texto, para evocar más en concreto sus tres unidades principales, entendida ya como expresión de un amor universal que puede aplicarse en todas las culturas religiosas y sociales[2].

 

  1. Si yo hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles (13, 1). La primera ideología o falsedad del amor está vinculada a una perfección mística, que se auto-declara importante, pero que es sólo una palabra vacía, propia de aquellos que dicen conocer y hablar las lenguas de los hombres (en plano de mundo) y de los ángeles (en plano de perfección espiritual). Estos son los que todo lo hablan, dominando los lenguajes, con apariencia de verdad y superioridad, para sentirse a sí mismos perfectos, para imponerse de esa forma a los demás, pobres hombres de la baja tierra, que se sienten incapaces subir a esas alturas. Estos hablantes de lenguas son hombres y mujeres poderosos, en línea individual o social. Pablo no niega ni discute sus capacidades, pero nos diría que ellas pueden alcanzarse con medios psicológicos, para-psicológicos (de penetración mental), e incluso demoníacos (de posesión diabólica). Estos expertos en lenguas escuchan y hablan de un modo altivo, llegando incluso a creerse lo que dicen (son ‘creídos’ en el sentido radical de la palabra). En nuestro tiempo se podría afirmar que controlan las redes informáticas, los grandes canales de la propaganda, como si fueran dueños de la palabra universal, y en algún sentido lo son: la voz de sus falsas campanas parece la única que suena en todo el mundo. Pero esa es palabra de pura propaganda, al servicio de sí mismos. En realidad están vacíos, no tienen nada que decir, son como metal que suena sin contenido humano, o con el contenido de la violencia dominadora (del bronce de campana hecho cañón para la guerra)[3].
  2. Y si yo tuviera profecía… (13, 2). Posiblemente, esta segunda unidad trataba, en principio, sólo de la profecía, pues de ella y de las ‘lenguas’ en la iglesia se ocupa todo el capítulo siguiente (1Cor 14). Pero Pablo, o la fuente que él emplea, ha ensanchado el sentido del tema, construyendo desde aquí un espléndido retablo de virtudes o poderes superiores (profecía, gnosis, fe) que se pueden convertir en vicios y vacío (son nada, me hacen nada) si es que en ellas falta el amor. (1) Si yo tuviera profecía… En sentido externo, la profecía es algo que se tiene, como cualidad que se posee, sin que ella se identifique con la propia persona. Por eso, acabará diciendo el texto: el que tiene profecía y no ama está vacío, es una simple voz ambulante, pura máscara sin interioridad[4]. (2) Y si yo viera todos los misterios y toda la gnosis… La profecía, especialmente en los apocalípticos (como los autores de los libros de Daniel o Henoc apócrifo) está llena de revelaciones, de tal forma que, en tiempos de Jesús, los profetas eran consideramos videntes que penetraban en los misterios (que expresan lo que ha de ser al fin de los tiempos) y en la gnosis (que es, en el fondo, el conocimiento del Dios escondido). Pues bien, Pablo dice no sólo que ha visto a Jesús resucitado (cf. 1 Cor  15, 3-7), sino que ha sido raptado al tercer cielo donde ha contemplado y escuchado cosas indecibles (2 Cor 2, 1-11), conforme a una estrategia de ascenso celeste que el judaísmo posterior ha desarrollado de un modo abundante Pero, al mismo tiempo, sabe que una visión sin amor es nada o menos que nada, es mentira[5]. (3) Si yo tuviera fe hasta para trasladar montañas… Pasamos de nuevo del ver (misterios, gnosis) al tener, aplicado ahora a la fe. Estrictamente hablando, este lenguaje no parece propio de Pablo, que no concibe la fe como algo que «se tiene» (posesión de la que uno puede estar orgulloso), sino como algo que «se es», en gratuidad y donación de vida. Pero aquí, lo mismo que en 1 Cor 12, 9, Pablo habla de fe (pistis) como de un don especial, propio de algunos que pueden hacer cosas milagrosas, en el sentido de aquella fe que mueve montañas, de la que trató el mismo Jesús (Mt 17, 20 par). Pues bien, esa fe puede vaciarse de sí misma, convirtiéndose en pura máscara externa sin amor, como sabe el mismo evangelio (cf. Mt 7, 22)[6].
  3. Y si yo repartiera todos mis bienes… De las lenguas (mística) y de la profecía (visiones) pasamos al nivel de la comunicación económico-personal. Muchos piensan que las cosas se arreglan con dinero y en parte tienen razón, como la misma Biblia sabe cuando pide que demos a los pobres aquello que tenemos, para que así puedan saciar sus necesidades (cf. Mc 10, 17-22; Mt 25, 31-46). Pero el simple dar material no es suficiente, como saben también los textos anteriores: hay que dar como Jesús (cf. Mc 10, 17-22), iniciando un camino que lleva no sólo a la mesa común sino a la acogida de los extranjeros y a la liberación de los encarcelados (Mt 25, 31-45). En el fondo del relato de las tentaciones parece expresarse un diablo comerciante y político, capaz de convertir las piedras en pan y de organizar el mundo según ley (sistema), pero en contra del amor, con el fin de tener a todos mejor sometidos (Mt 4; Lc 4). En esa línea se sitúa este pasaje, cuando habla de un engaño de los que sólo dan dinero, pues se buscan a sí mismos al hacerlo, y de un engaño del martirio de aquellos que convierten su entrega en una forma de imposición sobre los otros. Este es el lugar de la patología del amor, el lugar del engaño supremo de los que parecen emplear medios mejores y más desprendidos (costosos) para así imponerse por encima de los otros[7].
  1. 1 Cor 13, 4-7. Cualidades del amor. Un canto emocionado. Dentro de un esquema argumentativo, hubiera sido lógico que Pablo volviera a tratar de las tres cuestiones anteriores, pero de manera positiva, presentando las condiciones y efectos del amor en el contexto de la mística, la profecía y la entrega de la vida, para aplicarlas luego a la disputa eclesial entre los partidarios de las lenguas y la profecía. Pero no lo ha hecho, sino que ha venido a situarse en otro plano (como hemos visto en Rom 11, 33-36), elevando una especie de canto universal al amor. Conforme a lo indicado, Pablo no apela aquí a Dios ni a Cristo, ni elabora un discurso confesional (como parecería lógico), sino que se sitúa en un plano antropológico abierto, que puede aplicarse a todas las religiones o culturas, a todas las condiciones familiares o sociales, expresando para todas ellas el sentido del amor como ágape[8].

Este es un canto al agapê, al amor que se abre a los de fuera (a los enemigos), siendo, al mismo tiempo, un gesto de vinculación muy cercana, dirigido a los amigos creyentes. Este es un amor siempre gratuito (como se muestra en la entrega de Jesús), siendo, al mismo tiempo, capaz de unificar a los diversos miembros de un grupo (de una iglesia) y de vincular a los antes enemigos. Pablo no está hablando aquí de una pura emoción sentimental, ni de un principio de unidad erótico-filosófico (como Platón en su Banquete); tampoco habla de la vinculación legal de un grupo de personas (como en cierto judaísmo), sino del amor que es más cercano y gratuito, siendo, al mismo tiempo, principio de unidad social de unos creyentes que desbordan por dentro los límites confesionales (eclesiales) para abrirse a todos los hombres. Estos son sus rasgos:

 

  1. El amor tiene gran ánimo, el amor es bondadoso. He querido mantener el sentido más preciso del primer verbo, relacionado con la palabra griega makro-thymía (makroqumi,a|), que significa de gran thymos o ánimo; en castellano podríamos decir que el amor es muy animoso, long-ánime, aunque muchas traducciones ponen paciente, en el sentido de capaz de aguantar y mantenerse. Ambos sentidos, el más activo (animoso, longánime) y el más receptivo (paciente), son apropiados y expresan la capacidad de aguante y la potencia creadora del amor, que se mantienen allí donde todas las restantes cualidades fallan o se acaban. En ese sentido decimos que es bondadoso (crhsteu,etai), con el matiz de útil: aquello que siempre sirve y siempre vale.
  2. No tiene envidia, no se jacta, no es engríe. De las notas positivas (es animoso, bondadoso) pasamos a las negativas, que nos irán acompañando a lo largo de todo el encomio, pues del amor decimos mejor lo que no es que lo es. La primera dificultad que el amor debe superar es la envidia, de la que hemos hablando al comentar la muerte de Jesús, aunque allí se empleaba la palabra phthonos (Mc 15, 10: fqo,noj) y aquí dsêlos (1 Cor 13: zh/loj); pero ambas tienen un sentido semejante. La envidia es aquella actitud o vicio que me lleva a enfrentarme a los otros para destruirles (pues siento que me impiden ser yo mismo) o para utilizarles, poniéndoles bajo mi dominio. Frente a la envidia está el descubrimiento gozoso del otro en cuanto distinto, y el gozo de que sea, de que viva, de que triunfe. En este sentido, el amor nos capacita para salir de nosotros mismos, transformando la envidia mimética (que es vivir a costa de los otros, dependiendo de ellos o luchando contra ellos) en comunión gratuita. Por eso, el que ama no se jacta ni engríe, es decir, no se encierra en sí mismo, para imponerse ante los demás, en gesto de miedo perpetuo (tengo que elevarme sobre los demás para sentirme seguro), sino que al gozarse en los otros descubre también su propio valor y no tiene que luchar por conseguirlo ni imponerse a los demás.
  3. No se porta indecorosamente, no busca su propio provecho. Portarse indecorosamente se dice en griego a-skhêmonein (avschmonei/n) romper el esquema o la forma apropiado de existencia, en otras palabras, quebrar el equilibrio de la vida, romper una armonía que nos permite convivir. En sentido positivo, eso significa que el amor vincula, traza puentes, de manera que ofrece a cada uno un lugar en la vida, un espacio decoroso y digno, en humanidad, distinto para cada uno, apropiado para todos. El skhêma (=esquema o decoro) del amor, puede resultar diverso en las diversas circunstancias, de manera que lo que en un momento o lugar parece decoroso (que las mujeres vayan veladas en la calle o que no asuman trabajos público) resulta indecoroso en otros. Hay, sin embargo, un decoro fundamental, que se expresa en la segunda parte del texto: «el amor no busca su provecho propio». Esta es la melodía firme, esta es la base del amor: que cada busque el bien de los otros, no el propio, que piense, sin cesar, en lo que al otro le conviene, no según mi esquema, sino según el suyo. Para eso es necesario que el amor dialogue, que dialoguemos en igualdad, escuchándonos unos a los otros, para así conocer lo que nos piden o quieren de nosotros.
  4. No se irrita (ouv paroxu,netai), no piensa en el mal. En el caso anterior se suponía que hay un orden o decoro, que se expresa allí donde se busca el bien ajeno. Ahora se supone que la vida de los hombres se encuentra amenazada por una gran irritación o paroxismo (paroxusmo.j) de violencia. Los apocalípticos eran expertos en descubrir los cauces y meandros de una ira, irritación y rabia que parecía amenazar la existencia de los hombres sobre el mundo. Pues bien, Pablo sabe que contra la irritación sólo existe un remedio: el amor que se expresa y mantiene en forma de concordia, como ha mostrado al hablar de los frutos del Espíritu (amor, gozo, paz: Gal 5, 22). Sólo en este contexto se puede añadir: no piensa en el mal, no toma en cuenta el mal que le hacen. Esta formulación nos lleva al centro del Sermón de la Montaña, donde Jesús pedía que no respondamos al mal con lo malo, sino que perdonemos a los enemigos (Lc 7, 27-36). Así lo ha dicho el mismo Pablo en Rom 12, 17, al proclamar el perdón que nace del amor y que supera la violencia con la paz interior (no se irrita) y que renuncia a responder a la violencia con violencia. El hombre que ama recupera de algún modo la inocencia primera del paraíso: ni siquiera piensa en el mal, porque es como si no fuera; piensa sólo en lo bueno y así goza, haciendo gozar a los otros
  5. No se alegra de la injusticia, sino que se alegra con la verdad. Frente a la envidia, contra la falta de decoro y la irritación anterior, se eleva ahora la injusticia, como riesgo básico de un mundo amenazado por la mentira y lucha de todos contra todos. Injusticia (a-dikia: avdiki,a|) es aquello que va en contra de la dikaiosyne, tanto en el sentido griego más extenso (orden social), como en el bíblico más hondo, que Pablo ha puesto de relieve: la acción salvadora y gratuita de Dios. Es evidente que la injusticia existe y se extiende, como sabía Rom 1, 18 cuando hablaba del pecado de los hombres que, por su injusticia, han impedido que la verdad (avlhqei,a|) de Dios se manifieste. Aquí tenemos las mismas palabras. Alegrarse en la injusticia significa asumir la maldad de los hombres y aprovecharse de ella, para provecho propio. Frente a esa alegría del mal, que extiende y ratifica sobre el mundo la violencia, se eleva aquí, ya en forma positiva, la alegría por la verdad, entendida como gozo más alto del amor. Lo opuesto a la injusticia no es sin más la justicia, sino la verdad o fidelidad de Dios, que se muestra divino al amar, fundando así la más alta alegría que consiste en vivir en trasparencia.
  6. Todo lo cubre, todo lo cree, todo lo espera. Se ha solido decir «todo lo soporta» y la traducción es buena, pero he querido mantener el matiz de ‘cubrir’, vinculado al sentido originario de la palabra stegê (ste,gh: cubierta, tejado), de la que proviene el verbo que se emplea aquí (stegei: ste,gei). Igual que un tejado cubre la casa y permite que sus habitantes vivan al resguardo de viento y lluvia, así el amor resguarda y cubre a los amantes del todo y para siempre. El amor es esa cobertura de Dios que mantiene protegida nuestra vida, libre de la irritación y la tormenta de los tiempos, en fe y en esperanza. Por eso se añade que el mismo amor lo cree todo, todo lo espera (recordemos que la fe tiene aquí sentido distinto del que tenía en 1 13, 2, donde significaba un poder externo de hacer milagros). Fe y esperanza son aquí expansiones del amor, porque sólo el amor es capaz de confiar siempre (de ponerse en manos de Dios, estando en manos de los otros) y de mantenerse a la espera, sabiendo que la vida es camino de Dios. El texto ha repetido tres veces una palabra esencial (panta: pa,nta), que hemos traducido por todo, pero que, en sentido estricto, significa también siempre[9].
  7. Siempre permanece. Aquí se repite una vez más panta, que antes significaba todo y ahora siempre, para indicar que el amor nunca acaba, como realidad primera y final, que se identifica con Dios y que se expresa en forma de camino duradero y plenitud para los hombres. Al decir que permanece (hypomenei: u`pome,nei) no se quiere indicar que aguanta simplemente de un modo pasivo, sino que se mantiene firme, de manera activa, en todo tiempo y lugar (en el doble sentido a la palabra panta). Quizá pudiéramos añadir que el mismo amor es esa paciencia creadora, dando a esa palabra el sentido que recibe el nombre de la misma raíz (hypomonê: u`pomonh/|) en el Apocalipsis (cf. Ap 1, 9; 13, 10; 14, 12): en medio de la gran lucha de la historia permanece y triunfa la paciencia del amor que es Dios y que se revela en los creyentes, es decir, en aquellos que son fieles al Cordero sacrificado. Pero en 1 Cor 13 Pablo no habla del Cordero-Cristo, ni de otros motivos confesionales, sino de amor universal, abierto a todos los hombres, un amor que siempre permanece. Todas las realidades del mundo cambian, todas se acaban y muere. Sólo la paciencia activa queda, como presencia y permanencia de un amor, que todo lo cubre, lo cree y lo espera, superando así el desgaste del tiempo y revelando en medio de esta vida de engaños el rostro verdadero de los hombres (es decir, del mismo ser divino).
  1. 1 Cor 13, 8-13. El amor nunca cae. Exilio y patria. El canto anterior terminaba diciendo que el amor lo cubre todo (como tejado firme, que cobija lo que está bajo su amparo) y siempre permanece (porque tiene el poder de la paciencia duradera). El nuevo pasaje retoma ese motivo, para desarrollarlo de un modo aclaratorio. Por eso empieza con una frase programática, que condensa lo anterior e inicia lo que sigue: el amor nunca cae (ouvde,pote pi,ptei). Las realidades de este mundo se derrumban, todas caen con el tiempo (por ser tiempo), como sabe la tradición apocalíptica cuando alude a la catástrofe del fin del mundo (Mc 13, 25: «los astros del cielo caerán…». Esta experiencia de la fragilidad de las cosas que se derrumban y caen angustiaba al hombre antiguo, lo mismo que al moderno. Da la impresión de que, para no morir, queremos resguardarnos a través de las cosas que hacemos, de las guerras que emprendemos, de las riquezas que ganamos… Pero todas pasan y caen. Sólo el amor permanece sin derrumbarse[10].

Mueren las viejas culturas de pueblos milenarios, grandes partes del mundo se desangran en hambres y guerras visibles o escondidas, los estados modernos de occidente están perdiendo su justificación, avanza la marea de nuevas  violencias pero, sobre todo, avanza y crece el huracán de globalización que parece arrasarlo todo con su opresión y su muerte, empezando por matar a los más pobres. Muchos piensan que la misma iglesia milenaria, en sus formas actuales, se encuentra herida de muerte, lo mismo que el tipo actual de religión musulmana o cristiana. Pues bien, en este contexto de trance y gran acabamiento en el que muchos (una mayoría) repiten las palabras viejas de «comamos y bebamos que mañana moriremos» (1 Cor 15, 32), se eleva nuestro texto y dice: el amor nunca cae. Esta permanencia del amor define la antropología escatológica, que Pablo expondrá de manera temática en 1 Cor 15. Aquí aparece expresada en cuatro partes. Las tres primeras están relacionadas en forma de tríptico (a, b, a’), en torno a la figura del niño que crece y se hace hombre «perfecto». La última ofrece una especie de resumen de lo anterior, a partir  de las tres virtudes teologales (fe, esperanza, amor).

 

  1. De la profecía imperfecta al conocimiento pleno (1 Cor 13, 8-10). El capítulo anterior (1 Cor 12) y el que sigue (1 Cor 14) gira en torno a la profecía y al don de lenguas, como sabemos ya. Ambos dones han aparecido antes ambiguos, pues podían desligarse del amor y convertirse en apariencia y nada (13, 1-3). Pues bien, ahora vienen a presentarse como imperfectos en un sentido histórico: «La profecía desaparecerá, las lenguas cesarán, la gnosis desaparecerá. Pues sólo conocemos en parte y sólo en parte profetizamos; pero cuando llegue lo perfecto desaparecerá lo que es parcial». Don de lenguas, gnosis y profecía expresan un conocimiento inicial y parcial, son signo de un mundo tanteante que busca la plenitud, que aquí aparece como perfección (lo que es teleion: to. te,leion). Pues bien, esa perfección, a la que aspira el cosmos (cf. Rom 8), se identifica en el fondo con el amor; por eso, cuando el amor llegue pleno cesará todo lo restante.
  2. Ejemplo del niño que se hace mayor (13, 11). Los evangelios sinópticos han dado al niño un sentido y estatuto religioso, haciéndolo signo del Reino de Dios, con todos los pequeños de la tierra (cf. Mc 9 33-37; 10, 13-16). Pablo, en cambio, ha empleado el tema en otro sentido: el niño es heredero de los bienes del padre, pero mientras sea menor de edad se encuentra sometido a los poderes de este mundo, que son como administradores y ayos, que organizan y resuelven los asuntos en su nombre; sólo cuando alcance la mayoría de edad, el niño podrá ser dueño de sí mismo y decir Padre, en libertad de amor (Gal 4, 1-7). La misma experiencia subyace en nuestro texto: «Cuando era niño hablaba como niño, sentía como niño, razonaba como un niño. Pero cuando me hice adulto abandoné lo que era de niño». Profecía, don de lenguas y gnosis son experiencia y tanteo de niños que aún no han crecido y que viven a medias, bajo la ilusión de su conocimiento parcial, bajo el dominio de los mayores. El amor, en cambio, se interpreta como mayoría de edad, descubrimiento y cultivo de la libertad al servicio de la vida[11].
  3. Vemos como en un espejo. Conocimiento pleno (13, 12-13). Este pasaje vuelve al tema del conocimiento parcial (de ahora) y perfecto (del final) que destacaba el texto anterior, pero lo hace de manera más explícita y teológica, como culmen de esta sección y de todo el capítulo (1 Cor 13): «Ahora vemos por un espejo, en enigma, entonces, en cambio, cara a cara. Ahora conozco parcialmente, entonces conoceré como he sido conocido». El ahora, tiempo de este mundo (que antes se hallaba definido por la profecía y el don de lenguas, con un conocimiento imperfecto), aparece aquí simbolizado por la imagen de un espejo borroso, que no nos permite descubrir el sentido más hondo de la realidad, de manera que sólo vemos imágenes confusas, enigmáticas, que nos obligan a estar como adivinando la verdad más honda. Parecemos así condenados a un conocimiento parcial, como niños que quieren ser grandes un día y conocer lo que ha sido y será, para volverse dueños de sí mismos. Pues bien, en medio de este mundo enigmático tenemos una seguridad superior, algo que es firme, la certeza el amor, que es anticipo del futuro, comienzo de paraíso. El amor abre, por tanto, la puerta del cielo, anunciándonos la llegada de un tiempo en que veremos cara a cara, conoceremos como somos conocidos… Veremos cara a cara significa que encontraremos a Dios en amor, conforme a la imagen de bodas finales que ha desarrollado Ap 21-22. Conoceremos como somos conocidos, es decir, veremos a Dios como él nos ve, penetraremos en el misterio de su entendimiento total, que es comunión de amor. Ciertamente, aquí se está aludiendo a Dios que nos conoce y a quien conoceremos, en trasparencia afectiva. Pero el texto no lo cita, sino que sigue situándose en un plano de universalidad de amor (de manera que en lugar de «Dios» podemos poner también la Vida, la Realidad fundante).
  1. 1 Cor 13, 13; 1 Cor 14. Síntesis y conclusión. Un amor para el diálogo en comunidad. Así llegamos a la síntesis final. Pablo ha dicho lo que tenía que decir. Solo le queda retomar el argumento y resumirlo, desde la perspectiva de las tres virtudes teologales, que definen la vida del cristiano: «Permanecen, pues, la fe, la esperanza y el amor, estas tres realidades, pero la más importante de todas es el amor» (13, 13). Permanecen significa «son»: importan y definen la vida del creyente y del hombre en cuanto ser de comunión. Ellas nos sitúan ante la totalidad del mensaje de Pablo y de la tarea cristiana. Por eso, si quisiéramos comprenderlas en plenitud, deberíamos estudiarlas en concreto y por extenso, desde el conjunto de la obra de Pablo. Pero al hacerlo desbordaríamos los límites de nuestra antropología.

Hemos querido estudiar el amor en 1Cor 13 y lo hemos hecho y, a manera de conclusión, nos basta con decir, como Pablo, que «la más importante es el amor», pues en amor y por amor se entiende toda la vida de los hombres, sin necesidad de que se nombre, en este plano, a Dios ni a Cristo. Con las últimas palabras de su texto, Pablo ha llegado a un fortísimo, a la nota más alta de la antropología personal y social. Este es el climax, la cumbre de todo lo que puede sentirse y decirse, de manera que después parece que no hay nada.

Pero la vida sigue, la historia de los problemas continúa. Por eso, como bajando de su éxtasis de amor, Pablo tiene que volver a las tareas de la organización concreta de la iglesia de Corinto, que ha dejado esbozados y pendientes al final de 1 Cor 12. Nuestro canto (1 Cor 13) ha sido como un paréntesis de profundización, el centro de un tríptico que le ha servido para fundar mejor la experiencia y vida de una comunidad concreta. Ahora, desde la profundidad así lograda, puede volver a los temas particulares de la iglesia de Corinto, que siguen siendo las disputas entre los especialistas en las lenguas (don extático, oración contemplativa) y los partidarios de la profecía.

De esta manera, al comenzar 1 Cor 14, Pablo baja de nuevo a la arena de las tareas diarios, después de haber celebrado las «bodas del amor completo». La gran contemplación antropológica (1 Cor 13) ha sido necesaria, pues sin ella corremos el riesgo de confundirlo todo y perdernos en disputas de barrio, de grupo pequeño. Pero luego, estando clara la teoría, siguen siendo importantes esas pequeñas discusiones entre místicos y profetas, pues ellas pertenecen a la tarea y camino de la antropología de la vida diaria de las comunidades humanas.

Esto ha distinguido a Pablo de otros posibles teóricos, que han elevado un canto al amor, pero luego han sido incapaces de organizarlo y aplicarlo a la vida diaria. Pablo lo ha hecho; más que teórico (¡cosa en sí fácil!) ha sido un promotor de amor, un hombre empeñado en crear comunidades de amantes, de hombres y mujeres que se unen por la gracia de la vida, superando el nivel de las disputas confesionales, nacionales o raciales. Es evidente que los problemas de aquel tiempo eran distintos de los nuestros, pues el lenguaje y condiciones de vida han cambiado. Pero, si miramos con más detenimiento, podremos descubrir que sigue habiendo entre nosotros grupos de grupos de personas como aquellas con las que Pablo ha dialogado: los místicos de las lenguas y lo profetas de la transformación social.

Los místicos de las lenguas quieren resolver los temas del mundo con palabras de sabiduría inspirada desde arriba. Algunos se sienten capaces de imponer su mística más alta sobre las disputas de la iglesia (o de otros grupos humanos), pero en el fondo tienden a imponerse ellos mismos, como poder sacral, por encima de las comunidades, olvidando sus problemas reales de los hombres y dictando sus propias respuestas desde fuera (para su provecho). Los profetas de la transformación social serían, en cambio, aquellos que intentan transformar el mundo sólo con acciones y servicios exteriores. Ciertamente, parecen capaces de ofrecer a los demás sus bienes e incluso su vida, pero lo hacen sin amor y de esa forma pueden terminar cayendo (igual que los místicos) en manos del puro sistema que parece dominar de manera universal sobre la tierra.

Pablo tuvo que situarse ante una comunidad que se hallaba amenazada por la disputa entre las  diversas tendencias antropológicas (místicas, proféticas, organizativas…). Pues bien, él quiso ofrecer, por encima de esas disputas, un principio más alto de comunicación,  de manera que los grupos existentes (judíos, griegos, romanos, bárbaros…) y de la iglesia (profetas extáticos, ascetas…) pudieran vincularse en un mismo amor, entendido como principio antropológico universal, fuente de reconciliación humana. Así quiso hacerlo, así lo hizo, moderando a unos, encauzando a otros, dirigiendo a todos al lugar donde es posible la comunicación y la confianza, en los barrios duros del puerto de Corinto, lleno de traficantes y prostitutas, trabajadores y parados. Precisamente allí, en la periferia de la gran ciudad de cruce, griega y romana, oriental y occidental, llena de judíos y excluidos sociales, quiso crear Pablo una comunidad de amor que ha sido y sigue siendo ejemplo para las iglesias posteriores[12].

NOTAS

[1]  Cf.: T. Söding, Das Liebesgebot bei Paulus. Die Mahnung zur Agape im Rahmen der paulinischen Ethik (NTA 26), Münster 1995; O. Wischmeyer, Der höchste Weg. Das 13. Kapitel des 1 Korintherbriefes (StNT 13), Gütersloh 1981.

[2] Las tres están construidas de la misma forma. Comienzan con una frase concesiva de carácter aparentemente positivo  (si hablara lenguas, si tuviera profecía, si diera mis bienes…), para afirmar después que, si falta el amor, todo eso nada. Este descubrimiento del mal que se enmascara en formas buenas, para así engañar a los ingenuos y a los pobres se llama hipocresía, y ha sido el pecado que Jesús más ha combatido (cf. Lc 12, 1; Mt 23,) no solo al enfrentarse con un tipo de «judaísmo de apariencias», que parecía triunfar en el entorno, sino al condenar una iglesia del engaño, presente de aquellos que dicen ¡Señor, Señor! para hacer así lo malo, como había destacado Mt 7, 21-23. Pablo analiza esos riesgos hablando en primera persona, de manera que todo su discurso aparece como encarnado en su propia vida: si ‘yo’ hablara, si ‘yo’ tuviera, si ‘yo’ diera… Este yo de Pablo es, evidentemente, un yo literario y eclesial, como el de Rom 7, 9.20: «yo vivía fuera de la ley…; yo no hago lo que quiero, sino aquello que no quiero…».

[3] Este es un peligro que Pablo ha condenado no sólo en la sociedad civil, sino, y sobre todo, dentro de su misma iglesia. Es claro que en la iglesia hay otros pecados, que Pablo ha puesto de relieve a lo largo de sus cartas, pero aquí ha destacado el pecado de los buenos, es decir, de los mejores: de aquellos que dominan y dirigen la palabra, queriendo controlar la iglesia desde su oración más honda. Este es el peligro de la falsa mística, propia de aquellos que se creen superiores porque dicen palabras más altas, pero sin haber entrado en la dinámica del amor, que es encarnación, entrega mutua, diálogo humilde de personas.

[4] Es evidente que los verdaderos profetas (como Jeremías, Juan Bautista o Pablo, por no hablar de Jesús) habrían protestado, diciendo que no se puede separar entrega profética y vida: para todos ellos, la profecía era amor hecho persona. Pero Pablo sabe también que puede haber, y hay con frecuencia, una profecía separada de la vida, una hecha negocio sin amor, como supone el evangelio al condenar a los falsos profetas (cf. Mc 13, 22; Lc 6, 26; Mt 7, 15 etc.)..

[5] Pablo admite la posibilidad de conocimientos arcanos (visiones, revelaciones), pero afirma que sin amor son engaño, pura destrucción, de manera que convierten al vidente en nada (nada soy: ouvqe,n eivmi).  Para situar el tema de las revelaciones y conocimientos arcanos en el judaísmo antiguo, cf. R. Elior, The Three Temples.  On The Emergence of Jewish Mysticism, Littman, Oxford 2003;  I. Gruenwald, Apocalyptic and Merkabah Mysticism, Brill, Leiden 1980; D. J. Halperin, The Faces of the Chariot: Early Jewish Responses to Ezekiel’s Vision  (TSAJ 16), Tübingen 1988.

[6] Los hombres tienen hoy técnicas, poderes, que antes no podían ni imaginar. La misma iglesia ha sabido crear medios, instituciones poderosas, pero todo eso es nada (ouvqe,n) y menos que nada, si no es signo de amor.

[7] Aquí podemos hablar de una «patología de la generosidad»: si repartiera todos mis bienes… Pablo  evoca el gesto de entrega de las propias posesiones (ta. u`pa,rconta,) para alimentar a los necesitados, quedando así sin nada, en pobreza absoluta. Es evidente que ese gesto es bueno y resulta necesario, hoy como en tiempo de Pablo. Pero en su fondo puede esconderse una trampa (un deseo de dominio más refinado, un egoísmo), si es que uno da lo que tiene para así mostrarse mejor que los otros.. En contra de eso, Pablo sabe que el dar verdadero, en un nivel de humanidad mesiánica, sólo tiene sentido cuando es gratuito, sin más finalidad que el dar y compartir y dialogar, en igualdad y amor. En esa línea puede hablarse también de una «patología martirial»: y si entregara mi cuerpo para ser quemado… Al formular así los temas, Pablo ha realizado uno de los análisis más poderosos de las patologías del amor. Se ha dicho desde antiguo que el martirio es la prueba suprema de fidelidad: «Nadie tiene más amor que el que da la propia vida por sus amigos» (Jn 15, 13) y aún más «por sus enemigos» (cf. Rom 5, 10; 8, 32). Pero en el fondo de ese don de la vida puede haber y hay a veces un engaño más alto, allí donde alguien se sacrifica con el fin de mostrar su propia razón o su superioridad, no por el bien de los demás, en amor gozoso. Esta patología martirial es más común de lo que se cree y puede aparecer en los ascetas que se buscan a sí mismos en su penitencia o en aquellos familiares-funcionarios que viven de manera austera y entregada, pero luego pasan factura por aquello que han hecho, humillando a los receptores de sus beneficios… Hay personas que son capaces de dejarse quemar, para así mostrarse superiores: para ganar el propio cielo e para imponerse mejor sobre los otros. Desde este fondo pueden entenderse algunos «falsos mártires», no sólo de fuera, sino de dentro de la iglesia, que es donde los está mirando Pablo (sin hablar de algunos suicidas asesinos, a favor de su pretendida causa).

[8] Para los griegos y romanos el amor tenía otros nombres y rasgos. Era philia (fili,a: unión entre amigos), erôs (e;rwj: amor de atracción) y adelphotes o philadelphia (filadelfi,a: hermandad…). Pues bien, los cristianos, partiendo de la experiencia de Jesús, han acudido a una palabra que había sido menos utilizada en el griego antiguo (ágape: avga,ph), pero que algunos autores de Biblia griega, sobre todo Sab (cf. 3, 9; 6, 17-18) habían empleado en algunas ocasiones. Pues bien, Pablo emplea esta palabra en 1 Cor 13 para expresar por ella la riqueza y amplitud de un amor universal, que se expresa en forma de comunión personal, frente al eros (más sexuado), la philia (más elitista) y a la adelphotes más grupal.

[9] Cf. J. Meißner, «Die Liebe Glaubt Alles? Adverbiell Gebrauchtes panta bei Paulus»: Filología Neotestamentaria 12 (1999) 55-78. Así podíamos haber dicho que el amor cubre siempre, cree siempre, espera siempre, vinculando el aspecto más temporal (siempre) y el más espacial (todo) del amor interpretado como realidad total, creadora y liberadora. Hay un todo dictatorial, que impide la libertad de las personas. Pero hay también un todo liberador, que es el amor en que se funda y recibe sentido la vida de cada uno de los hombres y mujeres.

[10] La sensación del tiempo que pasa, del mundo que acaba y se muere, se ha hecho especialmente dolorosa en esta edad moderna, en la que estamos obsesionados por la permanencia, de tal forma que queremos tapar y borrar lo que pueda recordar la muerte. Moramos sin duda en un mundo que acaba: la caída de las Torres Gemelas (11, IX, 2001), unida a los muros que construimos por doquier para que no vengan a nuestra tierra «los otros» nos ha hecho sentir con más fuerza aquello que ya sabíamos y temíamos: nuestra época se derrumba y no hay nada ni nadie en el mundo que pueda evitarlo, sino es el amor gratuito.

[11] Pablo utiliza aquí un lenguaje que después se ha hecho común en la filosofía de la ilustración: los hombres de otros tiempos eran como niños, incapaces de amar y de vivir en libertad; por eso se hallaban sometidos a los poderes políticos y sacrales que les protegían y dirigían; Jesús, en cambio, significa el descubrimiento del amor adulto, la mayoría de edad para los hombres que antes vivían sometidos a un tipo de leyes infantiles (propias del judaísmo). Pablo sabe que vivimos ya en un tiempo de amor maduro, tiempo de Jesús, que nos ha liberado de la ley. Pero, en otro sentido, sabe también que el amor completo y la adultez definitiva pertenecen al futuro. Por eso vuelve a insistir en la esperanza escatológica.

[12] Posiblemente pocos habitantes no cristianos de la «gran ciudad» pudieron advertir la novedad del proyecto antropológico de Pablo, de forma que Corinto siguió en manos de armadores y soldados, políticos y curiosos, maleantes y excluidos sociales. Así lo muestra Apuleyo cuando escribió, algunos decenios más tarde, su libro de magia y religión (Asno de Oro o Metamorfosis), presentando a Corinto como un infierno de amores falsos, de mentira judicial, de asesinato y prostitución. No advirtió que Pablo había pasado por allí, creando una comunidad de amor, abierta a todos los hombres, en gratuidad. En el estercolero de Corinto, lugar donde llegaban y se estancaban todas las olas de malicia y muerte de un imperio que empezaba a perder su rumbo, había plantado Pablo la semilla de Jesús, en una comunidad llamada a comprenderse en amor, condensando en un texto como el nuestro (1 Cor 13) el más hondo misterio de la vida, los principio de la antropología cristiana. He desarrollado el tema de la perversión de Corinto, según Apuleyo, en Hombre y Mujer en las Religiones, EVD, Estella 1997.

8 Responses to “PASCUA 2018. Canto al amor (1 Cor 13)”

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