Somos saharauis

rasdEscribo Sáhara y me sale libre. Pienso en resistencia y me aparece como ejemplo la lucha saharaui. Sueño justicias y visualizo a todo un pueblo retornando a su tierra. Pero hoy se cumplen 37 años desde la proclamación de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) en el exilio. Y, una vez más, los saharauis tendrán que celebrarlo en los campamentos de refugiados que levantaron en Tindouf, cuando tuvieron que salir corriendo bajo los bombardeos de la aviación marroquí, justo cuando España abandonó a su provincia 53 dejando vía verde a la marcha de ocupación marroquí.

España les dejó tirados pero ellos suplen esa página negra de nuestra historia común con los lazos de solidaridad que llegan desde la península a través de más de 200 asociaciones de amistad con el pueblo saharaui. Pasaron de ser un pueblo amigo a ser un pueblo desterrado de un día para otro. Tuvieron que huir al inhabitable desierto argelino de La Hamada y levantaron entre el viento y la arena los campamentos en los que sobreviven. Hicieron del exilio una república saharaui, de la nada un Estado con sus provincias y municipios. No estuvieron presentes en los acuerdos de Madrid que decidieron su negro futuro en 1975 ni fueron escuchados en el Tribunal Internacional de La Haya. Pero se hicieron dueños de su destino negándose a ser invadidos en su propia tierra. Olvidados por la comunidad internacional, iniciaron una intensa actividad diplomática por todo el mundo para hacerse oír. Consiguieron que del desierto de piedra emergieran escuelas, hospitales, huertos. España les dejó de herencia un 90% de analfabetismo y han logrado la escolarización de todos los menores. Mantienen el español como segundo idioma, aunque el Instituto Cervantes lo ignore. Ni el sol, ni el viento, ni las minas les han desgastado. Saben que su existencia como pueblo independiente no es un espejismo, aunque la ONU sea incapaz de hacer cumplir su derecho a la autodeterminación. Los saharauis desafían al exilio con sus poemas, sus cuentos, sus proverbios, su música, su hospitalidad. Han hecho de su identidad y su historia una cultura de la resistencia. 

No conozco muchos casos en los que la organización ciudadana haya sido capaz de crear un Estado en el exilio, en las condiciones más duras. Es un símbolo de la capacidad que han tenido (sobre todo las mujeres saharauis) para no claudicar, para levantarse cada día, para crear, para luchar.

Ahí siguen, porque su tierra, el Sáhara Occidental, sigue ocupada por Marruecos, el país con el que la corona española tiene tan buenas relaciones personales, porque entre reyes no hay que darle importancia a estas cosas de los refugiados. Ni siquiera cuando en las espaldas de España recae la responsabilidad histórica y política, ni siquiera cuando el entonces príncipe Juan Carlos de Borbón (desempeñaba la Jefatura del Estado en funciones mientras el dictador Franco agonizaba) visitó en 1975 El Aaiún y dijo, textualmente: “España no dará un paso atrás, cumplirá todos sus compromisos, respetará el derecho de los saharauis a ser libres”. Luego, mirando a las tropas españolas: “No dudéis que vuestro comandante en jefe estará aquí, con todos vosotros, en cuanto suene el primer disparo”. En fin, si nos remitimos a los hechos la cosa fue bien distinta. No pasa nada, se le olvidó decir su popular y campechano “lo siento, me he equivocado”. Y todos tan contentos, alabando el “gesto”.

Se equivocó, sí. Porque ni los del equipo A (PSOE) ni los del equipo B (PP) han sido capaces de posicionarse de forma seria y contundente ante Marruecos (están detrás, ya se sabe, los acuerdos económicos, pesqueros, los temas de inmigración…) aún siendo España potencia administradora del Sáhara Occidental. No se respetó, por tanto, el derecho de los saharauis a ser libres, aunque lo digan numerosas resoluciones de la ONU.

De vez en cuando la Unión Europea y Estados Unidos le piden a Marruecos que respete los derechos humanos en los territorios ocupados del Sáhara Occidental. Hace unas semanas un tribunal militar marroquí juzgaba a los 24 activistas saharauis detenidos en el campamento de la dignidad Gdeim Izik, que simbolizó la lucha pacífica frente a la ocupación marroquí. Fue desalojado violentamente. Los presos políticos detenidos han pasado dos años en prisión preventiva. El pleno del Parlamento Europeo pidió en diciembre su liberación. El 17 de febrero conocieron la sentencia tras un proceso judicial cargado de irregularidades: ocho condenas perpetuas y otras que van desde 20 a 30 años de prisión. Para Willy Meyer, eurodiputado de Izquierda Unida, las sentencias muestran la “farsa de Marruecos para acallar la legítima resistencia de todo un pueblo”. Meyer asistió en una misión de observación al comienzo del juicio desarrollado en Rabat. “El Gobierno y el ejército marroquíes han escenificado un juicio colonial militar donde se han vulnerado una vez más las mínimas reglas del Derecho internacional y los más elementales derechos a una defensa justa”.

Diferentes colectivos han denunciado el silencio del Gobierno español y el bloqueo informativo. El actor Javier Bardem hizo de altavoz cuando lo citó al recoger el Goya por el documental Hijos de las nubes, donde se describe perfectamente los entresijos, gallinejas y tejemanejes dentro de instituciones como la ONU, los intereses políticos y estratégicos que impiden la resolución del conflicto y los chantajes que abiertamente hace la monarquía  marroquí.

Mientras, los recortes en cooperación recrudecen la situación humanitaria en los campamentos, donde la alimentación depende de la ayuda internacional. El 30% de los niños y niñas menores de cinco años padecen desnutrición. La mitad de las mujeres lactantes o embarazadas tienen anemia. Pero a pesar de la crisis, las familias españolas han seguido acogiendo en verano a 6.000 niños que participan en el programa Vacaciones en Paz.

Y luego está el ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación, José Manuel García-Margallo, que dijo no tener presupuesto para ayudas. No es necesario recordar para qué sí ha habido dinero público en nuestro país. Margallo también avisaba hace unos días en Mauritania de los “peligros” para los cooperantes españoles en los campamentos de Tindouf, desaconsejando su presencia. Y añadía que para “aumentar la seguridad” se podrían colocar “verjas en las ventanas”. ¿Se refiere a las ventanas de las jaimas? Vamos, que este señor no ha pisado en su vida un campamento de refugiados. Poco más hay que añadir. Nos podemos hacer una idea.

El caso es que escribo Sáhara y me vienen a la cabeza muchas vivencias, muchos tés compartidos, muchas personas (de allí y de aquí) que a lo largo de los años me han enseñado esa red poderosa de solidaridad, lucha y dignidad en la que todos acabamos siendo (y sintiéndonos) saharauis. Me gusta poder reflejarme en sus ojos.

Veo en los ojos del desierto orgullo y dignidad, entereza y amistad, lucha y resistencia. Veo que los saharauis nos devuelven la magia de confiar en todo lo bueno que puede ocurrir cuando tu causa es justa, aunque ahora sus miradas las enturbie la arena que pisan. Que no es la de su patria.

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