Fijar la atención y no desperdiciar

Hace unos días, leí en una revista francesa, un artículo titulado “Lo nuevo”. Decía el articulista que vivimos en un constante aburrimiento porque lo nuevo no existe ya que lo nuevo, casi automáticamente, pasa a categoría de pasado por la inmediatez de otra novedad. Afirmaba también que no podemos reposar el editorial de una publicación porque, esa misma inmediatez, llevaba a escribir otro en función de la última noticia y que había noticias que pasaban desapercibidas porque internet necesita que todo sea de última hora.

Creo que tiene razón. Me hizo pensar, sobre todo, cuando dice que algunas noticias pasan desapercibidas, porque no sé si pasan desapercibidas de verdad o es que no interesa verlas, compartirlas por RRSS, comentarlas, citarlas. No me queda muy claro.

Han sido pocas las publicaciones que se ha hecho eco de la, en principio y salvo que decida lo contrario, última visita del Papa Francisco en lo que se ha dado en llamar ‘viernes de la misericordia’. Esta última visita fue a un grupo de sacerdotes que habían dejado el sacerdocio y habían formado una familia.

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Según dice la Sala Stampa del Vaticano: “Después de varios años dedicados al ministerio sacerdotal desempeñado en las parroquias sucedió que la soledad, la incomprensión, el cansancio por el enorme compromiso y responsabilidad pastoral pusieron en crisis la elección inicial del sacerdocio. Después llegan meses y años de incertidumbres y dudas que a menudo llevan a considerar errónea la decisión que se había tomado: el sacerdocio. Y muchos deciden abandonar el presbiterio y formar una familia”.
El gesto del Papa, solo el gesto de acercarse y pasar un par de horas con ellos y con sus familias es ya titular de primera plana.

Hasta no hace mucho, los sacerdotes secularizados, eran como apestados a los que nadie debía ver, de los que nadie debía saber, y de los cuales llegaban a distanciarse sus propias familias y sus propios compañeros.

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Muchos son los llamados y pocos los elegidos”, nos recuerda Mt 22,14. Pues si son pocos y, además, como dice la Sala Stampa: “…sucedió que la soledad, la incomprensión, el cansancio por el enorme compromiso y responsabilidad pastoral pusieron en crisis la elección inicial del sacerdocio… las dudas… y muchos deciden abandonar el presbiterio y formar una familia”, algo habrá que hacer ¿no?

¡Dios me libre de sugerir qué hacer con ellos o qué hacer para no llegar, en algunos casos, a esta situación! Sin embargo, sí digo que prescindir de ellos es un gran error de la Iglesia. Puede que en algún caso, pero solamente en alguno, el sacerdote secularizado no quiera saber nada de la institución de la que formó parte durante un tiempo, pero el resto estarían encantados de poder seguir colaborando y participando activamente. En muchos casos su preparación académica sobrepasa la del seminario; tienen sus licenciaturas e incluso sus doctorados que, para ser sinceros, no les van a servir de mucho en la sociedad laical-laicista que vivimos pero que, tras la decisión que han tomado, seguramente, su reflexión será diferente y, por tanto enriquecedora.

Si Jesús no puso reparos a que los suyos estuvieran casados (algunos, por lo menos), si eso no supuso ningún inconveniente para la predicación del evangelio, si en ningún sitio advierte que sea contraproducente formar una familia y vivir en profundidad la Palabra de Dios y darla a conocer, ¿qué nos pasa? ¿no hay matrimonios misioneros que se van a lejanos países, con sus hijos, a proclamar el evangelio, a ayudar a otras gentes, a hacer realidad el reino de Dios?

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Francisco, con el gesto de ir a visitarlos e interesarse por su situación, puso en el mapa una realidad que a todos, a todos, debería hacernos pensar. En primer lugar porque siguen siendo personas muy válidas y creyentes; en segundo lugar porque no están los tiempos para desperdiciar activos; y, en tercer lugar porque sus experiencias podrían ser muy válidas para toda la Iglesia.

No es una decisión fácil la que toman. Nadie somos perfectos, pero me da la impresión que algunos pecan de tener una conciencia un tanto cátara a hora de juzgar ciertas decisiones ajenas, cuando en la vida no sabemos nunca qué decisiones tomaremos nosotros en el futuro.

Y, por supuesto, esto sirve también para religiosos y religiosas, que tampoco lo pasan bien cuando deciden dejar la orden a la que han pertenecido.

Fotografías: www.lastampa.it

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