Dan Brown no tendría nada que hacer

Estamos ante uno de los mayores escándalos de la Iglesia que se acrecienta más, si es que es posible, por venir desde dentro y por la demostración de que está ya en su estructura.

No es el primer escándalo ni puede que el último (aunque sería de desear) al que se enfrenta la Iglesia en sus más de dos mil años de existencia. Este es especialmente nauseabundo por ir, directamente, contra niños y adultos vulnerables.

Los 800 (lo pongo con número porque se ve más) sacerdotes a los que Benedicto XVI echó de la Iglesia por este tipo de delitos, porque no podemos olvidar que estamos ante delitos, parece que han quedado en el olvido. Sin embargo, conviene recordar esta cifra porque, para algunos, parece que no se ha hecho nada o que, se ha empezado a hacer poco, tarde y mal.

Teniendo esto presente, hemos de ser conscientes de que queda mucho por hacer y que no se puede minimizar el escándalo ni las consecuencias, ni pretender lavar la ropa sucia a puerta cerrada. Hasta que llegue la reunión convocada por Francisco en la que ha citado a todos los presidentes de las conferencias episcopales del mundo, de la que a buen seguro algo se añadirá a las normas actuales, no podemos quedarnos parados.

Francisco nos ha pedido ayuda a todos y no se cansa de recomendar que si alguien sabe de algún abuso, denuncie. Solo nos queda por averiguar, al menos en algunas diócesis, dónde y cómo puede hacerse eso.
Mientras esperamos sería bueno ir haciendo un ejercicio algo complicado pero interesante porque no podemos olvidar que, para algunas personas, Dios, Iglesia, jerarquía, curas, evangelio, religión y demás, son un totum revolutum y no es así.

En primer lugar, cada vez que alguien hablara de este tema, en cualquier medio o lugar, debería decir claramente que toda esta pandilla de impresentables de abusadores y encubridores, no son la Iglesia, no la representan y lo mismo que han abusado de niños y de adultos vulnerables, han abusado de la misma Iglesia.

En segundo lugar, y esto será más complicado, habría que empezar a hablar diferenciando la Iglesia de Dios de la de los hombres, porque están tan unidas que muchos creen que es lo mismo. Pero no es así. Si miramos un poco la historia de la Iglesia, vemos que otros escándalos se han dado a través de los siglos, curiosamente todos nacían del abuso de poder y algunos de ellos realmente graves. Sin embargo, la Iglesia superó el trance ¿por qué? Porque la Iglesia de Dios es la que prevalece (pese a todo) y, aunque algunos se empeñen en lo contrario, muchos de sus miembros viven de acuerdo con aquella forma de vida que han elegido y, al final, se manifiestan como el verdadero rostro de la Iglesia.

Pensemos, por ejemplo, en Julio II. Su actividad política, militar y de mecenazgo ocupa la mayor parte de su pontificado en el que tampoco faltó el nacimiento de varios hijos, fruto de su relación con Lucrecia Normanini. Hoy no consideramos que sea un pontífice ejemplar ni un modelo para la Iglesia. Sin embargo, durante su pontificado, existieron personas que sí reflejaban ese rostro verdadero de la Iglesia y que con el tiempo llegaron a santos. Así, nos encontramos san Antonio de Florencia; santa Beatriz de Silva; san Francisco de Paula; san Antonio Primaldo y sus compañeros mártires; santo Tomás Moro y muchos más.

Estos sí fueron el rostro de la Iglesia de verdad no porque llegaran a santos porque, seguramente, habrá otros muchos que no han sido declarados santos oficialmente, sino porque fueron fieles al evangelio y su ejemplo nos ha llegado.

Y, en tercer lugar, ¡a ver si aprendemos a vender lo bueno de una vez! Porque hoy también hay muchas personas en la Iglesia fieles al mensaje del evangelio y me atrevería a decir que tantas como hay fuera de ella.

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Parece que nos da miedo aparecer con los logros de la Iglesia. Que no pasa nada por sacar pecho si somos conscientes de que no lo hacemos por nuestros medios ni para nuestro provecho. Que tenemos unos misioneros, religiosos y laicos, que se quedan ante cualquier peligro cuando las ONG’s de turno se van; que hay un voluntariado entregado sin mirar el reloj o el calendario; que tenemos Manos Unidas y Cáritas, y Ayuda a la Iglesia Necesitada, y obras sociales de las órdenes religiosas…

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Hasta el evangelio nos dice que mostremos las buenas obras: “Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sin para ponerla en el candelero y que alumbre a todos en la casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,15).

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Si se nos van los complejos y mostramos el verdadero rostro de la Iglesia, manifestado en el rostro de tantas personas buenas que hay dentro y fuera de ella, Dan Brown no tendría nada que hacer.

Fotografías cortesía de:
www.manosunidas.org
www.ayudaalaiglesianecesitada.org
www.caritas.es

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