El valor de un cigarrillo. Colaboración especial de Macaón

descarga (3)“Cuando fumo me fumo hasta el humo”, verseaba Edmundo de Ory. Otro verso pero del “loco” Panero: “Mi hermano muerto fuma un cigarrillo junto a mí”. El provocador Bukowski: “Es mejor simplemente existir mientras el cigarrillo acaba”, o el atrevido Lezama Lima: “Los cigarros van reemplazando los ojos de los que no van a llegar”. Me parece que solo el poeta es capaz de profundizar en el  significado de un mágico cigarrillo y sus atractivas volutas. Afirmo que en los momentos más cruciales de mi vida, cuando algo importante estaba por decidir, la ayuda de un cigarrillo me ha sido más eficaz que todas las recomendaciones de todos los sabios (incluyendo los evangelios). Nada más puro que el humo de un cigarrillo para aclarar las ideas (…sombras a plena luz, humo en los ojos…). Yo, mientras tenga medio paquete de cigarrillos en el bolsillo, puedo soportar, sin pestañeo y con la más pacífica de las paciencias, cualquier desagradable avatar que la jodida existencia desee adjudicarme. Me gusta fumar (y beber) a solas, preferiblemente sentado, descansado, relajado. Cualquier actividad, incluso una charla, o la abstracción de un pensamiento, o una lectura, me rebaja el placer de fumar un cigarrillo. Me gusta mascar el golpetazo alcohólico, hacer sólido el humo. Thomas Mann, riguroso gran fumador, pone en boca de un personaje de su novela “La montaña mágica” (todos tuberculosos) la siguiente reflexión: “No comprendo cómo se puede vivir sin fumar. Cuando me despierto me alegra saber que podré fumar durante el día y cuando como pienso lo mismo. Sí, puedo decir que como para fumar. Un día sin tabaco sería el colmo del aburrimiento, sería para mí un día absolutamente vacío e insípido y si por la mañana tuviese que decirme hoy no puedo fumar creo que no tendría el valor para levantarme”. Thomas Mann vivió, sin mayores dolencias, hasta los 80 años. Seguro que en la actualidad hubiese llegado a los 90. Lo que dice su personaje ya me lo había dicho yo mismo, y apuro más: si me siento hastiado, aburrido, jodido, sólo me alivia un cigarrillo, y al contrario, si me siento confortable, alegre, confiado con la vida, el mayor homenaje es fumar un cigarrillo. Si me gusta pasear es para buscar un asiento al sol, en invierno, o a la sombra, en verano, y fumar un cigarrillo. El tiempo lento, el que no pasa, sí pasa con un cigarrillo, el otro, el vivaz, el entretenido, lo mejoro con otro.

Quien estas, más o menos, banalidades escribe, le fue diagnosticado, apenas hace un par de años, un cáncer de pulmón. Un neumólogo, un internista y dos cirujanos, del Gregorio Marañón, fueron tajantes: cáncer maligno. No quiero entrar en detalles, ni acordarme, de la dureza del preoperatorio (entre otras pruebas, una semana de ejercicios para aprender a respirar con un solo pulmón). El día anterior a la operación quedé a comer con dos entrañables amigos. Comí, bebí y fumé lo que me dio la gana. Hablamos y reímos de todas las tonterías que hablan los amigos. La única referencia a la operación fue la que yo hice comentando cómo disfrutaría si pudiese ir en camilla hacia el quirófano fumándome un pitillo. El protocolo (que palabra más fea) quirúrgico consiste en que te extraen (por la espalda) un trozo de pulmón que rápidamente analizan (tú estás narcotizado). Comprueban la malignidad, y  a continuación sajan lo que consideran. Todo quedó en la primera parte. No tenía cáncer, ni maligno ni benigno. Se habían equivocado. Solo era un tejido muerto, restos de una infección que tuve en la niñez (yo lo sabía y lo había advertido pero los médicos van a su ciencia que son sus máquinas). Cuando salí del hospital era feliz, y no tanto por haberme librado de tan gravosa enfermedad, sino porque pude fumarme un cigarrillo.

Disculpen tantas citas pero me veo obligado a terminar con las íntimas palabras de Fernando Pessoa con su sensibilidad y lucidez para expresar sensaciones: “Enciendo un cigarro al pensar en escribir y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos. Sigo el humo como mi camino, y gozo, en un momento sensitivo y adecuado, la liberación de todas las especulaciones y la conciencia de que la metafísica es la consecuencia de una indisposición. Después me reclino en la silla y sigo fumando. Seguiré fumando hasta que el Destino me lo permita”. Yo seguiré con mi diario paquete de cigarrillos.

8 Responses to “El valor de un cigarrillo. Colaboración especial de Macaón”

  1. En el selecto acopio de citas que presenta Macaón echo de menos alguna de Guillermo Cabrera Infante. Es cierto que el cubano genial, el de “Puro humo”, es cantor del cigarro, antes que del cigarrillo, pero cual sea que uno y otro arden por fuera y nicotizan por dentro creo que sino hermanos son al menos primos. Tabaco, divino tabaco exclaman desde el otro y desde este mundo Macaón y Cabrera, y aunque yo no sea fumador, ni lo haya sido nunca, no dejo de admirar la rica literatura que deja tanta humareda. Dice Guillermo Cabrera Infante: “Lo que Oscar Wilde dijo sobre la música es aplicable al tabaco: siempre te hace recordar un tiempo que nunca existió”. Y como el formidable e ingenioso escritor tiró siempre al monte del puro, esta otra cita: “Los puros son como los gatos: a ese lado de la puerta, en una butaca cómoda cerca de un fuego acogedor en invierno, cerca de una ventana abierta en verano”. Y, en fin: “Debes fumar departiendo con una mujer que adora el aroma de un puro, pero no se atreverá nunca a confesarlo, ni siquiera a su marido”.

  2. ¡Qué crack!

  3. Yo, al salir del hospital no me hubiese fumado un cigarrillo. Yo, en la misma puerta del hospital, me hubiese fumado un Cohiba. ¡Viva el relajante tabaco!

  4. Tan evocadores son los comentarios de los señores Macaón y Almendra que ganas me dan de encender un cigarrillo y fumármelo a la salud de ambos en esta terraza que mira al mar de este Torremolinos, cuando era Torremolinos. No voy a hacerlo, no porque no me lo pida el cuerpo, que tampoco, sino porque en cuestión de tabaquismo he adquirido la costumbre de no entrometerme en mis propios asuntos. Procuro mirar de lado cuando veo las cajetillas de esas ilustres tabaqueras que anuncian muerte y enfermedad con la pasmosa solvencia de quien siente que su negocio será inmortal mientras sus clientes se vayan al otro barrio añorando el sabor de una última calada en ese obligado trance. Echo de menos aquel olor a carpintería -la que tuve que cerrar tras el incendio- en la que el serrín, el sudor y el humo del tabaco creaban una fragancia de compañerismo que incluso aumentaba la productividad. Lástima, digo, que ya no quede ningún compañero de aquellos para compartir recuerdos, ni siquiera Fulgencio, que siguió apurando su cigarro sin distinguir que aquel humo que le nublaba la vista y empezaba a aturdirle los sentidos se había esparcido ya junto al fuego por todo el local.
    Así y todo, un escalofrío parecido al que produce el vip vaporub me recorre la garganta y el pecho cada vez que veo a Bogart y Bacall compartiendo amor y cigarrillo en un sueño que prometía ser eterno. Y qué decir de esa otra vertiente de placer del tabaco no enrollado. Injustamente, ni Macaón ni Almendra le han dedicado una línea, pero yo no puedo dejar de hacerlo después de imaginar a John Wayne masticando tabaco en sus películas. Si el humo del cigarrillo es algo épico, el gargajo oscuro resonando en el fondo de la escupidera del bar podría muy bien considerarse homérico.

    Cómo ven el tema me apasiona, pero no me haré cansino, sólo aprovecho esta ocasión tan poética para pedirle al Sr. Tirado que dedique otro post al Brandi, donde podremos evocar un famoso anuncio de los años 60: ” Antes de emprender un viaje tome una copa del coñac 103, no más, se sentirá reconfortado y con un completo dominio de sus nervios, pero tenga muy presente el artículo 103 del código de la circulación con lo que se evitará además de muchos peligros, la consiguiente multa”.

  5. Mi adicto amigo Macaón:
    Parece mentira que sea usted hijo de Asclepio, el dios de la medicina. Pareciera leyéndole que hubiera que engancharse al cigarrillo para tener una perdurable salud. Usted, amigo mío es una ilustre excepción como lo era el semieterno Santiago Carrillo, que nunca se quitó el cigarrillo de la boca. Pero las tumbas están llenas de enganchados al tabaco que vivieron para contarlo exactamente poco. Tengo un amigo que es un insigne oncólogo que me dice que no hay que hacerse ilusiones -por quien se las haga-, que el noventa por ciento de los cánceres de pulmón están provocados por sus adorados cigarrillos, señor Macaón. De modo que me abanico con su fantástica prosa y me congratulo de su condición de excepción, pero que lo suyo no sirva de ejemplo. El tabaco mata y de qué manera. Al final muertos seremos todos porque nadie mata más que la propia vida, que no hace excepciones, pero el camino será más corto y más ingrato gracias a los cigarrillos. Salvo excepciones.

  6. Se puede hacer bella literatura, poesía, cine, donde el acto de fumar resulte atractivo, pero el tabaquismo es indefendible, como lo es el alcohol, los opiáceos, la inmovilidad física…

  7. No fumo.

  8. No fumo… luego existo.

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