Cuando la muerte no hace ruido

 

 

 

Ayala y Carolyn Richmond, su mujer

Ayala y Carolyn Richmond, su mujer

Morirse es una cosa que le acaba pasando a todo el mundo, aunque no a todos los entierran de la misma manera. Aquí, tradicionalmente, donde mejor se morían los escritores era en el ABC, que era una casa con mucho estilo y prosa con metáforas isabelinas. Pero el periódico ha ido perdiendo su gracia sepia y ahora los escritores se mueren tirando a regular en todos sitios. Aquí y allá encuentra uno un reseñista avispado de lo fúnebre, un tío que compone una página con soltura. Hay una costumbre negrísima y extendida, que es tener preparados los artículos para que cuando el famoso se muera el diario pueda recoger en seguida el eco dolorido que deja el finado. A eso se le llama hacerle la cajita de pino a Fulano, y es una práctica lamentable, a la que, contra mi voluntad, he tenido que sucumbir alguna vez. La muerte siempre conmueve, aunque sea poco, y hace falta la emoción de lo inmediato para que uno pueda escribir unas líneas con cierta autenticidad. Una tentación demasiado grande, como para que cualquier prosista de obituario caiga en ella, es la de ser el muerto en el entierro. Si somos sinceros, la crónica fría de agencia aporta poco, el lector quiere una cierta complicidad entre el que escribe y el que vivió hasta hace un rato, de modo que el yo siempre debe estar ahí. Lo que resulta antiestético es el aire pedantón de ciertos egos fatuos, que aprovechan la ocasión para dejar el currículum y la tarjeta de visitas junto al cadáver. 

Dicho lo cual, hablaremos de la otra gran muerte de la semana, la de Francisco Ayala (¡que los franceses entierren a Lévi- Strauss, que aquí no damos abasto!). Morirse a los 103 años es en sí mismo un mérito, porque la duración es una cualidad tanto o más importante que la intensidad. Francisco Ayala ha sido un hombre lúcido, un buen escritor y hasta ayer una página viva de la historia de España. Un español raro, por desusado y antiguo, con unos modales y una educación de otro siglo, no del XX, del XIX. Cuando uno le daba la mano a Ayala le estaba dando la mano al hombre que se la había estrechado a Ortega, a Unamuno, a Valle-Inclán. Ayala era sólo ocho años más pequeño que Lorca, al que ha sobrevivido 73 años. Supongo que Federico estaría pensando: “¡Este tío ya no se muere!”. Hizo la guerra, la perdió, vivió un exilio sin espejo retrovisor y volvió sin sueños de grandeza o decepciones fatales. Fue en eso muy distinto de su amigo Max Aub, que jamás entendió que la España del 70 no era, no podía ser la España que él dejó en el 39. A la altura del centenario, Ayala era ya un hombre cansado, que asistía educado a un cumpleaños, que era también un entierro disfrazado, con todos los elogios y sin viuda, con mucho azúcar y trompetas mediáticas. Le hice una entrevista para “Informe Semanal”, también yo tengo mis dos horas de gloria junto al maestro. Después, estuvimos charlando de esto y de aquello, y no sé a santo de qué, le comenté:

     

  • Estará usted conmigo en que cuando el fútbol mueve a tanta gente, algo tendrá el fútbol.
  •  

     

  • O algo tendrá la gente- me respondió raudo.
  •  

     Francisco Ayala era un granadino elegante, con retranca suave y sin mala leche, un extraño que vivía con curiosidad en un tiempo que ya hacía tiempo que no era exactamente el suyo. Se ha muerto sin hacer ruido y vivió sin escurrir nunca el bulto, con la autenticidad y la sencillez de los hombres verdaderamente grandes.

 

 

 

 

 

 

 

 

4 Responses to “Cuando la muerte no hace ruido”

  1. Tirado, eres un crak eufemismo de genio, no de lo otro. Tus comentariosen general me encantan. Es una delicia leerte. Sigue así

  2. ¿Qué las das, Tirado, que las das? Las tienes rendidas, ¡así cualquiera!

  3. Me cuenta Felón que cuando en la ciudad no queda un alma, la última copa de la noche madrileña se sirve en la cafetería de un tanatorio. Me cuenta Felón que en el velatorio se debe dar consuelo a los deudos y deudas y que tan recíproco bien se puede encontrar. Me cuenta Feliz.
    Resquiescat in pacem, Ayala.

  4. Acabo de ver tu reportaje que me ha encantado. Lástima que este país pierda la memoria de unas generaciones que por defender la democracia han sufrido el exilio y han mantenido la dignidad hasta el final. Me ha gustado conocer tambien a su mujer. Curioso esto de que los intelectuales fascinen a mujeres jóvenes con la cabeza muy bien amueblada. Yo tambien sucumbiría ante el genio.
    Voy a indagar sobre el comentario que haces de Max Aub.¿Es en referencia al poema inédito?
    Enhorabuena

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